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Deshechos de guerra

Deshechos de guerra

por Manuel Coma, 07 de Septiembre de 2011

Publicado en La Razón, 3 de septiembre de 2010

La guerra prácticamente ha terminado, aunque no lo hará del todo hasta que caiga Gadafi. Y ahora empieza lo difícil: hacer que Libia resurja de sus cenizas y se convierta en un país viable y estable; islámico, por supuesto, no cabe esperar el más mínimo atisbo de laicismo, pero que nos resulte tratable y moderado.

Para ello no vale el apoyo aéreo, sólo cuenta la dependencia que tienen de nosotros para su reconstrucción, o muchas veces construcción desde la nada, puesto que el país era un «gadafato» y que en importantes aspectos apenas había propiamente un Estado. Esa dependencia no supone gran cosa si las prioridades de los vencedores son otras: tomarse venganza masiva sobre los vencidos, establecer un islamismo riguroso o matarse entre ellos en una implacable pugna por el poder.

Carecemos de la más elemental base de conocimientos para predecir más allá de lo que nos dicten los benéficos efluvios conciliadores y democráticos de nuestros corazones. No es nada probable que los rebeldes formen entre sí una piña con unidad de propósitos y que puedan surgir autoridades del Consejo Nacional de Transición, o de donde sea, que susciten una devota lealtad por parte de la mayoría. Lo que sí es cierto es que todos hasta ahora han enfatizado su carácter de libios por encima de cualquier otro tipo de líneas de fractura, y que la oposición entre este y oeste se ha revelado bastante menor de lo que se temía, porque la perpetuación del poder de Gadafi en la parte occidental se ha visto que era debida mucho más a la eficacia de su aparato represivo que a las adhesiones espontáneas. El repudio de la persona y el régimen ha sido mayoritario en todo el país y eso no deja de ser, mucho más que Naciones Unidas, una fuente de legitimación para la aventura militar en la que nos embarcamos.

Por otro lado, por intensas que puedan ser –y no los sabemos–las rivalidades fraticidas, todos los libios necesitan que la industria petrolera vuelva a funcionar, lo que requiere la vuelta de los trabajadores extranjeros, lo que exige un clima de seguridad.

En este tema se aúnan los intereses de los locales y de los foráneos que deben estar dispuestos a completar su obra ayudando todo lo que los libios se dejen. La cuestión está en las manos de los que ahora las tienen ocupadas con un kalashnikov.



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