El negocio de la coca en Bolivia: más allá de la racionalidad política

por Gregorio Cristóbal Carle, 13 de mayo de 2008

“La causa fundamental de los problemas en el mundo es que los inteligentes están llenos de dudas y los estúpidos están seguros”.
Bertrand Russell
 
Cuando en 1981, el mestizo Juan Evo Morales Ayma abandonó su Orinoca natal para viajar hacia las cálidas y convulsas tierras del Chapare- Departamento de Cochabamba- nada hacía presagiar que fuese esa tierra la que le sacaría del anonimato para encumbrarle, años más tarde, como el máximo exponente y adalid de la causa cocalera, dudoso honor que le ha llenado de orgullo a lo largo de su carrera revolucionaria hacia la presidencia del país andino.
 
Más tarde llegaron los tiempos de sufrimiento y plomo vividos bajo el gobierno dictatorial del general Carlos Hugo Banzer Suárez, un presidente comprometido con acabar definitivamente con los cultivos de hoja de coca contando con el inestimable apoyo moral, económico y militar de su fiel y leal aliado “el gringo”.
 
En esos años la aplicación del  programa “coca cero” y la ofensiva de carácter militar lanzada por las autoridades se conformó en  la verdadera causa de la lucha revolucionaria campesina, y acabo generando un estado de inusitada violencia inteligentemente utilizado por Morales para erigirse, por aclamación, en el caudillo de los desheredados del trópico cochabambino.
 
Bloqueos de carreteras, continuos enfrentamientos con los “leopardos” de Umopar -fuerza especial creada por Banzer para combatir a los productores de hoja de coca- huelgas de hambre o asambleas clandestinas constituyen el exiguo bagaje del Evo político de la época.
 
En dichas circunstancias ese Chapare inculto, resentido y hambriento terminó por constituir el recurrente escenario en el que Evo se formó y creció políticamente, donde aprendió a ser un verdadero revolucionario antisistema, instalado en el populismo más irreverente y en el mayor de los odios indigenistas hacia todo lo que no representa su cultura.
 
El Evo Morales de hoy no es muy distinto al que tiempo atrás instigaba la revuelta en la selva cocalera, nada pulido y poco acostumbrado a escuchar argumentos contrarios a los postulados social-comunistas  de su revolución silenciosa. Sigue siendo un personaje ególatra, con grandes carencias, incapaz de medir las consecuencias de sus actos y agradecido con las personas que han creído en él como el baluarte de la lucha contra la presunta tiranía capitalista.
 
En consecuencia, y después de su elección como máximo mandatario de Bolivia, siguió ocupando el cargo de jefe de los campesinos de la coca.-incomprensiblemente es el líder de las seis federaciones de cultivadores de hoja de coca del trópico cochabambino-, aplaudiendo la supuesta necesidad de mantener, e incluso ampliar, los cultivos de hoja, y transmitiendo al mundo la idea de que la planta forma parte de la cultura  y subsistencia indígena -así lo hizo en una reciente foro celebrado en Naciones Unidas, organismo internacional que ha declarado prohibido el cultivo de hoja en distintas convenciones-.
 
El estrambótico argumentario utilizado por el actual Presidente para defender lo indefendible choca irremisible y frontalmente con la realidad que está viviendo el país andino en materia de producción de coca.
 
Según los datos aportados por Naciones Unidas Bolivia cuenta actualmente con 34.000 hectáreas de plantaciones de hoja. Parece lógico pensar que una nación con un censo de nueve millones de habitantes no es capaz de absorber esa cantidad ingente de producción para su consumo interno… si la exportación está prohibida ¿como se puede dar salida a ese volumen de producto? Las cuentas no cuadran, y eso lo saben perfectamente las autoridades de los EEUU que gastan cantidades ingentes de dinero en la lucha internacional contra esa lacra que es la hoja de coca transformada.
 
En este sentido la solución ha llegado de forma certera y rápida. Si los “gringos”- denuncian -con las pruebas visuales de los satélites como soporte de sus afirmaciones- que Bolivia ha aumentado ilegal e indiscriminadamente la siembra de la planta solo cabe decretar la expulsión del país de tan incómodo testigo. Entonces desde el gobierno se alega ingerencia en la soberanía nacional, diseñando una estrategia que fomenta la difusión de falsedades sobre los supuestos desmanes cometidos por los miembros de la agencia anti-droga americana - la Drug Enforcement Administration (DEA)- en la zona del trópico cochabambino, para posteriormente solicitar la inmediata salida de sus efectivos.
 
