A los cinco meses de la Conferencia de Londres
Cuatro meses después de que, el 28 de enero en Londres, se asentaran algunas ideas-fuerza sobre cómo gestionar los niveles político y militar del conflicto afgano, la situación sobre el terreno ofrece luces y sombras, siendo estas últimas motivo de preocupación dado que el esfuerzo que se requiere para controlar la situación es tal y debe de ser tan sostenido en el tiempo que cualquier flaqueza puede dar al traste con lo que ya es casi una década de compromiso sobre el terreno en este lejano y difícil escenario centroasiático. El que el Presidente Karzai acusara el pasado 1 de abril a la Embajada de los EEUU en Kabul y a los observadores de la ONU y de la UE del fraude masivo – reconocido al fin por el mandatario – producido en las elecciones presidenciales de agosto pasado es el mejor indicador del enfriamiento en las relaciones entre el liderazgo afgano y la Coalición.
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El compromiso militar parece, en principio, no resquebrajarse, sobre todo si observamos la campaña de Helmand y los preparativos de la de Kandahar, pero en términos de “sombras” hemos de evocar que tales ofensivas vuelven a agudizar, quizás más que nunca, los recelos y las pegas de parte del Presidente Karzai y de la clase política afgana en general. Embarcada además esta última en una peligrosa política de aproximación a sectores de los Talibán y de algunos señores de la guerra particularmente hostiles a la presencia e influencia occidental en su suelo, política de aproximación por otro lado alegremente bendecida por los aliados en la Conferencia de Londres, tiene dificultades, para aceptar ella misma y para que la acepten sus interlocutores, tal ofensiva militar en los principales santuarios de los Talibán. Ya no es sólo, como algunos ingenuamente creen, la preocupación legítima por los efectos colaterales que cualquier intensificación en las operaciones militares conlleva – y ello por mucho cuidado que se pueda tener sobre el terreno -, sino que se trata de una cuestión de percepciones, de sentimientos, de si al final se acepta o no y hasta las últimas consecuencias que para mantener un determinado statu quo – la permanencia en el poder de Karzai al frente de un régimen asimilable, aunque con muchas imperfecciones, a una democracia abierta al mundo y en paz con sus vecinos – se requiere y se va a seguir requiriendo el amparo de fuerzas extranjeras (e infieles) que combatan sobre el terreno.
Las dramáticas palabras del Presidente Barack H. Obama en su rueda de prensa conjunta con su homólogo afgano en la Casa Blanca el pasado 12 de mayo atestiguaba esta preocupación, y la actitud dubitativa de este último los susodichos recelos por otro lado cada vez más visibles. El dramatismo de las palabras del Presidente Obama lo era no sólo por la aceptación de responsabilidades en cuanto a la muerte de civiles en operaciones militares llevadas a cabo en los últimos meses sino también por el reconocimiento de que en las próximas semanas se van a incrementar y mucho las operaciones y con ellas los riesgos de que tales bajas no deseadas se sigan produciendo.
[3]19 a 1, y 4 de cada 5 consideran que la mayoría de los Talibán dejarían la lucha a cambio de un empleo.[5]la OTAN hubiera dado resultados diferentes a estos. En cualquier caso, hubiera sido sorprendente que una encuesta realizada en plena cuna de los Talibán y entre una población que vive aterrada ante las perspectivas de un inminente ataque de En efecto, el asalto al bastión de los Talibán en Kandahar – que es a su vez ciudad natal del Presidente Karzai y lugar de origen por excelencia de los Talibán - se va a producir en una fase más y también previamente anunciada de ese impulso militar que se quiere coadyuve a una mejora en el control del territorio por parte del Ejército Nacional y de las fuerzas de seguridad afganas que permitan, entre otras cosas, cumplir con la promesa de Obama de comenzar a retirar las fuerzas estadounidenses en julio de 2011. Ninguno de los dos líderes habló, por supuesto, de las consecuencias que el esfuerzo militar de Kandahar,
[4] que habrá de provocar muchas bajas entre los Talibán y efectos colaterales combatiendo en población cuando sea necesario, tendrá en el endeble y resbaladizo proceso de reinserción de Talibán que supuestamente renuncian a sus tradicionales métodos, aunque no que sepamos a sus objetivos, proceso que Obama ha vuelto ahora a apoyar en sus declaraciones. Para alimentar este escenario negociador las autoridades afganas y estadounidenses se apoyan no sólo en puro voluntarismo sino también en herramientas empíricas como es el estudio realizado en diciembre de 2009 por la empresa “Glevum Associates” de Massachussets por encargo del Ejército estadounidense: encuestados 2.000 ciudadanos de Kandahar, estos se muestran partidarios de negociar con los Talibán en una proporción de
Pero este precipitado y en buena medida ambiguo plan de rehabilitación de elementos de los Talibán, pero también del Hizb-i-Islami del visceralmente anti-estadounidense Gulbuddin Hekmatyar, despierta como es lógico recelos dentro y fuera de Afganistán. En Londres se bendijo y tanto Karzai como Obama no dejan de aludir a dicho plan, coherentes ambos con la idea de “afganización de la solución”, pero nada se ha dicho sobre a quién va a beneficiar; qué crímenes quedarán excluidos, si es que hay alguno, de la amnistía; y otros aspectos nada desdeñables, sobre todo para buena parte de la población que ha sufrido durante años la tiranía de estos islamistas radicales.
