El complejo de metrópoli. Memoria histórica y percepción de amenaza en Europa

por Florentino Portero, 20 de diciembre de 2005

Los estados, como los individuos, no actúan de forma exclusivamente racional. La razón fría de los intereses pugna con la percepción que los ciudadanos tienen de la realidad, que a su vez es, en gran medida, resultado de su propia historia. Esta presencia del pasado nos ayuda a entender por qué en Europa encontramos posiciones tan distintas a la hora de afrontar los retos que se plantean a nuestra seguridad. Diferencias que, hoy por hoy, hacen imposible una política de seguridad y defensa común.
 
En Europa hallamos estados, como Irlanda o Suecia, que durante siglos han vivido cerrados sobre sí mismos, mientras otras potencias, sería el caso de Francia o del Reino Unido, han venido desarrollando estrategias intervencionistas en territorios lejanos. Mientras los primeros han rehuido el uso de la fuerza en política exterior, los segundos la han ejercido sistemáticamente. En este artículo voy a tratar de apuntar algunas conclusiones sobre cómo ha influido la historia reciente y, en particular, la experiencia colonial en la conciencia política de los europeos.
 
La primera mitad del siglo XX resultó ser de una intensidad y dramatismo extraordinario, lo que no sólo marcó a las generaciones que tuvieron que vivir aquellos sucesos sino también a las que les sucedieron. La I Guerra Mundial fue una experiencia terrible para millones de personas, que no llegaron a entender las razones que justificaban tal sufrimiento. Para muchos la contienda era el resultado de la actividad egoísta de elites aristocráticas que no dudaban en declarar guerras sin valorar el coste humano que ello implicaba. Con más de un siglo de retraso las reflexiones de Inmanuel Kant cobraban popularidad de la mano de los “intelectuales” del momento:
 
“La constitución republicana (...) tiene la vista puesta en el resultado deseado, es decir, en la paz perpetua. Si es preciso el consentimiento de los ciudadanos (como no puede ser de otro modo en esta constitución) para decidir “si debe haber guerra o no”, nada más natural que el que se piensen mucho el comenzar un juego tan maligno, puesto que ellos tendrían que decidir para sí mismos todos los sufrimientos de la guerra (...) por el contrario, en una constitución en la que el súbdito no es ciudadano, en una constitución que no es, por tanto, republicana, la guerra es la cosa más sencilla del mundo, porque el jefe del Estado no es un miembro del Estado sino su propietario, la guerra no le hace perder lo más mínimo de sus banquetes, cacerías, palacios de recreo, fiestas cortesanas, etc., y puede, por tanto, decidir la guerra, como una especie de juego, por causas insignificantes...”[i]
 
Es, por lo tanto, comprensible que el fin de la guerra trajera consigo una formidable movilización de las masas obreras. Los partidos socialistas se convirtieron en actores de referencia en la vida política de las naciones europeas y su debate interno, sobre la vía parlamentaria o dictatorial para llegar al objetivo final de una sociedad sin clases, en un elemento de inestabilidad para los regímenes del momento. La Gran Guerra dio paso a una ola de pacifismo, de rechazo a la guerra como instrumento de política exterior.
 
Durante siglos los europeos habían ensayado estrategias de balanza de poder para evitar la guerra. Se trataba de lograr que las alianzas en presencia tuvieran un tamaño semejante, de tal forma que el resultado de un posible conflicto bélico resultara incierto. Esa incertidumbre actuaría como elemento de disuasión: si la victoria no era segura el riesgo de iniciar una contienda sería demasiado alto y las partes se abstendrían de usar la fuerza. En un escenario tan volátil como el europeo los cambios se sucedían con rapidez y la diplomacia secreta no siempre permitía evaluar la trama de compromisos, la cohesión y envergadura, de la alianza contraria. Tras la desaparición del gran maestro de este delicado ingenio mecánico, el Príncipe Otto von Bismarck, nadie fue capaz de equilibrar la balanza y se llegó a la I Guerra Mundial.
 
