El islamismo que viene

por Rafael L. Bardají, 8 de enero de 2015

(Publicado en Expansión, 8 de enero de 2015)

 

El director y los dibujantes de Charlie Hebdo  creían que publicar una caricaturas de Mahoma renegando de los jihadistas del ISIS o Estado Islámico era una obligación en defensa del sagrado principio liberal de la libertad de expresión.  No creo que pensaran que, en realidad, estaban sacando la cabeza en una trinchera de una guerra civilizacional entre modernidad y barbarie que, al final  es por lo que han muerto.  Y es que en Europa seguimos sin querer entender la naturaleza de la amenaza a la que nos enfrentamos. No se trata de publicar o no unas imágenes satíricas, sino de pensar o no que Alá es nuestro dios y Mahoma nuestro profeta. Como hemos estado viendo desde que el Estado Islámico lanzó su ofensiva sobre Irak, allá por el mes de junio, lo que les espera a los no creyentes es simple y claro: deportación o muerte. Las más de las veces, de hecho, decapitación.

Los gobiernos europeos  se han tomado muy en serio el peligro de miles de jóvenes que viajaban, la mayor de las veces vía Turquía, desde Europa, para enrolarse en las filas del jihadismo más sangriento. Si volvían, gracias a los derechos que les otorgaban sus pasaportes franceses, españoles o alemanes, retornarían con experiencia en combate, conocimientos en explosivos, y muy motivados a proseguir en su particular guerra santa. Y sin duda que se trata de una amenaza real:  Mehdi Nemmouche, el francés que atentó contra el museo judío en Bruselas el pasado mes de mayo, había viajado a Siria y se había unido a las filas del jihadismo, por poner sólo un ejemplo. Estimaciones recientes sitúan los europeos que se han unido al Estado Islámico entre 3.000 y 5.000 según  la fuente. En España. Un mínimo de 80 y un techo de unos 200 podrían haber hecho lo mismo.

Pero hay que aclarar: cuando hablamos de europeos, queremos decir musulmanes nacionalizados o nacidos de inmigrantes musulmanes en suelo europeo. Esto es, europeos de pasaporte, pero poco más. Es el resultado de años de anteponer el multiculturalismo y de exaltar la cultura de denigración  de nuestra historia y valores.  Porque el verdadero problema para Europa no es que miles de ciudadanos europeos vayan a matar y morir a Siria o Irak en nombre de Alá. El verdadero problema es que pasen de ser unos jóvenes normales a unos fanáticos y, finalmente, unos despiadados terroristas, aquí, entre nosotros. Con el prácticamente beneplácito de una sociedad y unas instituciones que les permiten, -de hecho, que defienden-  que sean diferentes.  Nuestra policía y nuestros agentes de inteligencia se mueven en este terreno con una mano atada a la espalda porque el régimen judicial, prisionero de lo políticamente correcto, no les permite ser los suficientemente agresivos en la lucha contra el jihadismo, desde su cuna hasta la bomba.

Es más, el terrorismo islámico no es ni puede ser considerado un asunto policial. Esto no es un capítulo de series como Castle o Sherlock donde se busca al asesino tras el crimen. Esa es un aproximación trasnochada porque a nadie puede bastarle el afán de justicia si ya estamos muertos. Ayer fueron bombas en trenes y metros; hoy disparos de subfusiles (o en Israel cuchillazos); mañana puede ser mucho peor y masivo. La acción contra el islamismo político y militante debe ser, ante todo, preventiva. Y eso exige unos métodos y una filosofía de actuación bien distinta de la de la investigación criminalística. ¿Qué sentido tiene que detengan a un niño de 5 años para cachearle en un aeropuerto pero que se permita a una mujer con burka pasar un control de aduanas sin levantarse el velo? ¿Por qué se permiten los sermones de incitación al odio por el mero hecho de pronunciarse en mezquitas?

El ministro de defensa, Pedro Morenés ha dicho que el jihadismo golpea al débil. De hecho, huele el miedo y se aprovecha de la parálisis que le acompaña. Ahora, tras el atentado contra Cherlie Hebdo se incrementarán las medidas policiales, pero el miedo a decir lo que hay que decir habrá aumentado. Por muy evidente que sea: El Islam radical –por no hablar del jihadismo- es incompatible con nuestra forma de vida, valores e intereses. Aquí y en cualquier rincón del mundo. Occidente e islamismo ni casan ni pueden casar, salvo que nos rindamos y sometamos. Que todo puede ser cuando ya no se cree en nada y menos en nosotros.