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El anclaje de las potencias emergentes en el orden mundial: Turquía como desafío

El anclaje de las potencias emergentes en el orden mundial: Turquía como desafío

por Rocío Colomer Flores, 23 de Noviembre de 2010

 

Introducción
 
El desmantelamiento de la Unión Soviética terminó con la Guerra Fría y con el orden bipolar que había dominado la escena internacional desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos se consolidó como única potencia hegemónica a escala mundial; como diría el ministro de Exteriores francés, Hubert Vérine, el país se convirtió en una “hyperpuissance”. Paradójicamente en ese mismo momento empezaron a surgir los primeros estudios que auguran el fin del liderazgo norteamericano a corto-medio plazo. La sorpresiva Caída del Muro de Berlín y la rapidez con la que se habían sucedido los acontecimientos del desmantelamiento de la URSS invita a especular sobre la fugaz preeminencia estadounidense basada, precisamente, en esta aceleración político-histórica.
 
Los atentados del 11S y las intervenciones internacionales de Afganistán en 2001 e Irak en 2003 lideradas supusieron un punto de inflexión y cambiaron el curso de la Historia. En el libro “El espejismo multilateral” (2009) el diplomático español Javier Rupérez considera a este respecto que “contemplando el mundo circundante en la recta final de los primeros diez años del siglo XXI, la comprobación empírica nos ofrece una lectura distinta (a la de aquellos que advierten sobre el fin de la hegemonía norteamericana): EE UU sigue siendo la potencia dominante en nuestro planeta desplegando un abanico global de influencias probablemente sin parangón en ninguna de las hegemonías imperiales”. Reconoce que “cada vez les queda menos” pero insiste en que si se encuadra la pregunta sobre el liderazgo norteamericano en un plazo temporal concreto como hasta 2025, la respuesta es que “seguirá jugando un papel preeminente en la política mundial”.
 
En medio de este debate sobre el final del liderazgo norteamericano surge otro sobre la nueva composición de un orden multipolar y sus consecuencias. Empiezan a ganar cierta influencia una serie de potencias emergentes como los denominados BRIC --Brasil, Rusia, India y China-- que piden ocupar su lugar en el tablero mundial. Todavía fuera de este grupo pero con voluntad de integrarlo se encuentra Turquía. Los especialistas en seguridad internacional mantienen que la demografía es estrategia. En este sentido, el antiguo imperio otomano, con 72 millones de habitantes y una media de edad de 29 años, se perfila como un país con un poder decisivo. En 2050 si las tendencias de natalidad se mantuvieran como hasta ahora (que no siempre ocurre pues son parámetros que van variando), Turquía podría alcanzar los 100 millones de habitantes. En el caso hipotético de que hubiera entrado por esas fechas en la Unión Europea sería el país con mayor peso demográfico.
 
Turquía es miembro de la OTAN, vocal en el G-20 y en el ejercicio 2009-2010 ha ocupado un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. En paralelo, Estambul dirige el secretariado general de la Conferencia de la Organización Islámica. Esta dualidad institucional está sostenida por su posición estratégica entre Europa y Asia; Occidente y Oriente. La Turquía de Ataturk ha sido un ejemplo de democracia, éxito económico y poder militar que ha permitido convertirse en un país aliado de Occidente con gran influencia en el mundo árabe.
 
Sin embargo, en los últimos años y en respuesta a ese deseo por convertirse un actor internacional relevante en la escena internacional, Turquía ha perseguido lo que denomina una política exterior “multidireccional” que abre nuevas incógnitas sobre la continuidad de su tradicional alianza con Occidente y deja en suspenso la viabilidad de los procesos de anexión a las instituciones internacionales como la UE.
 
