Debates GEES: España en Afganistán (I)

 

Índice:
 
1. Por qué debemos irnos de Afganistán, por Emilio Campmany:Lo correcto es irse de allí. Si los intereses de Occidente están en juego en Afganistán, ha resultado evidente que no es Obama quien va a defenderlos. Como nosotros sin los norteamericanos no podemos hacerlo, lo mejor es dejar a Obama que se gane la reelección él solito, si puede”
 
2. Porqué es imposible, e indeseable, irnos de Afganistán, por Juan Francisco Carmona: “Los españoles forman parte de Occidente y de sus alianzas, y deben cumplirlas. Pero, además, lo que hacemos en Afganistán no es sólo meritorio sino nobilísimo. Es el cumplimiento de la Doctrina Bush, a saber, el advenimiento de la democracia liberal en tierras que no lo conocen, y la defensa de Occidente, y España es parte sustancial de este”
 
3. Afganistán: contra toda lógica, por Rafael L. Bardají:“Lo que España debe apostar es por detener la erosión de la OTAN con cuanto esté en su mano. Y ahora, desde mi punto de vista, eso pasa por seguir en Afganistán.”
 
4. Lo probable, lo improbable, lo correcto y lo incorrecto, por Óscar Elía Mañú: Si occidente abandona Afganistán porque considera que deja una misión cumplida con un país estable, entonces no habrá problema alguno en quedarse, no más que en otros países donde España está presente. Paradójicamente, el argumento para el abandono de Afganistán es también el argumento para quedarse”
 
5. Si salimos ahora, tarde o temprano tendremos que volver, por Carlota García:“Muchos de los que apuestan por una retirada dicen que el precio por estar allí está siendo muy elevado. Piensan principalmente en términos de bajas y coste económico. A raíz de esto, demos una última razón para mantener nuestra presencia en Afganistán: si salimos ahora, con toda seguridad tarde o temprano tendremos que volver ¿cuál sería entonces el coste?”
 
1. Por qué debemos irnos de Afganistán
por Emilio Campmany
 
“Lo correcto es irse de allí. Si los intereses de Occidente están en juego en Afganistán, ha resultado evidente que no es Obama quien va a defenderlos. Como nosotros sin los norteamericanos no podemos hacerlo, lo mejor es dejar a Obama que se gane la reelección él solito, si puede
 
Desde que José María Aznar decidiera llevar a cabo una especie de revolución diplomática en nuestra política exterior, PSOE y PP y  -en la medida en que le interesaba la política exterior-, también la opinión pública española, han estado divididos acerca de cuáles tenían que ser nuestras relaciones exteriores. No es ni mucho menos casualidad que el atentado del 11M influyera en el resultado electoral porque desde el día en que se tuvo la percepción de que se trataba de una acción islamista, el electorado creyó ver en él una consecuencia de la “equivocada” política exterior de Aznar, escorada del lado de los norteamericanos y favorable a una invasión de un país soberano que el hombre de la calle en España, incluso el votante del PP, no apoyó o, al menos, no entendió.
 
No es fácil saber hasta qué punto, pero sí es indudable que la promesa de José Luis Rodríguez Zapatero de sacar a nuestros soldados de Irak influyó en su victoria de 2004 a partir del momento en que el electorado atribuyó el atentado del 11M al fundamentalismo islámico. Alguna vez se ha sugerido que el pueblo español demostró con ello su cobardía. Es una acusación falsa. Es verdad que el pueblo norteamericano se arremolinó como una piña alrededor de su Gobierno al día siguiente del 11S mientras que el nuestro desertó del suyo a las 48 horas del 11M. Pero entre uno y otro acontecimiento hay una diferencia esencial, mientras que el pueblo estadounidense apoyaba la política de Bush, el nuestro era contrario a la de Aznar. No importa que ésta fuera acertada -soy de los que cree que la política exterior de Aznar fue lo mejor de su era-, lo que importa es que los españoles no la asumimos como propia, la mayoría porque no la entendieron y a la gran parte de los que lograron hacerlo no les gustó. En estas condiciones es imposible esperar que un pueblo que no comprende y no apoya una política exterior respalde a un Gobierno cuando se produce un atentado con cerca de 200 muertos y éste se percibe como consecuencia directa de esa política exterior que no tenía su respaldo.
 
