Discriminación positiva. Sotomayor y el "Caso Ricci"

por Charles Krauthammer, 5 de junio de 2009

(Publicado en The Washington Post, 29 de mayo de 2009)
 
Sonia Sotomayor encarna la historia americana clásica. Pero también Frank Ricci. Ricci es un bombero de New Haven destacado a siete manzanas de donde Sotomayor iba a las clases de Derecho en Yale. Criado en el Wallingford obrero -Connecticut-, Ricci luchó a brazo partido siendo un estudiante apurado de centros públicos insuficientemente preparados para abordar sus serios problemas de aprendizaje. Sin embargo él perseveró, convirtiéndose en bombero voluntario y el técnico en reanimación homologado más joven de Connecticut.
 
Después de estudiar técnicas de protección de incendios en una universidad laboral, pasó a ser el 'bombero colgante' de New Haven, el que saca las escaleras y abre boquetes en edificios en llamas. Cuando su parque de bomberos anunció unas oposiciones, él se gastó 1.000 dólares en libros, abandonó su segundo empleo para poder estudiar entre ocho y 13 horas al día, y, debido a su dislexia, contrató a alguien para que le leyera el material.
 
Obtuvo la sexta nota más alta en las oposiciones a teniente, lo que le garantizaba el ascenso. Salvo porque los exámenes de oposición fueron rechazados por el consistorio, y todos los ascensos anulados, porque no hubo negros con nota lo bastante elevada para ser ascendidos. Ricci (junto a 19 más) fue a juicio.
 
Aquí es donde se cruzan las dos historias americanas. Sotomayor era uno de los magistrados del estrado de tres jueces del tribunal del distrito que ratificó la desestimación de su caso, negando así su ascenso a Ricci.
 
Este veredicto sumario molestó profundamente a los demás magistrados de la sala de Sotomayor, incluyendo al juez José Cabranes (otro magistrado designado por Clinton) quien, escribiendo por otros cinco, criticaba la inusual desestimación de un solo párrafo no publicada al principio por pasar por alto los importantes asuntos constitucionales en juego.
 
Es seguro que sucederán dos cosas este verano: que el Tribunal Supremo revocará el dictamen del panel de Sotomayor. Y que, a falta de un importante escándalo oculto, Sotomayor será elevada a ese mismo Tribunal Supremo.
 
¿Qué es lo que debe hacer un conservador de principios? Valerse de las próximas vistas de confirmación no para negarle el puesto vacante, sino para arrojar luz sobre sus opiniones. Nada de cotilleos amarillistas salidos de funcionarias del registro anónimas. Nada de insinuaciones de “temperamento”. Nada ad hominem. El debate debería ser elevado, respetuoso y girar por completo en torno a la filosofía judicial.
 
Acerca del caso Ricci, y de los comentarios de ella acerca de las diferencias inherentes entre colectivos, y la inteligencia superior que su fisiología, cultura y ascendencia latinas está segura ella de que le confieren ventaja sobre un magistrado varón blanco. Reflejan a la perfección la absorción de los Demócratas con la política de identidades, la cual clasifica a los ciudadanos libres por grupos raciales y étnicos poseedores de una jerarquía de inteligencia y con derecho a una jerarquía de reclamaciones que hacer a la sociedad.
 
Sotomayor comparte la visión del Presidente Obama de empatía como sustento en el corazón de la resolución judicial, preocupación comprensiva por la ascendencia y las actuales circunstancias de los litigantes, y por la forma en que afectará a sus vidas cualquier sentencia judicial.
 
La gente lleva preguntando qué es lo que representa el conservadurismo desde las elecciones de 2008. Bien, por encima de todo, se opone inequívocamente a la justicia como simple empatía, y defiende inequívocamente el principio de la igualdad ante la justicia.
 
La empatía es una virtud vital que hay que ejercer en el ámbito privado -a través de la caridad, el respeto y la misericordia- y en la vida legislativa de una sociedad en la que las consecuencias de cualquier ley importan mucho, lo cual es el motivo de que los impuestos sobre la renta sean paulatinos y las redes de seguridad se construyan para los pobres y los desfavorecidos.
 
Pero todo eso se detiene en seco a las puertas del palacio de justicia. Figurativa y literalmente, la justicia lleva una venda. No puede tener en consideración a la gente. Todo el mundo debe ser igual ante la ley, blancos o negros, ricos o pobres, favorecidos o no.
 
Obama y Sotomayor se basan en la 'riqueza de sus experiencias' y la preocupación porque la resolución de la justicia favorezca a una narrativa americana, una ascendencia marginal, sobre otra. La refutación se encuentra en el mismo juramento que Sotomayor tendrá que hacer cuando sea elevada al Tribunal Supremo: “Juro solemnemente que administraré justicia con independencia de las personas, y haré igual bien a ricos y pobres. … Con la ayuda de Dios.”
 
Cuando las vistas comiencen, los Republicanos deberían llamar a Frank Ricci como su primer testigo. ¿Que los Demócratas quieren justicia anclada en la empatía? Que dejen que Ricci cuente su historia y que dejen juzgar al pueblo estadounidense si su ascenso debe serle negado o no a causa del color de su piel en un caso a cuya instrucción Sotomayor llamó también “racialmente imparcial en su superficie.”
 
Que defiendan los derechos del individuo frente a los del colectivo, la justicia frente a la empatía. Que a continuación voten a favor de confirmar a Sotomayor por el único motivo -violado constantemente por los Demócratas, incluyendo al Senador Obama- de que el presidente tiene derecho a la deferencia hacia sus candidatos al Tribunal Supremo, en particular uno que refleja tan integralmente las opiniones de referencia en el partido en el poder. Las elecciones tienen consecuencias.
 
Vote a los Demócratas y tendrá progresismo de manual: un sistema judicialmente promulgado de recompensa a los colectivos que les votaron y una jurisprudencia de empatía decidida según cuál de los litigantes sea el menos 'desfavorecido.”
 
Una oportunidad para educar, como les gusta decir a los progres. Clarificadora y políticamente contundente. Habrá que aprovecharla.

 
 
Charles Krauthammer fue Premio Pulitzer en  1987, también ganador del National Magazine Award en 1984. Es columnista del  Washington Post desde 1985.
 
 
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