Debates GEES: guerra en Libia

 

1. ¿Era necesaria la guerra en Libia?
 
Enrique Navarro: No. No había una amenaza directa a nuestros intereses, y no sé por qué los rebeldes ilegales van a ser mejores que el gobierno legalmente reconocido de Libia.
 
Rafael L. Bardají: No. El sentimiento de urgencia ante un supuesto genocidio no se corresponde con la realidad. No ha habido tales masacres masivas y aunque se pudieran haber llegado a producir si Gaddafi se hacía de nuevo con las riendas del país, cabe preguntarse hasta qué punto la comunidad internacional está obligada a proteger a unos pocos rebeldes que se alzan contra su dictador a sabiendas de que no van a llegar a ningún sitio sin la ayuda exterior. Es más, si de verdad se quería ayudar a los rebeldes, se podían haber escogidos otros caminos menos vistosos que el empleo de los cazabombarderos; darles armas, munición y sistemas de comunicaciones, y enviar instructores militares y personal operativo de los servicios secretos que les guiaran, en la estela de Afganistán. Diplomáticamente se podía haber elevado la presión sobre Gaddafi con embargos, congelación de bienes, etc.
 
Por otro lado, la narrativa de que los rebeldes representan la ambición democrática del pueblo libio frente a la dictadura de Gaddafi está también por probar. Hemos hecho de la Cirenaica la expresión de toda Libia y por lo que sabemos, las divergencias tribales son más fuertes que cualquier otra voluntad. Nuestros interlocutores "válidos", como el ex-ministro de justicia, no representa más que a una pequeña fracción territorial y tribal.
 
Juan Francisco Carmona: No, pero sólo ha sido posible intervenir porque Gadafi entregó sus armas de destrucción masiva como consecuencia del miedo ante la invasión de Irak. Hace tres semanas, cuando ganaban los insurgentes, el progrerío en pleno decía que no había que intervenir porque las revueltas debían ser "orgánicas", con lo que querían decir internas, sin ayuda exterior. Esto no tendría importancia si no fuera la posición por defecto del establishment, hoy revocada por la vía de los hechos, pero que se sigue sosteniendo, increíblemente, de palabra, cuando las bombas llueven sobre Libia a favor de los rebeldes. Es el privilegio de la izquierda que puede hacer una cosa y decir la contraria, con la aprobación del público. Como apunta Rafael, habría habido entonces opciones más limitadas de apoyo a los rebeldes que hubieran podido permitir derrocar a Gadafi. Fueron la lentitud e indecisión de ayer las que han desembocado en la guerra de hoy. Obama tiene mucha responsabilidad en ello. El revestimiento humanitario de la intervención es principalmente para la galería; lo que mueve a los estados es el interés legítimo de desembarazarse de un dictador y sustituirlo por un régimen más amigable. Pero como esto es la doctrina Bush, no se puede reconocer, porque es pecado de lesa progresía.
 
Ignacio Cosidó: Es una guerra de elección, no de estricta necesidad. Libia no nos ha atacado, pero igual que en Kosovo había un proceso de aniquilación de la oposición a Gadafi ante el que no podíamos permanecer impasibles. La intervención es además una señal de apoyo a los procesos de cambio en los países árabes. Estas transiciones están llenas de incertidumbres, especialmente en Libia, pero la opción de mantener a los tiranos no se podía sostener. Esta guerra no era por tanto un imperativo estratégico, pero está justificada política y moralmente.
 
Óscar Elía: La intervención en Libia estaba justificada, pero no así. Primero, debió llegar a principios de mes en forma de apoyo a aquella facción de los rebeldes que nos fuese más amigable. Después, cuando Gadafi amenazaba Bengasi pudo explorarse una intervención internacional por tierra que desmilitarizase zonas del país, protegiese a la población civil y crease condiciones democráticas. No se hizo por complejos ante los regímenes árabes. Hoy se interviene tarde y mal. Segundo, Francia o tiene la capacidad técnica ni el liderazgo político capaces de sustituir a los Estados Unidos de Obama, inmersos en una suicida retirada estratégica. Pero en Libia había que estar, para controlar un proceso disparado al caos y para mostrar nuestro compromiso y determinación con los que puedan mirarse en nuestro espejo.
 