No obstante no apoyar la invasión de Irak, Rodríguez Zapatero sí respaldó la de Afganistán. Tal falta de coherencia es muy frecuente en Europa y tiene su explicación. La invasión de Afganistán fue, como la de Irak, una decisión tomada por los Estados Unidos al margen de la ONU. Sin embargo, el Consejo de Seguridad de la organización respaldó la invasión del país de los talibanes muy poco después de ocurrida por las apabullantes pruebas que había de que el Gobierno talibán había estado protegiendo y dando apoyo logístico a las personas que habían llevado a cabo el derribo de las Torres Gemelas. La invasión de Irak acabó gozando del mismo respaldo de la ONU, pero tal respaldo no fue inequívoco hasta junio de 2004, más de un año después de la invasión. Por eso, Rodríguez Zapatero se apresuró a sacar a las tropas españolas de Irak en la que fue una de sus primerísimas decisiones como presidente de Gobierno, en abril de 2004, para no tener que hacerlo una vez que la ONU hubiera respaldado la misión de las tropas internacionales allí destacadas.
 
Es más, desde algún punto de vista, la invasión de Irak es un “algo” más legal que la de Afganistán porque se llevó a cabo ante la evidencia de que Saddam Hussein escondía armas de destrucción masiva, que la ONU le había prohibido tener. Aunque es cierto que las armas no aparecieron, no lo es menos que Saddam hizo todo lo posible para hacer creer que sí las poseía, probablemente para disuadir a su enemigo, Irán, de atacarle y porque no creía a los occidentales con arrestos suficientes para invadirle en una segunda ocasión.
 
Sea como fuere, no hay diferencia legal profunda entre ambas misiones, que es el argumento empleado por nuestro presidente de Gobierno, para estar en una y haber huido de la otra. Y, sin embargo, todos nuestros representantes políticos parecen estar convencidos de la justicia de seguir en Afganistán y de lo inevitable de nuestra salida de Irak como si en esa actitud no hubiera ninguna incoherencia.
 
La opinión pública española, sin embargo, sí percibe que esta actitud de estar en una guerra y salir huyendo de la otra entraña alguna clase de contradicción. Intuye también que alguna diferencia hay entre ambos conflictos, pero que tales diferencias no son estrictamente jurídicas. No se siente convencida por los argumentos del PSOE ni tampoco por la ausencia de argumentación de la oposición. Más bien le intranquiliza. Pero, ha habido un acontecimiento que ha traído un poco de tranquilidad al español medio respecto de nuestra participación en Afganistán y nuestra salida de Irak y la falta de coherencia que todo ello implica, la llegada de Obama a la Casa Blanca. Es así porque Obama sostiene lo mismo que nuestros políticos, es decir, lo mismo que trata de imponerse a nuestra opinión pública, que hay que irse de Irak y hay que estar en Afganistán. No se dan cuenta, sin embargo, que hay una importante diferencia entre la postura de nuestros políticos, impuesta a los españoles, y la de Obama. Mientras los primeros basan la diferencia entre ambas guerras en una cuestión de legalidad, Obama la cifra en una cuestión moral. Es decir, mientras Rodríguez Zapatero dice que la guerra de Irak es ilegal y la de Afganistán es legal, Obama lo que dice es que la de Irak es mala y la de Afganistán buena.
Ni que decir tiene que la postura de Obama tiene mucho más sentido que la de Rodríguez Zapatero. Al margen de lo que dijera la ONU, Irak fue invadido por constituir una amenaza aún no verificada, mientras que Afganistán lo fue por constituir una amenaza bien real, como había demostrado la cadena de atentados del 11S. En cambio, desde el punto de vista legal, las diferencias entre ambas invasiones son casi de matiz. O sea que la coincidencia entre la actitud de la Administración de Obama hacia ambos conflictos y la del Gobierno español, respaldado por la oposición y una minoría de la opinión pública, es tan sólo aparente.
 
