El nuevo antisemitismo

por Babak Rahimi, 9 de marzo de 2006

Existe un tópico bastante manido que todos hemos escuchado antes muchas veces: criticar las acciones y políticas del estado de Israel o las doctrinas del Sionismo es perfectamente legítimo sin estar motivado necesariamente por el antisemitismo. El hecho de que esto haya sido repetido ad nauseam no minimiza su verdad. No sólo lo acepto, sino que incluso lo llevaría un paso más allá con otra formulación que tal vez provoque sorpresa, por no decir asombro: es perfectamente posible odiar y hasta perseguir a los judíos sin ser antisemita necesariamente.
 
Desafortunadamente, el odio y la persecución son una parte normal de la experiencia humana. Sentir una aversión, ligera o intensa, hacia la gente que es diferente de un modo u otro, por pertenencia étnica, raza, color, credo, hábitos alimentarios - no importa el qué - es parte de la condición humana normal. Lo encontramos a lo largo de la historia conocida, y lo encontramos por todo el mundo. En ocasiones puede ser extraordinariamente virulento, y en ocasiones hasta entretenido.
 
No mucho después de la Segunda Guerra Mundial, los daneses estaban llenos de resentimiento contra dos de sus vecinos: los alemanes, porque les ocuparon, y los suecos, porque no hicieron nada con neutralidad inútil. Un dicho danés de la época era: ¿Qué es un sueco? Un alemán con forma humana. Otro insulto de doble uso, éste del ejército británico de finales de los años 30, cuando estaba preocupado por dos grupos distintos de terroristas: ¿Qué es un árabe? Un irlandés moreno. No cito estos en ningún sentido de aprobación o elogio, sino como ejemplos del tipo de prejuicio realmente repugnante que está extendido en nuestro mundo.
 
El antisemitismo es algo completamente distinto. Está marcado por dos características especiales. Una de ellas es que los judíos son juzgados según un estándar diferente al aplicado a otros. Actualmente vemos multitud de ejemplos de esto. Pero ahí también uno debe ser cuidadoso. Puede haber distintos estándares de juicio en otros temas también, en ocasiones implicando incluso a los judíos, sin antisemitismo o sin estar motivados necesariamente por el antisemitismo.
 
Por ejemplo, a mediados de septiembre de 1975 en España, cinco terroristas procesados por asesinar policías fueron condenados a muerte. La opinión liberal europea estaba ultrajada porque en esta edad moderna, un país de Europa Occidental condenase a muerte a la gente. ¡Inusitado! Hubo una protesta de indignación, y se aplicaron fuertes presiones sobre el gobierno español. Pero en la Unión Soviética y sus estados satélite durante el mismo período, cifras sumamente mayores eran condenadas a muerte y ejecutadas; y, en África, Idi Amín mataba a centenares de miles, una gran parte de la población de Uganda. Apenas un murmullo de protesta en el mundo occidental.
 
La lección está muy clara. No se permite a los gobiernos de derechas (el General Francisco Franco estaba aún a cargo) condenar a delincuentes a muerte; a los gobiernos izquierdistas sí. Otra implicación: la masacre por o a causa de blancos es mala; la masacre por o a causa de gente de color es normal. Pueden encontrarse discrepancias similares en respuestas a un buen número de otros casos, como por ejemplo el tratamiento de las mujeres y las minorías étnicas u otras minorías.
 
Estos ejemplos muestran que incluso una amplia disparidad de estándares de juicio no es necesariamente en sí misma prueba de antisemitismo. Puede haber otros elementos implicados. Por ejemplo, la comparación hecha en ocasiones entre la reacción mundial a la masacre de palestinos por milicianos cristianos libaneses en Sabra y Shatila en septiembre de 1982, donde asesinaron a unas 800 personas, y la masacre a comienzos del mismo año en Hama, Siria, en donde fueron asesinados decenas de miles. En la segunda, no ladró ni el perro. La diferencia, por supuesto, estaba en las circunstancias. En ambos casos los autores materiales fueron árabes, pero en el caso de Sabra y Shatila, debido a la predominante presencia militar israelí en la región, estaba la posibilidad de culpar a los judíos. En Hama, esta posibilidad no existía; por tanto la matanza total de árabes por árabes pasó sin ser destacada, inadvertida, y sin objeciones. Este contraste es claramente anti-judío. En cierto modo, también es antiárabe.
 
Vemos otros casos de estándares y métodos de juicio distintos más cerca de casa y de una forma quizá menos alarmante. Escuchamos mucho, por ejemplo, acerca del lobby judío y las diversas acusaciones que se hacen de vez en cuando contra él, que los involucrados en él son de alguna manera desleales a los Estados Unidos y están al servicio de una potencia extranjera.
 