Las distintas caras de Turquía
 
Los orígenes de la Turquía moderna que conocemos en la actualidad se remontan a principios de la década de 1920, cuando Kemal Ataturk libra una guerra de la independencia y establece unas fronteras estables fuera del control colonial. Inicia un proceso de transformación del país árabe impulsado por una ideología nacionalista que propone la secularización del Estado frente a la islamización que estaban llevando a cabo otros países árabes. “Kemal Ataturk dotó a Turquía de un mito laico de construcción nacional que la mayoría de estados árabes y africanos, trabados por unas fronteras trazadas artificialmente, no tienen”, sostiene Robert D. Kaplan en “La anarquía del mundo que viene”. Estas características dotan a Turquía de un régimen de libertades y de una estabilidad desconocidas en la región que le convierten, a la postre, en el principal aliado de EE UU e Israel en la zona.
 
Turquía queda integrada en la OTAN y a lo largo de los años, Washington considera como un paso natural su inclusión en la Unión Europea. En el Viejo Continente, sin embargo, se mantienen ciertas reservas. Estados Unidos cree que la anexión de Turquía a este concierto de organismos internacionales es la mejor vía posible para premiar su fidelidad a la democracia y las libertades fundamentales, para alejarla de las tentaciones islamistas y convertirla en un espejo en el mundo musulmán de que otro camino es posible.
 
Al declarar la quiebra del nacionalismo árabe, los desheredados políticos no racionalizan el fracaso del arabismo ni lo vuelven a formular. No se contemplan soluciones alternativas. Simplemente han optado por el paradigma político situado en el otro extremo con el que están familiarizados: el islam”, explica la analista en Oriente Medio Christine M. Helms sobre la conversión de los países del entorno musulmán a regímenes fundamentalmente teocráticos.
 
Política Exterior del “Turquía es sólo amigo de Turquía” a “problemas cero con los vecinos”
 
La sociedad abierta que representaba Turquía en el mundo árabe le convirtió en el principal aliado diplomático y militar de Israel en la región. El país mantiene el segundo Ejército más numeroso de la OTAN después de Estados Unidos. En la segunda mitad del siglo XX, Estambul practica una política exterior que se traduce en “Turquía es sólo amigo de Turquía”, esto es, persigue sus intereses nacionales que pasan por fortalecer su relación con Occidente por encima de las relaciones con sus vecinos.
 
La entrada del siglo XXI marcará sus propias constantes. La llegada al poder del partido islámico AKP de Recep Tayyip Erdogan en 2002 introducirá una serie de cambios significativos respecto a esta tradición en política internacional. A principios de 2003, en los meses previos a la guerra de Irak, estalla la primera crisis entre Turquía y EE UU. El parlamento, con mayoría del AKP, niega los permisos de vuelo a los aviones espías norteamericanos que pretendían rastrear el territorio iraquí de cara a la intervención internacional. La prohibición amaga con romper con la cooperación militar tan apreciada por las Fuerzas Armadas turcas. 
 
En 2009 se producirá el segundo gran enfrentamiento, esta vez con Israel. La Operación Plomo Fundido lanzada por el Gobierno israelí de Ehud Olmert del Kadima contra la Franja de Gaza en diciembre de 2008 precipita una escalada verbal por parte del primer ministro turco contra Tel Aviv. En el Foro Económico de Davos, Erdogan increpa a Simon Peres, presidente de Israel, con un “vosotros matáis al pueblo”. Este enfrentamiento verbal del primer ministro turco con el país que había sido considerado su principal aliado militar y diplomático en la región no se queda en un desacuerdo puntual sino que va ligado con una determinación política de más envergadura. La oposición de Turquía a la operación de Gaza y su consecuente respaldo a la organización de Hamas responde a una redefinición de las prioridades diplomáticas del país promovida, esencialmente, por Ahmet Davutoglu.
 
En 2009 Davutoglu, que hasta entonces había sido asesor de Erdogan, es nombrado ministro de Exteriores turco. Los principios del nuevo jefe de la diplomacia turca habían quedado recogidos en “Profundidad estratégica” un ensayo que escribió en 2001. En él, Davutoglu es partidario de establecer una nueva política de enganche con la región y reconstruir los lazos con los países que habían configurado el antiguo imperio otomano. Turquia, dice el nuevo ministro, “no es un asunto” es un “actor”. Bajo esta convicción el país se propone recuperar su influencia entre los países que un día estuvieron bajo su dominio con la puesta en marcha de la política de “problemas cero con los vecinos”. Este principio de recuperación de alguna forma de su antigua área de influencia conduce a lo que se ha denominado una política “neootomana”.
 