Con todo, buena parte de la opinión pública española sigue intuyendo que, por coherencia moral y por no habérsenos perdido nada allí, deberíamos irnos de Afganistán, mucho más si ello entraña, como se ha demostrado, verdadero riesgo para la vida de nuestros soldados. Esta intuición, aunque carece de base reflexiva, es sin duda mayoritaria. Lo es desde luego en la extrema izquierda y en la extrema derecha, que son antiamericanos siempre, aunque esté Obama en la Casa Blanca -en el caso de la extrema derecha, incluso más por estar Obama en la Casa Blanca-. Pero también lo es en la opinión pública moderada de cualquier signo porque, estando convencidos de que nunca debió de enviar tropas a Irak, creen que tampoco tiene sentido mantener las que tenemos en Afganistán.
 
Sin que acierten a saber muy bien por qué, ni la mayoría sea capaz de explicarlo más allá de la contradicción que conlleva diferentes actitudes en guerras tan similares como la de Irak y Afganistán, tienen razón. No se trata de enfrentar a Rodríguez Zapatero con sus contradicciones, aunque no estaría de más que la oposición lo intentara de vez en cuando, ni de aprovechar el rechazo que la opinión pública tiene a las guerras en general y a la de Afganistán en particular. Se trata de que actualmente no hay en Afganistán ningún interés nacional que defender que merezca la pena arriesgar la vida de nuestros soldados.
 
Fuimos a Afganistán a neutralizar a al Qaeda y a ayudar a crecer en el país un régimen que fuera incapaz de dar cobijo a esa o a otra organización terrorista. Era mucho más fácil el primer objetivo que el segundo. Imponer un régimen incapaz de cobijar a una organización terrorista se ha identificado igual a imponer un régimen democrático. Y eso es lo que se está intentado, revelándose imposible. Sin embargo, si se lograra imponer un régimen, siquiera democrático en su apariencia, con elecciones regulares, que fuera capaz de mantener a raya a los talibanes, el objetivo podría haberse dado por cumplido. Hoy Obama ha renunciado a los dos, a éste y al anterior.
 
Al Qaeda disfruta en Pakistán de una impunidad muy similar a la que gozaba en Afganistán. Sin embargo, Obama no está dispuesto a presionar a Pakistán para que persiga debidamente a una organización terrorista que cuenta con muchos cómplices dentro del ISI, el servicio de inteligencia pakistaní, ni está dispuesta a arriesgar un debilitamiento del régimen pakistaní que lo haga presa fácil de su mortal enemigo, la India. Total, que Osama ben Laden y Ayman al-Zawahiri seguirán organizando atentados terroristas contra Occidente con la ayuda de parte de la administración pakistaní y Obama no tiene intención de impedirlo. Si no se han producido nuevos atentados de la envergadura del 11-S es porque las muy criticadas medidas antiterroristas de Bush lo han impedido y porque Obama, a pesar de sus promesas, ha conservado la mayoría de ellas en vigor.
 
En segundo lugar, Obama ha renunciado a imponer un régimen claramente pro-occidental que no vaya a cobijar a ninguna organización terrorista. El plan actual es obligar a los talibanes a llegar a un acuerdo para repartirse el Gobierno con Karzai, bien por áreas de Gobierno, bien por territorios, bien por las dos cosas a la vez. Naturalmente, Obama exige un compromiso formal por parte de los talibanes de que no se dará cobijo a al Qaeda. Pero, esto es estúpido. Los talibanes son guerrilleros fundamentalistas islámicos. Lo que les diferencia de la cúpula de al Qaeda es que los primeros son pastunes y los segundos árabes, pero ideológicamente son la misma cosa. Aunque los talibanes se sintieran inclinados a pactar con los americanos, lo harían tan sólo para provocar su salida y luego poder arrojarse sobre Karzai. Además, en este asalto estarían apoyados por la inteligencia pakistaní, que observa con preocupación la penetración china e india entre las tribus no pastunes afganas. Ocurriría como en Vietnam tras la paz de 1973, cuando Hanoi fingió firmar una paz con la que dio a los norteamericanos la excusa que querían para poder irse. Cuando se fueron, invadió el desprotegido Sur y los estadounidenses ya no tuvieron humor para volver al Sudeste asiático a defender a su aliado y salvarlo por segunda vez del VietCong. Al final, Vietnam fue unificado por los comunistas y los norteamericanos invirtieron miles de vidas de soldados suyos en que el Hanoi les diera un papel con el que salvar la cara. Si los talibanes estudiaran historia, a estas alturas ya habrían hecho algo parecido con Obama, aunque es posible que sólo estén esperando a un mayor desgaste de las tropas de ISAF para mejorar su posición negociadora.
 