El lobby judío no es, por supuesto, el único lobby de su clase. Considere otros tres: el lobby irlandés, el griego y el armenio. El lobby irlandés, que hizo campaña contra el Reino Unido, el aliado más cercano de América, y los lobbies griego y armenio, que hicieron campaña contra Turquía cuando Turquía era un aliado crucial de la OTAN, fueron vistos como en busca de preocupaciones legítimas. No recuerdo acusaciones de deslealtad o lealtad dividida contra ninguno de ellos.
 
La otra característica especial del antisemitismo, que es mucho más importante que los estándares de juicio distintos, es la acusación contra los judíos del mal cósmico. Las quejas contra gente de otros grupos raramente la incluyen. Esta acusación del mal cósmico y satánico atribuido a los judíos, en diversas partes del mundo y en diversas formas, es lo que se ha conocido como antisemitismo en la época moderna.
 
En el mundo occidental, el antisemitismo ha atravesado tres fases claramente diferenciadas. Algunas personas han escrito y hablado acerca del antisemitismo en la antigüedad, pero el término en ese contexto es engañoso. Sí encontramos de hecho textos en el mundo antiguo atacando y denunciando a los judíos, de manera bastante virulenta en ocasiones, pero también encontramos observaciones repugnantes sobre sirios, egipcios, griegos, persas, y demás. No hay gran diferencia entre las observaciones anti-judías y los prejuicios étnicos y religiosos expresados contra otros pueblos, y en conjunto, los que van contra los judíos no son los más virulentos. El historiador romano sirio de nacimiento Ammianus Marcellinus, por ejemplo, hablando de los sarracenos, comenta que no son deseados ni como amigos ni como enemigos. No recuerdo, en el mundo antiguo, nada dicho acerca de los judíos tan repugnante como eso.
 
El politeísmo era esencialmente tolerante, adorando cada grupo a su propio dios o dioses, sin ofrecer objeción alguna al culto de otros. De hecho, uno debía haber estado dispuesto a ofrecer al menos una varilla de incienso a algún dios ajeno, como cortesía en calidad de visitante o, incluso dentro del país, como respeto a un estado protector. Solamente los judíos en el mundo antiguo insistían - absurdamente, según la opinión imperante en la época - que el suyo era el único dios y que los demás no existían. Esto dio lugar a problemas con sus vecinos y con sus diversos amos imperiales, notablemente los Romanos. En ocasiones provocó comentarios hostiles e incluso persecuciones, pero no la clase de demonización que ha llegado a ser conocida como antisemitismo. La tendencia era más a ridiculizar a los judíos por su dios sin forma ni cara en las nubes y por costumbres tan antiguas y bárbaras como la circuncisión, el rechazo de la carne de cerdo, y, lo más absurdo de todo, el Sabbath. Varios autores griegos y romanos observaban que debido a esta práctica cómica, los judíos perdían un séptimo de sus vidas.
 
La demonización, a diferencia del prejuicio común y corriente o la hostilidad, comenzó con el advenimiento del cristianismo y el papel especial asignado a los judíos en la crucifixión de Cristo según lo relatado en los Evangelios. El cristianismo comenzó como movimiento dentro del judaísmo, y el conflicto entre cristianos y judíos tuvo esa amargura especial que a menudo hace más mortales los conflictos dentro de religiones que los entre religiones. El mensaje cristiano era presentado como el cumplimiento de las promesas de dios a los judíos, escritas en lo que los cristianos llamaron el Viejo Testamento. El rechazo de ese mensaje por parte de los guardianes judíos del Viejo Testamento fue especialmente hiriente.
 
Una preocupación importante de los primeros cristianos no fue tanto culpar a los judíos como, por razones comprensibles, exculpar a los Romanos. La culpabilidad judía y la inocencia romana, las dos interdependientes, se convirtieron en partes importantes del mensaje cristiano, primero hasta Roma y después más allá, con devastadores efectos sobre las actitudes populares hacia los judíos, especialmente en tiempo de Pascua.
 
Durante muchos siglos, el odio y la persecución de los judíos, y la ideología y la terminología utilizadas para expresarlos, se basaban en la religión. Entonces llegó la fase en la que el prejuicio religioso era desacreditado, considerado como no deacuerdo con las ideas de la Ilustración. Era visto como de mente estrecha; peor, como pasado de moda, anticuado. Eso significaba que se necesitaban nuevas razones para odiar a los judíos. Las encontraron.
 
