El sueño nuclear de Irán

por Ángel Pérez, 19 de enero de 2006

La posibilidad, cada vez más evidente, de que Irán acabe poseyendo armas nucleares constituye uno de los retos estratégicos más serios de los próximos años. A pesar de la limitada atención pública que ha merecido esta cuestión, y el escaso interés que ha suscitado en la política exterior de España, lo cierto es que la conversión de Irán en una potencia nuclear constituye un problema muy relevante. Semejante situación generaría de inmediato el desasosiego entre sus vecinos, algunos de ellos enemigos declarados de la revolución iraní, como Arabia Saudí. Y acto seguido obligaría a las principales naciones de Oriente Próximo a plantearse la posibilidad de adquirir también armas de esa naturaleza. Esta potencial carrera de armamentos se vería agravada por un fenómeno adicional, la falta de confianza que los Estados Unidos (EEUU) generarían en ese escenario, primero por haber sido incapaces de detener a Irán antes de adquirir su capacidad nuclear, segundo por la cobertura que, a buen seguro, ofrecería a Israel en esas circunstancias; y tercero, por la antipatía con la que los EEUU son percibidos en las sociedades de la zona. En pocas palabras, la capacidad de disuasión de EEUU, tal y como fue desarrollada durante la guerra fría, sería inoperante.
 
Durante la guerra fría los EEUU ofrecieron cobertura a sus aliados europeos, disuadiendo a la URSS con su potencial nuclear doméstico, la extensión de sus instalaciones en suelo europeo y la presencia efectiva de tropas norteamericanas en primera línea, un vínculo de sangre en caso de ataque que garantizaba a Europa la inmediata intervención de EEUU si  se iniciaban las hostilidades. Esa fórmula, empleada también en Asia frente a China y Corea del Norte, no es operativa en Oriente Próximo, donde difícilmente se podrían desplegar  grandes contingentes de tropas en nuevos países ni garantizar la seguridad de instalaciones nucleares permanentes de carácter militar. Por último una amenaza directa como la representada por Irán inducirá a Israel a modificar su política de disuasión, dando, quizás, publicidad a su arsenal nuclear y generando una presión adicional sobre Egipto y Arabia Saudí, dos países que, además, han manifestado a veces cierta sensibilidad nuclear. Egipto en el pasado y Arabia Saudí más recientemente interesándose de forma especial y por ahora poco clara en el programa nuclear pakistaní.
 
Irán
 
Un estado como Irán con armas nucleares constituye en si mismo una amenaza. Es posible que en Europa se pueda pretender minimizar esta cuestión, pero más allá de voluntarismos es evidente que la trayectoria política del régimen iraní es preocupante. Un estado determinado a extender fuera de sus fronteras la revolución islámica, que ha criticado y condenado la cultura occidental repetidamente, y que ha manifestado de forma reiterada su deseo de acabar con Israel es en si mismo un problema, más si tuviese la posibilidad de ejecutar unas acciones que se han convertido en dogmas políticos de ese régimen islámico. Todo parece indicar que el programa nuclear iraní tienen objetivos militares, entre otras razones porque una nación con abundantes recursos energéticos no tiene necesidad de desarrollar un costoso y mal aceptado fuera de sus fronteras programa nuclear civil. Las instalaciones utilizadas en la investigación, desarrollo y ejecución de su programa han sido esparcidas geográficamente de forma que su destrucción sea notablemente más complicada en caso de ataque que en el ejemplo precedente de Irak; y, por si esto fuera poco, no parece que el alejamiento de esas instalaciones de zonas densamente pobladas haya sido una preocupación, algo que  da a entender la naturaleza de la política iraní en esta materia, posibilitando, llegado el caso, la utilización de esa población como escudo humano. La Agencia Internacional de la Energía Atómica ya desencadenó todas las alarmas al comunicar en 2004 el hallazgo de restos de uranio enriquecido, un anuncio que llovía sobre mojado, porque ya en 2002 se habían descubierto indicios evidentes de que Irán estaba intentando desarrollar su capacidad nuclear. Las razones de Irán para insistir a pesar de las amenazas  de los EEUU, cuya administración, como la británica, ha confirmado contemplar el uso de la fuerza como una opción de disuasión posible, pueden ser de naturaleza diversa. En todo caso todas ellas entroncadas con la naturaleza dictatorial y revolucionaria del régimen. Convertirse en un poder regional incontestable, reforzar su política exterior, a menudo limitada por el peso y la actitud filoamericana de otros estados vecinos; o compensar sus deficiencias militares convencionales pueden ser razones suficientes para desear engrosar la nómina de estados nucleares. A ese respecto la experiencia pakistaní y de Corea del Norte sirven, en definitiva de acicate. Pues es evidente que la actitud de otras potencias hacia ambos estados está condicionada por su posesión de armas nucleares. Por tanto Irán tienen razones para poseer esas armas, al igual que tiene medios para usarlas. Puede, dados sus vínculos con algunos grupos terroristas en Líbano, intentar su utilización de forma no convencional en una guerra asimétrica y altamente peligrosa. Y puede también emplear esas armas de forma tradicional, es decir, enviándolas a su destino en misiles balísticos, que hoy por hoy Irán posee. Los misiles Sahab 1 y 2 pueden alcanzar objetivos cercanos (Irak y Afganistán), y el Sahab 3 podría alcanzar Israel. Por tanto Irán tiene razones y medios. Unas y otros asistirían igualmente a los demás países del entorno si decidiesen seguir el mismo camino.
 
