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El Debate sobre el Debate ante el 60 aniversario

El Debate sobre el Debate ante el 60 aniversario

por Juan F. Carmona y Choussat, 06 de Abril de 2009

Introducción
 
El presente documento integra las apreciaciones que han hecho los analistas y estudiosos sobre la situación actual de la OTAN y sus perspectivas de futuro.
 
Incluye en primer término las orientaciones globales de la Alianza y el juicio que merecen a dos de las cámaras parlamentarias más destacadas de las naciones firmantes del tratado.
 
Analiza a continuación cuáles son las propuestas de adaptación a las nuevas circunstancias. Privilegia dos perspectivas, las sugerencias de elaboración de un nuevo concepto estratégico y las opiniones que no lo consideran imprescindible.
 
La segunda parte del texto se destina a completar la visión estricta de la Alianza con la más completa de las opciones estratégicas de Occidente. Se dedica a las consideraciones más generales de lo que Occidente en general significa y de lo que quizá quiera seguir siendo en el mañana. Destacan entre los autores las recomendaciones de creación de una liga de democracias o la puesta al día de otra manera a un mundo que se cree será multipolar. Se estudia igualmente la alternativa de una OTAN expansiva transformada en actor global.
 
1.                  La OTAN hoy. Su adaptación al mundo posterior a la guerra fría, y al 11 de septiembre. La guerra contra el terrorismo
 
“Comenzaré por los antepasados, lo primero; pues es justo y al mismo tiempo conveniente se les conceda a ellos la honra de su recuerdo. Habitaron siempre este país en la sucesión de las generaciones hasta hoy, y libre nos lo entregaron gracias a su valor”
 
Ortega solía contar que el atardecer de Buenos Aires le hacía pensar en Kant. No sabía muy bien porqué, hasta que dio en la cuenta. Se voceaban las ediciones de la tarde de los periódicos: “¡La Crítica!, ¡La Razón!” y de ahí la idea que suscitaban. En cualquier ciudad occidental de nuestros tiempos ya no se anuncian los diarios de esa manera. Sin embargo las voces del ambiente no evocan ya un filósofo alemán, sino una impresión de decadencia. Puede que no seamos los más peligrosos enemigos de nosotros mismos y que todo tenga arreglo. Si lo tiene, habrá que ponérselo. No puede dudarse de la importancia que la alianza multilateral más importante de Occidente tiene en esta misión.
 
Se recoge a continuación el análisis mitigado que docenas de estudiosos de ambos lados del Atlántico hacen del presente y futuro de la OTAN. En esta primera parte se trata de reflejar las orientaciones técnicas y estratégicas de la alianza. Dentro de ella, hay que distinguir las recomendaciones de instituciones estatales de las apreciaciones hechas por personas u organismos privados.
 
El significado de la OTAN hoy a través de sus misiones
 
“Y nosotros, los mismos que aún vivimos y estamos en plena edad madura, en su mayor parte lo hemos engrandecido, y hemos convertido nuestra ciudad en la más libre, tanto en lo referente a la guerra como a la paz”.
 
Pueden tomarse como punto de partida de esta exposición sobre lo que significa hoy primariamente la OTAN dos documentos relativos a discusiones parlamentarias. La primera se refiere al informe sobre la actualidad de la OTAN y las respuestas a este dadas en la Cámara británica de los Comunes por parte de su gobierno. El segundo, al debate del subcomité sobre Europa del Senado americano sobre las cumbres de la organización. Pero antes, con objeto de introducir adecuadamente la perspectiva de los parlamentarios, es necesario hacer referencia a unos comentarios de Ronald D. Asmus[1].
 
Para Asmus el establecimiento de la Alianza es uno de los hechos más importantes de la segunda parte del siglo XX. La cooperación entre Europa y los Estados Unidos, dice, demuestra la existencia de lo que en el lenguaje común llamamos Occidente. La OTAN es por tanto una de las razones por las cuales esta segunda mitad del siglo ha mejorado tanto con respecto a la primera. Ha ayudado a reconstruir una Europa devastada por la guerra, ha creado una infraestructura multilateral que ha permitido una prosperidad notable y una alianza militar que ha sido capaz de disuadir a la Unión Soviética y salir vencedora en la Guerra Fría.
 
Todo ello ha suscitado la reiterada cuestión desde los años 90 o al menos desde que Fukuyama decretara el fin de la historia - sin haber leído La recuperación democrática de Revel[2], mucho más realista y ponderada -, acerca de la continuidad de la existencia de la institución. Para Asmus es evidente que lo que debe pervivir es una OTAN transformada. La razón para ello es que si es cierto que lo que promete el futuro - como afirman constantemente los cantos, ya roncos por la insistencia, de las sirenas de la escolástica internacionalista - es un mundo multipolar, entonces la cooperación transatlántica será más necesaria que nunca.
 
Argumenta que se unen dos circunstancias favorables para empezar esa cooperación con buen pie. Por un lado la elección de un nuevo presidente americano, cuya frescura permite empezar sin prejuicios, y la propia constatación, por el lado europeo, de que ir adelante por su cuenta como contrapeso a los Estados Unidos es una opción muy limitada.
 
En definitiva, afirma, “las viejas heridas pueden sanarse”. Si se quiere, añadimos nosotros. Lo cierto es que la necesidad crea virtud y que nunca como ahora, más allá de un entorno que parece propiciar un reencuentro, ha habido una serie de amenazas y enemigos a Occidente de tanta heterogeneidad y novedad para el entorno estratégico y, por ello, tan peligrosos. En suma, la OTAN es desde algún punto de vista más necesaria que antes pero debe transformarse para hacer frente a un mundo de características tan peculiares que cualquier comparación con el pasado es forzada y quién sabe si errónea. Más que nunca, pisamos terra incógnita.
 
Asmus refiere dos exigencias para que la nueva cooperación sea exitosa. Se necesitará ante todo contar con (1) una apreciación común del propósito estratégico que pretendemos lograr. En segundo término, debemos (2) estudiar los instrumentos de cooperación entre Europa y Estados Unidos y advertir si nos sirven tal cual o exigen modificaciones. No hay que temer una diferencia de actitud entre americanos y europeos en el presente. Por un lado esto ha existido e incluso quizá más en el pasado[3]; por otro, hay elementos comunes que deben ser potenciados.
 
Entre los temas básicos que deben componer la agenda que permita la recomposición de la alianza con el nivel de colaboración imprescindible para resultar eficaz, Asmus destaca la (I) profundización de la integración económica. En este aspecto no puede resultar negativa la colaboración incluso más extendida que ha hecho la reunión del G20 en Washington instando al olvido de los proteccionismos y a retomar la negociación de la Ronda Doha de liberalización en el seno de la OMC. Las reformas en convergencia de regulaciones y eliminaciones aduaneras son susceptibles de incrementar, según Asmus, más de un uno por ciento el PIB per capita de los Estados Unidos y casi un tres por ciento el de la Unión europea. Es un alivio que en tiempos de tanta turbulencia y ante el temor a tanta medida cosmética destinada a alimentar en exclusiva los terminales mediáticos de nuestros países, al menos haya un elemento de progreso que se haya tenido en consideración y fomentado. Queda esperar a que su aplicación sea efectiva en la práctica.
 
