(Publicado en La Gaceta, 31 de octubre de 2009)
Cuando las instituciones democráticas hondureñas se quitaron de en medio a Zelaya el pasado junio, se enfrentaron a un triple problema. El primero, la amenaza de la izquierda regional acaudillada por Chávez: la radical –Morales, Correa, Ortega- y la “moderada” –Lula, Kirchner, Bachelet-. Todos sumieron a Honduras en un clima insoportable, con amenazas de guerra, sanciones económicas y diplomáticas, y apartheid en la OEA.
El segundo, una amenaza interna: la movilización en las calles de partidarios zelayistas y la organización de milicias revolucionarias. Chávez no escatimó esfuerzos: fondos económicos, uso de la frontera nicaragüense como base guerrillera, envío de agitadores, infiltración del propio Zelaya. Pero esto no le dio resultado: los hondureños le volvieron la espalda, la agitación en las calles duró poco, y las instituciones controlaron más o menos bien la situación.
La tercera, la más determinante, la de la comunidad internacional. Honduras podía sobreponerse a las dos primeras a cambio de recibir el apoyo de Estados Unidos y quizá Europa. Pero éstos optaron por amonestar a la democracia hondureña y contemporizar con la dictadura bolivariana. Obama buscó cuidadosamente la equidistancia entre democracia y despotismo, y Europa mostró su habitual descomposición moral y diplomática. Prefirieron sacrificar una democracia para apaciguar a una dictadura.
Abandonada, la resistencia hondureña se fue poco a poco rompiendo, hasta llegar a los acuerdos de esta semana. Con ellos, Tegucigalpa logra quitarse de encima la asfixiante presión internacional. Poca cosa ante la despiadada determinación chavista; todo lo que no sea frenar en seco el imperialismo de Chávez es mala noticia. Por unos meses pareció que éste perdía. Vana Ilusión: la comunidad internacional corrió en su auxilio. Con los acuerdos la puerta de Honduras sigue abierta para el petrotirano, que tiene voluntad y medios para librar un asedio largo. El chavismo sigue a las puertas.