El fin de ETA

por Ignacio Cosidó, 16 de junio de 2011

(Publicado en La Razón, 15 de junio de 2011)
 
El legado de Rubalcaba en la lucha contra el terrorismo arroja una doble cara. Por un lado, nunca ETA ha estado más débil en su capacidad criminal. Por otro, jamás tuvo tanto poder político como el que disfruta en estos momentos. El ministro del Interior ha intentado desvincularse de la presencia de los representantes de los terroristas en las instituciones y sacar pecho con las detenciones efectuadas por las Fuerzas de Seguridad, pero la sensación generalizada es que el Gobierno ha practicado un doble juego y que la rehabilitación política de Batasuna forma parte de una estrategia de pacificación por etapas de la que Rubalcaba es principal artífice.

Zapatero designó a Rubalcaba ministro del Interior en 2006 para gestionar la negociación con la banda terrorista: el fracaso de aquel proceso tras el atentado de la T-4 supuso un cambio hacia una política de dureza que ha conducido al descabezamiento sucesivo de ETA. Sin embargo, el Gobierno nunca renegó de aquel proceso. Es más, Zapatero y Rubalcaba consideran que sin aquella negociación la banda terrorista no estaría hoy en la posición de debilidad en la que se encuentra. La realidad es que ese proceso retrasó años su desaparición y que si hoy estamos donde estamos no fue por las concesiones del Gobierno, sino por el mérito de muchos guardias civiles, policías, fiscales y jueces que no se dieron por aludidos y siguieron luchando contra ETA como si la negociación no hubiera existido.

Hay quien piensa ahora que el final de ETA puede ser una de las bazas electorales más importantes de Rubalcaba. Sin embargo, no parece probable que ETA escenifique su disolución a corto plazo, especialmente tras haber logrado volver a las urnas sin necesidad de haber dejado las armas. En los próximos meses podría haber nuevos gestos del Gobierno en materia penitenciaria y algún nuevo comunicado terrorista. Pero lo efectos electorales, me temo, serán limitados. Para bien o para mal, los españoles están hoy más preocupados por los cinco millones de parados que por la amenaza de ETA.