Hay que profundizar por tanto en un espacio económico Atlántico, no sólo por ello, sino por la oportunidad estratégica que todavía se ofrece a Occidente de encauzar las reglas que rijan los intercambios y la prosperidad en el mundo.
 
Un segundo punto esencial en la agenda es la (II) defensa de nuestras sociedades de los nuevos riesgos y amenazas. La protección de la seguridad interior, el primer pilar de este elemento, se ha convertido en un elemento crucial. No se trata sólo de que el terrorismo exija este tipo de medidas, sino que las demás amenazas – desde las cibernéticas a las constituidas por misiles o la proliferación de armas de destrucción masiva y su reparto a grupos incontrolados – son por de pronto amenazas a las sociedades que conforman la Alianza. Más allá de las guerras convencionales y de las infinitas variedades en que se puede representar la amenaza nuclear hoy día, el objetivo de los enemigos  es la sociedad civil occidental. No es ajeno a ello la debilidad congénita que adivinan en nuestras opiniones públicas.
 
El tercer componente de la agenda debería ser (III) la promoción de la libertad y la democracia más allá de nuestras fronteras. Es necesaria una nueva estrategia para el Este, afirma Asmus. Hay que seguir adelante y defender con convicción la tradicional política de la OTAN de mantener las puertas abiertas a los potenciales nuevos adherentes, como la mejor manera de enfrentar posibles amenazas y prevenir su concreción. Esta expansión no obstante no debería detenerse en el espacio más cercano sino tener en cuenta ese arco de inseguridad que puede configurarse a partir de Oriente Próximo y hasta los países del Sudeste asiático, donde la dilatación de la seguridad que proporciona la OTAN será provechosa para todos.
 
Por fin, el último tema de la agenda habría de ser el (IV) debate sobre la energía y la política acerca del cambio climático.
 
Pero esta lista sólo es un ejemplo de las posibilidades de colaboración que se abren a Occidente en los inicios del siglo XXI. Para que ese debate sea fructífero, hay que dar con la apoyatura institucional más apropiada.
 
Para ello propone ir más allá de la OTAN y convertir en significativa estratégicamente a la colaboración con la UE. La interdependencia de las alianzas de seguridad y las alianzas comerciales que generan prosperidad y se convierten en políticas es esencial y debe mantenerse.
 
Asmus hace una serie de recomendaciones sobre el aspecto institucional de la cooperación insistiendo en la necesidad del pragmatismo. Insiste también en el requisito de que se ejerza el liderazgo en la UE y en el fomento de cooperaciones reforzadas, así como en la absoluta necesidad de que el nuevo entorno político y psicológico que han generado las circunstancias sea aprovechado por los líderes para lanzar un ambicioso plan de cooperación a la altura de las exigencias de nuestro tiempo. Y no parece que discrepe Sarkozy, que, no obstante, dejará de ser el presidente de turno de la UE en principio, en enero de 2009.
 
Las reflexiones de Asmus se antojan esenciales para introducir el debate sobre la OTAN, no sólo porque proporcionan un guión a seguir para advertir si se está operando con inteligencia para lograr el éxito común deseado por muchos pero no todos, sino porque resume bien la situación real del diálogo estratégico en Occidente. Véase pues hasta qué punto puede aprovecharse y porqué no hacerlo conlleva unos riesgos realmente extraordinarios, incluso para una Alianza tan probada por la historia como la OTAN.
 
Antes de hacer ya referencia a las orientaciones concretas que parlamentos y ejecutivos de las naciones de la OTAN hacen sobre el ejercicio de la OTAN, resulta ilustrativo comentar otro artículo de interés genérico sobre todo el arco de competencias de la OTAN y su significado en nuestra civilización occidental.
 
Los cambios demográficos en el seno de los países de la OTAN pueden marcar su destino, y sin duda, si bien pueden no ser determinantes, es ciertamente imprescindible tenerlos en cuenta. Jeffrey Simon[4] argumenta que estos cambios incluyen el paso de grandes ejércitos montados entorno a la conscripción a ejércitos de menos tamaño formados por voluntarios. Debe igualmente considerarse la diferencia en el crecimiento demográfico en Europa frente a los Estados Unidos y el relativo declinar que en el mundo del 2025 afectará a Europa tanto desde la perspectiva demográfica como de la económica, con la que está estrechamente relacionada.
 
El autor considera que es necesario anticiparse a ese cambio y hacer el imperioso estudio que se pregunta hasta qué punto serán utilizables los ejércitos del futuro. Desde 1989 y el derrumbe del Muro de Berlín las fuerzas potenciales de la OTAN han disminuido en un millón y medio de efectivos. Más allá del hecho que, tras el 11 de septiembre, esa evolución puede explicarse por la opción por una idea estratégica que prefiere potenciar la seguridad en abstracto frente a la defensa, la explicación racional en el largo plazo debe tener en cuenta el hecho de que las personas en edad de ir al Ejército están disminuyendo en Europa. Lo cierto es que las tendencias demográficas son en este sentido completamente contradictorias con los Estados Unidos. En este sentido la edad mediana se incrementará levemente en los Estados Unidos hasta llegar a ser 36,2 en 2050. En Europa, sin embargo, alcanzará los 47.
 
Las tendencias migratorias también parecen separar ambos lados del Atlántico. Mientras los Estados Unidos, más preparados para integrar, dada su pujante natalidad, reciben inmigración preponderantemente hispánica y asiática, la que llega a Europa procede primordialmente de países musulmanes de Oriente Medio y el Magreb. También hay que destacar que con estas tendencias las sociedades europeas serán pronto sociedades de ancianos y la presión que esto supone sobre las reglas de estado de bienestar vigentes, aunque sea de manera vaga, en el conjunto de Europa.
 
Por último, si el mundo era Eurocéntrico cuando se creó la OTAN en 1949, no va por el mismo camino en 2050. Esta marginalización demográfica traerá consigo seguramente un descenso de la relevancia económica y de la capacidad creativa y de producción de las naciones europeas.
 
Cabe pues preguntarse cómo afectará la demografía a Occidente. Jefrey Simon considera que no se pueden dar respuestas definitivas, salvo una, que esta ha de ser una de las preocupaciones de la OTAN cuando cumple sus sesenta años, y mientras quizá se prepara a escribir un nuevo Concepto Estratégico. Considera por fin, que una acción concertada para mantener la vigencia del artículo 5 del Tratado que hace que un ataque contra uno sea un ataque contra todos exige una solidaridad real más allá de las palabras. Es imprescindible atender a la demografía si la OTAN no quiere encontrar en ella su talón de Aquiles en el peor de los momentos.
 
