El malestar en la globalización

por Florentino Portero, 24 de julio de 2002

(Del libro El malestar en la globalización de Joseph E. Stiglitz. Madrid. Taurus, 2002. 314 págs. Publicado en El Cultural, 24 de julio de 2002)
 
Son muchos los libros que se publican cada año criticando el proceso general de globalización que caracteriza el mundo de nuestros días. Sin embargo, éste se parece muy poco a la gran mayoría. El autor no es un militante de izquierda deprimido por el hundimiento de su utopía que vuelca sus energías en criticar el efecto de la economía de libre mercado sobre un mundo más integrado. Es más, la obra es un elogio de sus logros y posibilidades. Sin embargo, los militantes anti-globalización y los defensores de una globalización alternativa están de enhorabuena: pocas veces se van a encontrar con un regalo como éste.
 
Stiglitz es un significado representante del establisment capitalista. Nacido en 1943 se doctoró en economía en el M.I.T. y a los veintiséis años era ya catedrático en Yale. Desde entonces ha desarrollado su actividad en las universidades de Princenton, Oxford, Cambridge, Stanford y, finalmente, Columbia, en el corazón del Imperio. Sus investigaciones sobre el comportamiento de los mercados le granjearon un enorme prestigio, que le acabaría llevando a la presidencia  del Consejo de Asesores Económicos del Presidente de Estados Unidos, en los años de Clinton, y, porteriormente, al puesto de Economista Jefe del Banco Mundial. Por último, en el año 2001, Stiglitz sería distinguido con el Premio Nobel de Economía. Difícilmente se puede lograr un currículo más completo y brillante, aunando la investigación pura con la práctica desde puestos tan atractivos y relevantes.
 
Desde esta posición de prestigio Stiglitz ha lanzado un ataque en profundidad contra el Fondo Monetario Internacional, el organismo internacional responsable de la solvencia financiera, denunciando su mala gestión en un conjunto de crisis regionales y locales ocurridas en los últimos años.
 
El libro no es, como cabría esperar, un ensayo realizado desde el rigor de un economista de referencia. Más bien son unas memorias políticas de su experiencia de negociación con el Fondo desde la presidencia del Consejo de Asesores Económicos y desde el puesto de Economista Jefe del Banco Mundial.  No es una obra académica sino una fuente primaria, el desahogo de conciencia de un alto responsable económico  profundamente irritado por las actitudes y políticas reinantes en el organismo financiero rector. De ahí el tono encendido y la contundencia de los ataques y descalificaciones.
 
El discurso es claro, como corresponde a una obra dirigida a un público amplio. El Fondo Monetario Internacional (FMI) se creó para favorecer la estabilidad mundial, desde una perspectiva keynesiana: los mercados no siempre funcionan correctamente y es necesaria la intervención de los estados para corregir sus fallos. La agencia debía cumplir el papel de “financiadora de déficits comprometida con el mantenimiento del pleno empleo“. Pasado el tiempo  su dirección recayó en economistas “fundamentalistas del mercado” o “neo-liberales”, convencidos de su buen funcionamiento y reacios a favorecer la intervención del estado. Con ellos el Fondo “ha adoptado una postura prekeynesiana de austeridad fiscal ante una recesión, y entrega de dinero sólo si el país prestatario se pliega a las ideas del FMI sobre las medidas económicas convenientes, que casi siempre comportan políticas contractivas que dan pié a recesiones o a algo peor”. Las políticas de empleo dejan de tener interés para concentrarse en las financieras -control del gasto, tipos de interés, impuestos- y las comerciales -apertura de los mercados-
 
Los tipos altos ahogan la actividad económica interna. La apertura de los mercados de capitales exponen a estos países a turbulencias especulativas para las que no están preparados y que concluyen en empobrecimiento generalizado. La bajada de los aranceles, en especial cuando se hace de forma drástica, hunde a muchas empresas de países en vías de desarrollo o en adaptación de una economía socialista a otra liberal, incapaces de competir sin un período de transición suficiente. Más aún cuando Occidente juega sucio y mantiene altos sus aranceles sobre los únicos productos que estos países pueden exportar, que son, sobre todo, agrícolas. La presión a favor de una rápida privatización de las empresas públicas ignora que en mercados poco desarrollados si el estado no asume esa competencia nadie lo puede hacer y que, como hemos visto repetido en distintos países, un rápido cambio de propiedad sin un marco jurídico desarrollado sólo genera corrupción y oligopolios. El resultado de este conjunto de políticas es un alto desempleo que, a su vez, provoca inestabilidad política.
 