2. ¿Cuál puede ser el desenlace final de la guerra?
 
Ignacio Cosidó: Espero que el resultado final sea la salida de Gadafi del poder, que cese la represión y que se abra un periodo de transición democrática. Los riesgos son que la guerra civil se enquiste o que los elementos más radicales e islamistas de la oposición puedan hacerse con el poder.
 
Óscar Elía: Creo que hay dos opciones. Si se llega a un alto el fuego por las divisiones aliadas, Gadafi puede quedarse, la situación se enquistará y traerá problemas en el futuro, humanitarios, terroristas y migratorios. Si Gadafi se va o muere, el país entrará en una situación de incertidumbre que puede degenerar en caos o guerra civil y en esos mismos problemas. Una vez dentro, no se puede salir, y habrá que comprometerse hasta el final. Más vale acabar con el régimen de Gadafi, aunque sea con el exilio, y controlar y encauzar lo que venga después.
 
Juan Francisco Carmona: Espero que la descomunal diferencia de fuerza haga doblar las rodillas a Gadafi. Hillary Clinton ha declarado que está buscando una salida pactada. Pero la intervención progre de los primeros momentos de las revueltas, henchida de orgullo y pagada de sí misma, en cuanto a la remisión del "caso" Gadafi al Tribunal Penal de La Haya impide exilar, como dice Óscar, a Gadafi y evitar más muertes.
 
Enrique Navarro: Un pacto entre las tribus de Libia, la salida pactada de Gadafi y la creciente intervención de al Qaeda, de Siria, Irán en Libia. Me temo que no vamos a ver ni más democracia ni más seguridad.
 
Rafael L. Bardají: Yo creo que Gadafi resistirá todavía un tiempo, que los combates irán bajando en intensidad y que al final, cuando los suyos prefieran echar a Gadafi antes que inmolarse junto a él, tendremos una Libia descosida, fragmentada, con algunas regiones que podrían ser prósperas, pero con grandes lagunas territoriales de descontrol, para beneficio de quien quisiera, como dice Enrique.
 
3. ¿Qué relación y consecuencias tiene el conflicto con el desarrollo de las revueltas árabes?
 
Rafael L. Bardají: Son el contexto de la guerra, pero la reacción internacional, tardía, confusa y cambiante, poco de positivo puede proyectar sobre los que quieren una mayor tolerancia en sus países y tampoco dará seguridad a los autócratas y dictadores. Occidente no está ni con unos ni con otros. Aún peor, si Gadafi se queda por un tiempo, o si se instala la guerra civil de forma endémica -a lo Líbano- las repercusiones para Egipto y Túnez podrían ser muy negativas y el efecto sobre los procesos de transición en ambos países se verían complicados. La intervención, de no culminar rápidamente con el cambio de régimen -que ni se quiere, ni se sabe, y posiblemente ni se pueda hacer- va a poner en peligro la apertura en la zona, no a favorecerla. 
 
Juan Francisco Carmona: Desde el principio había dos opciones al respecto. La realista y pro-estabilidad que llevaba a entenderse con los tiranos, los dictadores o los autócratas. Aunque hay que subrayar que no es lo mismo el dictadorcillo Ben Alí, el autócrata Mubarak, o el terrorista Gadafi. Esto era sucio, pero legítimo a la vista de los intereses de los estados, único elemento capital para entender las relaciones internacionales. La otra opción, la moralización de la política exterior -Bush- y la identificación de los intereses de América con la promoción de la libertad -su discurso de la segunda inauguración- obligan a favorecer, con inteligencia y precaución los movimientos liberales, o a crearlos de nueva planta, en los países islámicos. Nadie tiene ganas de reconocer que esto es así, sobre todo por las encuestas, así que estamos en plena contradicción. Las contradicciones no ganan guerras ni apoyos entre los rebeldes. A día de hoy la estabilidad ya ha volado por los aires así que no hay alternativa a la doctrina Bush. Como se sigan empeñando en dejar los levantamientos sin padrinos habremos hecho un pan como unas tortas. Lo ha dicho Rafael: ni tendremos el apoyo de los tiranos derrocados, ni de los revolucionarios ahora en el poder, y correremos el riesgo que ante el caos los islamistas se hagan con el poder. Egipto no tiene buena pinta.
 