Tras el análisis general de la situación de Asmus y este estudio inusual de Simon, pero profundamente relevante, es todavía necesario hacer referencia a una tercera apreciación que parece apropiada para introducir la materia. Se trata de la oportunidad o no de aprovechar el sesenta aniversario de la OTAN para proceder a la reforma de la alianza como tal y especialmente de su Concepto Estratégico. La originalidad de la propuesta es precisamente en actuar de manera concertada y conjunta: reforma política y estratégica al mismo tiempo.
 
Lo que los autores[5] proponen es una agenda de dos caminos: la elaboración de un nuevo acuerdo sobre las misiones estratégicas junto con la reafirmación y el fortalecimiento de los compromisos en un nuevo acuerdo transatlántico político y de seguridad.
 
Resulta evidente que ante tan extraordinaria propuesta que combina la audacia con la convicción de que los estados miembros tienen la capacidad y la voluntad de alcanzar tal objetivo, puede ser escuchada con escepticismo. Tal cosa, sin embargo, reflejaría un olvido de los cambios del pasado en la OTAN y cómo, frente a circunstancias difíciles, la Alianza ha sabido reorganizarse cuando quizá el punto de partida del acuerdo era menor que en el presente.
 
El ejemplo que traen a colación Kugler y Binnendijk es el proceso de doble camino que llevó en el año 1967 a adoptar un nuevo Concepto Estratégico (MC 14/3, estrategia de respuesta flexible así como las tareas políticas y estratégicas futuras de la Alianza incluyendo tanto la preparación de una defensa potenciada y la détente con la Unión Soviética, conocidos como el Informe Harmel). Sea ello como fuere, la propuesta consiste en la preparación conjunta de un acuerdo político extendido y de un Concepto Estratégico nuevo, para lograr por un lado la mejora de las relaciones entre Europa y Estados Unidos y, por otro, alcanzar lo máximo desde el punto de vista concreto de la Alianza militar fomentando su eficacia. Cada uno de los elementos de esta agenda se reforzaría mutuamente.
 
Mientras la necesidad de escribir un nuevo Concepto Estratégico se funda en experiencias similares del pasado, la forja de un nuevo acuerdo político es más un ejercicio de prospección. El hecho de que ambas cosas sean posibles y lo sean ahora, lo justifican los autores en el acuerdo existente acerca de la necesidad de adaptación que existe en la OTAN, siendo necesario ahora que se interiorice y transforme en voluntad política. Argumentan repetidamente que no falta la convicción de que los nuevos tiempos y las circunstancias actuales de la OTAN exigen un nuevo marco: político y general por un lado; estratégico y concreto por el otro. Llevar las dos agendas simultáneamente es el mejor consejo para propiciar su éxito.
 
La primera sugerencia consiste en escribir un Nuevo Concepto Estratégico para la OTAN. Desde su creación en 1949, la Alianza ha negociado y redactado seis conceptos estratégicos. Cuatro de ellos lo fueron en el difícil periodo de la Guerra Fría en medio de las considerables disensiones que en su momento azotaron la organización, respecto a la mejor manera de enfrentar la amenaza soviética. No debería pues desaprovecharse la cumbre del 2009 para establecer los objetivos fundamentales y los requisitos, reafirmar la cooperación transatlántica que une y refuerza Europa, abordar la ampliación, crear nuevas relaciones de cooperación y perspectivas generales, que ayuden a relacionarse con el Oriente Próximo, guiar a la OTAN en sus distantes operaciones y transformar sus fuerzas militares.
 
Los argumentos a favor de la redacción de un nuevo Concepto Estratégico pueden resumirse en los siguientes.
-               El actual ha sido superado por los acontecimientos;
-               La multiplicidad de perspectivas actuales hacen ineficaz y problemática la acción de la Alianza;
-               Se echa de menos el apoyo de la opinión pública;
-               La cooperación en las previsibles nuevas políticas de seguridad exige un acuerdo previo;
-               Se puede alcanzar el éxito en este intento;
-               Las nuevas misiones y tareas se realizarán con más éxito si se fundan en un nuevo Concepto Estratégico;
-               Se pueden considerar cerradas las divisiones políticas surgidas sobre la guerra de Irak.
 
Como es natural, los autores de la propuesta reconocen un número equivalente de razones que pueden presentarse contra la misma. No obstante, subrayan que “La cuestión central no es la necesidad de un nuevo concepto estratégico, sino más bien si la OTAN está hoy día en condiciones de llevar a cabo la tarea de producirlo”.
 
Relatan asimismo una larga historia de los conceptos estratégicos presentados durante los años de existencia de la organización. De ellos se deduce que un concepto estratégico es relevante interiormente y hacia el exterior. Desde el primer punto de vista a la hora de reforzar la cooperación y hacerla más estable y eficaz. Desde el segundo, al definir nuevos desafíos y amenazas proporciona mejor la guía de lo que la Alianza debe hacer.
 
Es extraordinaria la importancia que en el pasado han tenido los conceptos estratégicos, a la hora de demostrar lo que la OTAN era capaz de hacer. Seis éxitos son un buen antecedente para servir de fundamento.
 
Ningún concepto estratégico es utópico, todos están hechos para un tiempo y un lugar. Cuando llega el momento de cambiar, argumentan, hay que hacerlo.
 
Por otra parte, el debate interno necesario para llegar a un acuerdo no sólo es factible, sino recomendable. Hay que embarcarse en estas discusiones para evitar el estancamiento.
 
Las dimensiones institucionales, analíticas y políticas que se requieren hacen intervenir a un número variado de personas y países, con su ineludible problemática, pero con el valor añadido de haberse enfrentado a los problemas con la intención de resolverlos y de proponer las alternativas más razonables.
 
Los dos conceptos estratégicos posteriores a la Guerra Fría incluyen el acordado en Roma en 1991, y el de Washington en 1999. El primero tenía como objetivo esencial la recuperación de lo que Joseph Nye[6] llamó el poder blando y el cambio de naturaleza del poder militar. En 1999 las circunstancias ya habían cambiado y fue necesario un nuevo concepto destinado a salvaguardar la libertad y seguridad de los miembros tratando de dar un nuevo contenido a la solidaridad entre los miembros dado el carácter si bien no obsoleto – como las circunstancias por desgracia se encargarían de confirmar un par de años después – sí algo incompleto del artículo 5.
 
El hecho de que en el pasado hayan tenido éxito modos de actuar que combinaban la necesidad de un nuevo concepto con la voluntad de engendrar un acuerdo político más completo, aconsejan seguir ese camino de dos vías.
 
