por Óscar Elía Mañú, 16 de Noviembre de 2011
Publicado en La Gaceta, 15 de noviembre 2011
Uno de las peores consecuencias del zapaterismo es haber extendido la sensación de que España es un país europeo de segunda fila, condenado a seguir los dictados francoalemanes, o plegar sus intereses a las mayorías comunitarias. Pesimismo diplomático, estratégico o económico que es uno de los peores legados que recibirá Rajoy. En honor de la verdad, no ha sido sólo la izquierda la impulsora de este prejuicio; también en la derecha no pocos rechazaron en su día la ambición española como “mal de altura”, y otros aún ven en España una excepcionalidad lastrada por su pasado histórico o cultural.
Cuando España renuncia a la ambición y se conforma con ser potencia de segundo orden, degenera hasta serlo de tercero. Económicamente, esto se ha plasmado en nuestra degeneración como país impotente: incapaz de exigirse sacrificios o disciplina, sin fuerza de voluntad para fijarse metas o ambiciones. Un país social y económicamente caprichoso, infantil, mezquino. Incapaz de gobernarse a sí mismo, e incapaz de decir “no” a las reformas económicas e institucionales impuestas por sus socios y ahora tutores. Una España vigilada y tutelada económicamente desde Europa no puede ser un espectáculo más indigno.
Para el próximo Gobierno, recuperar el orgullo roto y cierta dignidad nacional ni siquiera será una opción. La UE dorada, despreocupada y satisfecha toca a su fin. Se admita o no, se va a dividir entre países fiables, prósperos y estables, y países pocos de fiar, renqueantes e inestables económicamente. En los próximos años cada cual decidirá en qué lado quiere estar. Lo que significa que España no sólo debe hacer más de lo que las instituciones europeas le dicen: debe hacerlo más rápido y con más profundidad. Así se recupera, no sólo el bienestar nacional, sino la dignidad perdida.
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