El proceso de cambio comenzó en España cuando una gran cantidad de judíos - y también musulmanes - fueron convertidos al cristianismo por la fuerza. Con una conversión por la fuerza fue inevitable cierta duda, especialmente entre los ejecutores, en cuanto a la sinceridad de los conversos. Y esta duda estaba bien fundada, como sabemos del fenómeno de los Marranos y los Moriscos, los conversos dudosos en ocasiones del judaísmo y el islam. Así surgió la práctica de examinar los orígenes raciales de los presuntos nuevos cristianos. Encontramos estatutos incluso en la España del siglo XVI sobre la pureza de la sangre, la limpieza de sangre. Solamente la gente que pudiera demostrar la ascendencia cristiana en un número específico de generaciones podría ser aceptada como cristianos genuinos. 'La pureza de la sangre” se exigía para ciertas posiciones y determinados cargos.
 
Aquí es donde comenzó la forma racial de antisemitismo. Fue sistematizada en Alemania en el siglo XIX, cuando se inventó y adoptó el término “antisemitismo” por primera vez.
 
“Semita” fue utilizado primero como término lingüístico, no como étnico o racial. Al igual que “ario”, fue acuñado por filólogos para señalar un grupo de idiomas relacionados. Los arios incluían idiomas tan diversos como el sánscrito, el persa, y, por extensión, el griego, el latín, y la mayor parte de los idiomas de Europa. Los semitas, de manera similar, agrupaban el arameo sirio, el árabe, el hebreo, y el etíope. Ya en 1872 el gran filólogo alemán Max Müller precisaba que “ario” y “semita” eran términos filológicos, no etnológicos, y que hablar de una raza aria o semita era tan absurdo como hablar de una lengua dolicocéfala (de cabeza alargada). “Qué malentendidos, qué controversias se plantearían”, dijo, de confundir los dos - una precisión correcta, si bien minimizada.
 
A pesar de estas advertencias, “semita” se transfirió de su significado lingüístico original a un nuevo significado racial, y pasó a ser la base de un fanatismo nuevo y diferente. La gente que defendía este fanatismo despreciaba el prejuicio religioso porque se veía a sí misma moderna y científica. Su hostilidad hacia los judíos, afirmaban, se basaba en la diferencia e inferioridad observadas y documentadas.
 
Y entonces, igual que la hostilidad religiosa era despreciada por la Ilustración y sustituida por la hostilidad racial moderna y “científica”, la hostilidad racial era desacreditada por el Tercer Reich y sus crímenes, por las revelaciones tras su caída de las cosas espantosas que había cometido. Este descrédito del racismo dejó un vacío, un vacío de dolor.
 
Aquí es donde se presenta la tercera fase del antisemitismo, para la cual precisamos un término mejor que llamaremos judeofobia política-cum-ideológica. ¿Raza? Oh no, no tendríamos nada que ver con eso. ¿Prejuicio religioso? Oh no, estamos muy lejos de eso. Esto es político e ideológico, y proporciona el disfraz moderno social e intelectualmente aceptable para sentimientos que se remontan unos 2.000 años atrás.
 
Pasando del mundo cristiano al mundo islámico, encontramos una historia muy distinta. Si miramos la considerable literatura disponible sobre la posición de los judíos en el mundo islámico, encontramos dos mitos establecidos. Uno es la fantasía de una edad de oro de igualdad, respeto y cooperación mutuos, especial, pero no exclusivamente en la España mora; el otro es de “dhimmi”-tud, de subsistencia y persecución y maltrato. Ambos son mitos. Como muchos mitos, ambos contienen elementos significativos de verdad, y la verdad histórica se encuentra en su lugar usual, en alguna parte por el centro entre los extremos.
 
Existen ciertas diferencias importantes entre el tratamiento, la posición, la opinión de los judíos en el mundo islámico pre-moderno y en el mundo cristiano y también pre-moderno.
 
La historia de una edad de oro de igualdad completa es, por supuesto, absurda. Tal cosa no fue posible ni concebible siquiera. De hecho, entre cristianos y musulmanes por igual, dar los mismos derechos o, más exactamente, iguales oportunidades a los infieles no habría sido visto como mérito sino como dejadez del deber. Pero hasta épocas bastante modernas hubo un grado mucho más elevado de tolerancia en la mayor parte de las tierras islámicas del que prevalecía en el mundo cristiano. Durante siglos, en la mayor parte de Europa, los cristianos estuvieron muy ocupados persiguiéndose; en su tiempo libre perseguían a los judíos y expulsaban a los musulmanes - todo en un momento en el que, en el Imperio Otomano y en ciertos estados islámicos, los judíos y distintas variedades de cristianos vivían juntos bastante libre y confortablemente.
 