La necesidad de un nuevo acuerdo transatlántico implica ir más allá de los requisitos estrictos militares y de defensa.
 
No hace falta que cobre la forma de un nuevo tratado, sino que puede expresarse, como ha sido también el caso en el pasado, mediante un acuerdo político obtenido en una cumbre o incluso en una comunicación formal de lo discutido y aprobado. Basta con que cree obligaciones mutuas y refleje una opinión armónica de los miembros.
 
¿Puede tener éxito intentar lograr un acuerdo de estas características? Según apuntan los autores, se trata de que los tiempos presentes requieren firmes acuerdos sobre los fundamentos, salvo que se prefiera condenar a la OTAN a un futuro de ineficacia y deriva.
 
La búsqueda de una línea a seguir debería centrarse al menos en tres tipos de asuntos: (1) lograr acuerdo respecto a las misiones estratégicas comunes, que van desde la intimidación rusa a la ampliación no sólo de la Alianza sino de la UE, las misiones en el exterior, de las que la de Afganistán es el más claro ejemplo hoy, hasta los modos de incrementar la disuasión, pasando por las opciones de misiones estratégicas que son posibles sin caer en los extremos de limitarse en exceso a las tradicionales fronteras de la OTAN, ni pretender abarcar el mundo. En segundo lugar (2) hay que buscar mecanismos efectivos para alcanzar las decisiones que impliquen multilateralismo y estrechas relaciones con la UE. Por fin, (3) la creación de unos medios que hagan eficaces las misiones expedicionarias y las perspectivas globales de esas misiones que incluyen no sólo la faceta militar sino la de seguridad y creación de un ambiente propicio al estado de derecho.
 
El logro de estos objetivos puede promocionarse bien a través de una gran cumbre entre Europa y los Estados Unidos, o bien a través de acuerdos parciales progresivos.
 
Vistas estas perspectivas genéricas acerca del presente y futuro de la Alianza es el momento de entrar en la concreción de su actuación presente y cómo se valora en los estados miembros. Ello ha de hacerse a través del análisis de sus misiones y de cómo específicamente esos grandes objetivos de los tratados y las apelaciones políticas son ejecutados sobre el terreno.
 
Así por ejemplo se advierte que el Reino Unido[7] considera oportuna una inversión más consecuente por parte del conjunto de los aliados, para que pueda procederse a compartir mejor las cargas que impone la Alianza. Para ello es crucial reafirmar la solidaridad entre los miembros – lo que como se ha visto es una propuesta generalizada entre los entendidos – y también fomentar relaciones efectivas con la UE.
 
Respecto a la necesidad de un nuevo Concepto Estratégico, se considera oportuno comenzar su  discusión tanto por parte del parlamento como del gobierno inglés. En este sentido resulta necesario adoptar un papel global, que permita a la Alianza hacer frente a amenazas allí donde se produzcan, sin el corsé de las tradicionales limitaciones geográficas.
 
Como asunto de máxima prioridad, la revisión del Concepto Estratégico, exige una labor informativa extensiva por parte de los gobiernos de los estados miembros, para lograr una comprensión adecuada de la situación por parte de las opiniones públicas. La carencia de una actitud decidida en este sentido equivale a renunciar a la aplicación de esa perspectiva general o global de las actuales misiones de la OTAN que completan la faceta militar con otras de orden más propiamente civil.
 
Una alianza debe ser una manifestación de solidaridad entre sus miembros, por ello, la Cámara de los Comunes considera esencial que se advierta la utilidad de la misma para todos sus miembros, especialmente los que más aportan. En este sentido subrayan que el apoyo mutuo no debe carecer de críticas y valoraciones, pero que debe ser inequívoco para que la OTAN sirva bien los intereses de sus miembros y sea capaz de recabar el apoyo de los Estados Unidos. Consideran que la OTAN debe permanecer en el centro de la política de defensa del Reino Unido.
 
El éxito en Afganistán debe ser la cuestión capital a día de hoy en la OTAN, argumentan los Comunes y asiente el gobierno. En este sentido se debate la necesidad de compartir las cargas más justamente y se propone incrementar los medios y las tropas para lograr el éxito.
 
Respecto a las condiciones especiales que algunos países ponen a su participación en las misiones, la perspectiva de los británicos es que, si bien es cuestión de soberanía nacional la decisión de cómo se debe contribuir, pueden dificultar la eficacia operativa de las misiones. Es necesario progresar en este aspecto para impedir excesivas restricciones.
 
Una de las lecciones a aprender de la misión en Afganistán es que es un requisito ineludible equipar mejor a nuestras tropas. Los medios disponibles para llevar a cabo la misión son aún insuficientes pero también cruciales si la OTAN pretende cumplir su objetivo de terminar con éxito misiones expedicionarias en el futuro.
 
En este sentido insisten en la necesidad de generar la voluntad política suficiente para que las misiones tengan expectativas de cumplirse con eficacia. Para ello estiman imprescindible incrementar el gasto en defensa por encima del 2% de los PIB respectivos, salvo que se admita que la responsabilidad se desplace injustamente hacia otros aliados, sin que exista un verdadero compromiso con las acciones de la OTAN.
 
Para evitar ese tipo de problemas un presupuesto común para los gastos operativos parece más apropiado que hacer recaer los gastos sobre aquellos aliados, que, además, asumen los riesgos mayores.
 
Los Comunes subrayan la necesidad de colaboración con la UE y en especial con la Política Europea de Seguridad y Defensa. Estiman que las estipulaciones del tratado de Lisboa sobre la solidaridad mutua en caso de ataque no hacen sino confirmar la corrección de la disposición más esencial a la OTAN, su artículo 5.
 
La perspectiva que sobre los mismos asuntos, analizando la cumbre de Bucarest de abril de 2008, ha expresado el subcomité sobre Europa de la cámara de representantes americana[8] es la siguiente.
 
Por una parte, se subraya que la misión de la OTAN en Afganistán supone una perspectiva estratégica a largo plazo que implica un compromiso global y no sólo militar, en cooperación con la ONU. Por otro, resaltan que quizá el mayor problema de la misión haya sido su insuficiencia a la hora de generar protección y seguridad sobre el terreno.
 
El análisis que hicieron los miembros del subcomité se refería a las principales cuestiones debatidas en Bucarest, a saber: Afganistán, la defensa antimisiles, los medios para la defensa y la ampliación.
 
De los debates podía deducirse una preocupación compartida sobre la contribución de tropas necesarias para vencer en Afganistán, así como la voluntad por ampliar el compromiso pleno de algunos aliados.
 
En materia de la defensa antimisiles que se quiere implantar en Europa, los aliados dieron en Bucarest su visto bueno a través de un comunicado de apoyo a los planes defensivos, lo que fue celebrado por el comité. También se discutió el asunto de los gastos que recaen, especialmente en materia de defensa antimisiles, más en los Estados Unidos, lo que fue defendido por representantes del ejecutivo con dos argumentos: la necesidad de financiar aquello que también les protege y la exigencia de ejercer el liderazgo en la OTAN.
 
