El plan a 100 días del Primer Ministro de Irak

por Amir Taheri, 14 de julio de 2006

Sin decirlo en público, el Primer Ministro de Irak, Nouri al-Maliki, se ha dado 100 días para lograr lo que su asistente describe como 'el comienzo de un cambio en redondo' en el país recién liberado. Su éxito podría determinar el curso de los sucesos en Irak durante meses, por no decir años.
 
Presentado bajo el eslogan 'Juntos, adelante', el plan de Maliki tiene tres objetivos.
  1. Hacer funcionar las instituciones del gobierno, empezando por el parlamento recién elegido y el Consejo de Ministros, y que se perciban como funcionando. Esto podría parecer extraño para aquellos que dan por sentado un gobierno que funciona. En el Irak post liberación, sin embargo, todo tiene que ser construido desde cero.
Maliki se da cuenta de que un nuevo ejército y policía no pueden ser construidos en solitario, y que una burocracia en funcionamiento proporciona el esqueleto de la ley y el orden en cualquier sociedad. Esto ha quedado ilustrado por los episodios en los que unidades de la policía y el ejército recién entrenadas no recibieron a tiempo su sueldo debido a que la burocracia civil se había detenido.
  1. Envolver Bagdad en un perímetro de seguridad, privando así a los terroristas del 'oxígeno y la publicidad' que sacan de los ataques en la capital. El plan es tratar Bagdad como una zona prohibida protegida por los sistemas utilizados en los principales aeropuertos internacionales.
En teoría esto no debería ser difícil. Visita más gente el aeropuerto londinense de Heathrow de la que entra o sale de Bagdad. En la práctica, sin embargo, acordonar Bagdad podría exigir recursos mayores; al contrario que Heathrow, la capital iraquí es objetivo de grupos terroristas concretos y reclutados a menudo de entre los servicios de seguridad del régimen caído, con conocimiento íntimo del terreno.
  1. Persuadir a tantos insurgentes como sea posible de abandonar la lucha armada y unirse al proceso político.
Aquí Maliki ya ha tenido algunos éxitos -- 7 grupos insurgentes, todos de base árabes sunní, han declarado estar dispuestos a entrar en negociaciones con el gobierno. Dos de éstos se encuentran entre las mayores fuerzas insurgentes de la zona de Bagdad. Uno, el Ejército de Mahoma, puede ser el más mortal.
 
El plan, sin embargo, afronta un buen número de obstáculos.
 
En primer lugar, Maliki no puede pedir a los árabes sunníes que se desarmen al tiempo que kurdos y chi'íes conservan sus propias milicias fuertemente armadas. Pero cualquier tentativa de desarmar y desarticular esas milicias podría llevar a la lucha dentro de cada comunidad y entre comunidades.
 
Algunos líderes chi'íes y kurdos no confían en la nueva policía y ejército para protegerles de los terroristas. En su lugar, dependen de sus propias milicias. Y privar de su empleo a alrededor de 150.000 kurdos y chi'íes soldados profesionales crea otros tantos enemigos para el nuevo régimen.
 
Una fórmula para tratar con las milicias es reorganizarlas en una guardia nacional cuyos miembros puedan ser movilizados por el gobierno cuando, y si es necesario. Los miembros continuarían en la nómina del gobierno hasta encontrar empleos civiles. (Una fórmula similar tuvo éxito en Kosovo; Naciones Unidas, en la práctica, financió la reintegración del Ejército de Liberación de Kosovo a la vida civil).
 
Otro obstáculo que afronta Maliki es el rechazo por parte de sectores poderosos dentro de su coalición a aprobar el tipo de amnistía que encamina para los insurgentes.
 
Algunos insurgentes son responsables de las muertes de gran número de chi'íes y kurdos, incluyendo destacadas figuras políticas y religiosas. Es difícil ver extender carta blanca de amnistía a un parlamento en el que chi'íes y kurdos ocupan el 70% de los escaños. Un modo de salir del atolladero puede ser la creación de una comisión de reconciliación y verdad que, al tiempo que establece la responsabilidad de lo ocurrido, intentaría romper el ciclo de violencia y venganzas.
 
Para complicar más las cosas, Estados Unidos y sus aliados de la Coalición no aceptarán ningún patrón que deje en libertad a los responsables del asesinato de sus soldados y civiles. Una solución a esto sería que la comisión investigase los casos denunciados por los aliados, con el compromiso de procesar a aquellos acusados bajo el derecho iraquí. Esto también permitiría al gobierno distinguir a los terroristas, especialmente a los llegados a Irak procedentes de otros países árabes, de aquellos iraquíes que, engañados como estaban, creyeron estar resistiendo a una ocupación extranjera.
 
Para mejorar la perspectiva de este plan, Maliki necesita hacer más.
 
Debería ignorar a los detractores dentro de su coalición y permitir que cientos de funcionarios profesionales árabes sunníes de la policía y ejército, privados de sus anteriores puestos en el antiguo régimen, volvieran al servicio. Estos funcionarios 'purgados' no están en posición de minar el nuevo Irak -- y el hecho de que hayan sido privados de su modo de vida, que no tiene como otro motivo que su pertenencia obligatoria al Partido Ba'az de Saddam Hussein, es visto por muchos árabes sunníes como señal de que son tratados como parias.
 
Como algunos de nosotros señalamos antes de la guerra, prohibir el Ba'az fue un error. Sí, el Ba'az era un enclave fascista con una ideología mortal y una historia criminal. Pero el nuevo Irak democrático debería y podría derrotar al Ba'az y a los demás partidos anti-democráticos en la arena política. No hay peligro de que grandes cifras de iraquíes corran a ingresar en el revivido Ba'az. Levantar la prohibición será visto como señal de autoconfianza por parte del nuevo Irak.
 
Desde todos los puntos de vista, Maliki ha empezado con buen pie.
 
Aquellos que desean que Irak fracase -- por motivos que no tienen nada que ver con Irak y todo que ver con su odio a América y / o a George W Bush - ya han despreciado el plan Maliki como 'tarde y mal'. La verdad es que el nuevo gobierno de Irak ha captado la iniciativa de un modo que sus predecesores desde la liberación fueron incapaces de hacer.
 
La gestión de Nouri al-Maliki no debería ser juzgada únicamente con referencia al terrorismo continuo, aunque eso continúa siendo un factor clave. Si la experiencia de los restantes países árabes va servir de guía es probable que Irak sufra el terrorismo en los próximos años. La verdadera medida del éxito de Maliki es si logra conservar la iniciativa política y utilizarla para construir instituciones democráticas en el contexto de una nueva política de reconciliación nacional y reanimación.
 
La lucha en Irak ya no es un contexto militar: es un duelo político entre las fuerzas del progreso y la democracia por una parte, y las del terror y la virulencia por la otra.
 
 
Amir Taheri es periodista iraní formado en Teherán. Era el editor jefe del principal diario de Iran, el Kayhán, hasta la llegada de Jomeini en 1979. Después ha trabajado en Jeune Afrique, el London Sunday Times, el Times, el Daily Telegraph, The Guardian, Daily Mail, el International Herald Tribune, The Wall Street Journal, The New York Times, The Los Angeles Times, Newsday y el The Washington Post, entre otros. Actualmente trabaja en el semanario alemán Focus, ha publicado más de una veintena de libros traducidos a 20 idiomas, es miembro de Benador Associates y dirige la revista francesa Politique Internationale.