La defensa de Hamas en este periodo convierte a Turquía en un país aclamado por todas las calles del mundo árabe. Siguiendo esta línea, el segundo gran desencuentro se produce en mayo de este año. La interceptación de las Fuerzas Armadas israelíes del Mavi Marmara que pretendía romper el bloqueo de Gaza impuesto por Tel Aviv en 2008 terminó en fatalidad. La muerte de ocho activistas turcos y uno norteamericano acabó por deteriorar las complicadas relaciones diplomáticas entre los dos viejos aliados. El ministro de Exteriores turco no dudó en realizar unas declaraciones hasta ahora impensables sobre Israel. “Es la primera vez desde la guerra de la independencia de Ataturk que civiles turcos mueren a manos de un Ejército extranjero”. También aseguró que las relaciones entre Israel y Turquía “jamás volverían a ser las mismas”. Erdogan, por su parte, calificó el asalto militar como “terrorismo de estado”.
 
De poco sirvieron las explicaciones del primer ministro israelí, Benjamin Nentanyahu, en las que relató cómo los soldados se habían encontrado con una violenta resistencia en el Mavi Marmara a diferencia de los otras embarcaciones interceptadas en las que no se produjeron víctimas mortales. Los fuertes disturbios que se registraron en la Embajada de Israel en Estambul llevaron a las autoridades hebreas a solicitar a sus ciudadanos que no viajaran a Turquía –uno de los principales destinos turísticos-- por razones de seguridad. El conflicto político diplomático empezó a cosechar consecuencias sociales.
 
El enfriamiento de las relaciones con Israel no es el único ejemplo de esa nueva dirección tomada por Turquía. El acercamiento de Estambul a Teherán refleja también esa política “multidireccional” dirigida por el ministro de Exteriores turco que tantas dudas plantea. Las reservas de petróleo y de gas de la República Islámica iraní convierten a este país en un importante socio comercial para Turquía. Este estrechamiento de las relaciones por motivos económicos ha tenido una contrapartida clara en los asuntos políticos. Turquía se ha convertido en uno de los principales valedores de los supuestos fines pacíficos del programa de enriquecimiento de uranio iraní en contra de las iniciativas internacionales. Fue el pasado 17 de mayo cuando el ministro Davutoglu, anunció un acuerdo a tres bandas entre Ankara, Brasilia y Teherán sobre el plan nuclear iraní sin contar con la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA), ni, por supuesto, Europa y Estados Unidos. La solución planteada por el tridente consistía en líneas generales procesar el uranio pobremente enriquecido fuera del país islámico para evitar la manipulación de los residuos en las centrales iraníes. El primer problema era que en ningún momento se daban las suficientes garantías sobre la ejecución del proceso ni se explicaban cuáles iban a ser los mecanismos de supervisión y control, una vez que se había descartado la participación de la AIEA.
 
El acuerdo irritó a Estados Unidos y Europa. Desde Washington, la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, criticó a Turquía y Brasil por contribuir a que “el mundo fuera un lugar más peligroso”. Cabe recordar que tras el fracaso de la política de mano tendida del presidente norteamericano, Barack Obama, hacia Irán, EE UU se encontraba negociando en el seno del Consejo de Seguridad una cuarta resolución condenatoria del programa nuclear iraní que contara con los votos a favor de China y Rusia. La nueva cobertura de Turquía y Brasil a Irán amenazaron con tirar por tierra esos esfuerzos. El primer ministro turco recurrió a la bandera del regionalismo para justificar su cambio de posiciones en el tablero internacional. “No se puede juzgar desde fuera nuestra propuesta”, exclamó. La frase, sin embargo, obvia que uno de los artífices del acuerdo no es un actor regional sino también un poder emergente que quiere buscar su propio lugar en el mundo.
 