De ello se advierte que la valoración acerca de la necesidad de la OTAN en el futuro pasa por el cuestionamiento de algunas de sus premisas actuales, lo que significa que quizá sea necesario adoptar algún nuevo concepto estratégico o al menos un nuevo entendimiento de lo que significa hoy la OTAN, para que las consecuencias sean una organización más eficaz.
 
Un nuevo concepto estratégico
 
“Y también sobresalimos en los preparativos de las cosas de la guerra por lo siguiente: mantenemos nuestra ciudad abierta y nunca se da el que impidamos a nadie que pregunte o contemple algo porque confiamos no más en los preparativos y estratagemas que en nuestro propio buen ánimo a la hora de actuar”.
 
Sobre la necesidad de renovar la estrategia de la OTAN ha escrito Julian Lindley-French[9]. Subraya la presencia de la OTAN en un mundo cambiante y recuerda unas palabras de Jaap de Hoop Scheffer en Riga instando a la defensa de los valores de la democracia y la libertad como mejor mecanismo de promoción de la OTAN.
 
Propone para ello lograr una mayor solidaridad de la UE y de los países europeos que pueda generar una auténtica estrategia de conjunto en lugar de potenciar las limitaciones nacionales. Es imperioso buscar un funcionamiento unitario de la OTAN que logre aunar los esfuerzos de (1) aquellos que soportan todo el trabajo duro de la proyección estratégica, (2) los que tienen constituciones débiles y opiniones públicas frágiles y prefieren contribuir en las fases de estabilización y construcción, y (3) aquellos que pudiendo sólo proporcionar ejércitos de apoyo están dispuestos a ayudar con tal de mantener la inminente amenaza sobre sus fronteras lo más quieta posible.
 
La Aproximación Comprensiva o Actuación Integrada, que se traduce en que la OTAN ya no se dedica a la reconstrucción después de la acción militar sino durante ella, exige que la institución funcione con una extraordinaria colaboración civil. Lindley afirma que es difícil progresar si se disminuye la eficacia de la organización desde dentro.
 
Un nuevo concepto estratégico es necesario para hacer frente a esa situación. Debe partir de la idea de que no se obliga a ningún estado a desafíos básicos a su seguridad por sí solo.
 
Debe establecer que la OTAN cumple varios objetivos: crear un espacio euro-atlántico de seguridad, proporcionar un foro transatlántico de consultas sobre los intereses vitales de acuerdo con lo dispuesto en el artículo 4, disuadir y defender frente a cualquier amenaza de agresión, de acuerdo con los artículos 5 y 6, y efectuar actividades de prevención de ataques.
De modo que el nuevo Concepto Estratégico debe incluir una amplia definición de la seguridad capaz de integrar desde el refuerzo con el compromiso de la relación transatlántica, hasta el mantenimiento de los medios militares para garantizar su efectividad, pasando por los instrumentos de prevención de conflicto, la ampliación y la asociación con países no pertenecientes a la OTAN.
 
Insiste en romper con la corrección política estratégica que hace más daño que cualquier adversario potencial o cualquier desafío asimétrico. Esto es necesario si se quiere mantener ese gobierno institucionalizado de la seguridad que ha costado casi un siglo alcanzar.
 
Se hace una serie de preguntas pertinentes que si quizá no tienen cabida en la estricta redacción de un concepto estratégico deben ser respondidas para elaborarlo con garantías de eficacia. Estando los europeos al límite de su capacidad de despliegue, ¿todos los miembros están soportando su parte del peso? ¿Es UNIFIL2 una manera de evitar estar en Afganistán? ¿Puede la Alianza sobrevivir cuando lo realmente necesario sólo lo hacen unos pocos?
 
Hay que tener en cuenta, añade, que la mayor parte de los países de la OTAN tienen fuerzas armadas limitadas en número de efectivos y armas.
 
En materia de modernización, los dos grupos son claramente no los Estados Unidos y los demás, sino Francia, Reino Unido y los Estados Unidos, ante el resto. Es capital frenar esa debilidad en medios y resolver de alguna manera ese desequilibrio, aunque sea con esa división del trabajo presente, pero mejorada, y más justa.
 
Considera que sin el consenso de China y Rusia el intervensionismo humanitario propiamente dicho ha muerto; por lo que es más probable la exigencia de defensa de intereses estructurales de Occidente que requerirán fuerzas más robustas y desplegables con los medios necesarios que van desde la comunicación por satélites, la capacidad aerotransportada a la defensa misil táctica y resto de comunicaciones.
 
De modo que, añade, la distribución entre poder duro y blando, al modo en que alguna concepción quiere caracterizar esa división del trabajo es excesivamente anacrónica. Todos deben poder contribuir justamente en todas las medidas. En particular, es por ejemplo, esencial mejorar en hacer eficaces y eficientes los gastos en defensa obteniendo un rendimiento adecuado de los fondos invertidos. Pero no hay ni siquiera un presupuesto operativo común. Todo ello le hace preguntarse si ¿la legitimidad que otorga un número mayor de miembros, es imprescindible si trae consigo mayores limitaciones a la acción?
 
En definitiva, quizá hay una batalla de ideas previa que resolver: ¿es posible una alianza que genere un consenso estratégico entre aquellos que se preparan para un gran mundo y aquellos que preferirían retirarse a un ideal euromundo? La respuesta es que la OTAN es más que una alianza militar, es una convicción de defensa de aquellos que luchan por la libertad, la democracia y el estado de derecho, frente a las consecuencias del totalitarismo.
 
La conformación a las circunstancias
 
“(...)éstos, cuando todavía son niños, practican con un esforzado entrenamiento el valor propio de adultos, mientras que nosotros vivimos plácidamente y no por ello nos enfrentamos menos a parejos peligros”.
 
Para otros autores, en cambio, de lo que se trata no es de diseñar una estrategia definida sino de adaptarse al momento. Esta interpretación suele ir acompañada de la intención de actuar de una manera suave, blanda o de perfil bajo que evite conflictos que considera innecesarios.
 
Entre ellos puede citarse el Venusberg Report[10] obra de varios autores. El punto de partida es doble. Por un lado existe una necesidad imperiosa de acoplar las misiones militares con misiones civiles en lo que ha dado en llamarse Perspectiva Integrada o Aproximación Comprensiva; y por otro, se trata de hacer frente a lo que llama la “cara oscura de la globalización”. Estima que los poderes del mercado sin restricciones pueden llevar a la competición destructiva, la anarquía y los desequilibrios de poder.
 
Ante esta situación sugiere una política de seguridad antes que una política de defensa. En lugar de un concepto estratégico para la OTAN, lo que reclama es un concepto estratégico europeo que logre definir para los ciudadanos las razones y explicaciones para las acciones en materia de defensa.
 