El desastre de la Gran Guerra debía ser el punto de partida para una reflexión moral y política que pusiera las bases para un nuevo orden, un orden que hiciera inviable la repetición de aquellos horrores. Frente al sistema de balanza de poder, incapaz de garantizar la armonía entre las naciones, tanto liberales como socialistas apostaron por la creación de organismos multinacionales y por el desarrollo del derecho internacional público como instrumentos fundamentales del nuevo ingenio. La paz ya no sería el resultado de sofisticados equilibrios diplomáticos sino del efecto de la norma. La comunidad de las naciones quedaría sometida al imperio de la ley. De nuevo la presencia del filósofo de Königsberg se hacía presente:
 
“Los pueblos pueden considerarse, en cuanto Estados, como individuos particulares que en su estado de naturaleza (es decir, independientes de leyes externas) se perjudican unos a otros ya por su mera coexistencia y cada uno, en aras de su seguridad, puede y debe exigir del otro que entre con él en una Constitución semejante a la Constitución civil, en la que se pueda garantizar a cada uno su derecho. Esto sería una federación de pueblos que, sin embargo, no debería ser un estado de pueblos”[ii]
 
La gestación de la Sociedad de Naciones no sólo supuso una revolución en la forma de entender las relaciones internacionales en Europa. Como consecuencia de esta primera quiebra del clásico sistema de balanza de poder, que tantas guerras había causado, estados atlánticos que habían mantenido una actitud de rechazo a verse involucrados en los asuntos continentales empezaron a revisar sus posturas. Era el caso del Reino Unido, Estados Unidos y España.
 
Pero ni la nueva conciencia pacifista ni la Sociedad de Naciones fueron suficientemente fuertes para garantizar la paz. Es más, fueron responsables de la catástrofe que se avecinaba. La conciencia pacifista privó a los gobiernos de derecha e izquierda de la firmeza suficiente para hacer frente a las nuevas amenazas. La Sociedad de Naciones no pasó de ser un foro de buenos deseos. Cuando llegó el momento de sancionar a las potencias que incumplían los acuerdos, los estados miembros pusieron de manifiesto su poca fe en la institución y en el marco doctrinal que le daba sentido. En el marco de descomposición generalizada de los regímenes parlamentarios y de auge de los nuevos totalitarismos, cada estado trató de salvarse por su cuenta, echando por tierra el primer ensayo de multilateralismo. En realidad la cultura diplomática y militar implícita en la estrategia de balanza de poder seguía plenamente vigente. Las elites rectoras valoraban la utilidad de los nuevos instrumentos, pero no hasta el punto de confiar plenamente a ellos su seguridad. Resulta enormemente significativo el escaso apoyo que encontró la Sociedad de Naciones en aquellos estados que más habían hecho por su creación o que más habían defendido su causa, empezando por los republicanos españoles.
 
La II Guerra Mundial enseñó a los occidentales que la paz tiene un precio: estar dispuesto a usar la fuerza para defenderla. El ansia de paz, el profundo rechazo a la guerra desde la experiencia de dos terribles guerras mundiales, no podía llevar al desarme moral. La debilidad de las naciones democráticas, dispuestas a ceder en exceso con tal de preservar la paz, alimentó la ambición de quienes querían imponer un nuevo orden antiliberal. El debate sobre el efecto de las “estrategias de pacificación” marcaría a una generación y sigue presente en nuestros días.
 
El fin de la II Guerra Mundial dio paso, a su vez, a tres fenómenos fundamentales para comprender la conciencia europea sobre temas de seguridad y defensa: la descolonización, el proceso de unificación europeo y la Guerra Fría.
 
El proceso descolonizador es anterior a la II Guerra Mundial pero se consumó en los años posteriores. Sin embargo, su impacto sobre la conciencia ciudadana es mucho más reciente. Tanto en la escuela como en los medios de comunicación los europeos han recibido un conjunto de mensajes que han ido calando, poco a poco, en su visión del mundo. De forma un tanto esquemática podemos resumirlos en los siguientes puntos:
  • Las potencias europeas violaron el espacio de otros pueblos, obligándoles por la fuerza a someterse a sus intereses y privándoles de la soberanía y el autogobierno.
  • Se alteraron gravemente sus condiciones de vida, provocando situaciones que están en el origen de muchas de las crisis que estos pueblos han sufrido desde que accedieron a la independencia.
  • La acción colonial supuso la muerte o el sufrimiento injustificado de muchas personas, tanto entre los colonizadores como entre los colonizados.
  • Los pueblos sometidos fueron humillados, al imponérseles una civilización distinta que se presentaba como superior y que provocaba graves distorsiones en su cultura tradicional.
  • Las metrópolis expoliaron los recursos de sus colonias y actuaron sobre sus economías subordinándolas a los intereses metropolitanos. La acción fue en todo momento egoísta y, por lo tanto, no tuvo una repercusión positiva sobre el desarrollo social y económico de la colonia.
  • Durante el proceso descolonizador, los estados europeos impusieron unas fronteras carentes de sentido para los pueblos descolonizados, causa de tensiones y guerras que han llegado hasta nuestros días.
Estos puntos no responden a un análisis completo y solvente de lo que fue el colonialismo, ni son conclusiones históricas por encima de toda discusión. Sin embargo, son ideas presentes en la conciencia popular que influyen en la actitud de los europeos ante el siempre complejo problema del uso de la fuerza.
 
