El euro no es sólo una moneda

por Florentino Portero, 17 de diciembre de 2010

 

En estos últimos días los lectores de Libertad Digital hemos podido leer unos cuantos excelentes artículos sobre la crisis del euro y su efecto en el proceso de construcción de una Europa Unida. Quisiera sumarme a esa reflexión desde una perspectiva distinta, la propia de un historiador.
 
El euro no nació, como se nos repitió hasta la saciedad, por un chute colectivo de fervor europeísta, resultado a su vez de la maduración de una economía común que, de hecho, en cuarenta años no había sido capaz de establecer un mercado único. La realidad fue muy distinta. Cuando jóvenes del Este comenzaron a presionar sobre el dique levantado por la Unión Soviética, Mitterrand y Thatcher pidieron a Gorbachov que mantuviera en pie el Muro de Berlín, porque el equilibrio continental bien valía que unos cuantos millones de europeos continuaran disfrutando del socialismo real. El último de los mandatarios de la URSS se negó a asumir esa responsabilidad histórica, lo que abrió la puerta para que esos europeos pudieran recuperar su libertad y, de paso, voló el equilibrio continental establecido en la postguerra.
 
La incorporación de los cinco lander orientales a la República Federal de Alemania suponía la emergencia de una gran potencia, superior a cualquier otra en Europa, dotada además de un extraordinario potencial económico y de una gran influencia sobre algunos de sus estados limítrofes. Si se permitía que el proceso siguiera adelante ya nada volvería a ser igual, algo que parecía no preocupar a Estados Unidos, pero que preocupaba y mucho a buena parte de la elite continental. Para evitar la emergencia de una gran Alemania, que actuaría como eje en torno al cual giraría toda la actividad europea, Mitterrand ideó una huida hacia delante que con el tiempo se daría en llamar Tratado de Maastricht. El presidente francés convenció al canciller alemán de que o se daba el salto político en la construcción de una Europa Unida o ya sería imposible, precisamente por el peso que tendría la Alemania unificada. La clave de Maastricht, lo que interesó especialmente a Mitterrand, fue la renuncia alemana al marco en beneficio de una moneda común.
 
Una moneda es, como han recordado los analistas económicos de este periódico, un instrumento de soberanía. Trataré de contener la tentación de perderme en ese tema para no salirme del debate europeo. Una moneda europea debe primar unos intereses sobre otros y aquí estriba el ejercicio de soberanía característico del estado. Mitterrand, que fue un trilero revestido de grandeur gaullista, trataba de ganar tiempo y de evitar la plena unificación alemana. El problema de la moneda única llegaría más tarde y ya se vería cómo se afrontaba. Él nunca se tomó en serio la creación de una Europa realmente unida; como tantos otros franceses veía el proceso de convergencia como un instrumento de proyección del poder francés. Desde luego, en sus planes no estaba convertir el marco en el euro, elevando a europeos los criterios que habían venido rigiendo las políticas monetaria y financiera de Alemania. El tiempo transcurrió, llegó el momento, se hizo la chapuza y aquí nos encontramos. De aquellos barros, estos lodos.
 
La moneda requiere de los fundamentos de la soberanía y de eso se está discutiendo. Alemania no está dispuesta a correr con las deudas ajenas, como es normal. Ni sería justo, ni sensato, ni inteligente hacerlo. Lo que la canciller Merkel está planteando es lo que Mitterrand no quiso ver: Alemania renunció a ser una gran potencia a cambio de crear una gran Europa con una moneda común fuerte. Los alemanes cumplieron su parte, ahora nos toca a los demás, empezando por los franceses.
 
De esta crisis se puede salir desmontando el proceso iniciado en Maastricht, renacionalizando, desarrollando el proceso, comunitarizando; o haciendo de aprendiz de brujo, posponiendo la toma de decisiones. Tiempo al tiempo.