En una línea diferente en el punto de partida pero coincidente en el resultado podría citarse a Bastian Giegerich[11]. En Europe’s World sostiene que no se puede tener una alianza cuando no hay consenso entre las partes (Europa y Estados Unidos) sobre las razones por las que están desarrollando tal o cual misión. Centra su opinión en la necesidad de ser capaces de usar la fuerza en un entorno de seguridad, es decir, de hacer la guerra y ganarla mientras se llevan a cabo al mismo tiempo tareas de reconstrucción y estabilización del estado de derecho.
 
Pero la forma de lograr este consenso es para el Venusberg Report que las instituciones encargadas de hacer estas valoraciones deben integrarse en la UE y, por ello, las relaciones con la OTAN y con los Estados Unidos deben formar un triángulo transatlántico destinado a garantizar el multilateralismo.
 
Un plan de defensa general debe partir de su organización dentro de la Política Europea de Seguridad y Defensa. Junto a ello hay que reconstruir un Plan de Solidaridad que a través del apoyo popular garantice que se restablezca un enlace entre la seguridad mundial y la seguridad europea.
 
Ilustra el conjunto de su objetivo con una de las políticas concretas que estima debe perseguirse. La dependencia energética de Europa es un dato esencial para entender cómo debe operar en defensa de sus intereses que gradúa en tres estratos: (1) los intereses vitales, que siendo críticos para su funcionamiento deben defenderse por todos los medios, incluidos los nucleares; (2) los intereses esenciales; y (3) los intereses medios o aspiraciones.
 
Ante esta situación, considera que la debilidad de Europa procede del hecho de que carece de medios creíbles para influenciar el entorno de su seguridad.
 
Entre los intereses vitales cita: (1) la seguridad energética, (2) lo que llama el combate contra el terrorismo estratégico, (3) impedir la proliferación de armas de destrucción masiva. Incluye también como interés vital la necesidad de prevenir pandemias.
 
Junto a ellos hay una serie de intereses esenciales y generales cuya defensa implica ayudar a prevenir en alguna manera los denominados vitales. Considera que entre los esenciales están la estabilidad y desarrollo de África y la seguridad medioambiental; mientras que son intereses generales: la seguridad humana de los refugiados y la respuesta efectiva a desastres.
 
En la lucha por estos intereses secundarios se encuentra evitar que prevalezca ese que considera el lado oscuro de la globalización al que hay que combatir mediante el desarrollo de los valores e intereses de Europa.
 
Considera esencial reformar las instituciones de la UE en materia de defensa y seguridad al calificarlas como un fracaso. Para ello promueve la necesidad de una cultura estratégica europea: 3 Estados acumulan el 65% de los gastos totales de defensa en Europa. Hay que especializarse o integrar. Son necesarios unos países que ejerzan el liderazgo e instituciones dedicadas a la estrategia.
 
Para Proyectar todo este plan de seguridad europea, lo que sugieren es un plan de asociación estratégica. Buscan lograr un multilateralismo efectivo.
 
Pero por encima de todo ello afirman la necesidad de una asociación UE-US en la que los americanos deben estar dispuestos a asociarse y los europeos deben estar dispuestos a merecer esa asociación. Hay que proyectar credibilidad, salvo que se pretenda fracasar en una auténtica Política Europea de Seguridad y Defensa. Afganistán es buen ejemplo para comprobar si se forjará o no.
 
La proyección de la seguridad europea debe hacerse igualmente a través de la defensa. Para ello hay que expandir las tareas Petersberg proporcionando un nuevo concepto de planificación, aprendiendo las lecciones de Irak y Afganistán.
 
Por último destaca la importancia vital de la solidaridad europea, el apoyo en la fe popular que hay que reconstruir. Un liderazgo efectivo debe reconstruir un Nuevo Consenso europeo en seguridad.
 
Comprometer a las sociedades de Europa exige comunicar el mensaje estratégico de seguridad. Para garantizar la integridad de Europa es necesario sostener su prosperidad y garantizar su estabilidad.
 
Subraya unas palabras dichas por Javier Solana en La Haya en 2006 “El idealismo que está detrás de la fundación de la UE es vital para definir quién y qué somos hoy. Ayuda apreciar el valor de la UE como una fuerza para el bien en el mundo. Hemos construido con cuidado una zona de paz, democracia, y estado de derecho de más de 500 millones de personas. Ahora tenemos que extender esa zona. Y responder a la llamada de Europa para actuar. Promover la paz y proteger a los vulnerables. Este es el objetivo de la PESC”.
 
Si bien alguno podría interpretar esas palabras como una especie de neocolonialismo, tienen su fundamento en la correcta necesidad de exportar la democracia para garantizar nuestra seguridad y libertad. En otro contexto Norman Podhoretz habla de “Making (the Middle East) safe for America, by making it safe for democracy”. La doctrina Solana, curiosamente equivalente, supondría “Making (the world) safe for Europe, by making it safe for democracy”, ampliando con ambición el plan que Bush inventó para los americanos.
 
2.                  Las opciones estratégicas de Occidente
 
“Somos los únicos, en efecto, que consideramos al que no participa en estas cosas, no ya un tranquilo, sino un inútil, y nosotros mismos, o bien emitimos nuestro propio juicio, o bien deliberamos rectamente sobre los asuntos públicos, sin considerar las palabras un perjuicio para la acción”.
 
Esta segunda parte trata de completar la visión estricta de la Alianza con la más completa de las opciones estratégicas de Occidente. Se relatan las consideraciones más generales de lo que Occidente en general significa y de lo que quizá quiera seguir siendo en el mañana.
 
Hay toda una serie de aportaciones intelectuales al debate más genérico sobre la presencia y los modos de actuar de Occidente ante los enemigos y amenazas que se le presentan.
 
Para hacer una redacción estructurada, pueden distinguirse los siguientes temas fundamentales, que representan una serie de escenarios posibles.
 
Por una liga de las democracias
 
“Tenemos un régimen político que no se propone como modelo las leyes de los vecinos, sino que más bien es él modelo para otros. Y su nombre, como las cosas dependen no de una minoría, sino de la mayoría, es democracia”.
 
Con carácter previo a la propuesta concreta en este sentido, generalmente identificada con los nombres de Ivo Daalder y Robert Kagan, hay toda una literatura sobre el carácter moral, ético o incluso pragmático – factible – de la alianza de los países que comparten los valores de Occidente para rechazar los enemigos.
 
Así Todd Lindbergh y Derek Chollet[12] argumentan que existe una falsa elección entre el realismo y el idealismo. Se necesitan ideales y la defensa de intereses. Es curioso que a este respecto – lo que está relacionado con los últimos párrafos del apartado precedente - la izquierda escéptica haya pasado demasiado tiempo oponiéndose a todo lo que dijera Bush sin pararse a pensar que eso significaba alejarse de lo que confesaba ser sus propias creencias.
 