[6] Precisamente tal frenesí por ofrecer la reconciliación cuando el Gobierno de Kabul aún no es lo bastante fuerte, cuando el esfuerzo militar internacional tampoco y además se habla ya y por parte de Washington de iniciar la retirada en 2011, o cuando no se trasluce sobre el terreno una estrategia verdaderamente integrada entre afganos y extranjeros para alcanzar la victoria, no hace sino reforzar moralmente a los Talibán para vislumbrar la victoria adaptando, eso sí, su “modus operandi” a las circunstancias señaladas.
Otra cuestión a considerar en este punto de la reflexión es el mensaje tranquilizador transmitido por el General Stanley McChrystal, Comandante en Jefe de las fuerzas estadounidenses en Afganistán, quien acompañando al Presidente Karzai en su visita a Washington DC aseguraba en sus intervenciones que la campaña de Kandahar no será similar a la de Marjah en febrero. Su argumentación, que pretendía ser tranquilizadora para despejar temores y recelos explicados más arriba, se basa en el hecho de que los Talibán no tienen el control de la ciudad de Kandahar mientras que en el otro escenario sí controlaban dicha ciudad de la provincia de Helmand y hubo que reducirlos, desalojarlos y luego asegurar la población para evitar que volvieran. En Kandahar, como también se quiere hacer en la fase actual en Marjah, el objetivo es continuar con el lento proceso que define a la contrainsurgencia, institucionalizar el buen gobierno y hacer que la seguridad sea visible y la confianza crezca entre la población, y contrarrestando para ello la sutil contraofensiva de los Talibán a través de asesinatos, amenazas y otras acciones. Dada la envergadura de Kandahar (medio millón de habitantes), su importancia en términos sentimentales y políticos para el Presidente afgano y el propio hecho de que no es una ciudad-base de los Talibán, aunque eso sí muchos simpaticen con ellos, se está insistiendo cada vez con más frecuencia en que no será diezmada este verano: en palabras de la Secretaria de Estado, Hillary R. Clinton, pronunciadas el 13 de mayo en el United States Institute of Peace de Washington DC adonde acudió con Karzai, no se tratará de “destruir Kandahar en el esfuerzo por salvar Kandahar”.
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Yendo al terreno, los Talibán han tratado de resistir la ofensiva de Helmand, la denominada “Operación Mushtarak”, aunque sin tratar de evitar con especial ahínco la toma de Marjah por los estadounidenses, y han realizado en dicha provincia algunos ataques suicidas,
[8] pero podría perfectamente ocurrir que replieguen sus fuerzas ante el empuje aliado a la espera de tiempos mejores. De hecho, esto es lo que se habría producido durante la ofensiva de Marjah, realizada por 15.000 efectivos estadounidenses, británicos y afganos, entre otros. Con ello volvemos al susodicho comentario del General McChrystal, un ‘boina verde’ experto en guerra irregular y contrainsurgencia, quien insiste ahora para Kandahar pero también para Marjah en la idea de proceso, de ganarse a la población con seguridad, buen gobierno, mucha habilidad y mucha paciencia. Pero en ese proceso, largo o muy largo, y en esa paciencia, es donde tendremos que ver también las cosas desde el otro lado, desde la percepción de los Talibán. Ellos saben mucho más que sus enemigos de paciencia y el tiempo nos dirá cómo concentran sus esfuerzos para impedir que la seguridad reine y quebrar así la confianza. Respecto al buen gobierno, es de suponer que los esfuerzos estadounidenses hacia las autoridades locales afganas, tanto en Marjah como en su momento y sobre todo en Kandahar, se van a redoblar. Y, finalmente, es en esa fase tan delicada y tan dilatada en el tiempo en la que debemos ubicar cuestiones como la reconciliación y la reintegración de elementos de los Talibán o la fijación de fechas de retirada estadounidense en el horizonte, temporalmente tan próximo pues se desea por parte de Washington que empiece en el verano de 2011, que desde nuestro punto de vista pueden suponer más obstáculos que ventajas.
