El Estado de Obama
por
Manuel Coma,
03 de Febrero de 2010
(Publicado en La Razón, 1 de febrero de 2010)
El discurso sobre el Estado de la Unión fue durante el XIX un informe escrito y ha llegado a convertirse en una gala mediática, con espléndida cobertura, en la que la Presidencia pavonea su superioridad sobre las otras ramas del Estado, que los americanos llaman Gobierno.
Este año Obama se ha permitido incluso echar un rapapolvo al Tribunal Supremo, sentado en primera fila. Los de su partido lo puntean tediosamente con ovación en pie cada minuto, mientras los de la oposición ponen cara de pócker. Se esperaba con interés, a pesar de la habitual trivialidad, para saber si, después de su gran caída en las encuestas y el ennegrecimiento de las perspectivas electorales de los demócratas, Obama rectificaría o mantendría el rumbo. La respuesta ha sido ambigua. Obama se mostró ligeramente más interesado por la economía que por la reforma; en vez de criticarlas, afirmó un poco más las tradiciones políticas americanas y sus glorias, como viene haciendo desde la recogida del Premio Nobel en Oslo; e insistió, como durante la campaña, en la unidad y cooperación, que sigue interpretando como una demanda a los opositores para que renuncien a sus principios y lo secunden en sus iniciativas. El «yoísmo» narcisista de sus numerosísimas alocuciones sigue siendo dominante; consideró, humildemente, que el gravoso fracaso de su proyecto de estatalizar la sanidad era debido a que no se había explicado suficientemente bien, a pesar de sus innumerables explicaciones; y no dejó de lamentar que el público americano no estuviera suficientemente atento a sus palabras, y no a la inversa. En resumen, los republicanos quedaron aliviados porque sus posibilidades en las elecciones del medio mandato de noviembre no hacen más que crecer, y muchos demócratas horrorizados de que las suyas mengüen.
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