A menudo se hace la comparación entre la Guerra Fría del siglo XX y la confrontación entre la cristiandad y el islam en los siglos XV, XVI y XVII. En muchos sentidos, la comparación es buena. Pero uno debe recordar que en la confrontación entre cristiandad e islam, el movimiento de refugiados, de aquellos que, en la famosa frase de Lenin, “emigraron”, fue de oeste a este de manera aplastante, no de este a oeste.
 
Esto fue tolerancia y nada más que eso. La tolerancia según los estándares modernos es una idea esencialmente intolerante. Tolerancia significa que yo estoy al mando. Te permitiré algunos derechos y privilegios que yo disfruto, aunque no todos, siempre que te comportes según normas que yo fijo e implemento. Eso parece una definición justa de tolerancia tal como se entiende y aplica usualmente. Es, por supuesto, una idea intolerante, pero es mucho mejor que la intolerancia como tal, y la tolerancia limitada pero sustancial asignada a judíos y a otras comunidades no musulmanas en los estados musulmanes hasta la época moderna temprana fue ciertamente mucho mejor que cualquier cosa disponible en la cristiandad.
 
Existieron prejuicios en el mundo islámico, al igual que hostilidad ocasional, pero no lo que podría llamarse antisemitismo, puesto que no hubo atribución de mal cósmico. Y en conjunto, los judíos salieron mejor parados bajo mandato musulmán que los cristianos. Esto es lo contrario de lo que uno habría esperado. En la historia canónica, en el Corán y la biografía del profeta, los judíos salen perdiendo. El profeta tuvo más encuentros con los judíos que con los cristianos, de modo que encontramos más declaraciones negativas sobre los judíos que sobre los cristianos. La biografía del profeta registra enfrentamientos armados con los judíos, y en esos encuentros eran los judíos los que eran asesinados. Los musulmanes podían permitirse por tanto una actitud más relajada hacia los judíos en las generaciones posteriores.
 
La otra ventaja para los judíos era que no los veían como peligrosos. El cristianismo era reconocido como una religión rival mundial y un competidor en la lucha cósmica por llevar la iluminación (y con ella, inevitablemente, la dominación) a toda la humanidad. Esta competición cósmica tuvo consecuencias importantes. Los cristianos locales eran peligrosos al ser una quinta columna potencial para las potencias cristianas de Europa, el principal adversario del mundo islámico. Los judíos no eran sospechosos de ser pro-cristianos. Por el contrario, los vieron como fiables, e incluso útiles. No era simplemente tolerancia o buena voluntad - aunque éstas ciertamente eran precondiciones - lo que llevó a los sultanes otomanos a admitir a tantos refugiados judíos de España, Portugal, Italia, y demás. Los judíos, especialmente los de origen europeo, eran activos en comercio e industria, y de muchos documentos de los archivos otomanos queda claro que los valoraron como activo productor de beneficios. No sólo se les toleraba; se les animaba e incluso en algunas ocasiones se les obligaba a asentarse en tierras otomanas, especialmente en provincias recién conquistadas.
 
Obviamente, esto no es igualdad, pero tampoco antisemitismo en ningún sentido de la palabra. El tratamiento de los otomanos a los judíos hasta incluyó cierto respeto. Por supuesto encontramos expresiones de prejuicio contra los judíos, como contra cualquier grupo de gente que es diferente, pero su actitud general era de superioridad sorprendida y tolerante.
 
Una diferencia interesante en los estereotipos hostiles puede encontrarse en las anécdotas, bromas y similares. La principal característica negativa atribuida a los judíos en el folklore árabe y turco es que eran cobardes y nada militaristas — cualidades muy despreciables en una sociedad marcial. Una broma de finales del Imperio Otomano puede servir para ilustrar esto. La historia es que en 1912, en tiempo de la guerra de los Balcanes, cuando existía una amenaza real al Imperio Otomano en sus últimas etapas, los judíos, llenos de ardor patriótico, decidieron que también ellos querían servir en la defensa de su país, así que pidieron permiso para formar una brigada especial de voluntarios. Se concedió el permiso, y se enviaron oficiales y suboficiales para entrenarlos y equiparlos. Una vez que la brigada de voluntarios judíos estaba armada, equipada y entrenada, dispuesta a salir hacia el frente, enviaron mensajes preguntando si podían contar con escolta policial, porque había informaciones de bandoleros por el camino.
 