Se preguntan si la promoción de los valores occidentales en el exterior es un problema, cuál puede ser la solución. Hay varias perspectivas al respecto. Una de ellas, que llamaremos neorrealista, considera que no hay nada por encima de los estados y que hay que fomentar una estructura que permita la defensa de los propios intereses sin que se deba ir más allá de lo que cada estado desea hacer.
 
Esto, no obstante, supone una radicalización de la ausencia de valores y es en el fondo una negación de Occidente. En el fondo responde a la pregunta: ¿Qué es lo contrario a una liga de democracias? Es una postura que, llevada a sus extremos, resulta indefendible. Se trataría – ejemplificándolo en los Estados Unidos – de seguir manteniendo su propio dominio, especialmente militar y no intervenir salvo por estricto interés. Es difícil que se lograra elegir a un presidente que defendiera una posición así.
 
Pero acaso resulte que los intereses y los valores no están tan separados entre sí. Mientras no es probable una nueva América fundada en una política de exclusivo poder o exclusivos intereses, se advierte un camino hacia un nuevo consenso de principios con sus repercusiones en política exterior y de seguridad.
 
Hay seis principios que unen intereses y valores. Si se transforman en medidas de política exterior americana puede que sean los que hay que tener en cuenta para construir una defensa de Occidente frente a sus amenazas:
 
-         Oponerse a la conquista de territorio por la fuerza;
-         Defender regímenes liberales mediante una solidaridad democrática (lo que introduce la propuesta de la liga de democracias);
-         Proporcionar ayuda a los liberalizadores y democratizadores dentro de países no democráticos;
-         Aplicar todo tipo de medidas contra regímenes opresores;
-         Fomentar el libre comercio para luchar contra la pobreza y el hambre, elemento en que debe asumir el liderazgo Estados Unidos;
-         Fortalecer alianzas e instituciones.
 
Hay una política posible y realizable que no es estrictamente idealista. Pasa por un consenso entre los partidos sobre los valores. Si se le dedica la atención y liderazgo precisos el pueblo la respaldará.
 
De manera específica Robert Kagan ha defendido la creación de una liga de democracias. El hecho de que John McCain promoviera esa postura en las elecciones americanas podría llevar a la falsa impresión de que se trata de una medida derrotada que no se aplicará en ningún grado. Sería olvidar que cuenta con apoyos sólidos a lo largo y ancho de la clase política y que permite aplicarse de diversos modos. Significaría al menos facilitar y favorecer las alianzas entre democracias y en su máxima expresión, dotarse de una institucionalización mínima o incluso aprovechar las existentes – como la OTAN, que es hoy la mayor liga de democracias junto con la UE – para priorizar la protección y expansión de este régimen de libertad.
Para Kagan[13] hay una serie de elementos que la hacen casi ineludiblemente aplicable. Por un lado, que la propuesta procede del bando Demócrata de la política americana y cuenta con adeptos serios en todos los sectores políticos. En segundo término, la ONU no tiene nada que temer de ella, porque no la suplantaría más de lo que lo han hecho grupos como el G8 o el G20. Contrariamente a lo que se piensa no disminuiría la centralidad de Europa, sino que le proporcionaría una manera de influir más eficazmente. No se puede caer en el alarmismo de pensar que suscitaría una desconfianza equivalente a la de la Guerra Fría. Por último, esto es capital, los Estados Unidos no pueden imponerla, corresponde a las democracias valorar si quieren que salga adelante.
 
Emilio Alessandri[14] considera que esta idea tiene los mimbres necesarios para volver a dar fundamento al orden mundial. Conviene no olvidar que lo que subyace es la idea de que la democracia es el principio superior de legitimación internacional y proporciona una fundación sólida para las relaciones internacionales.
 
Al tratarse de una vieja idea con distinguidos defensores hay que constatar que su fracaso en el pasado procede de poner la insistencia más en el proceso que en el fondo. Si a ello se le añade la burocratización de las instituciones, se advierten una serie de problemas que hay que evitar.
 
Es curioso recordar cómo un panfleto de Clarence Streit fomentando la unidad entre democracias, tras la II Guerra Mundial, denominado “Union Now” es, según uno de los redactores del tratado fundacional de la OTAN, Theodore Achilles, el origen de la idea de la unidad atlántica. No es distinto a lo que pensaba Truman - el presidente al mando durante la creación de la OTAN, la OCDE y el Plan Marshall, además de la ONU – al considerar que no debía prevalecer la geografía sino la identificación con los mismos valores.
 
El resurgir de esta idea coincide con la situación descrita en El fin de la historia de Fukuyama, o si se prefiere, en el más ponderado, prudente y acertado – pero menos zarandeado por el marketing - : La recuperación democrática de Revel. Es decir aquella década de los 90 en que el principio democrático y liberal aparecía como el vencedor – siempre reversible – de un agitado siglo XX.
 
Hay que centrarse en la democracia que tiene valor universal y cuya expansión es una especie de medida del progreso del mundo. El espíritu es similar al que dio lugar a la Liga de Naciones y la ONU pero expresa su preferencia por instituciones multilaterales y no universales,  basadas en la soberanía (no supranacionales) y democráticas.
 
Es posible que se vea la propuesta como utópica y esté condenada a quedarse en idea, pero su atractivo y la infinidad de modos en que es potencialmente aplicable, así como la flexibilidad institucional que sugiere, la hacen posible por su naturalidad y sencillez.
 
No a la liga de las democracias
 
“Y que estas cosas no son jactancia retórica del momento actual, sino la verdad de los hechos, lo demuestra el poderío de la ciudad, el cuál hemos conseguido a partir de este carácter. Es la única ciudad de las actuales que acude a una prueba mayor que su fama, y la única que no provoca en el enemigo que la ataca indignación por lo que sufre, ni reproches en los súbditos (...)”.
 
Otros se oponen a esta idea por considerarla una alianza nada santa. Estiman[15] que corre el peligro de convertirse en una OTAN sin fronteras o en una coalición de voluntarios que sólo esconde el hecho de que los americanos ven a la ONU como una carga. Esta posición deduce que por crear un foro que no integre a los déspotas, sería el despotismo el que triunfaría, al no tener dónde tratar con los demócratas. Pero presume que desplazaría a la ONU, elemento que no se encuentra en ninguna de esas propuestas.
 
Charles A. Kupchan[16], en un inteligente artículo en Foreign Affairs, considera que esta liga menor sólo traería problemas mayores. Opina que la idea no es nada menos que desastrosa, que no fomentaría la colaboración entre democracias y que haría ver los límites del poder de los europeos y de su legitimidad.
 