Con esta estrategia esencialmente perdedora que renuncia a alcanzar los dos objetivos principales que dieron lugar a la misión, ¿qué sentido tiene que los españoles sigamos allí gastando dinero y arriesgando vidas? ¿Para que Obama salve la cara y pueda ser reelegido en 2012? Es posible que eso pueda justificar las vidas de soldados norteamericanos, aunque lo dudo, pero lo que no puede en absoluto es justificar la vida de ningún legionario.
 
Otra cuestión es cómo podría la oposición presionar al Gobierno para traer a nuestras tropas, si utilizando este argumentario o recurriendo a otro que estuviera cargado de moralina y leguyelina, si se me permite el neologismo. Y otra también diferente es cómo podría el Gobierno justificar una retirada si se convence de que eso es lo procedente. También habría que tener en cuenta cómo hacerlo sin perjudicar o perjudicando lo menos posible a nuestras relaciones con los Estados Unidos. Lo primero son cuestiones de táctica política y lo segundo de política diplomática.
 
Lo que no me cabe duda es de que lo correcto es irse de allí. Si los intereses de Occidente están en juego en Afganistán, ha resultado evidente que no es Obama quien va a defenderlos. Como nosotros sin los norteamericanos no podemos hacerlo, lo mejor es dejar a Obama que se gane la reelección él solito, si puede.
 
2. Porqué es imposible, e indeseable, irnos de Afganistán
por Juan Francisco Carmona
 
“Los españoles forman parte de Occidente y de sus alianzas, y deben cumplirlas. Pero, además, lo que hacemos en Afganistán no es sólo meritorio sino nobilísimo. Es el cumplimiento de la Doctrina Bush, a saber, el advenimiento de la democracia liberal en tierras que no lo conocen, y la defensa de Occidente, y España es parte sustancial de este”
 
Emilio Campmany escribe un comentario valiente y elocuente sobre cuál ha de ser el destino de nuestra tropa en Afganistán. Su conclusión intenta dar coherencia a las que parecen ser las opiniones auténticas de quienes hoy mandan, sin preguntarles antes si esto es lo que desean. Quisiera así Emilio, por exceso de caridad, paliar con su razonamiento la falta de lógica que advierte en los acontecimientos políticos, dotarlos de una explicación de la que carecen, y traerse a los soldados a casa a disfrutar de un merecido reposo. Gracias pues por poner luz sobre lo que significa la tendencia actual. Y gracias también a Óscar Elía por un formidable trabajo de zapa, valga la expresión, al desbrozar el terreno sobre lo que viene sucediéndonos en el Hindu Kush desde el inicio de nuestra implicación en sus inhóspitos alrededores.
 
Y hasta ahí las flores, que ahora vienen las espinas en las que espero poder colgar los argumentos de mi discrepancia a la retirada de Afganistán. Desde la perspectiva estrictamente política la cuestión no admite dudas: estamos en los confines del Oriente porque formamos parte de la OTAN. Punto.
 
España se compara a menudo con los Países Bajos, pequeña nación, en los términos de su apoyo a la Alianza Atlántica. Por ello, se oye, al marcharse los holandeses de Afganistán - lo que hicieron este verano - nosotros deberíamos seguirles. Por de pronto, la salida de los holandeses provocó la caída de su gobierno -más a mi favor, pensará Emilio– pero resulta que, una vez que han hablado las urnas, se disponían estos días, bajo un nuevo gabinete, a volver para formar policías. Por otra parte, su fecha de salida estaba fijada desde hacía años, aunque hasta ese mismo plazo estaban discutiendo por no abandonar a los socios de la OTAN, cuando se quebró la coalición gubernamental. Los países que no lideran deben seguir a sus aliados. España, si está en la OTAN, no tiene opción. Pacta sunt servanda.
 