Esto es un documento humano muy interesante. ¿Es hostil? Realmente no. Muestra el tipo de tolerancia sorprendida, despreciativa y bien humorada a la vez, que puede ayudar a comprender el horror y la desorientación de las victorias israelíes en 1948 y después. Disponemos de algunas descripciones gráficas de la época acerca de las expectativas y reacciones a 1948. Azzam Pasha, que era entonces el secretario general de la Liga Árabe, es citado diciendo: 'esto será como las invasiones mongolas. Les destruiremos por completo. Les echaremos al mar'. Las expectativas eran que sería rápida y fácil y que no habría problema en absoluto en tratar con medio millón de judíos. Fue entonces una sorpresa deprimente que cinco ejércitos árabes fueran derrotados por medio millón de judíos con armamento muy limitado. Continúa siendo vergonzoso y humillante. Esto fue mencionado en la época y ha sido mencionado desde entonces. Un escritor decía: 'ya fue bastante malo ser conquistados y ocupados por las poderosas potencias de Occidente, el Imperio Británico, el Imperio Francés, pero sufrir este destino a manos de unos cuantos centenares de miles de judíos fue intolerable'.
 
La forma occidental de antisemitismo — la versión cósmica y satánica del odio al judío — proporcionó alivio a los sentimientos heridos. A Oriente Medio llegó en varias etapas. La primera etapa fue cristiana casi por completo, llevada por misioneros y diplomáticos europeos. Su impacto principalmente tuvo lugar sobre las minorías cristianas, donde encontramos repeticiones ocasionales de libelos de sangre previamente poco conocidos. En los siglos XV y XVI esto había sido explícitamente rechazado en órdenes dictadas por los sultanes otomanos. Ahora era redimido a escala masiva. El primer caso relevante fue el libelo de sangre de Damasco en 1840. Este tipo de antisemitismo continuó creciendo, al principio a pequeña escala, durante el siglo XIX y principios del siglo XX con una respuesta limitada. En la época del Caso Dreyfus en Francia, la opinión musulmana estaba dividida, algunos contra Dreyfus y algunos a su favor. Un destacado pensador musulmán de la época, el egipcio Rashid Rida, escribía defendiendo a Dreyfus y atacando a sus perseguidores, no acusándoles de fanatismo, puesto que carecían de cualquier credo religioso real, sino de prejuicios y envidia. A pesar de esta respuesta, una consecuencia del caso fue la primera traducción al árabe de un abanico de escritos antisemitas europeos.
 
Después llegó el Tercer Reich, con conexiones con el mundo árabe y, más tarde, con otros países musulmanes. Ahora que los archivos alemanes están abiertos, sabemos que en cuestión de semanas de la llegada al poder de Hitler en 1933, el Gran Muftí de Jerusalén se puso en contacto con el cónsul general alemán en Jerusalén, el doctor Heinrich Wolff, y ofreció sus servicios. Es interesante que la imagen de los alemanes persiguiendo a los árabes sea lo contrario a lo que sucedió. Los árabes perseguían a los alemanes, y los alemanes eran muy reticentes a implicarse. El Dr. Wolff recomendó, y su gobierno estuvo de acuerdo, que mientras hubiera alguna esperanza de lograr un acuerdo con el Imperio Británico y establecer una especie de Eje Nórdico-Ario en Occidente, antagonizar a los británicos apoyando a los árabes no tenía sentido.
 
Pero después las cosas cambiaron gradualmente, particularmente después de la Conferencia de Munich de 1938. Ése fue el punto de inflexión, cuando el gobierno alemán decidió finalmente que no había acuerdo a hacer con Gran Bretaña, ningún eje ario. Entonces los alemanes volvieron su atención a los árabes con mayor seriedad, respondiendo al menos a sus acercamientos, y en adelante la relación se desarrolló muy suavemente.
 
En 1940 la rendición francesa brindó a los Nazis nuevas oportunidades de acción en el mundo árabe. En la Siria controlada por Vichy fueron capaces de establecer durante un tiempo una base de inteligencia y propaganda en el corazón del Este árabe. De Siria extendieron sus actividades a Irak, donde ayudaron a establecer un régimen pro-Nazi encabezado por Rashid Alí al-Gailani. Éste fue derrocado por los británicos, y Rashid Alí acudió a unirse al Gran Muftí de Jerusalén en Berlín, donde se quedó como invitado de Hitler hasta el final de la guerra. En los últimos días del régimen de Rashid Alí, los días 1 y 2 de junio de 1941, soldados y civiles lanzaban ataques criminales contra la antigua comunidad judía de Bagdad. A esto le siguió una serie de ataques similares en otras ciudades árabes, tanto en Oriente Medio como en el norte de África.
 