Como se recordará la Conferencia de Londres del pasado mes de enero dio luz verde a la estrategia del Estado-líder sobre el terreno, los EEUU, que enviando un contingente adicional de 30.000 efectivos en los últimos meses anunciaba en paralelo que en el verano de 2011 estará en condiciones de iniciar la retirada. La aproximación de la Casa Blanca conlleva un notable esfuerzo militar ya en marcha para reforzar al Estado afgano y encaja mal, desde nuestro punto de vista, con las tendencias tanto políticas como también académicas que, dando por perdida cualquier opción de imponerse sobre el enemigo, abogan por hacer concesiones al mismo en mayor medida incluso que las que ya se vienen haciendo en la línea de las opciones dialoguistas de Karzai.
[9] Recuérdese que en su visita sorpresa a Afganistán, realizada el pasado 28 de marzo, Obama habló de victoria sobre Al Qaida y exigió a su homólogo afgano y a todo su Gobierno combatir la corrupción, luchar contra el narcotráfico y actuar con justicia, a añadir todo ello a las reformas políticas para la reconciliación nacional tan deseadas por Karzai.
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Los principales lastres de la política interna afgana: el estado de la cuestión
Nada sabemos hoy por hoy de la Jirga (asamblea) de la Paz que tenía que celebrarse del 2 al 4 de mayo en Kabul incluyendo a supuestos sectores dialoguistas de los Talibán. Esta reunión de notables debía de asentar las fórmulas para la reconciliación y la reintegración y ser seguida por otra en junio y también en Kabul y, todo ello, servir de precedente en términos políticos a las previstas elecciones parlamentarias del próximo 18 de septiembre. La que sí se ha celebrado, el 7 de mayo, ha sido la Jirga de Moqur, en la provincia occidental de Badghis, la primera en treinta años, interpretada dentro y fuera del país como indicador de una creciente estabilidad, al menos en esta zona de Afganistán.
[11]la Jirga o asamblea, pieza clave de reunión de líderes que cuenta mucho más que las figuras ajenas por importadas de otras culturas como es el Parlamento elegido en comicios por los ciudadanos o incluso el propio Gobierno y sus representantes regionales y locales.[12] Pero no hay que olvidar que hablar de regiones y provincias en Afganistán, donde dicho sea de paso la visibilidad del poder central de Kabul ha sido históricamente difusa, obliga también a hablar del reparto étnico de esta compleja sociedad: el 44% son pastunes, el 31% tayikos, el 11% hazaras y el 9% uzbecos y los mayoritarios pastunes no acaban de involucrarse en las iniciativas nacionales de componer fuerzas armadas y de seguridad. El problema añadido en el escenario afgano es que sobre la superestructura de poder Gobierno-Parlamento-Poder Judicial, comprensible para los países occidentales y que todos en mayor o menor medida estamos coadyuvando a reforzar, se superpone otra mucho más compleja propia de un país extremadamente fraccionado, con más de 20.000 pueblos y aldeas gobernados de forma autónoma en prácticamente todos los casos. Los afganos han utilizado históricamente el instrumento político y religioso del “Pasthunwali” reflejado en fórmulas de democracia participativa en cada localidad, donde bien el líder religioso o Mullah o bien el líder político o Emir trataban de resolver los problemas cotidianos en el seno del consejo; de no lograrlo se recurría y se recurre a
Para comprender la situación actual es preciso saber que tras las elecciones presidenciales ganadas por Karzai en agosto de 2009 se confirmaban los manejos de este con los distintos señores de la guerra que aceptaban su liderazgo al frente del Estado a cambio de mantener ellos sus parcelas de control territorial. La herramienta más importante utilizada para este acuerdo era y sigue siendo la Ley de Amnistía aprobada por el Parlamento en marzo de 2007 y que Karzai rechazó en un principio aunque en diciembre de 2009 le acabó dando la “luz verde” presidencial.