El carácter amenazador del régimen iraní ha persistido siempre, incluso en los momentos en que una posible reforma endógena del régimen parecía posible tras las protestas de estudiantes en Teherán en 2002. De hecho algunos de los personajes calificados normalmente en Occidente como moderados, en los que descansó la figurada y anhelada contrarrevolución interna eran tan radicales como sus predecesores y sucesores. El caso del expresidente Jatamí es ilustrativo, pues bajo su presidencia, bendecida en tantas ocasiones en Europa y EEUU, se cometieron hechos de extraordinaria gravedad, entre otros, el asesinato del opositor Dario Forouhar, junto a su esposa, también conocida por sus duras críticas al régimen; o la dura represión de las protestas estudiantiles de 1999. El apoyo del régimen a organizaciones terroristas como Hamas, la Yihad Islámica o Hizbollah parecen evidentes, al igual que han sido constantes las declaraciones favorables a la aniquilación de Israel, entre ellas, las del propio Jatamí.
 
Los vecinos
 
La reacción de Egipto y Arabia Saudí es previsible. Sin duda sus respectivos gobiernos analizarán, si no lo están haciendo ya, la posibilidad de dotarse de ese tipo de armas en un plazo más o menos corto de tiempo. Y ello en un marco estratégico en el que influyen, además del potencial nuclear hipotético iraní; el propio de Israel y la situación generada en Irak tras el derrocamiento de Sadam Hussein.
 
En el primero no hay duda de que la posibilidad de que Irán adquiera ese tipo de armas se contempla con mucha seriedad. Las  declaraciones de Ariel Sharon en diciembre de 2005, confirmando que Israel se está preparando para esa contingencia, así lo atestiguan. Por tanto el cambio de actitud israelí respecto de su propio arsenal nuclear se plantea casi como una evidencia, y esta posibilidad afectará a Egipto, desde luego, y a Arabia Saudí, en un contexto ya enriquecido por un antisionismo consolidado.
 
Respecto a Irak, debe recordarse que este país jugó en el pasado un papel de contrapeso al poder iraní, un contrapeso que ha desaparecido, dejando un escenario político en el que los chiitas tienen y tendrán una influencia decisiva. Este hecho ha aumentado las esperanzas iraníes de influir en el exterior, y los temores saudíes a una amenaza no solo militar, sino ideológica, pues lo que se disputan ambos países es el liderazgo espiritual en el conjunto del mundo islámico.
 