Mientras se encontraba en Berlín, Rashid Alí estaba aparentemente inquieto por el lenguaje y, más específicamente, la terminología del antisemitismo. Sus preocupaciones fueron borradas sumariamente en un intercambio de cartas con un portavoz oficial del Partido Nazi alemán. En respuesta a una cuestión de Rashid Alí de si el antisemitismo también se dirigía contra los árabes, al formar parte de la familia semita, el profesor Walter Gross, director de la Oficina de Política Racial del Partido Nazi, explica con gran énfasis en una carta fechada el 17 de octubre de 1942 que éste no en el caso y que el antisemitismo aludía completa y exclusivamente a los judíos. Por el contrario, observaba, los Nazis siempre habían mostrado gran simpatía y apoyo a la causa árabe contra los judíos. En el curso de su carta, hasta destacaba que la expresión 'antisemitismo, que ha sido utilizado durante décadas en Europa por el movimiento anti judío, era incorrecta, puesto que este movimiento se dirigía exclusivamente contra la comunidad judía, y no contra los restantes pueblos que hablan lenguajes semitas”.
 
Esto provocó aparentemente cierta preocupación en los círculos Nazis, y poco después se constituyó un comité que sugería que los discursos del Führer y su libro Mein Kampf debían revisarse con el fin de adoptar el término 'anti judío' en lugar de 'antisemitas' con el fin de no ofender 'a nuestros amigos árabes'. El Führer no estuvo de acuerdo, y esta propuesta no fue aceptada. Aún así no hubo grandes problemas en las relaciones germano-árabes antes, durante, y ni siquiera durante un tiempo después de la guerra.
 
El impacto de la propaganda Nazi fue inmenso. Lo vemos en las memorias árabes del período, y por supuesto en la fundación del Partido Ba’az. Se utiliza la palabra 'partido' al hablar del Ba’az en el mismo sentido en el que uno habla de los partidos fascistas, Nazi, o Comunista — no un partido en el sentido occidental, organización que busca votos y ganar elecciones, sino un partido como parte del aparato gubernamental, particularmente preocupado con el adoctrinamiento y la represión. Y el antisemitismo, al estilo europeo, pasó a ser una parte muy importante de ese adoctrinamiento. Los cimientos estaban allí. Una cierta cantidad de literatura traducida estaba allí. Se convirtió en mucho más importante después de los sucesos de 1948, cuando los humillados árabes obtuvieron confort de la doctrina de los judíos como fuente del mal cósmico. Esto continuó y creció con las derrotas árabes posteriores, particularmente después de la humillación final de la guerra de 1967, que Israel ganó en menos de unas semanas.
 
El crecimiento del antisemitismo de corte europeo en el mundo árabe derivó sobre todo de estos sentimientos de humillación y de la necesidad por tanto de adscribir a los judíos un papel muy distinto de su papel tradicional en el folklore árabe, y mucho más cercano al de los prototipos antisemitas. Por ahora, los temas familiares de antisemitismo europeo -- el libelo de sangre, los protocolos de Sión, la conspiración judía internacional, y lo demás -- se han convertido en moneda de cambio en gran parte del mundo árabe, en las aulas, en los púlpitos, los medios, e incluso en internet. Es amargamente irónico que estos temas hayan sido adoptados por musulmanes antes inmunes, precisamente en un momento en el que en Europa se han convertido en una vergüenza incluso para los antisemitas.
 
Lo que incitó este desarrollo fue lo que sólo se puede describir como el visto bueno de Naciones Unidas y, aparentemente, de la opinión Ilustrada del mundo occidental. Déjeme citar algunos ejemplos. El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de Naciones Unidas aprobaba la conocida resolución pidiendo la partición de Palestina en un estado judío, un estado árabe, y una zona internacional de Jerusalén. Naciones Unidas aprobó esta resolución sin tomar ninguna disposición para su implementación. Apenas dos semanas después, en una reunión pública el 17 diciembre, la Liga Árabe aprobó una resolución rechazando tajantemente esta resolución de la ONU, declarando que utilizaría todos los medios a su disposición, incluyendo la intervención armada, para anularla -- un desafío abierto a Naciones Unidas que continúa sin responderse. No se hizo ningún intento de evitar la intervención armada que la Liga Árabe lanzó puntualmente.
 