Enrique Navarro: Parten del mismo descontento popular por unas masas desfavorecidas que ven a las elites nadando en un mar de abundancia en algunos casos. Se han creído el mensaje de Obama. Pero cada país tiene su propia problemática, religiosa, tribal, política y económica. En algunos casos, los opositores son independientes y serán manipulados por los enemigos de Occidente. Esta intervención se volverá contra Occidente, como ya hemos visto en Irak o Afganistán.
 
Óscar Elía: Las revueltas, el efecto imitación, es el origen, pero las revueltas alcanzan en cada país características distintas. Aquí, el régimen dominaba mediante dos elementos, el miedo y la corrupción, a un variopinto número de tribus. Algunas aprovecharon la debilidad gadafista para levantarse en armas. Ahora ya no hay marcha atrás, y el futuro de Libia será distinto queramos o no. Como dice Juan Francisco, con contradicciones no se ganan guerras. Hay que tener voluntad y decisión, apoyar a los nuestros, por pocos que sean, e impedir que Libia irradie en el futuro inestabilidad a una zona ya de por sí desestabilizada. El mundo árabe, dictaduras y opositores, debe tener claro que Occidente no abandona a los que avanzan en su dirección. El caos libio aún puede ser una oportunidad.
 
Ignacio Cosidó: Sería un desastre que las revoluciones en marcha en el mundo árabe triunfaran en los regímenes más aperturistas pero fracasaran en los más tiránicos. Lo que ocurra en Libia tendrá una gran importancia para otros países como Siria. Tenemos que apoyar esos procesos de cambio no solo por razones morales, sino también por un interés estratégico. La expansión de la libertad en el mundo es la mejor garantía para nuestra seguridad futura. El riesgo es que el futuro régimen en alguno de esos países sea aún peor que el derrocado. Tenemos que trabajar con todas nuestras fuerzas para que eso no ocurra y estar preparados al mismo tiempo para hacer frente a esa amenaza si en algún sitio termina sucediendo.
 
4. ¿Qué consecuencias tendrá esta guerra para la OTAN y los aliados?
 
Juan Francisco Carmona: Como decía aquél a la vuelta de la revolución, occidental esta, de 1968, Dios ha muerto, el hombre ha muerto y yo mismo no me siento nada bien. La OTAN no existe, los aliados no sé quiénes son y España es discutible. Occidente debería hacer lo posible para convertirse en una aspiración para el resto del mundo, pero entre la deuda rampante, la declinante natalidad y la degeneración de las costumbres, no va por buen camino. En todo caso, la OTAN no ha podido hacer nada por la negativa francesa y su, legítimo, afán de protagonismo. Los aliados necesitan un líder y como Estados Unidos no está dispuesto a serlo y Francia no puede, lo más probable es que acabe siendo Luxemburgo. Palin 4 President!
 
Ignacio Cosidó: La Unión Europea ha dado en esta crisis muestras de una gran división interna, lo que plantea dudas sobre el futuro de su política exterior y de seguridad común. Es importante implicar a la OTAN en las operaciones militares en Libia para no convertirla en un actor estratégico cada vez más inoperante e innecesario.  
 
Enrique Navarro: El caos de la misión y la ausencia de control muestran donde están los aliados. Mientras, la división muestra cómo la OTAN simplemente espera en el limbo esperando a pasar por fin a mejor vida.
 
Rafael L. Bardají: Para la OTAN ha supuesto una nueva disputa interna y su marginación otra vez ante los asuntos estratégicos de nuestros días. 
 
Óscar Elía: La resolución del Consejo de Seguridad tardó menos de 24 horas en ser vulnerada, primero por Sarkozy y luego por Obama, lo que da una idea de la autoridad real que posee hoy en día la ONU. La UE, descoyuntada con la crisis económica, ni siquiera se ha planteado hacer o decir algo, con los europeos divididos. La OTAN, la gran esperanza occidental, se ha deshecho como un azucarillo, con aliados enfrentados entre sí. La intervención en Libia muestra el comatoso estado de la OTAN, su incapacidad para lograr un hueco en el siglo XXI. Dudo que se pueda ya implicar.
 