En términos generales podemos afirmar que esta reflexión acrecentó la mala conciencia europea por su propia historia, por haber provocado conflictos y desastres humanos. Los europeos habían llevado la guerra más allá de sus fronteras, habían arrebatado recursos y humillado a pueblos, habían ocasionado muertes para, al final, tener que reconocer la independencia de aquellos pueblos. Para una gran mayoría el colonialismo era una prueba del peligro de intervenir en otros países y de hacer uso de la fuerza.
 
Las lecciones principales a extraer eran, por una parte, la conveniencia de recluirse en el marco geográfico propio y tratar de contener la tentación de proyectarse, de intervenir en los asuntos internos de otros estados, y por otra, que el mal estaba en nosotros mismos, que la guerra y el intervencionismo anidaba en nuestros corazones, en muchos casos disfrazado de nacionalismo.
 
La opinión de izquierdas sumaba a esta perspectiva elementos propios, derivados de su propia visión de la historia europea. También de forma esquemática podemos referirnos a algunos de ellos:
  • El colonialismo no es sólo una opción que un estado puede o no tomar en función de la evaluación que haga de sus intereses. Es, sobre todo, la consecuencia inevitable de la dinámica del liberalismo, “capitalismo” en su particular argot, necesitado de materias primas y mercados para mantener su modelo económico. Su crítica y rechazo al colonialismo va indisolublemente unida a su crítica y rechazo al liberalismo.
  • Los efectos negativos de la actuación metropolitana no serían los de una política concreta, sino de una ideología en su conjunto. Nos encontraríamos, por lo tanto, ante un claro exponente de la inmoralidad e hipocresía del liberalismo. Si en el ámbito nacional el trabajador era “explotado”por el empresario, en el plano internacional los pueblos colonizados eran “explotados” por los grandes estados europeos.
  • La denuncia contra el colonialismo se entendería como un aspecto más de la crítica contra el liberalismo, lo que le proporciona una importante carga de política interior y de lucha de ideas.
  • Aquellos que desde las colonias luchaban por su independencia eran percibidos como compañeros en la lucha contra un determinado modelo político europeo. Cuando, tras la independencia, su programa asumió un componente socialista, por vago que éste fuera, el vínculo se hizo aún más fuerte. Podían ser unos izquierdistas poco ejemplares, pero se encontraban en primera línea contra un orden internacional liberal. De una alianza anti-colonial se pasaba a otra anti-imperialista.
Para el conjunto de la ciudadanía, en la disyuntiva entre vocación pacifista o denuncia de las “estrategias de pacificación”, la descolonización supuso un refuerzo de la primera. No sólo se consolidaba la idea de que evitar la guerra era posible rechazando el uso de la fuerza, sino que ahora se añadía una mala conciencia nacional, un relativismo en el tratamiento de las distintas culturas, que facilitaría el proceso de descomposición del estado nación y el auge del multiculturalismo en nuestros días. Paradójicamente cuando Europa había llegado al momento de mayor bienestar y justicia de toda su historia, cuando en apariencia su modelo de desarrollo -en equilibrio entre productividad y redistribución- generaba una sociedad más justa y con mayores oportunidades, asumía una mala conciencia histórica, en gran medida ocasionada por la experiencia colonial, que le llevaba a un extraño relativismo sobre la evolución de los estados y las formas políticas.
 