[13]la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Crimen Organizado (UNODC, en sus siglas en inglés), y ello puede tener importantes consecuencias, también para los Talibán.[15] El problema en términos del esfuerzo presente y en el corto plazo para normalizar el país es que, por un lado, dicha reducción de la producción hará subir los precios – es decir, que traficantes y elementos Talibán obtendrán más ingresos – y, por otro lado, que habrá más campesinos desocupados al perder sus cosechas y habrá que ofrecerles un modo de vida antes de que sean ocupados en enfrentarse al Gobierno de Kabul y a las fuerzas extranjeras que lo apoyan. Así, los dos Vicepresidentes del Gobierno, Mohamad Qasim Fahim y Karim Khalili, son dos importantes señores de la guerra y junto al hermano de Presidente, Ahmad Wali Karzai, hombre influyente este último precisamente en la provincia de Kandahar, conforman a parte de los principales controladores de la producción de drogas en el país.
[14] Esta realidad entra ciertamente en contradicción con la promesa hecha por el Presidente afgano durante su toma de posesión para un segundo mandato, en noviembre pasado, cuando afirmó que perseguiría a quienes violan la ley y acabaría con la impunidad. La impunidad con la que se benefician unos y otros del cultivo y recolección del opio, de su procesamiento y transformación en drogas y de su exportación, se va a ver ahora puesta a prueba ante un nuevo escenario: la aparición de un hongo en las plantaciones de adormidera puede reducir la producción entre un 25% y un 30%, según estimaciones de
En términos tanto de reparto territorial del poder como de normalización de este hay otros signos de inquietud que deben de ser destacados. Uno de ellos, y hoy por hoy de entre los más inquietantes, es la negociación emprendida por Karzai con el líder de Hizb-i-Islami, Gulbuddin Hekmatyar. Este último, un islamista radical que destacó por su liderazgo en la lucha contra los soviéticos en la década de los ochenta, se ha venido haciendo cada vez más visible por su hostilidad hacia los planes estadounidenses, y ello a pesar de que haya venido interactuando con Karzai y con su Gobierno. Por ello y según algunas fuentes de Washington, las autoridades estadounidenses recelan de este peligroso acercamiento – como según aquellas y no sin cierto voluntarismo recelarían de todo el plan Karzai de “reconciliación y reintegración” – pero prefieren no inmiscuirse en el mismo para que cuando este fracase nadie pueda decir que fue por culpa de la intromisión de los estadounidenses.
[16] Lo que está claro es que juegos tan peligrosos como los emprendidos por el Presidente afgano podrían acabar dificultando la consecución de su objetivo, manifestado el pasado noviembre, de que en cinco años estén transferidas todas las competencias en materia de seguridad a su Gobierno. Enmarcado también en ese ambicioso proceso está el que las autoridades afganas hayan expresado ahora en Washington su deseo de que el centro de detención de Bagram, ubicado en el interior de esta base aérea que ya era importante en la época soviética, pase a control afgano lo antes posible.
Otro de los lastres que dificultan la normalización afgana sería la omnipresencia de la corrupción pero también en eso el Gobiernom Karzai tiene una aproximación particular al tema. Según Waheed Omer, uno de los portavoces del Presidente afgano, sólo el 20% de todos los fondos gastados hasta ahora por la Comunidad Internacional en Afganistán desde el derrocamiento de los Talibán lo ha sido a través del Gobierno de Karzai.
[17] La mayor parte de las ayudas según la visión oficial afgana habría sido administrada por organizaciones internacionales, por contratistas privados y por ONGs, los segundos y las terceras principalmente occidentales, abundando con ello de nuevo en las teorías conspiratorias sobre la amenaza exterior que han echado históricamente y siguen en la actualidad echando profundas raíces entre los afganos.