El dilema de la tolerancia con los "tablighi"

por Antonio Alonso Marcos, 30 de septiembre de 2013

 Desde hace unas décadas, Europa se está enfrentando con un fantasma: la tolerancia con aquellos que tratan de instrumentalizar las bondades de la cultura europea para llevar al continente a un escenario semejante al del Afganistán de los talibán[1]. Quizás el caso más paradigmático, y que se volvió incluso icónico, es el del tuerto y manco Abu Hamza, producto de un fenómeno más amplio denominado “Londonistán”, quien desde la mezquita de Finsbury Park predicaba el odio contra Occidente[2].

 

El diálogo en 2004 entre el agnóstico presidente del Senado Italiano –Marcello Pera— y el católico cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe –Joseph Ratzinger— ya puso sobre el tapete este problema por el que Europa va hacia el suicidio si no aprende a valorar tanto las raíces como los frutos de la cultura europea: la tradición greco-latina, el cristianismo y la Ilustración. Si hoy en Europa se valora la vida humana, la libertad de expresión o la dignidad de la mujer se debe precisamente esos tres gigantes que dejaron su impronta en el viejo continente[3].
 
Así, no falta quien afirme, con razón, que paradójicamente, una de las razones de la crisis multicultural en Europa es que aquí, según las mejores tradiciones democráticas, se trata con lealtad a los represantes de otras culturas y religiones, sin atreverse a distinguir entre los que son destructivos o no. Muy raramente se señala a una creencia como “perniciosa” o “peligrosa”. Y cuando esto sucede, no es de manera unánime, mostrando así las divergencias existentes en tan delicado asunto entre los países miembros de la UE.
 
Tablighi Jamaat (TJ) –literalmente, “sociedad para la propagación de la fe”— es un buen ejemplo de esto. Aunque es un movimiento religioso musulmán, deseó desde el principio encontrar el talón de Aquiles de la democracia Europea. Esa organización puso en el primer lugar de sus prioridades el plano espiritual, ocultando así sus objetivos políticos, de manera que los tablighis fueron saludados por gobiernos occidentales como expresión de una espiritualidad ajena a la política y al radicalismo, llegando a asentarse en Europa Occidental, EE.UU. y muchos países de Asia, incluso en aquellos que tradicionalmente han sido muy ajenos al Islam como es Japón.
 
Fue en los países de la antigua Unión Soviética donde comenzó a ser designada como peligrosa y fue prohibida por extremista, siguiendo las alertas encendidas conjuntamente por las fuerzas de seguridad y por los clérigos que atendían espiritualmente a los fieles musulmanes. Sin embargo, en las democracias europeas más avanzadas –Gran Bretaña y Francia entre otras— TJ es tolerada y funciona activamente. En Estonia ha comenzado a preocupar y se han tomado medidas ya que algunos miembros de la TJ entraron en ese país para establecer contacto con clérigos locales y así tener acceso a musulmanes a los que poder reclutar y enviar a campos de entrenamiento para terroristas en Afganistán, Pakistán y otros países. Así lo afirma el Comisario Peter Oisaar: “Algunos de ellos [tablighi detenidos] son sospechosos de haber prestado ayuda al terrorismo”.
 
Algunos expertos han señalado la naturaleza extremista de la organización. Desde sus comienzos, mostró intolerancia frente a otras religiones e incluso contra otras ramas del Islam –especialmente la chií y otras interpretaciones sincréticas, o bien interpretaciones abiertas al progreso por considerar a este incompatible con el Islam. Otras de sus características son su defensa de la exclusión de la mujer de la vida social y su afán proselitista, convencido de que el islam debe sustituir a todas las demás religiones.
 
En poco se diferencia su ideología de la que predican los grupos yihadistas, de manera que para muchos jóvenes musulmanes su primer paso hacia la radicalización es su integración en organizaciones de este tipo, como TJ o Hizb ut Tahrir (el Partido de la Liberación). Así, según expertos franceses, hasta el 80% de los extremistas islámicos proceden de TJ, e incluso algunos de ellos aún conservan literatura tablighi después de cometer atentados.
 
En los EE.UU. los tablighi adquirieron notoriedad ya que el nombre de su organización aparecía siempre que ciudadanos americanos querían reunirse con yihadistas. Y según Bob Blitzer, del FBI, sólo en 1990, entre mil y dos mil personas abandonaron EE.UU. para enrolarse en actividades yihadistas. De hecho, según los ISI pakistaníes, en 1989 más de 400 ciudadanos americanos se entrenaron en Pakistán o Afganistán. Después de haber sido reclutados en mequitas locales, los miembros más activos son invitados a realizar un curso de profundización de cuatro meses en el centro que tiene TJ en los alrededores de Raiwind (Pakistán). Allí, algunos de ellos son captados, a su vez, por otros grupos terroristas; los servicios de inteligencia indios y pakistaníes señalan a TJ como núcleo iniciador del grupo Harkat-ul-Mujahideen, en la lista de organizaciones terroristas de EE.UU. desde 1997.
 
Desde los años 70, TJ tiene vínculos con los wahhabistas de Arabia y con deobandistas de Asia Meridional, dándose un apoyo financiero saudita a las actividades de los deobandistas y de los tablighi. Por eso, no es de extrañar que los wahhabistas, habitualmente muy crítico con otras ramas del Islam, reconozcan los méritos de TJ, tal y como hizo el Sheij Abdel-Aziz ibn Baz, quien recomendó a sus hermanos participar juntos para “guiar y aconsejar”.
TJ está cerrada a extraños y su estructura es fuertemente jerárquica, como lo son las sectas cismáticas, encabezada por un emir, cuyas instrucciones se cumplen sin objeción. De acuerdo con su obra principal “Fazail e Amal”, para controlar la voluntad de sus adeptos es necesario restringir sus actividades laborales e intelectuales, para lo que se les anima a buscar un guía espiritual al que “servir y seguir como si no tuviera voluntad propia y sus deseos hubieran desaparecido. Cumplir sus órdenes sin demora”. Incluso, se llega a afirmar en reiteradas ocasiones que hay que privilegiar a la religión frente a la familia y el tiempo que pase trabajando para conseguir dinero para la familia.
 
La lucha contra este tipo de organizaciones es muy complicada ya que en prácticamente no se diferencia del Islam pacífico, si se juzga con una mirada superficial. Siguiendo un símil informático, estaríamos ante un programa “troyano”, que bajo apariencia de programa útil sería en realidad una especie de virus. Por eso es esencial el papel de los líderes tradicionales, que son quienes mejor pueden explicar las diferencias entre unos grupos y otros. Lo sorprendente es que la unanimidad en la legislación de los países occidentales está en la inacción, en la tolerancia, no en la lucha contra este grupo realmente peligroso. Tal vez ¿es la hora de estudiar ese problema?


[1] Bawer, Bruce (2006): While Europe slept: How Radical Islam is Destroying the West from Within. Nueva York, Doubleday.
[2] Ver O’Neill, Sean y McGrory, Daniel (2010): The Suicide Factory: Abu Hamza and the Finsbury Park Mosque. Londres, Harper Perennial.
[3] Ver Ratzinger Joseph y Pera, Marcello (2006): Sin raices: Europa, relativismo, cristianismo, islam. Madrid, Península.