Stiglitz concluye culpabilizando al FMI de algunas de las crisis económicas, regionales o nacionales, habidas en las últimas décadas. En unos casos por haberlas provocado. En otros por haberlas afrontado erróneamente. “La queja contra el FMI es, empero, más profunda: no se trata sólo de que fueran sus políticas las que condujeron a la crisis, sino también que las impulsaron a sabiendas de que había escasas pruebas de que dichas políticas fomentaran el crecimiento, y abundantes pruebas de que imponían graves riesgos a los países en desarrollo”. Para el autor, el FMI ha estado regido por un grupo de economistas honorables, militantes en una determinada escuela de pensamiento, pero no muy solventes. De ahí que confundieran enunciados ideológicos referidos a las virtudes del mercado con análisis científicos.
 
Sin embargo, la supuesta honorabilidad y buena fe de estos gestores, subrayada por el autor, entra en contradicción con la denuncia que el propio Stiglitz hace de sus vínculos con el Departamento del Tesoro de Estados Unidos y con los círculos financieros de Wall Street. En todos ellos reina una misma escuela de pensamiento... que casualmente favorece sus intereses. Los altos tipos permiten la devolución de los préstamos a las grandes corporaciones norteamericanas, aunque arruinen la economía de los países en vías de desarrollo. La apertura de los mercados favorece la exportación, aunque en una sola dirección.  Por lo tanto el problema ya no es sólo que el FMI siga una política contraria a los principios para los que fue creado, sino que se ha convertido en un instrumento de los intereses financieros estadounidenses.
 
El morbo está servido y las expectativas se van cumplido. Los medios de comunicación de referencia, -diarios, revistas especializadas, revistas de opinión- se sienten en la obligación de pronunciarse, generando un debate de indudable interés que apenas ha dado sus primeros pasos. Las reseñas publicadas tienen en común el respeto a la figura intelectual de Stiglitz y el reconocimiento de su poderío analítico y dialético. Y nada más.
 
Los medios más próximos al mundo financiero y/o conservador norteamericano son los que han reaccionado con más belicosidad. Brink Lindsey, desde el Wall Street Journal (31/5/02) ironiza sobre el radicalismo con el que el autor critica el “fundamentalismo de mercado” para a continuación defender sus postulador fundamentales así como los éxitos del FMI.  En un tono más personal y crítico Kenneth Rogoff, Jefe de Estudios del FMI, académico de relieve y examigo, arremete duramente contra Stiglitz en carta abierta reproducida por el Financial Times (2/7/02) reivindicando la honestidad y profesionalidad del personal del FMI y rechazando de plano el eje de su línea argumental. Actitud destacada por el propio Financial Times o por el muy conservador Washington Times (4/7/2002) El problema de esta posición es que es evidente que el FMI ha fracasado, que ha generado pobreza y que ha representado más y mejor los intereses de Wall Street que los de la sociedad internacional. Las causas y responsabilidades son discutibles, los resultados están a la vista.
 
Más comprensivos con la tesis central de Stiglitz y más críticos con el papel jugado por el FMI, son personalidades tan distintas como Joseph Kahn (New York Times, 23/6/2002),  Mario Vargas Llosa (El Nacional, 26/5/2002) o el catedrático de Berkeley Barry Eichengreen (Foreign Affairs, Vol. 18, nº 4, July/August 2002) En los tres casos se reconocen importantes  errores cometidos por el Fondo y se matizan muchos aspectos de la obra de Stiglitz. Kahn rechaza alguna de las acusaciones y destaca la solvencia académica de los responsables del Tesoro y del Fondo en aquellos años, ridiculizados por el autor. Vargas critica la visión excesivamente económica de la Globalización, subrayando la importancia de los aspectos ideológicos y culturales. Eichengreen precisa o rechaza muchas de sus afirmaciones, relativiza posiciones de escuela, reivindica la capacidad del Fondo para aprender de sus errores y destaca la dificultad de reformar los órganos de dirección del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, asignaturas pendientes de la agenda económica internacional.
 
Estamos ante una obra que va a marcar un hito en el debate sobre la globalización y que continuará despertando posturas encontradas. Es, en muchos aspectos, un texto excesivo. Lo es en su tono, en la pasión con que defiende sus tesis, en su encono personal con destacadas figuras de las finanzas internacionales, en su argumentación y en la polarización en torno al FMI. El título es incorrecto (Globalism and Its Discontents), porque ni se analiza la Globalización ni a sus descontentos, sino su lucha con el FMI para definir unas políticas. Pero, sobre todo, es una bronca académica entre catedráticos que representan las dos grandes escuelas de económica.
 
No está en cuestión la Globalización ni sus beneficiosos efectos para todos, sino la forma en que las instituciones rectoras deben actuar, los principios a los que deben someterse y su independencia de los intereses de las grandes potencias.