El irreemplazable aliado de América

por Caroline Glick, 26 de junio de 2005

En un artículo exhaustivo titulado “Cómo lucharíamos contra China” publicado en el número de junio del Atlantic Monthly, el corresponsal militar Robert D. Kaplan analiza el inquietante espectro de una guerra fría entre Estados Unidos y China. También precisa las estrategias y tácticas que el Mando del Pacífico del ejército norteamericano está levantando para bregar con la realidad en ciernes.
 
En sus palabras, “el centro de gravedad de la preocupación estratégica norteamericana ya es el Pacífico, no Oriente Medio”. Desde la perspectiva del ejército norteamericano, “la presente época de conflicto en Oriente Medio… comenzará a amainar durante la segunda administración Bush”.
 
Kaplan cita a un general de los marines americanos en el Mando del Pacífico que explica que la naciente estrategia norteamericana para tratar con China se basará en la cooperación multilateral del ejército, o como dice groseramente, será “multilateralismo militar con esteroides”. Dado que sus alianzas atlánticas con los países de la OTAN se están quebrando ante el rechazo europeo a la decisión de América de luchar contra el imperialismo islámico en lugar de apaciguarlo, Estados Unidos está construyendo discretamente profundas alianzas militares con países como Singapur, la India, Australia, Japón y Tailandia, todos los cuales jugarán un papeles clave a la hora de contener a China en la próxima de guerra fría del Pacífico.
 
Kaplan observa que uno de los talones de Aquiles de Estados Unidos en la construcción de esta estructura de alianza es el vacío tecnológico entre el ejército norteamericano y estos aliados cruciales del Pacífico. En sus palabras, “Estar militarmente a tanta distancia del resto del mundo crea un tipo particular de soledad que ni siquiera los mejores diplomáticos pueden aliviar siempre, porque la propia diplomacia carece de valor si no está arraigada en afirmaciones realistas de poder comparativo”.
 
El informe de Kaplan señala una realidad estratégica que los legisladores norteamericanos de Washington parecen tener intención de ignorar. Las ventas militares de Israel y los vínculos militares estratégicos con estados esenciales del Pacífico, como Singapur o la India, han hecho posible que estos estados hoy centren tan prominentemente la planificación estratégica norteamericana a largo plazo para su guerra fría emergente con China.
 
Israel fue el primer estado en ofrecer ayuda militar a Singapur, allá en 1965, cuando el ejército entero de la pequeña nación isleña se reducía a un batallón. Durante los diez años siguientes, Israel fue el único estado en asistir a los singapureños, a los que un funcionario militar norteamericano entrevistado por Kaplan alude hoy como “impresionantes en todos los sentidos”.
 
Los funcionarios militares israelíes implicados en la cooperación estratégica con Singapur explican que la relación ha avanzado hasta el punto en el que la mayoría de las ventas de armas cobran la forma de empresas militares comunes. Israel vende a Singapur sistemas de armamento adaptados a sus necesidades, y Singapur financia gran parte de la investigación y desarrollo de estos sistemas. Hasta que fue sobrepasado por la India, Singapur era el mayor cliente de las industrias militares israelíes. Las ventas varían entre centenares de millones y billones de dólares al año.
 
Mientras que la cooperación militar con la India sólo ha llegado a ser destacada en los últimos años, Israel asistía militarmente a la India ya en los años 60, durante su guerra con Pakistán. Hoy, entre ventas militares multibillonarias y ejercicios de entrenamiento conjunto, la importancia estratégica de Israel para la modernización del ejército hindú es innegable.
 
Para cultivar sus relaciones con países como Singapur o la India, los planificadores de defensa de Israel han seguido una motivación clara que fusiona preocupaciones comerciales y estratégicas. Por una parte, para que Israel mantenga su superioridad militar sobre los árabes, tiene que disponer de una industria armamentista puntera. Para que la industria siga siendo avanzada, Israel debe desarrollar mercados de exportación para hacer que sus costes de investigación, desarrollo y producción sean gestionables y sostenibles. Por otra parte, Israel tiene un interés estratégico a largo plazo en desarrollar vínculos con países como la India o Singapur, que comparten preocupaciones y amenazas similares, porque al final del día, estos estados forman alianzas naturales con Israel.
 
Hoy, en lugar de agradecer a Israel, a la India y a Singapur su pensamiento avanzado, cuya importancia para Estados Unidos es incuestionable, Estados Unidos les castiga. Esta semana, se informó que tras la venta mal gestionada de drones aéreos Harpy a China, Washington exige el control hoy de sus exportaciones de armamento a la India y Singapur.
 
No hay duda posible de que la decisión por parte de Israel de vender sistemas de armamento avanzado a China fue estratégicamente ciega. China no sólo amenaza los intereses norteamericanos. A través de sus ventas de misiles a Irán y Arabia Saudí, también amenaza la seguridad nacional de Israel. Como consecuencia de la cólera norteamericana por el acuerdo de los Harpy, Israel ha enmendado su comportamiento y acordado no vender sistemas de armamento a China en el futuro.
 
Es más que posible que la tentativa norteamericana de hacerse con la independencia de Israel en el desarrollo de sus mercados de exportación sea simplemente un intento de sacar partido de su presente crisis con China impulsando los intereses de los fabricantes norteamericanos de armas, que tienen problemas a la hora de competir con sus homólogos israelíes. Pero al actuar así, Estados Unidos no sólo perjudica sus relaciones con Israel y perjudica la reputación de Israel internacionalmente, también estaba insultando a Singapur y la India al actuar como si hubiera algo de malo en estas adquisiciones de sistemas de armas avanzados por parte de aliados norteamericanos.
 