Tres semanas más tarde, el 9 de junio, el Consejo de Seguridad aprueba la resolución 1929 con el voto unánime de los cinco miembros permanentes –China y Rusia, tras imponer sus exigencias que aguan el texto, rompen con su tradicional poder de veto– más los “síes” de siete de los miembros no permanente. Turquía y Brasil, sin embargo, votaron en contra y Líbano, como era previsible, se abstuvo. El Gobierno de Erdogan vuelve por segunda vez en menos de un mes a actuar en contra de los intereses occidentales en el tablero mundial. La política “multidireccional” parece sostenerse por una política del “no” a Occidente. En Washington se empieza a cuestionar la fiabilidad del socio turco y la compatibilidad de los nuevos principios de la política exterior y la alianza atlántica.
 
El laberinto de la política interna
 
La transformación del país está estrechamente vinculada a los ocho años de poder del AKP y su conseguidor político, Recep Tayyip Erdogan. Ex alcalde de Estambul, en 2001 crea su propio partido el AKP (Justicia y Desarrollo, en español) de carácter conservador y religioso. Un año después de su puesta en marcha consigue la victoria en las elecciones generales, pero el primer año no podrá acceder a la jefatura del Gobierno por haber estado en prisión en 1999 tras leer una poesía islámica en público. El número dos del partido y actual presidente del país, el islámico Abdulá Gül toma posesión en su nombre. En 2003 empiezan los primeros síntomas de cambio.
 
En política interna dos han sido las obsesiones de Erdogan: la primera una reforma de la Constitución para recortar el poder militar y judicial; la segunda, la normalidad islámica. Esta voluntad política supone una redefinición de la identidad nacional turca desde la observancia religiosa, un proceso que desde los sectores seculares de la sociedad se ha interpretado como un intento de terminar con la laicidad del Estado y un primer paso para que Turquía se asimile al resto de regímenes teocráticos.
 
Entre las grandes ironías de estos ocho años de Gobierno del AKP se encuentra la tensión generada por el primer ministro turco con las Fuerzas Armadas y su creciente autoritarismo político. Erdogan --recordaba la revista The Economist— no se ha caracterizado por ser un gran defensor de la democracia, un sistema que ha llegado a comparar con “un tren del que te bajas para tomar otra dirección”. En estos ocho años de gobierno ininterrumpido su personalismo ha sido clave. Quienes le han tratado asegura que no le gustan la oposición, ni los críticos y que suele caer en la conocida tentación de elaborar “listas de enemigos” entre los que suele introducir nombres de periodistas.
 
Coincidiendo con el 30º aniversario del golpe de Estado de 1980, el pasado 12 de septiembre Erdogan convocó un referéndum sobre la reforma de la Constitución que consistía en una limitación del poder militar y una modificación del Consejo Supremo de la Magistratura, el principal órgano judicial. La oposición kemalista hizo campaña en contra de la reforma pues consideró que se trataba de una maniobra partidista para aumentar las cuotas de poder. En especial criticaban el mecanismo de ampliación de los miembros del Consejo Supremo, de seis magistrados (cinco jueces y un funcionario del Ministerio de Justicia) a 21 mediante un proceso de votación parlamentaria. El partido de Erdogan, el AKP, goza de una cómoda mayoría en la Cámara Baja que le permitirá colocar a sus candidatos en el máximo órgano judicial. Una institución que hasta ahora se había significado como uno de los principales garantes del laicismo tras frenar las medidas legislativas más observadoras que podían poner en peligro la práctica secular de las instituciones del Estado. “Las reformas (de la Constitución) parecen dirigidas a tomar el control del poder judicial y desmantelar la separación de poderes”, denunció el presidente del Consejo Supremo, Kadiz Ozbek.
 
Finalmente el partido de Erdogan ganó el referéndum con el 58% de los votos, mientras el partido de la oposición perdió con un 42%. En la composición geográfica del voto, los “síes” se concentraron en las áreas rurales y la zona interior, mientras que la mayoría de los “noes” se registraron en los núcleos urbanos. La agresiva campaña a favor del referéndum que protagonizó el primer ministro turco no terminó ese domingo. Erdogan amenazó con destituir a los empleados públicos de la empresa Tusiad que habían votado en contra de la modificación de la Carta Magna.
 
