El argumento incorrecto en el lugar y momento equivocado

por David Horowitz, 18 de noviembre de 2005

Las acusaciones falsas de que los presidentes nos llevan a la guerra no son nada nuevo, tampoco lo son las recriminaciones hechas contra la Guerra de Iraq del Presidente Bush de que es la más indignante que se recuerda. La tóxica alegación de que Franklin Delano Roosevelt  sabía de Pearl Harbour por anticipado y que permitió deliberadamente que los japoneses destruyesen la flota del Pacífico para hacer que los americanos reticentes se unieran a la guerra fue objeto de una investigación del Congreso en aquella época, el objeto de un libro de uno de los principales historiadores de América, Charles Beard (El Presidente Roosevelt y la llegada de la guerra) y de salvajes acusaciones por parte de Clare Boothe Luce y otros. Los académicos recientes como John Toland o Robert Stinnett han repetido las acusaciones. Hoy, son clasificadas en general como acusaciones lunáticas, tal como se verá la presente manía de la izquierda cuando las generaciones futuras echen la vista atrás a los opositores teórico-conspiratorios de la guerra por la libertad en Irak.
 
Naturalmente, las pruebas se decantan en contra de la teoría conspiratoria de Pearl Harbour, pero incluso si fuera cierta, ¿cambiaría alguna coma del modo en que se sienten los americanos por haber ido a la guerra contra el Eje fascista? Los americanos no exigirían que nos disculpásemos ante el Emperador Hirohito, ni cuestionarían el modo en que impusimos la democracia constitucional sobre las potencias del Eje tras un conflicto militar prolongado (y sangriento) y años de ocupación.
 
Las democracias son reticentes a ir a la guerra antes de nada. En abril de 1941, cuando Hitler había conquistado ya toda Europa Continental, una encuesta de Gallup mostraba que el 70% del público americano quería mantenerse al margen de la guerra. Que cambiasen de opinión exigió Pearl Harbor. Si esto fue un complot de Roosevelt para engañar y manipular ese cambio no cambia ni una coma del tema moral de si nos deberíamos haber opuesto a las potencias del Eje o no. La motivación en favor de la guerra, la excusa para implicar en la guerra a América, es irrelevante ante lo que sabemos que había en juego en la Segunda Guerra Mundial.
 
Así que, ¿por qué se centra ahora la nación en un debate falso acerca de los motivos de la guerra en Irak? No hay ni un ápice de pruebas de que Bush manipulase o falsificase en ningún sentido la Inteligencia, pero aún así los izquierdistas exigen investigaciones para insuflar nueva vida en teorías conspiratorias cuyo único efecto puede ser animar a nuestros enemigos y succionar la voluntad de luchar de nuestra nación. Incluso si el Comité de Inteligencia del Senado del Senador Pat Roberts llegase a destapar información de que el presidente hubiera manipulado la Inteligencia para convencer al pueblo americano de derrocar a Saddam Hussein, eso no afectaría a la cuestión de si deberíamos estar inmersos en la guerra que estamos librando.
 
Aún así no hay base para esperar que se encuentre alguna vez pruebas similares. De haber hecho algo, la administración Bush ha minimizado las pruebas de la comunidad mundial de Inteligencia acerca del programa de armas de destrucción masiva de Irak. El director de la CIA, George Tenet - persona nombrada por Clinton que se mantuvo con Bush - llamaba al caso de que Sadam tuviera armas de destrucción masiva “forzoso”. Estimaciones de la Inteligencia Nacional Acerca de Iraq, que Tenet redactó en el 2002, contenía predicciones catastrofistas tales como:
 
Irak está reconstruyendo su programa nuclear. Irak posee armas químicas y biológicas. Irak estaba desarrollando un vehículo aéreo no tripulado, un UAV, probablemente encaminado a dispersar agentes de guerra biológica. Y todos los aspectos clave, investigación y desarrollo y producción, del programa de armamento biológico ofensivo de Irak están activos, y la mayor parte de los elementos son mayores y más avanzados de lo que lo fueron antes de la Guerra del Golfo.
 
Esa clase de Inteligencia inequívoca es difícil de exagerar. De hecho, todas las agencias de Inteligencia del mundo -- incluyendo las de Rusia y Jordania -- estaban de acuerdo en que Saddam poseía armas químicas y biológicas, que había acelerado su programa de armamento nuclear, y que suponía una creciente amenaza para la estabilidad regional. Gran parte de nuestra información de Inteligencia previa había subestimado la capacidad nuclear de otras naciones: la Rusia soviética, China, Pakistán, la India, Corea del Norte y el propio Irak antes de la Operación Tormenta del Desierto. Los significativos vínculos del Iraq Ba'azista con el terrorismo - filiales de al-Qaeda incluidas - son carne de expediente. Eso, junto con el hecho de que careciéramos de Inteligencia humana en Iraq después de que el Presidente Clinton permitiera que Saddam expulsara a los inspectores de la ONU del país en 1998, alimentó la sensación de urgencia del presidente. Decidió coger la amenaza por los cuernos, en lugar de complacer la prescripción de la izquierda: dejar a los jihadistas un objetivo irresistible de 200.000 soldados norteamericanos desplegados a lo largo de la frontera de Iraq mientras Sadam hace desfilar a los desafortunados inspectores a través de un laberinto sin fin de aldeas al estilo Potemkin, hace que se retiren las sanciones de la ONU y después inicia a gran escala su programa de armas de destrucción masiva.
 