Admite que es curioso que la noción sea aceptada tanto por los internacionalistas “liberales” (“progresistas”) como por los neoconservadores realistas. Considera, en cambio, que con quien es preciso cooperar es con las autocracias emergentes y que el concierto de las democracias no haría sino alejarlos de esa esfera de cooperación necesaria. Se pregunta si no representar a los chinos fuera, beneficia a los chinos. Cabe preguntarle a él si considera que los chinos están representados por invitar a una conferencia internacional a los líderes de la autocracia y el capitalismo de estado.
 
Estima sobreestimadas las áreas de colaboración entre democracias.  Considera en cambio que el mundo va hacia la heterogeneidad y la diversidad y advierte que para muchos el capitalismo autoritario es tan o más atractivo que la democracia liberal.
 
Promueve actuar con sobriedad, pragmatismo y competencia. Sí, pero ¿haciendo qué? Expandiendo la democracia a través del ejemplo: incentivos económicos, acciones diplomáticas e integración regional. Propone pues como alternativa reformar la ONU y el G8. ¿Quién está siendo utópico, aquí?
 
Estima que las democracias deberían más bien colaborar con las autocracias emergentes si quieren ocuparse de los desafíos mundiales. Esta postura parte claramente de la idea de la futilidad de las confrontaciones y del prejuicio de que incluso la victoria es mala si requiere el más mínimo precio. Es, en definitiva, una estrategia de rendición aseada y decorosamente defendida.
 
El mundo multipolar
 
“Esta es la razón por la que me he extendido en lo referente a la ciudad enseñándoles que no disputamos por lo mismo nosotros y quienes no poseen nada de todo esto, y dejando en claro al mismo tiempo con pruebas ejemplares el público elogio sobre quienes ahora hablo”.
En State failure and democratic change[17], varios analistas defienden la perspectiva de la unión de las democracias de otra manera. Su punto de vista es la exigencia de evitar que existan estados fallidos, caldo de cultivo de todo tipo de males y amenazas. Después de hacer un repaso por los seis sitios más peligrosos del mundo: Irak (está escrito en 2007), Afganistán, Pakistán, Líbano, Palestina y Corea del Norte, recuerda que el compromiso de defensa mutua de la OTAN, invocado por vez primera para la guerra de Afganistán es un elemento capital del mantenimiento de seguridad entre aliados.
 
Bruce Berkowitz[18], recuerda lo siguiente. Durante la guerra fría las embajadas americanas en Moscú solían enviar bromas a fin de año para relajar la tensión y la rutina habitual. Procedían de la convicción de que a pesar de la confrontación se sabía que la economía y sistema soviéticos estaban debilitados y quizá agotados. Se podía en el fondo bromear sobre el asunto. No hay bromas ahora sobre Alqaeda, China o Corea del Norte. Son amenazas fundamentalmente diferentes.
 
Afirma que las amenazas son más resistentes y hacen el conflicto más probable. Para hacerles frente los Estados Unidos buscan seguir siendo predominantes a través del uso racional de sus recursos. No obstante, se presentan los siguientes contrastes con las situaciones conocidas del pasado:
 
-               La moral y motivación de los terroristas es más alta;
-               Su sistema económico – de las autocracias – no es el de la antigua URSS;
-               Políticas exteriores prudentes (no eran secretos que quisieran subvertir el orden existente, ahora todos son demócratas y luchan por la libertad y en su nombre);
-               Más astucia interna.
 
Putin, Ahmadinejad, Chávez y Morales han ganado elecciones. Controlan las noticias y encarcelan oligarcas, pero no necesariamente disidentes, a los que se limitan a hacer la vida imposible. Son muy capaces en propaganda y control de elecciones. Incluso tienen un considerable apoyo popular. Son lo suficientemente estables políticamente para complicar la vida de las democracias durante mucho tiempo.
 
¿Cuál es pues la mejor estrategia para ir gradualmente y prevalecer? Estos son los requisitos primordiales que exigiría.
 
1.                  El gasto en defensa es esencial pero carece de buena prensa y sobre todo, no se ve como el elemento esencial para garantizar la existencia de la democracias;
2.                  Exceso de pasividad en los 90, exceso de actividad tras el 11 de septiembre;
3.                  Hay que ser capaces de sostener una iniciativa estratégica determinada;
4.                  Flexibilidad y economía de movimientos.
 
Como ha dicho Michael Mandelbaum[19] los USA proveen de bienes públicos – seguridad y prosperidad – a otros países que no se los pueden proporcionar a sí mismos. Mandelbaum es progresista pero su argumento es similar al de Kagan-Kristol, de una hegemonía benevolente. Joseph Nye y Joshua Muravchik defienden cosas parecidas.
 
Hoy día, contrariamente a lo hecho por los USA en el pasado, no hay una alianza omnicomprensiva que permita enfrentarse a todas las amenazas al mismo tiempo. O sea que nos vemos obligados a optimizar las situaciones y necesidades que nos permitan forjar alianzas para cada asunto en que puedan resultar eficaces.
 
¿Significaría esto que hay que dejarse los principios americanos en el camino? Hace falta un cierto tacto sofisticado para lograr objetivos a largo plazo con menor coste, concluye.
 
Otra línea que parte de una premisa diferente pero llega a una concepción similar es la idea de Philip Gordon[20] de que hay que pelear la guerra correcta. Considera que tanto las razones como las acciones concretas en que se ha manifestado la guerra contra el terrorismo son erróneas. Propone, y dice que el momento presente es el mejor para ello, reconciliar a los Estados Unidos con el resto del mundo y que esto forjará una serie de alianzas más efectivas contra el terrorismo aunque menos espectaculares en términos de uso de la fuerza o incluso alusión a ella.
 
Es decir, deduciendo la línea resultante de estas heterogéneas posiciones, el mundo es multipolar en dos sentidos: hay varias amenazas igualmente peligrosas y hay varias potencias capaces de hacerles frente. Esto suscita una multiplicidad de combinaciones entre amigos-enemigos que se resuelven con alianzas concretas. Esta situación puede seguir permitiendo el ejercicio de una hegemonía benevolente por parte de los Estados Unidos por la natural división de las tareas entre unos y otros miembros de las alianzas y por la división de los objetivos a los que se dedican.
 
La alternativa de una OTAN global
 
“Ninguno flojeó por anteponer el disfrute continuado de la riqueza, ni demoró el peligro por la esperanza de que escapando algún día de su pobreza podría enriquecerse. Consideraron más deseable que todo esto el castigo de los enemigos, y estimando además que este era el más bello de los riesgos decidieron optar por los peligros, confiando a la esperanza lo incierto de su éxito (...)”
 
Solamente una alianza global puede hacer frente a los desafíos del mundo actual. Cuando un país esté preparado para ayudar hay que dejarlo entrar. Sin darnos cuenta la OTAN se ha convertido en global. Ivo Daalder y James



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