Al comparar la facilidad de trazar una estrategia de afirmación frente a China con la dificultad de la formulación política en Oriente Medio, Kaplan comete uno de los errores americanos más comunes, al caracterizar las amenazas sobre sus acciones en el mundo árabe. Kaplan escribe, “Nuestras acciones en el Pacífico no serán sacudidas por el equivalente al lobby de Israel; a los evangélicos protestantes les preocuparán menos los países del borde del Pacífico que el destino de Tierra Santa”.
 
Pero aún así, lo que muestra el cultivo por parte de Israel de sus propios vínculos estratégicos bilaterales con países como Singapur o la India es que cuando Israel se comporta de modo estratégicamente responsable, también impulsa los intereses estratégicos de América. Este es el caso porque, al final del día, los dos países comparten los mismos enemigos, y en consecuencia son atraídos por los mismos aliados potenciales.
 
Es decir, los cimientos de la alianza Estados Unidos-Israel no son el altruismo norteamericano o la presión política nacional por salvar de la destrucción al Pueblo Elegido por Dios. La motivación detrás de la alianza Estados Unidos-Israel es una democracia fuerte y autosuficiente cuya fortaleza y estabilidad, tanto local como globalmente, mejoran la seguridad nacional norteamericana.
 
Cuando, como sucedió esta semana, los ministros del gabinete de la Autoridad Palestina anunciaron dementemente que Israel intenta envenenar a los palestinos vendiéndoles zumos que provocan cáncer, no debería haber espacio para dudar quién es el aliado de América en Oriente Medio. De hecho, los niveles de antiamericanismo y antisemitismo culturales en la sociedad palestina y en el mundo árabe deberían dejar absolutamente claro a Washington que un Israel fuerte es una necesidad de seguridad nacional.
 
Pero, en la celeridad de los americanos esta semana por humillar a Israel y mutilar su industria de armas hasta a expensas de sus otros aliados, vemos una indicación preocupante de que conforme progresa la administración Bush en su segundo mandato, tiene intención de ignorar las realidades estratégicas de la región, y en realidad del entorno estratégico global, prefiriendo en su lugar intentar apaciguar a los árabes y a los europeos a expensas de Israel, esperando recibir su cooperación en el futuro.
 
Este último movimiento americano no fue llevado a cabo de la nada. Llega en un contexto de un patrón de comportamiento desconcertante por parte de la administración, que lleva inexorablemente a la devastadora conclusión de que Estados Unidos se orienta hacia abandonar su alianza con Israel. La publicación de la acusación federal contra el ex analista del Pentágono Larry Franklin esta semana es ejemplo.
 
De una lectura atenta de las acusaciones contra Franklin, emerge la siguiente imagen: Franklin, un halcón del programa de armamento nuclear de Irán, intentó llamar la atención de los legisladores sobre sus opiniones. Al hacerlo, hizo lo que hacen incontables analistas políticos de Washington a diario. Intentó formar una coalición con pensadores de mentalidad similar fuera del gobierno.
 
Según la acusación, Franklin no pasó ninguna información clasificada significativa a los funcionarios de AIPAC o a Naor Gillon, en la embajada israelí. No recibió ninguna remuneración por sus acciones con ellos. Todo lo que hizo fue hablar acerca de Irán con personas que comparten sus preocupaciones, con la esperanza de que pudieran - mediante su trato oficial con funcionarios de la administración - impulsar sus opiniones.
 
El único crimen de Franklin, se diría, fue su incuestionable opinión de Israel como aliado estratégico de los Estados Unidos en un momento en el que poderosos círculos en Washington intentan separarse de esta alianza. De haber llevado a cabo conversaciones idénticas con diplomáticos británicos o lobbys pro-japoneses, no hay duda de que estaría sentado tras su mesa en el Pentágono.
 
Franklin se ha declarado inocente de todos los cargos presentados contra él. Su juicio está fijado para comenzar el seis de septiembre. En cierta medida, lo que realmente estará en tela de juicio será la cuestión de si Estados Unidos ve o no a Israel como su aliado.
 
Y así se plantea necesariamente la cuestión: si la administración Bush planea abandonar a Israel, ¿quién cree que le reemplazará? ¿Egipto, una cesta económica gestionada por un dictador que galvaniza el apoyo popular cultivando el odio social a América? ¿Arabia Saudí, que impulsa hoy una política con la Agencia Internacional de la Energía Atómica que permitirá acumular pequeñas cantidades de uranio y plutonio que podrían transferirse fácilmente a organizaciones terroristas con el propósito de atacar Estados Unidos?
 
Israel se equivocó al vender sistemas de armamento a China. Pero el perjuicio hecho a los intereses de la seguridad nacional norteamericana ha sido controlado eficazmente. El perjuicio que la posición norteamericana inflinge a Israel cada vez más no será contenido tan fácilmente. Las consecuencias positivas para América de su alianza con un Israel fuerte y seguro son enormes y únicas. Las consecuencias negativas de un abandono de Israel serán igualmente vastas.
 
¿Por qué Singapur, o la India, o cualquier otro aliado norteamericano iba a confiar en una América que abandona a Israel? ¿Y cómo va a estar más seguro Estados Unidos si incrementa su dependencia de los regímenes árabes que son inherentemente hostiles a ellos y a todo lo que defienden?