El caso Morris: la ética periodística vuela en pedazos

por Eduardo Mackenzie, 19 de febrero de 2009

La presencia, el domingo 1 de febrero de 2009, de los periodistas Hollman Morris, Leonardo Acevedo y Camilo Raigozo (el primero corresponsal de  Radio France Internationale, RFI, y los dos otros del semanario comunista colombiano Voz), en el lugar escogido por las FARC para poner en libertad a los cuatro rehenes (policías y militares), puso en peligro la vida de éstos y puso en peligro la realización de ese rescate. Son ellas, las FARC, las que montaron esa provocación, no el Gobierno, quizás con la intención de que el Ejército las atacara y todo concluyera en un baño de sangre. Lo grave es que en esa provocación está involucrado un media francés (RFI) y el órgano del Partido Comunista colombiano. Lo grave también es que, sin embargo, nadie le recrimina eso hoy a las FARC, mientras que los media, por el contrario, difundieron de manera acrítica el infundio inventado por el  periodista Jorge Enrique Botero, miembro de la misión humanitaria, en el sentido de que el Ejército colombiano intentó 'entorpecer' ese rescate.
 
Es obvio que el propósito de los cuatro periodistas involucrados en ese asunto (Botero, Morris, Acevedo y Raigozo) no era contribuir al éxito de la misión humanitaria sino ayudar a montar una operación de propaganda en favor de las FARC, así ello hiciera correr riesgos a los secuestrados. Las FARC rompieron de esa manera el acuerdo que tenían con la Cruz Roja Internacional al invitar y al internar subrepticiamente a tres personas (Morris, Acevedo y Raigozo) que no estaban previstas en los planes de la mision, para que llegaran a la zona del rescate antes que la misión humanitaria. Tal incursión, abusiva y peligrosísima, era imposible de realizar sin la ayuda directa de las FARC (por los anillos de seguridad de éstas y del Ejército y por las minas antipersonas que rodean algunos campamentos de las FARC). Los tres estaban, pues, en contubernio con los secuestradores ya que las coordenadas del lugar donde estaban los rehenes no las conocían sino las FARC, las autoridades brasileñas y la CRI.
 
Por otra parte, Jorge Enrique Botero, autor de la falsa información ulterior acerca  las 'operaciones militares' que habrían 'entorpecido' la entrega de los cuatro rehenes, elemento desmentido por los cuatro liberados, por las autoridades colombianas y por el coronel brasileño Aquiles Furlán, quien negó rotundamente ante la radio colombiana que el domingo hubiera habido disparos o cosa parecida contra ellos,  le vendió a la prensa norteamericana, a la Associated Press en particular, algunas fotos de ese evento (el Washington Post publicó esas fotos el 2 de febrero) lo que prueba que él, Jorge Enrique Botero, no estaba en esa misión de rescate de rehenes en calidad de testigo y garante sino en calidad de periodista y agitador. Botero quien afirmó que aviones militares colombianos hicieron sobrevuelos 'en círculos' sobre el punto donde se encontraban los cuatro secuestrados, reveló, además, que llegó al campamento guerrillero portando equipo electrónico que le permitió grabar las 'conversaciones de tripulantes militares que (sic) dan órdenes y dicen que hay que buscarlos por tierra'. (El Espectador, Bogotá, 2 de febrero de 2009). Todo indica que el sofisticado equipo electrónico utilizado por Jorge Enrique Botero es propiedad de Telesur. Botero es el corresponsal de esa agencia de prensa venezolana. Sin embargo, su presencia en esa misión no tenía nada que ver con el periodismo, acuerdo que el aceptó y luego violó. A diferencia de Botero, el periodista Daniel Samper Pizano, quien también hizo parte de esa misión humanitaria, en calidad de garante, tuvo un comportamiento de total respeto al estatuto de neutralidad exigido a los miembros de esa misión.
 
Como la tripulación del helicóptero brasileño involucrado de la misión humanitaria no aceptó transportar a Hollman Morris luego del rescate de los rehenes, por no hacer éste parte de la misión, el periodista abandonó el campamento guerrillero por tierra y fue sometido ulteriormente, en la Unión Peneya, a un control por parte de los militares. Un comunicado del ministerio colombiano de Relaciones Exteriores admitió ese hecho y explicó que “el comandante de la base militar le ofreció, de manera preventiva, protección, lo que fue rechazado por el señor Morris.”
 
La cancillería colombiana subrayó que Hollman Morris “cuenta con medidas cautelares solicitadas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos” y que “a pesar de alegar riesgo extraordinario para su vida, [él] se sometió a riesgo extremo [al viajar al campamento de las FARC], sin informar al Estado del cual demanda protección.”
 
El ministerio público colombiano (Fiscalía) abrió una investigación preliminar para determinar si Hollman Morris incurrió 'en el delito de constreñimiento ilegal, amenaza u otro delito, en los hechos que vivieron los uniformados antes de la liberación'. (El País, Cali, 4 de febrero de 2009). Pero no se ha pronunciado sobre el papel jugado por Jorge Enrique Botero y los dos periodistas de Voz, en los hechos del domingo 1 de febrero pasado. En cuanto a RFI  todo indica que esa radio trata de distanciarse del asunto en que está involucrado su corresponsal en Colombia. En un comunicado, RFI indicó que 'ninguna entrevista relacionada con esta liberación [de los policías y militares] fue propuesta por Hollman Morris” a RFI y que esa radio no se la había encargado. 'Ninguna declaración de los rehenes fue difundida o utilizada en los programas de RFI', agregó el comunicado. Si no Morris no tomó esas declaraciones para RFI no se entiende por qué aceptó correr tan enormes riesgos vitales, para él y para los rehenes.
 