La gestión por parte de Naciones Unidas de la guerra de 1948 y los problemas resultantes muestran algunas disparidades curiosas -- con ejemplo, acerca de la cuestión de los refugiados. Al final de la confrontación inicial en el mandato de Palestina, parte de la zona se encontraba bajo el gobierno del recién creado estado judío y parte bajo el gobierno de los gobiernos árabes circundantes. Una cifra significativa de árabes se quedó en los territorios bajo control judío. Entonces se tomó como axiomático, y continúa sin desafiarse desde entonces, que ningún judío podía permanecer en las zonas de Palestina bajo mandato árabe, de modo que igual que hubo refugiados árabes de las zonas de control judío, hubo refugiados judíos de las zonas controladas por los árabes del mandato de Palestina, no solamente colonos, sino grupos antiguos y establecidos, entre los que destaca la antigua comunidad judía de Jerusalén Este, que fue expulsada completamente y sus monumentos profanados y derruidos. Naciones Unidas no pareció tener problemas con esto; tampoco la opinión pública internacional. Cuando los judíos son expulsados, no se hace ninguna provisión para ellos, no se ofrece ninguna ayuda y no se hace ninguna protesta. Seguramente esto envió un mensaje muy claro al mundo árabe, un mensaje menos claro para los judíos.
 
Los refugiados judíos no solamente llegaron de esas partes de Palestina bajo mandato árabe, sino también de los países árabes, donde las comunidades judías o huyeron o fueron expulsadas, en cifras idénticas a grandes rasgos a las de los refugiados árabes de Israel. De nuevo, la respuesta de Naciones Unidas a los dos grupos de refugiados fue muy distinta. Para los refugiados árabes de Palestina se hicieron acuerdos muy elaborados y se proporcionó una financiación muy extensa. Esto contrasta no solamente con el tratamiento a los judíos procedentes de países árabes, sino con el tratamiento a todos los demás refugiados de la época. La partición de Palestina en 1948 fue un tema trivial en comparación con la partición de la India el año anterior, que redundó en millones de refugiados -- hindúes que huían o eran expulsados de Pakistán a la India, y musulmanes que huyeron o fueron expulsados de la India a Pakistán. Y esto tuvo lugar por completo sin ningún tipo de ayuda de Naciones Unidas, y quizá por ese motivo todos los refugiados fueron reasentados. Uno puede remontarse un poco antes y hablar acerca de los millones de refugiados del este y centro de Europa -- polacos huyendo de las zonas del oeste de Polonia anexionadas a la Unión soviética y alemanes huyendo de las áreas del este de Alemania anexionadas a Polonia. Millones de ellos, de ambas nacionalidades, fueron abandonados por completo a sus propios pueblos y a sus propios recursos.
 
Puede que valga la pena anotar otras medidas adoptadas en la época. Todos los gobiernos árabes implicados anunciaron dos cosas. En primer lugar, no reconocerían a Israel. Se les concedió derecho a hacer eso. En segundo lugar, no admitirían a los israelíes de cualquier religión en sus territorios, lo que significó que no solamente los judíos israelíes, sino que tampoco los musulmanes israelíes o los cristianos iban a estar permitidos en Jerusalén En este punto, a las iglesias cristianas católica y protestante se les permitió entrar una vez al año el día de Navidad durante unas cuantas horas, pero de otra forma no había acceso a los lugares santos de Jerusalén para judíos o cristianos. Lo que es peor, los musulmanes en Israel eran incapaces de acudir a la peregrinación a La Meca y Medina. Para los cristianos, la peregrinación es opcional. Para los musulmanes, es una obligación básica de la fe. Un musulmán está obligado a acudir en peregrinación a La Meca y Medina al menos una vez en la vida. El gobierno saudí de la época dictaminó que los musulmanes que fueran ciudadanos israelíes no podrían ir. Algunos años después modificaron esta norma.
 
Al mismo tiempo, todos los gobiernos árabes anunciaron que no concederían visados a los judíos de ninguna nacionalidad. Esto no fue furtivo -- fue público, proclamado en los formularios de visado y en la literatura turística. Dejaron muy claro que no se concedían visados a la gente de religión judía, sin que importase su nacionalidad, ni se permitiría su acceso a cualquier país árabe independiente. De nuevo, ni una palabra de protesta de ninguna parte. Uno puede imaginarse el estallido de ira si Israel hubiera anunciado que no concedía visados a los musulmanes, aún más si Estados Unidos fuera a hacerlo. Pero dirigida contra los judíos, esta prohibición era vista como perfectamente natural y normal. En algunos países continúa en vigor a fecha de hoy, aunque en la práctica la mayor parte de los países árabes han arrojado la toalla.
 
