El precio de la responsabilidad

por Rafael L. Bardají, 30 de noviembre de 2003

(Publicado en ABC, el 30 de noviembre de 2003)
 
Según palabras del presidente Aznar, el apoyo del gobierno español al cambio de régimen en Bagdad se sustentó en dos consideraciones básicas: en la seriedad y necesidad de hacer valer las resoluciones de Naciones Unidas y, simultáneamente, en la convicción de que no se podía dejar a Saddam Hussein proseguir con sus ambiciones, porque eso nos llevaría a un mundo mucho peor en cuestión de poco tiempo. Su sentido de la responsabilidad internacional de España, una nación emergente y con creciente credibilidad en el escenario mundial, obligaba ahora a estar con Bush como ya se estuvo en 1998 con Clinton. Contra viento y marea, dentro y fuera del país, el Gobierno se mantuvo firme, como sabemos, amparado en la conciencia de estar haciendo lo correcto.
 
Saddam se fue pero, medio año después, no del todo. Y la situación en Irak es más compleja de lo que la veloz campaña y victoria militar de la coalición llevó a pensar en su momento. Dos españoles han dejado ya su vida allí y, en ausencia todavía de confirmaciones exactas, otros tantos podrían haber fallecido ayer en Suwayrah, al sur de Bagdad, si no más, al ser atacado un grupo de agentes del Centro Nacional de Inteligencia.
 
Sin datos precisos es imposible afirmar con certitud si este ataque responde a una agresión premeditada contra el personal español o si, por el contrario, nuestros compatriotas cayeron víctimas en una emboscada de oportunidad, para cualquiera que por allí  pasara. En cualquier caso, eso no alivia ni el dolor de las familias ni el grave pesar de todos nosotros, comenzando por el propio gobierno, supongo. Ahora bien, el shock momentáneo de enfrentarse a esta dramática situación, no debe llevarnos a perder el sentido del esfuerzo que España está haciendo por un Irak mejor y, con ello, por un mundo más seguro. La responsabilidad actual significa hacer bien las cosas y eso, a su vez, exige un futuro democrático y libre para los iraquíes e implica una estrategia y unos medios para poder alcanzarlo en un tiempo razonable. Esto es, una estrategia de la victoria.
 
En un momento teñido por la pérdida violenta de nuestros compatriotas, es natural sentirse ofuscado. Pero se debe combatir tanto la tendencia pesimista que sólo ve en Irak malas o muy malas noticias como el derrotismo, que juzga inútil nuestra capacidad de mejorar la situación. Y, sinceramente, a pesar de todos los atentados que se recogen en periódicos y televisiones, hay datos relevantes que permiten pensar en una mejoría de la seguridad en breve plazo. Por ejemplo, la tasa de criminalidad en Bagdad creció más allá de lo razonable tras la guerra como producto, al menos, de dos factores: la puesta en libertad por Saddam, durante la guerra, de cerca de cien mil presos comunes, y la parsimonia en la actuación de las tropas americanas, buscando de una manera errónea no ser percibidas como invasoras.  Un despliegue más palpable por los ciudadanos y tácticas para atajar la delincuencia están logrando una reducción paulatina de la misma. Los homicidios en Bagdad que se habían doblado de mayo a agosto, pasando de 462 a 872, comenzaron a bajar en septiembre -667- y siguen descendiendo.
 
Por otro lado, y a pesar de que la guerrilla formada por los seguidores de Saddam ha conseguido organizarse de manera evidente, al menos en el llamado triángulo sunni, y en conjunción con los terroristas de Al Qaeda resultar más letal, también es verdad que sus tácticas y procedimientos operativos se han estancado de manera evidente. No han dado con ataques innovadores y si las tropas de la coalición actuaran con las lecciones  aprendidas de las bombas de Hizbolah en las carreteras, las emboscadas de los afganos y los camiones bomba de Hamas y Al Qaeda, lograrán que su escalada resulte del todo imposible.
 
De hecho, desde septiembre, cuando las tropas americanas comenzaron a  tomarse en serio la necesidad de una autoprotección más robusta, la mayoría de los ataques se ha cebado en la propia población iraquí. En parte porque es más fácil para los terroristas atacar y matar a pobres indefensos.
 
También es verdad que se puede especular y deducir una pauta estratégica en las actuaciones de la guerrilla y terroristas: se ataca a los iraquíes para exacerbar su temor y empeorar su vida de manera que culpen a los americanos y aliados y se revuelvan contra ellos. Las encuestas de opinión indican, no obstante, que aunque la mayoría de iraquíes piensa que su situación actual es peor que antes de la guerra, la misma mayoría cree que su vida y la del país habrá mejorado sustancialmente en los próximos cinco años. La última encuesta de Gallup mantenía un 62% a favor de haber acabado con Saddam a pesar de las dificultades presentes y un 71% veía con buenos ojos que las tropas americanas se quedaran en los próximos meses.
 
Igualmente se puede argüir que los ataques contra los organismos internacionales, como la ONU y contra los aliados de Washington -el cuartel de los carabinieri, ahora los agentes españoles- están persiguiendo cercenar su voluntad de seguir favoreciendo el nacimiento de un nuevo Irak. Causándoles daño se buscaría su debilidad moral y se les echaría del país. De hecho, la ONU y algunas ONGs han evacuado a sus funcionarios internacionales y han dejado de operar. Por el contrario, el pueblo italiano en bloque se movilizó indignado contra ese chantaje del terror y el compromiso de su gobierno se ha visto fortalecido, como no podía se de otra manera. Basar una política en el miedo a los terroristas, lo sabemos muy bien en España,  es un camino que sólo puede conducir a la derrota.
 
Lo que necesita Irak es el éxito de la victoria y para ello el compromiso y la responsabilidad de todos cuanto lucharon contra el régimen de Saddam Hussein. Es posible que otros países u organizaciones internacionales, puedan aportar tropas, dinero o ayuda de otro tipo, pero, por suerte o por desgracia, la seguridad que necesitan los iraquíes sólo pueden dársela la coalición y, sobre todo, los Estados Unidos. Y en ese sentido, el mensaje a dejar claro con rotundidad es el de la presencia en Irak de las tropas por el tiempo que sea necesario. Y en el número suficiente para mejorar de manera rápida la seguridad y la prosperidad.
 
A pesar de que noviembre ha sido un mes crítico, en lo que a víctimas a manos de la guerrilla y de los terroristas, hay que decir que muchas otras cosas se están haciendo bien en Irak, incluso en su capital. El desempleo se está reduciendo (en 10 puntos de septiembre aquí), los canales de irrigación para la agricultura han sido prácticamente limpiados, el agua potable disponible ha pasado de 13 millones de litros antes de la guerra a algo más de 21 a mediados de este mes, la producción de crudo ya ha alcanzado los niveles de preguerra y, por poner un último ejemplo, la electricidad, con la excepción de Bagdad, ya está un tercio por encima, con más de 4000 megawatios producidos, del nivel a comienzos de año. ¿Debe servirnos esto de consuelo? Indudablemente no. Pero tiene que servir para despejar cualquier duda sobre el rumbo del país. No permitamos que la muerte y el terror nos confundan.