Una vez aprobada la reforma el Gobierno del AKP ha recuperado parcialmente una de sus iniciativas más polémicas: eliminar la prohibición del uso del velo en los espacios públicos. Dos acciones distintas enseñan la pretensión del Partido por la Justicia y del Desarrollo de recuperar la batalla legal por el uso de esta prenda. El viernes 29 de octubre el presidente islamista Abdulá Gül anula el tradicional sistema de dos recepciones en el palacio presidencial para congregar a todos los invitados en un solo acto en el que la primera dama con velo islámico integre la comitiva institucional. Los secularistas denunciaron la violación de la ley que prohíbe el uso de esta indumentaria en los edificios estatales. Ya la semana anterior la Junta de Educación Superior turca ordenó a la Universidad de Estambul que impidiera a los profesores expulsar de las aulas a las estudiantes que llevaran el velo islámico. La campaña a favor de esta indumentaria ha sido una de las más simbólicas del Gobierno de Erdogan. Tanto su mujer como la del presidente Gül son usuarias de esta prenda.
 
En febrero de 2008 el Parlamento aprobó una enmienda a dos artículos de la Constitución para “garantizar la libertad de educación” y permitir a las estudiantes con velo que pudieran entrar en la Universidad. La iniciativa polarizó a la sociedad turca. La Corte Constitucional bloqueó la ley por considerar que violaba los principios seculares del país. Fue la mayor derrota legislativa que sufrió Erdogan desde 2002. Tras la reforma de la Carta Magna, el primer ministro turco ha anunciado que preparan una nueva redacción de la polémica ley. Las dos situaciones anteriores dan fe de esta voluntad de terminar con el “trabajo inacabado”.
 
Otra de las iniciativas legislativas con una gran carga religiosa que suscitaron un gran revuelo fue la intención del Gobierno islámico de tipificar el adulterio como un crimen.
 
La trama “Ergenekon” que trata de una supuesta conspiración de la cúpula militar para derrocar al Gobierno de Erdogan ha sido otra de las puntas de lanza de este segundo mandato que ha permitido encarcelar a un buen número de generales, que todavía esperan entre rejas la celebración de un juicio. Desde el entorno de la institución castrense se denuncia el uso que hace el primer ministro turco de este asunto para azuzar el fantasma de los golpes de Estado con el único fin de consolidar su poder.
 
La situación de la libertad de prensa es otro de los indicadores del estilo autoritario de Recep Tayyip Erdogan. No sólo los incluye en su lista de enemigos sino que les pone palos en las ruedas de su ejercicio. El grupo mediático Dogan que controla los principales medios críticos con el Gobierno islamista los periódicos Milliyet y Hurriyet más cadenas de televisión estatales ha sufrido un acoso creciente con el envío de un batallón de inspectores fiscales para que investigaran un supuesto y nada claro asunto de corrupción.
 
¿Qué se puede esperar de la oposición?
 
Pese haber perdido en el referéndum, el partido kemalista ha recortado distancias con respecto al AKP. Las elecciones generales previstas para el próximo verano no auguran una reelección fácil para Erdogan. Las encuestas todavía le otorgan la victoria pero probablemente se vea obligado a gobernar en coalición. 

El cambio de liderazgo en el partido kemalista ha supuesto un balón de oxígeno. Kemal Kilicdaroglu del CHP pertenece a la corriente moderada chií, alevi, pero también posee raíces kurdas y armenias lo que le convierte en un político popular entre las determinantes minorías en el país. Templado y prudente ha sido bautizado por sus seguidores con el nombre de “el Gandhi turco”. Es un europeísta convencido que asegura que la Unión Europea es un “proyecto de civilización”. Critica el autoritarismo de Erdogan y le acusa de querer limitar las libertades fundamentales. La derrota el 12S no fue un buen comienzo pero todavía no se ha escrito la última palabra.

Rocío Colomer es periodista de la sección internacional del diario La Razón.



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