El muro llamado "antifascista" por los amos y señores de la parte oriental servía par impedir la reunificación de los alemanes sobre el territorio occidental. En los quince años de la dividida existencia que precedieron al levantamiento, la sedicente república democrática había visto escaparse a más del 20% de su población. Y no precisamente por lenidad de sus leninistas.
El derribo constituyó en su momento y para siempre jamás el símbolo más potente y de mayor impacto visual de todo lo que se estaba viniendo abajo: Comunismo, Unión Soviética, bloque oriental, guerra fría, bipolaridad, equilibrio del terror, casi 45 años de historia para Europa oriental, 75 para Rusia.
Los orientales, y no sólo alemanes, lo hubieran querido siempre. La posibilidad vino de más al este. Rusia fue la clave y la perestroika el elemento decisivo. En definitiva el "error gorbachov", aunque el error occidental respecto a Gorbachov también ayudó mucho. Hasta el mismísimo momento de la disolución de facto y de jure de la Unión Soviética, de los restos del régimen que la gobernó y consiguientemente de la ideología que lo había concebido y parido, Gorbachóv predicó las inmensas potencialidad del comunismo que él llevaba seis años salvando, con el propósito de restaurar su incontenible capacidad de victoria final. Como el glorioso ministro iraquí que proclamaba el aplastamiento de los invasores cuando tenía los tanques americanos al pié de su venta.
La exaltada fe gorbachóvica de Occidente, su gorbimanía, gorbolatría y sus gorbasmos fueron también de gran ayuda, puesto que esos ensordecedores aplausos aislaban al dinámico secretario general del partido de los sordos abucheos que, hasta hoy día, le propinaban sus conciudadanos. Así, por una de las supremas ironías de la historia, para quienes no acepten la mano de la providencia, dos grandes errores crearon un excepcional acierto.