Arabia Saudí está convencida de la participación iraní en actos terroristas en su territorio, como fue el caso de los atentados contra las torres Kobar en 1996. Teme además la influencia que ese país podría tener en la minoría chiita existente en el reino saudí y encuentra inquietante su creciente debilidad militar convencional frente a Irán. Desde luego la  adquisición de armas nucleares por Arabia Saudí, al igual que por Egipto, afectaría a las relaciones de ambos países con los EEUU. Y ciertamente este argumento ha fundamentado la opinión de que en ambos estados la primera opción será siempre contar con la protección norteamericana. Pero no es menos cierto que el cambio de Irán supondrá una amenaza directa a la influencia y relevancia de Egipto en la región que obligarán a este último a replantearse axiomas estratégicos hasta ahora intocables. Como le sucede a Arabia Saudí, Egipto se ha enfrentado desde el primer momento al Irán revolucionario. Llueve, por tanto, sobre mojado. En 1996 Egipto anunció la puesta en marcha de su primera central nuclear para producir electricidad en 2012. Se trata de un programa civil que no ha generado hasta ahora mayores problemas. Pero que muestra la existencia de un interés en ese tipo de energía y la facilidad con que el orden estratégico establecido podría subvertirse.
 
Occidente
 
Hasta el momento los esfuerzos occidentales se han centrado en intentar retrasar o impedir el momento crítico, esto es, la adquisición por Irán de armas nucleares. Los esfuerzos parecen haberse dividido entre Europa, que aplica una política disuasoria utilizando al mismo tiempo instancias internacionales y señuelos de carácter económico; y los EEUU, que han intervenido poco en esta aproximación y han adoptado en la práctica una posición más agresiva. Lo cierto, sin embargo, es que los esfuerzos han sido baldíos. La credibilidad europea no es elevada, entre otras razones porque su capacidad de disuasión militar es muy pequeña; y la amenaza de intervención norteamericana no es creíble, porque la gestión de la situación iraquí exige grandes esfuerzos, siendo poco probable la multiplicación de aquellos en otros escenarios;  la crisis de Corea del Norte, además, ha establecido un precedente pacífico y exitoso para la dictadura afectada, además de dar a entender que, efectivamente, los EEUU no desean nuevos frentes de conflicto.
 
La gestión occidental de la crisis iraní se enfrenta así a dos tipos de problemas por venir. Uno de credibilidad, y otro de reacción. El primero explica no sólo las dificultades actuales para disuadir a Irán, sino también las dificultades futuras que aparecerán cuando de comienzo la carrera de miedos y rearme en la región. El segundo hace referencia a la dificultad existente para encontrar una fórmula de reacción actual y futura eficaz. En última instancia cabría la posibilidad de considerar necesario prever cómo reaccionar ante una agresión iraní en alguna de las zonas sensibles de la región circundante.
 
El problema de la credibilidad es especialmente grave. Irán considera el escenario regional actual como el ideal para acometer su proyecto nuclear. Las razones ya han sido expuestas: su enemigo tradicional, Irak, ha sido neutralizado; los esfuerzos militares de EEUU disipan la posibilidad de un ataque norteamericano directo y los países europeos concernidos por la negociación, Reino Unido, Francia y Alemania, tienen escasa o nula capacidad de proyección militar y, sobre todo en los dos últimos casos, aun menor voluntad de intervención. Esta falta de credibilidad se trasladaría a la futura situación de tensión. Es decir, igual que Occidente ha  sido incapaz de detener el programa nuclear iraní a tiempo, tendría muchas dificultades para convencer a los demás estados de la región de la seriedad de sus garantías ante una amenaza nuclear iraní. Existen otros instrumentos que podrían reforzar los esfuerzos de disuasión occidentales o, al menos, ayudar a limitar la escalada de armamentos. Así Naciones Unidas puede amenazar con sanciones y su Consejo de Seguridad garantizar la seguridad de los demás estados de la zona. Esta opción, sin embrago, tiene pocas posibilidades de ejecución, habida cuenta de la división existente entre los miembros permanentes del Consejo y la debilidad estructural de la organización. La posibilidad de que esa seguridad fuese garantizada por otra organización, la OTAN, es interesante. Desde luego su credibilidad militar es muy superior a la de la ONU, pero de nuevo es una opción lastrada por las disensiones internas dentro de ese organismo. Por último es posible argüir que el triunfo de la democracia en Irak supondría en sí mismo un obstáculo notable para las ambiciones iraníes, pero los efectos de un proceso de esa naturaleza exigen tiempo de maduración. Por tanto no hay buenas opciones, es decir, las variables estratégicas con las que jugar en esta crisis son limitadas. Lo más eficaz sería una combinación de medidas nacionales e internacionales que bloquearan la actividad política y económica de Irán, siempre en todo caso con la posibilidad abierta de utilizar la fuerza si esta fuera necesaria.
 