Afirma acertadamente Emilio que los occidentales hemos ido a Afganistán a expulsar a AlQaida y a propiciar un régimen político que haga imposible su reimplantación. Y recuerdo yo que fuimos, por tanto, como consecuencia inmediata de los atroces atentados del 11 de septiembre de 2001, cometidos por Bin Laden al amparo del régimen talibán. Esto, que es rigurosamente así, suponía entonces, y supone hoy, dar cumplimiento a la Doctrina Bush. No he encontrado expresión más sucinta de lo que significa esta que las palabras pronunciadas por su inventor en un discurso ante los graduados del Ejército del Aire en junio de 2004:
 
“Durante décadas las naciones libres han tolerado la opresión en Oriente Medio a cambio de la estabilidad. En la práctica este planteamiento ha traído poca estabilidad y mucha opresión. Así que he cambiado esa política".
 
Y es por ello, porque la falta de libertad era el caldo de cultivo para la creación del terrorismo islámico, y porque los islámicos tenían tanto derecho como cualquiera a aspirar a la libertad, por lo que se produjo la invasión afgana. A esta le siguió la de Irak, batalla distinta del mismo combate. Esta tarea liberatoria, que es probablemente el empeño más noble de Occidente desde el desembarco de Normandía -II Guerra Mundial-, o desde la decisión de Truman de oponerse al imperialismo soviético -Guerra Fría o III Guerra Mundial- y que no por nada ha sido llamada IV Guerra Mundial por el académico Eliot Cohen- es a la que se dedican, allí en los límites del imperio de Alejandro Magno, ingleses, franceses, alemanes, españoles y, claro, americanos. Es un honor formar parte de ella. Esto es lo que defiende España, aunque sus autoridades ni lo confiesen, ni quizá lo sepan, y por mucho que les pese.

Pasaron los años y llegó Obama al poder. Aunque seguía sustancialmente las políticas externas de su predecesor, dejó de sostener sus acciones con la misma retórica. En América se hubiera dicho que: “He walked the walk, but he didn't talk the talk”. Pero al dejar Obama de hablar de la guerra contra el terrorismo, como hacía Bush, porque, según Bob Woodward, "no podía perder a la totalidad del Partido Demócrata", dejó también de poner el énfasis en la liberación de Oriente Medio, para resaltar en cambio la derrota de AlQaida añadiéndole una fecha de caducidad a la participación americana.
 
Obama, que no gustaba de la guerra por sus molestias políticas, pero que prefería ganarla a perderla, puso este verano al general Petraeus al cargo. Y Petraeus, invicto en Irak –guerra mala, pero, ay, exitosa-, mientras los demás se dedicaban a hacer comentarios y opinar desde salones enmoquetados, se puso a intentar hacer su trabajo y vencer como, vagamente, se le había ordenado. Y esa victoria, todavía, estaba definida, a pesar de todos los pesares, en los términos aproximadamente “Bushitas” de negar cobijo a AlQaida y democratizar, algo, el oriente islámico.

Como muy bien afirmaba el GEES el otro día -deduzco que bajo la pluma siempre reconocible por lo exhaustivo de Manuel Coma- el combate allá no va tan mal como se quiere pensar y los militares, benditos ellos, se han empeñado en tomar Kandahar. ¿Cree alguien que si los Estados Unidos realmente quieren van a perder una guerra contra bandas de terroristas, no del todo apoyadas por ningún Estado?
 
Otra noticia, de la que nada se ha dicho en nuestros pagos, es que un recluso de Bagram dio información a principios de octubre para matar a sus colegas en Waziristan, impidiendo así los ataques terroristas que estos preparaban en Europa. Son buenas, sí, las cárceles de Bush que Obama deja abiertas, pero aún son mejores sus aviones teledirigidos que calcinan a los amigos de los talibán antes de que atenten en nuestras capitales.
 