La necesidad de superar la guerra en Europa y de gestionar los limitados recursos para la reconstrucción pusieron los cimientos para el proceso de unidad continental. Sus indudables éxitos, a pesar del mucho camino pendiente, eran un ejemplo de cómo la voluntad humana podía resolver el problema de la paz. Resultaba difícil encontrar en el planeta más rencor que el existente entre alemanes y franceses y,  sin embargo, ambas naciones asumieron la responsabilidad de superarlo y generar bienestar y riqueza. El camino recorrido en el proceso de unificación europeo es impresionante y sus huellas en la conciencia de los europeos grande. Tras siglos de guerras los ciudadanos del Viejo Continente comienzan a asociar la paz a la emergencia de entidades multilaterales, a la limitación del papel del estado, a constantes esfuerzos diplomáticos y a una sucesión ininterrumpida de cesiones y concesiones. Esa es su experiencia y es lógico que esa cultura política se exprese en su forma de entender la política exterior hacia otras áreas geográficas.
 
La construcción europea era un ejemplo regional, pero afectado por las tensiones globales. La Guerra Fría fue el testimonio de la decadencia europea, pero al mismo tiempo situó al Viejo Continente como teatro de operaciones principal. Los estados reclamaron de Estados Unidos un compromiso de seguridad, que acabaría convirtiéndose en un “protectorado” en torno a la Alianza Atlántica. Europa vivía amenazada, pero había delegado en otro su seguridad. Este ejemplo de moderno vasallaje tuvo efectos importantes sobre la opinión pública: se fue perdiendo la conciencia de defensa y, con ella, diluyendo la sensación de amenaza. Ante la incrédula mirada de los habitantes de Europa Oriental, en el lado occidental crecían los grupos pacifistas que consideraban a Estados Unidos la amenaza real y a la Unión Soviética la víctima, al tiempo que aumentaba el resentimiento por la humillante situación que el protectorado norteamericano implicaba.
 
El recuerdo de lo ocurrido en la II Guerra Mundial sigue vivo en nuestros días. La historia pesa sobre nuestra conciencia, como pesan circunstancias concretas que dificultan la aprobación del uso de la fuerza. Europa es plural y un número importante de países parten de tradiciones pacifistas o neutralistas que les llevan a bloquear decisiones conjuntas. En caso de querer el problema se plantea al no poder. Después de décadas sin gastar lo necesario, las fuerzas armadas europeas se encuentran en un estado de operatividad muy bajo. Conscientes de ello, los europeos tienden a rehuir las responsabilidades en la seguridad global.  Sabedores de su limitada capacidad para alterar el curso de los acontecimientos, los habitantes del Viejo Continente defienden las vías diplomáticas por que no tienen otras y están más dispuestos que otros occidentales a vivir bajo amenazas, a no intervenir frente a riesgos crecientes.
 
En el caso concreto de territorios que formaron parte de colonias o protectorados, los europeos se sienten bloqueados para tomar medidas por miedo a recaer en comportamientos condenados por la ciudadanía en el pasado. Más aún, aquellos dirigentes que desde políticas dictatoriales y con hábitos contrastados de corrupción se enfrenten a potencias democráticas gozarán de un sorprendente estatuto de impunidad. Como si Occidente, por su pasado colonial, fuera la responsable de esos abusos o careciera del derecho de denunciar las atrocidades que estos dirigentes cometen de forma continuada. Esta actitud es más común en los sectores de izquierda, aunque en absoluto es exclusiva de ellos. En este caso el combate contra estados o políticas liberales parece legitimar al abandono del mínimo respeto a las libertades individuales. La izquierda europea parece desahogar así sus ansias revolucionarias, sometidas al corsé de las constituciones del Viejo Continente.
 
Caso especial es el de los movimientos fundamentalistas. Sectores de la izquierda radical llegan a defender a estos movimientos a pesar de su actitud hacia la mujer o hacia los grupos socialistas laicos en sus propios estados. De nuevo, el frente conjunto contra el mundo liberal llega a justificar alianzas contra natura.
 
Europa confía en la diplomacia y conscientemente rehuye los problemas. Le queda la esperanza de poder sortearlos o de llegar a algún entendimiento con los vecinos del sur y del este. Sigue convencida de que la paz está en la voluntad de los ciudadanos, pero le queda la duda de que sean sus ciudadanos los auténticos protagonistas de la historia.

 
Notas


[i]  KANT, Inmanuel Hacia la paz perpetua. Un esbozo filosófico. Edición de Jacobo Muñoz. Madrid. Biblioteca Nueva, 1999. págs. 84 y 85.
[ii]  KANT Op. cit. Pág. 89.