Ni Naciones Unidas ni el público protestó por nada de esto en ningún sentido, así que a duras penas sorprende que los gobiernos árabes concluyeran que tenían licencia para este tipo de acciones o peores. Otro ejemplo: al contrario que los restantes países árabes, los jordanos se mostraron dispuestos en aquella época a aceptar refugiados palestinos como ciudadanos, y la ley de nacionalidad jordana del 4 de febrero de 1954 ofrece ciudadanía jordana los palestinos, definidos como nativos y residentes del territorio del mandato de Palestina -- 'excepto los judíos'. Esto es afirmado claramente. Ni un murmullo de protesta de nadie, en ninguna parte.
 
Estos ejemplos pueden servir para ilustrar la atmósfera dentro de la cual el nuevo antisemitismo árabe creció y florecía. Tras la guerra de 1967, los israelíes entraron en posesión de los anteriores territorios palestinos de ocupación árabe, incluyendo un buen número de colegios gestionados por la UNRWA, la United Nations Relief and Works Agency. Estas escuelas estaban financiadas por Naciones Unidas. Cuando los israelíes tuvieron oportunidad de examinar los libros de texto sirios, jordanos o egipcios que utilizaban estas escuelas financiadas por la ONU, descubrieron muchos ejemplos de antisemitismo inequívoco. Aunque los israelíes no podían hacer nada con respecto al antisemitismo de los libros de texto de países árabes, pensaron poder hacer algo al respecto del antisemitismo de los libros de texto utilizados en las escuelas financiadas y mantenidas por Naciones Unidas. El tema fue remitido a la ONU, que lo remitió a la UNESCO, que nombró una comisión de tres profesores de árabe -- uno turco, uno francés y uno americano. Estos profesores examinaron los libros y textos y redactaron un extenso informe diciendo que algunos de los libros de texto eran aceptables, que algunos estaban más allá de revisión y debían ser abandonados, y algunos debían ser corregidos. El informe fue presentado a la UNESCO el 4 de abril de 1969. No fue publicado.
 
Para aquellos que lo necesiten, todo esto proporciona una motivación actualizada, intelectual y socialmente aceptable para lo que se llamaría antisemitismo, pero, puesto que esa palabra no es aceptable, debe ser llamado odio al judío, ataque al judío, o generalmente ser desagradable con los judíos.
 
La motivación ha servido así a dos propósitos -- uno para los judíos y el otro para sus enemigos. En la primera etapa de antisemitismo, cuando la hostilidad se basaba en la religión y se expresaba en términos religiosos, el judío siempre tenía la opción de cambiar de bando. Durante los periodos medieval y moderno temprano, los judíos perseguidos por los cristianos podían convertirse. No sólo podían escapar de la persecución; podían unirse a los perseguidores si lo deseaban, y en la práctica algunos ascendieron en la escala de la iglesia y de la Inquisición. El antisemitismo racial elimina esa opción. El antisemitismo ideológico actual la ha restaurado, y hoy, como en la Edad Media, parece haber quién está dispuesto a alistarse en esta opción.
 
Para los no judíos, la motivación trajo un tipo distinto de liberación. Durante más de medio siglo, cualquier debate de los judíos y sus problemas ha estado marcado por las desagradables memorias de los crímenes de los Nazis y la complicidad, la tolerancia o la indiferencia de tantos otros. Pero inevitablemente, el recuerdo de aquellos días se marchita, y ahora Israel y sus problemas suponen una oportunidad de desafiar la postura desagradable y nada familiar de culpa y redención, y reanudar la postura más familiar y más confortable de examen insalvable desde una posición de superioridad moral. No es sorprendente que esta oportunidad sea utilizada y celebrada extensamente.
 
El nuevo antisemitismo tiene poca o ninguna repercusión en los aciertos y errores del conflicto palestino, pero con certeza tiene cierto efecto en las percepciones del problema, y por tanto en el comportamiento y quizá hasta las políticas de ambos participantes y los espectadores. La ofensa tampoco se encuentra en una parte. Uno puede argumentar que cuando los árabes son juzgados según un rasero inferior al de los judíos, como por ejemplo la mínima atención prestada a los atroces crímenes cometidos en Darfur, esto es más ofensivo para los árabes que para los judíos. En la práctica, el desprecio es más degradante que el odio. Pero es menos peligroso.

 
Bernard Lewis es historiador británico y Profesor Cleveland E. Dodge de Estudios de Oriente Medio de la Universidad de Princeton. Está especializado en historia del islam y la interacción entre el islam y Occidente, siendo el académico más reputado en su campo y probablemente el más conocido. Ha escrito 20 libros e innumerables artículos, entre los que destacan “¿Qué salió mal?” (escrito antes del 11 de Septiembre) y “La Crisis del islam”.