Los Demócratas saben que no se descubrirá nada. De hecho, los estudios previos - incluyendo el Phase 1[1] del Comité de Inteligencia del Senado y el Informe Silberman-Robb[2] -- han librado al presidente de agentes de presión de alentar la producción de Inteligencia en favor de la guerra. Cuatro sólidos informes han absuelto a Tony Blair de manipular a la Inteligencia británica ex post facto, la misma acusación que los Demócratas quieren colgar ahora al Presidente Bush. La sed de investigaciones y tribunales de los izquierdistas es un último esfuerzo de desesperación por dar validez a sus delirios al tiempo que manchan de modo parcial la integridad del presidente de los Estados Unidos a través de la técnica de la Gran Mentira: continúa repitiendo la alegación, y con el tiempo se pegará. (Ver el titular más reciente de “Wilson, Joe”).
 
Y aún así, incluso si la investigación llegara a encontrar culpable a Bush, la guerra por la democracia en Irak, la guerra para negar a los terroristas una base nación-estado en Irak continuaría, y ése es el único tema que importa verdaderamente.
 
La Operación Libertad Iraquí nunca fue de arsenales existentes de armas de destrucción masiva: la Resolución del Congreso de Autorización del Uso de la Fuerza contra Iraq en el 2002 - sometida a votación en el Congreso a instancias de Demócratas izquierdistas y convertida en ley por la mayoría de los Demócratas - tiene 23 cláusulas de “mientras que”. Solamente dos identifican los arsenales de armas de destrucción masiva como causa de la guerra. Doce aluden a violaciones de resoluciones de la ONU y a la tregua de 1991 de la Guerra del Golfo.
 
Las condiciones de los derechos humanos en Irak es un modo de medir la Guerra de Iraq. La brutal represión del pueblo iraquí ha llegado a su fin. Los escuadrones de tortura han sido disueltos, y las salas de violación han sido clausuradas. La explotación étnica ha sido abortada, mientras las diversas etnias de Iraq acordaban forjar una identidad común bajo un gobierno común - liderado por un kurdo.
 
La orgía de libertad que el mundo atestiguó el pasado enero es otro. Musulmanes exultantes bailaban de alegría por las calles de una nación que ha experimentado muy raramente elecciones genuinas desde sus raíces en la antigua Babilonia. Aunque Zarqawi declaró la guerra a las elecciones y a la democracia como tal, aunque advirtió que todo musulmán que votase se convertía mediante tal acto en “infiel” y sería cazado y asesinado, el 58% de todos los iraquíes arriesgaron sus vidas para votar. Votaron en favor de la democracia y contra el terror. Votaron en favor de la política bélica de George Bush.
 
Los recientes comicios de la constitución iraquí -- la más democrática de la historia del mundo islámico, incluyó a casi el 70% de la población. Abarcó a sunitas como a chi'íes y kurdos. De las ruinas de la opresión de Sadam se está forjando una nueva nación. Se está librando una guerra entre el islam terrorista y una América apoyada por el islam antiterrorista. Y la oposición a Bush en este país o se ausenta de esta competición o apoya al otro bando.
 
El modo de evaluar la guerra en Irak no es planteando cuestiones destructivas e irrelevantes acerca del discurso de Colin Powell en la ONU. Es planteando cuestiones así: ¿la causa de la jihad islámica es avanzada o derrotada por la creación de una democracia iraquí -- una democracia antiterrorista iraquí -- en Oriente Medio?
 
Si los americanos ignoran a los Demócratas y este país mantiene su resolución de respaldar la naciente democracia de Iraq, la historia recordará la contribución del Presidente Bush a la guerra contra el islamofascismo del mismo modo en que recuerda el papel de FDR a la hora de derrotar a los fascistas en la Segunda Guerra Mundial. Y la historia recordará a Reid, Schumer, y sus huestes como recuerda a los vendedores de conspiraciones que sabotean una guerra americana anterior en favor de la libertad, y que fracasaron.

David Horowitz es conocido autor norteamericano y activista de toda la vida de derechos civiles. Desde 1988 es Presidente del Center for the Study of Popular Culture.
 
Ben Johnson es editor asociado de la revista Frontpage.
 
 


[1] El Comité de Inteligencia del Senado redactó un informe acerca de los fallos en Irak, que se dividió en dos partes, Fase I y Fase II.
[2] Informe vinculado a fallos de Inteligencia que apoyó la creación del nuevo Departamento de Seguridad Nacional que creó Bush tras el 11S.