Derrota y claudicación

por Ignacio Cosidó, 14 de diciembre de 2003

(Publicado en el Diario Palentino, el 14 de diciembre de 2003)
 
En la estrategia electoral del PSOE, Cataluña iba a convertirse en el gran triunfo que permitiría a Rodríguez Zapatero aspirar con solvencia a La Moncloa en las próximas Elecciones Generales. La realidad es que la inesperada derrota de los socialistas catalanes frente a los nacionalistas moderados y la posterior claudicación del PSC ante los nacionalistas radicales puede suponer todo lo contrario: una derrota contundente de los socialistas en toda España, el fracaso de un Zapatero que será defenestrado por sus propios compañeros y la quiebra definitiva del PSOE como partido de ámbito nacional.

Antes de las elecciones catalanas Zapatero y el PSOE ya se habían tapado los ojos y los oídos ante los desvaríos de Maragall. Ya fuera su propuesta de resurrección del Reino de Aragón, su controvertida reforma del Estatuto de Autonomía o su rechazo frontal al trasvase del Ebro, la dirección nacional socialista se limitaba a asentir o al menos callar. Pensaban que una victoria del PSOE en Cataluña, que sirviera de impulso a una victoria en España, compensaba los efectos negativos que sin duda el discurso un tanto alocado de Maragall podría tener en otras partes de nuestro país.

La necesidad de un triunfo se hizo aún más perentoria tras el gran fiasco de Madrid. Las nuevas elecciones de octubre devolvieron el Gobierno de la Comunidad madrileña al Partido Popular, por lo que la sensación de fracaso que habían dejado en el PSOE las elecciones de mayo se hizo aún más patente. Al final, los socialistas no sólo no habían conseguido conquistar el gobierno de ninguna nueva comunidad, sino que además habían perdido Baleares. Sólo Cataluña podía arreglar el desastre.

Pero la noche del 16 de noviembre los socialistas debieron guardar el cava tanto en Madrid como en Barcelona. Con un recuento de angustia, los socialistas vieron como los pronósticos de todas las encuestas y los primeros escrutinios se iban transformando con el paso de las horas en una derrota inexplicable. CiU volvía a ganar las elecciones por sexta vez consecutiva y el PSC se quedaba a dos diputados del campeón.

Un Maragall visiblemente decepcionado se agarró al pacto de izquierda como única tabla de salvación. Pero la derrota del PSC hizo que el auténtico ganador de la noche electoral, socialistas y convergentes perdieron diez escaños cada uno, el republicano independentista Carod Rovira, necesitara tiempo y montar un circo a dos pistas para poder justificar su alianza con el PSC. La negociación a dos bandas, con CiU y con el PSC, ha permitido a ERC obtener más de lo que aspiraban sin prácticamente tener que pedirlo. Ambas formaciones tenían tal necesidad del poder que estaban dispuestos a pagar cualquier precio por él.

En esta negociación Maragall ha cedido el poder y el programa a ERC a cambio de salvar la piel. Sólo ocupar el despacho de Pujol podía salvar al líder de los socialistas catalanes de salir por la puerta falsa de la historia. A ese objetivo personal lo ha supeditado todo. Carod Rovira, como primer ministro con todas las de la ley, dirigirá el gobierno, mientras que Maragall se podrá dedicar a bodas y discursos. La acción de gobierno responderá más a la agenda y al programa de Ezquerra que a la de los socialistas.

Este gobierno es una mala noticia para Cataluña y una pésima noticia para el PSOE. La experiencia del tripartito balear muestra como un gobierno plural de la izquierda puede lastrar en poco tiempo una economía sólida y dinámica. Ezquerra introducirá además más radicalidad y más división en la sociedad catalana. El enfrentamiento con Madrid que los radicales quieren provocar traerá muchos más inconvenientes que ventajas a Cataluña.

Por su parte, el PSOE está poniendo en riesgo su subsistencia como un partido de ámbito nacional. Una de las condiciones del pacto es que el PSC se independice aún más del PSOE de Madrid. Habrá que ver la cara que ponen los andaluces, los extremeños o los manchegos cuando Maragall proponga un nuevo sistema de financiación que elimina la solidaridad interterritorial. Habrá que ver la reacción de los socialistas murcianos o valencianos cuando Maragall trate de boicotear el Plan Hidrológico Nacional.

Zapatero vende todo este desastre como un mal menor. Su pregunta recurrente es si hubiera sido mejor un gobierno de nacionalistas más nacionalistas. Lo cierto es que lo mejor sería un PSOE que no renunciara a sus convicciones históricas por unas migajas de poder. Lo mejor sería un PSOE que no estuviera tonteando continuamente con una cuestión tan seria como es la cohesión nacional.