5. ¿Cuál debía haber sido la actitud de nuestro país ante el conflicto?
 
Óscar Elía: Zapatero hundió la credibilidad española tras la huída de Irak. Desde entonces ha tratado de recuperar el papel internacional logrado por Aznar, pero no lo ha conseguido. No se fían de él. Y eso que envió gratuitamente tropas a Líbano y se involucró en Afganistán. En este caso podía haber ocupado un cómodo papel secundario. Pero la imprudencia de Chacon y de él mismo le llevaron a lanzarse de cabeza a la aventura francesa. Pero ni siquiera con coherencia. En mi opinión, si tan seguro estaba Zapatero, debiera haber mandado a nuestros pilotos al frente a bombardear al ejército libio, en vez de a realizar labores secundarias. Con su incoherencia aún nos deja en peor evidencia. Es peor la vulneración explícita de su propia ley de permiso al Parlamento -ideada por Bono en su día contra el PP-, vulneración que inexplicablemente el Partido Popular no ha denunciado.
 
Enrique Navarro: No debió nunca apoyar una intervención militar sin un acuerdo de misión y de medios de la OTAN. Nunca debió salir corriendo hacia Libia, pero parece más preocupado por las encuestas internas que por evitar una guerra civil que, por cierto, fue iniciada por los rebeldes.
 
Ignacio Cosidó: Zapatero ha dado un cambio radical de su discurso del "no a la guerra" a ser uno de los mayores promotores de la guerra en Libia. A pesar de este ardor guerrero, la crisis Libia ha puesto una vez más de manifiesto la creciente irrelevancia de la España de Zapatero en la escena internacional. Zapatero ha actuado más por oportunismo estratégico que por convicción. En mi opinión, ese cambio radical le resta legitimidad moral para conducir a España a una guerra que ni siquiera quiere definir como tal. Estoy de acuerdo en la participación de España en esta operación pero pediría al Gobierno más claridad en los objetivos, en la cadena de mando y en los riesgos que lleva consigo. Es absurdo que España mande cuatro aviones de combate al teatro de operaciones pero les prohíba cualquier ataque a tierra.  
 
Rafael L. Bardají: Si no se busca la caída de Gadafi, España debiera jugar un papel secundario. Y si se busca, haber intentado que la coalición hubiese asumido ese objetivo. Y sobre todo, decirlo. Desde un punto de vista "realista", los intereses nacionales estaban bien cubiertos por el régimen de Gadafi, tanto los políticos como los económicos. No había necesidad de cambio para salvaguardarlos. El dilema moral es otra cosa. Pero nadie hasta ahora había expresado disgusto alguno ante Gadafi: al contrario. Y en cuanto al afán democratizador (ahí está ese inefable Pepiño Blanco diciendo que se va a "liberar al pueblo libio" algo ridículo. Si se quiere llevar la democratización a la zona, hay que empezar por el elemento más negativo y dañino para la misma: Irán, no Libia.
 
Por otra parte, el Gobierno -que actúa por un oportunismo irresponsable- no debiera haber contado con el apoyo ciego de la oposición en esta aventura caprichosa' y de la que uno puede esperarse lo peor.
 
Juan Francisco Carmona: España no desempeña ningún papel. Podía haberse ofrecido a la coalición como apoyo moral dejando la puerta abierta a una negociación con Gadafi que evitara muertos, un paso más acá de Alemania. Otra España más seria y con mayor ambición, más fuerte económicamente podía haber ayudado a los rebeldes en el primer momento, con el apoyo de otros países, en previsión de un cambio de ciclo en todo Oriente Medio y el Norte de África, tratando de influir en los acontecimientos a su favor. Eso hubiera requerido menos demagogia y más trabajo. O sea, que era imposible. El caso es que no hemos hecho ninguna de esas dos cosas, así que estamos en guerra y no sabemos por qué ni para qué. Los soldados ya están frívolamente en dos sitios: el Líbano y Libia.