Es decir, la guerra, atroz y horrible como todas, sirve y bastante. No se puede dejar de contribuir a un esfuerzo que, por absurdo que parezca a las mentalidades posmodernas, salva vidas, allá y acá, y no va por mal camino.
 
Lo que me lleva, de hoz y coz, a nuestra actualidad más española. Es imprescindible revalorizar el papel que desempeña nuestro Ejército, cuyo día de gloria no es tanto el 12 de octubre, en que rinde honores a la Nación, sino el de San Fernando y de las Fuerzas Armadas. Entonces, podría el Rey homenajear a los caídos, resultando, ya se sabe, contradictorio, que lo hagan en cambio quienes no creen que estemos en guerra. Otra medida que podría tomarse, para honrar a los muertos por España, copiándola de los americanos -esos que están a punto de darnos otras lecciones de ciudadanía y rectificación ante los errores políticos-, sería convertir el Valle de los Caídos en el Arlington español. Así podrían descansar en paz, si lo quisieran sus familias, en un lugar bello y significativo. Todo esto es, claro, harina de otro costal.
 
En definitiva: Los españoles forman parte de Occidente y de sus alianzas, y deben cumplirlas. Pero, además, lo que hacemos en Afganistán no es sólo meritorio sino nobilísimo. Es el cumplimiento de la Doctrina Bush, a saber, el advenimiento de la democracia liberal en tierras que no lo conocen, y la defensa de Occidente, y España es parte sustancial de este, en lo que razonablemente puede llamarse la IV Guerra Mundial. Que los actuales mandos hagan esto contra sus propias convicciones dice mucho de sus personas, pero no aclara nada del combate de nuestro tiempo, en el que - sí, Emilio - tan ilógica como hipócritamente, han comprometido a España. 
 
3. Afganistán: contra toda lógica
por Rafael L. Bardají
 
“Lo que España debe apostar es por detener la erosión de la OTAN con cuanto esté en su mano. Y ahora, desde mi punto de vista, eso pasa por seguir en Afganistán.”
 
Hay dos formas de justificar la retirada de España de la guerra de Afganistán. Una muy mala y otra peor. Esta última es la que maneja la izquierda pacifista: nada se nos ha perdido allí y nuestra presencia, además de poner en peligro la vida de nuestros militares, es una suerte de imposición que no respeta el curso natural del mundo musulmán. 
 
Esa lógica manida, falaz y simplona, como era de esperar, no la defiende nadie del GEES. Pero Emilio Campmany ha abierto el debate con otra, muy potente, pero no por ello acertada: como los americanos de Obama han decidido olvidarse de ganar la guerra y planean irse en un año, los españoles no tenemos nada que hacer allí. Y menos bajo Zapatero. Ergo, si no se pueden cumplir nuestros objetivos y asumimos un innecesario riesgo para nuestros soldados por las actuales operaciones, mejor volvernos. Yo voy a intentar rebatir su postura, a mi entender marcada excesivamente por una visión exclusivamente nacional y cortoplacista.
 
En primer lugar está la consideración de que si no se lucha, no hay guerra que se pueda ganar. Y aunque la imagen más extendida actualmente es que la guerra de Afganistán ni se está ganando ni se podrá ganar, conviene recordar que si esto es en realidad así, no se debe a problemas militares exclusivamente. Esto es, no se debe a que no se cuente con las capacidades necesarias para vencer al enemigo, que no es superior en el campo de batalla. Si no que es el producto de una desatención estratégica aguda y, sobre todo, de una manifiesta falta de voluntad política de llevar esta guerra hasta sus máximas consecuencias. Lo cual quiere decir para mí que alimentando la voluntad política, no debilitándola aún más, podríamos llegar a una situación en la que los militares contaran con lo que necesitan y estuvieran autorizados a hacer lo que se requiere, para darle la vuelta a la actual situación.
 