Un hecho que no debe ser olvidado: las declaraciones muy claras de los ex rehenes liberados el 1 de diciembre, sobre todo las de Juan Fernando Galicia y Walter José Lozano. Ellos explicaron en Bogotá cómo los hombres de las FARC los habían preparado y obligado, a ellos, los rehenes 'liberables', bajo la amenaza de matarlos o de no dejarlos en libertad, para que dijeran mentiras a unos periodistas  que los iban a entrevistar (Morris, Acevedo y Raigozo), antes del rescate. 
 
El presidente Alvaro Uribe quien suspendió los sobrevuelos en zona de liberación de secuestrados, aún a altura superior a los 20 mil pies, explicó que los sobrevuelos militares del l de febrero habían estado incluidos en los acuerdos con la misión humanitaria. El jefe de Estado criticó con fuerza la actitud de Jorge Enrique Botero y Hollman Morris, quienes, según él, aprovecharon la misión humanitaria para ser “cómplices permisivos del terrorismo”. Uribe cuestionó en particular la actitud de Botero quien “incumplió las reglas de juego' de la misión humanitaria. “No fue de garante, dijo, sino de publicista del terrorismo. Una cosa es la libertad de la prensa y otra utilizar el carné de periodista para convertirse en publicista del terrorismo”.
 
Botero, Morris, Acevedo y Raigozo son una vergüenza, un descrédito, para la profesión de periodista. Lo que hicieron en esta ocasión es un insulto para todo periodista que se respete. Ellos no fueron a esos lugares para conseguir honestamente información para los lectores. Fueron allí para jugar un papel preconcebido por otros, para ponerse al servicio de una propaganda, de la propaganda de un grupo terrorista.
 
Con esa maniobra, las FARC violaron su acuerdo con la CRI y se burlaron del resto de los periodistas del país y del mundo. En dos cartas dirigidas a Antoine Schwarts, presidente de RFI, y a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, los ex rehenes liberados,  Walter José Lozano Guarnizo, Alexis Torres Zapata, Juan Fernando Galicia Uribe y William Giovanny Domínguez Castro, pidieron que las declaraciones forzadas y bajo amenazas de muerte que ellos les dieron al corresponsal de RFI no sean difundidas. Los métodos utilizados por las FARC, consistentes en intimidar y hacer mentir a sus víctimas indefensas para tratar de darse una imagen internacional positiva, explica  lo que ocurrió después:  la liberación del rehén Alan Jara fue seguida de unas declaraciones inadmisibles de éste. Nadie puede dudar más: las FARC someten a sus rehenes a amenazas y a un tratamiento psicológico devastador para que éstos, aún después de alcanzar la libertad, jueguen un papel nefasto en favor de los terroristas, como la cosa más natural.
 
Esperemos que con el paso del tiempo, Alan Jara recupere su verdadera identidad moral e intelectual y rechace las violentas declaraciones que lanzó contra el gobierno colombiano y contra el país en general, preñadas a su vez de amabilidades y matices disculpadores para sus ex-verdugos, las FARC. Jara dijo, por ejemplo, que los guerrilleros les ponen cadenas a los secuestrados “por seguridad, más no como método de tortura”. ¿Qué nuevos embuchados y que nuevas provocaciones habrán montado las FARC para explotar la puesta en libertad de Sigifredo López?
 
Colombia debería abrir los ojos ante las sofisticadas maniobras mediáticas de las FARC. Los periodistas deberían plantearse estas preguntas: ¿Cómo es posible que un periodista acepte jugar un papel en una operación de propaganda de las FARC? ¿Cómo es posible que un periodista interrogue de manera insistente a una persona que acababa de salir de más de siete años de cautiverio en manos de las FARC, como lo fue Alan Jara? ¿Un ser humano que ha sufrido tal aislamiento y tales traumatismos puede responder a las preguntas y a las insinuaciones de los periodistas? Yo no lo creo. Una cosa es darle la palabra a los ex rehenes, para que se expresen libremente, como ocurrió en la Casa de Nariño, y otra someterlos, como fue el caso de Jara en Villavicencio, a una ametralladora de preguntas difíciles. Los periodistas deberíamos negarnos a aprovechar la debilidad de los ex secuestrados para sonsacarles declaraciones de alta política que éste puede más tarde deplorar.
 
Lo ocurrido con los periodistas Morris, Acevedo, Raigozo y Botero muestra hasta qué punto las FARC han logrado penetrar el mundo de la prensa. Eso debe llamarnos la atención. La profesión debe encontrar un correctivo para esa falla, o de lo contrario las FARC, y los demás actores de la subversión, lograrán imponer cada vez más su voluntad a los media colombianos. La deontología del periodismo existe y todos los periodistas debemos luchar para impedir que los violentos la destruyan.

 

Eduardo Mackenzie. Periodista, última obra publicada: Les FARC où l’échec d’un communisme de combat. Colombie 1925-2005