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Elecciones. Lo urgente y lo importante

Elecciones. Lo urgente y lo importante

por Óscar Elía Mañú, 21 de Noviembre de 2011

Publicado en Época, 20 de noviembre 2011

 

Cuando un gobernante se sienta por primera vez en su nuevo despacho, se encuentra con dos tipos de problemas, que se mezclan y solapan, pero que son distintos: los urgentes y los importantes. Los primeros son los apremiantes, y son los que exigirán del Rajoy victorioso medidas rápidas y ágiles que le hagan ganar tiempo para poner en marcha un proyecto político a largo plazo. A estas alturas, nadie duda que lmo urgente tiene dos vertientes: la internacional y la económico-financiera, íntimamente relacionadas. La necesidad de presentar a España en el exterior como un país fiable y de confianza, capaz de exigirse a sí mismo y de cumplir como socio sólido es algo que desde el lunes 21 acometerá el líder conservador.

 

Tiene en eso experiencia el Partido Popular, aunque la situación actual europea tiene poco que ver con la placidez de los años noventa. La UE de dentro de tres años no tendrá nada que ver con la de entonces: cada país se va a situar en cuestión de meses en el grupo de los ganadores o en el de los perdedores, y la responsabilidad de hacer huir a España del pozo de los arruinados corresponde a Rajoy. Sin tiempo, sin margen de maniobra, es su tarea más urgente.

 

Más allá de lo urgente está lo importante, que va más allá de la crisis financiera y de liquidez. En primer lugar, mezclado con lo urgente, está evidentemente la crisis de una economía que como Fernando Navarrete, Rocío Albert o Pilar García de la Granja han contado aquí, es incapaz de competir internacionalmente, ahogada entre sindicatos, legislación laboral y trabas administrativas. La economía nacional no funciona, y no lo hace no por culpa de "los mercados" o los bancos alemanes, sino por su propia organización y estructura.

 

Más allá de eso, aguardan tres problemas, mucho más profundos: el institucional, el social y el cultural. El problema institucional es doble, y tiene dos vertienes distintas. La primera se deriva del pulso secesionista, que ha experimentado un auge desconocido en los últimos años. Por un lado, la aprobación de un nuevo estatuto de autonomía catalán ha otorgado a Cataluña una pseudoindependencia de facto, además de vulnerar derechos básicos. Por otro lado, el pulso secesionista tiene en el País Vasco componentes específicos, propios del avance del totalitarismo etarra de la mano de Amaiur en las instituciones, con su carga de violencia y desestabilización. Ambas cosas pueden hacer de España un país ingobernable a medio plazo.

 

La segunda vertiente del problema institucional viene de la progresiva deslegitimación de las instituciones democráticas a los ojos de los ciudadanos. Problema que afecta por lo demás a a la totalidad de países europeos, y que en España se agrava por la voladura de la división de poderes y la parasitación política del Poder Judicial. Sin los garantes de la Constitución y de la Ley, hemos asistido a la degradación de todo el entramado institucional, empezando por la corrupción e impunidad de los partidos políticos. De no sanear esto, la democracia española será inviable.

 

El segundo gran desafío es el social, y tiene que ver con la ruptura de consensos básicos en los últimos años. En relación con la historia de España, con las costumbres y tradiciones de los españoles, o con la religión, el proyecto progresista de Zapatero ha tensionado las relaciones entre españoles de manera gratuita. La apertura artificial de debates sólamente existentes entre minorías radicales -Guerra Civil, Iglesia Católica, homosexualismo, eutanasia- ha crispado a la sociedad española dividiéndola y embarcándola en debates que han consumido las energías nacionales. El punto álgido de esta "canibalización nacional" ha sido el propio cuestionamiento de la nación: y una nación que no se reafirma está perdida.

 

Lo cual nos lleva directamente al tercer problema, el cultural o ideológico. Que es el comienzo, porque nos devuelve al principio: el "no a la guerra" y marzo de 2004. Más vale no engañarse: Zapatero no es la causa de los problemas nacionales, sino más bien su tragicómica consecuencia. El zapaterismo como vicio y enfermedad española venía de antes: el clima de relativismo, de subjetivismo moral, de falta de consistencia intelectual y moral, es el que ha hecho posible los ocho años de Zapatero. Simplemente, una gran mayoría de españoles han considerado durante años que las soflamas buenistas, pacifistas y hedonistas de Zapatero y las élites intelectuales izquierdistas eran preferibles a la seriedad aburrida y la sinceridad árida de Aznar o Rajoy.

 

Esta España viciada, mezquina e irresponsable no ha desaparecido, pero no es invencible: superarla exige que además de la confianza exterior, el saneamiento económico, la fiabilidad institucional y la reconstrucción de consensos, Rajoy ponga en marcha un verdadero y ambicioso proyecto liberal-conservador, referido a principios y valores sólidos. Y esto quizá a Rajoy no le parezca urgente mañana, pero sin duda es lo más importante.

 



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