Así, haciendo uso de la recurrente demagogia que le caracteriza y tanto gusta a sus incondicionales seguidores Evo Morales ha amenazado y advertido·”con cerrar personalmente las oficinas que realizan tareas de inteligencia con apoyo de Estados Unidos en la región del Chapare”, cuando en realidad se trata de dejar expedito el camino a los productores para que puedan continuar su negocio evitando las molestas ingerencias de la lucha anti -drogas.
 
Esta circunstancia ha sido igualmente aprovechada para arremeter, desde instancias gubernamentales contra la Agencia de Cooperación de los Estados Unidos (Usaid), acusándola de financiar e  impulsar una campaña de desprestigio contra el mandatario de la que no se ha conocido, hasta el momento prueba alguna.
 
Los esfuerzos del Movimiento al Socialismo por defender a los productores que le dieron su voto han llegado aún más lejos…, haciendo uso de un cinismo sorprendente, el Presidente ha declarado que si la hoja sufre el debido proceso para convertirse en droga, y ésta termina en los circuitos de consumo de países desarrollados se debe exclusivamente a un problema de  falta de principios y permisividad de los correspondientes gobiernos, omitiendo, claro está, la realidad que refleja su propio país, con una explosión inusitada de las cifras de producción y un más que relevante aumento del consumo.
En este estado de cosas, con un gobierno que defiende a ultranza a los productores, que mantiene una actitud de pasividad manifiesta en la lucha contra la erradicación de la hoja, y que revindica  la planta como un símbolo de la cultura indígena, es lógico que se den situaciones de extrema gravedad que deben reclamar la atención de la comunidad internacional.
 
El panorama no puede ser más desolador. Existen informes que demuestran que más de 600 comunidades campesinas e indígenas, o incluso sus autoridades, están involucradas, de forma directa o indirectamente en la elaboración y tráfico de cocaína. Pero apenas se denuncian los casos de narcotráfico ante las instancias correspondientes y las estadísticas que manejan las ONGs están reflejando un alarmante crecimiento exponencial de la adicción a tan peligrosa droga.
 
Bolivia ha pasado a producir ciento ochenta toneladas de coca desde la subida al poder del actual Presidente. Solamente en el periodo que abarca los tres primeros meses de este año 2008, la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico (Felcn), se ha  incautado, dentro de las fronteras bolivianas, de más de 6 toneladas de hoja de coca procesada - cantidad impresionante que muestra apenas una parte de la producción de droga en el país- y ya se habla incluso de la instalación de laboratorios procesadores en suelo nacional financiados por el narcotráfico procedente de Colombia.
 
Si Bolivia pretende solicitar a Estados Unidos una cuarta ampliación de la Ley de Promoción Comercial Andina y Erradicación de Drogas (Atpdea) con el fin de generar el espacio necesario para la negociación del acuerdo comercial de largo plazo, tendrá que demostrar a las autoridades del “imperio” su interés  y predisposición  para  erradicar de los cultivos de hoja, cosa que a día de hoy parece bastante difícil.
 
Es evidente que al señor Morales- único presidente cocalero del mundo- no le interesa intervenir para hacer frente, con la firmeza necesaria, a  una  lacra que se extiende  a lo largo y ancho de todo el territorio nacional, y que afecta no solo a la salud de la humanidad, sino que también influye en la economía doméstica - los ingresos por narcotráfico han sido uno de los causantes del aumento la inflación-. Se trata de cumplir compromisos, de garantizar el voto cautivo de los movimientos sociales campesinos dedicados a la producción de hoja, asegurando la implantación y permanencia de los valores de su supuesta revolución por el cambio.
 
De seguir este dramático estado de cosas no sería extraño que la nación boliviana terminara siendo acusada de instigar el tráfico internacional del alcaloide que se obtiene de la maceración y tratamiento de la coca, extremo que desencadenaría los correspondientes vetos de la comunidad internacional y un daño de proporciones incalculables a la ya, de por sí, maltrecha  imagen del país andino.
 
Bolivia ha sufrido un preocupante crecimiento y una fuerte consolidación del negocio de la droga nacido a partir de la hoja de coca Permitir y fomentar su plantación es moral y éticamente reprobable porque contribuye, de forma directa y explícita, al crecimiento del narcotráfico y al aumento de muertes por su consumo.

 
 
Gregorio Cristóbal Carle, es Consultor Internacionalización de Empresas. Profesor de Escuela Europea de Negocios (Bolivia). Árbitro Internacional ACAM.