La segunda cuestión, cómo reaccionar ante una amenaza de agresión iraní una vez que este se haya dotado de armas nucleares, es igualmente compleja. Aunque la capacidad de disuasión de los Estados Unidos utilizando su potente armamento nuclear es en si mismo una garantía, es necesario tener en cuenta que su uso masivo puede juzgarse improbable si las circunstancias no son excepcionales. Además no impediría un ataque iraní que afectaría, por razones técnicas, a sus vecinos. La capacidad nuclear de EEUU, por contundente que sea, no sería capaz de proteger de inmediato a otros estados cercanos. Además un régimen totalitario y de  fuerte sesgo fundamentalista puede no sentirse impelido a moderar sus aspiraciones o acciones para proteger a su población civil, llevando la crisis hasta un punto de no retorno. La posibilidad de utilizar armas nucleares de tamaño y efecto menor, más aptas para uno uso localizado, puede ser una opción mucho más efectiva, si bien el desarrollo de estas armas encontraría dentro y fuera de los EEUU una fuerte resistencia. Todo parece indicar por tanto que la mejor opción es abortar la adquisición de armas nucleares ya; en su defecto, debe contemplarse el uso de armas nucleares de forma flexible; sin olvidar la necesidad que cualquier intento de disuasión exige de comunicar claramente al adversario las intenciones, es decir, que con independencia de que los EEUU no pretendan el uso en primer lugar de ese armamento deben dejar claro que su utilización es una  opción  factible.
 
Conclusión
 
El programa nuclear continúa adelante a pesar de las advertencias de la comunidad internacional. En este punto el gobierno iraní ha demostrado una convicción notable, conocedora de las divergencias entre los aliados occidentales y las deficiencias o limitaciones de su capacidad militar. Ciertamente influir en Irán, en su clase política, como en su sociedad, es una tarea hasta ahora saldada con el fracaso. Pero la opción ante tal circunstancia no debe ser el abandono de una presión necesaria sobre un estado cuyos fundamentos y actividad exterior son y han sido peligrosos para la estabilidad regional. El escenario que se dibuja en el horizonte es inquietante. Un Irán nuclear generará sin lugar a dudas una convulsión regional sin precedentes. Respecto a Irán, alcanzar el rango de potencia nuclear supone tato como volver al centro de la estrategia regional, un aumento de fuerza y prestigio que consolidará su influencia en el mundo radical islámico y, también, apuntalará de inmediato a uno de los regímenes más duros y extremistas del planeta. Para sus vecinos, enfrentados a Irán durante años, una situación de estas características los convierte en estados vulnerables a la presión iraní y muy dependientes de la protección de EEUU, hecho éste que podría amenazar la precaria estabilidad política y social que disfrutan. Ambos factores desencadenarán un proceso de rearme que podría dotar finalmente de capacidad nuclear a estados como Egipto o Arabia Saudí, aumentando de forma exponencial la posibilidad de conflictos locales de fuerte repercusión internacional. Para Israel, en particular, supone la materialización de un riesgo adicional al que ya padece, forzando a este pequeño país a estrechar lazos con EEUU y a poner en marcha una política de disuasión nuclear activa novedosa e inquietante para los gobiernos árabes cercanos. El sueño del régimen iraní será para los demás una pesadilla.

 
 
Ángel Pérez es Analista de Política Internacional.