Y de hecho es necesario señalar que a pesar de las enormes reticencias de Obama y de su política de lograr una estrategia de salida en un año, el nuevo mando militar al frente de Afganistán, el General Petraeus está poniendo en marcha una nueva aproximación a la guerra que empieza a dar resultados, por muy parciales y frágiles que éstos sean. La situación sigue siendo mala, pero ya no es desesperada como hace pocos meses.
 
Igualmente, Petraeus ha dicho en repetidas ocasiones que él no ve la fecha de salida fijada por la Casa Blanca (julio de 2011) como algo escrito en las piedras de la Ley. Y aunque es verdad que los portavoces de Obama dicen lo contrario, Petraeus está convencido de que puede argumentar en contra y ganarse la voluntad del presidente americano.
 
Puede que se equivoque en su juicio, pero es una cuestión abierta. Y, en ese sentido, anunciar una nueva retirada de Afganistán en lugar de favorecer el campo de Petraeus, el de quienes creen que hay que hacer lo que sea durante el tiempo que sea para asegurar la victoria, lejos de salir reforzado frente a quienes sólo buscan una retirada más o menos honrosa, quedaría muy debilitado.
 
Segundo, está la cuestión de la imprescindible solidaridad aliada y la seriedad frente a los compromisos adquiridos. Es verdad que en temas de vida o muerte, las naciones son soberanas y deben tomar las decisiones últimamente pensando en sus propios intereses. Pero estar en una Alianza y responder a las necesidades colectivas es también un legítimo y necesario interés nacional en una época donde las amenazas son globales.
 
Afganistán está siendo un auténtico calvario para los miembros de la OTAN y el futuro de la propia OTAN está en juego si no se gana claramente esa guerra. Ciertamente, hay otros aliados que se han marchado ya de aquel teatro de operaciones (los últimos, los italianos, quienes acaban de anunciar su salida próxima). Una retirada española no haría sino contribuir más al desánimo europeo en el seno de la Alianza y volvería imparable, como un peldaño más en una endiablada escalera de desvinculaciones, la americanización exclusiva de la guerra. Aquellos aliados más comprometidos, como el propio Reino Unido, verían insostenibles sus sacrificios y, al final, sólo América seguiría implicada en los combates.
 
La ruptura estratégica entre Europa y América se habría consumado en ese momento. Y sus consecuencias son simplemente incalculables en estos momentos. Por poco efectiva que hoy sea la Alianza Atlántica, sigue siendo mejor contar con su existencia a no tener la organización.
 
Y, desde luego, yo no quiero que España, con una nueva retirada, después de la sonada de Irak, contribuya a acelerar un proceso que aunque en marcha, se puede luchar contra él. Lo que España debe apostar es por detener la erosión de la OTAN con cuanto esté en su mano. Y ahora, desde mi punto de vista, eso pasa por seguir en Afganistán.
 
Tercero, aceptando el argumento de la coherencia política de una eventual salida española, antes de asumir una posición así, hay que evaluar cuidadosamente los costes asociados, sobre todo en términos de vulnerabilidad. ¿Sacar a las tropas de allí, lo que eliminaría el riesgo que sufren a diario, mejoraría nuestra seguridad nacional a medio y largo plazo? Yo creo que no, sino todo lo contrario. Y eso es lo importante a tener en cuenta.
 
Es verdad, como apunta Emilio, que la presencia de Al Qaeda en Afganistán es hoy muy reducida y que las fuerzas talibán no pueden equipararse a la amenaza que representa la organización de Bin Laden. Pero sería un grave error estratégico centrarse únicamente en lo presente y desdeñar lo que puede ser el futuro, una vez que las tropas de la coalición dejaran el país en manos de los talibán.
 
Por ejemplo, cuando los soviéticos salieron de Afganistán en 1989, la comunidad jihadista lo celebró no sólo con entusiasmo, sino que perfiló toda una teoría por la cual la URSS había sido vencida gracias a los mujaidines de la guerra santa. Aquella derrota fue percibida e interpretada como el primer paso de un largo camino hacia la derrota de todos los infieles y hacia la reinstauración del nuevo califato. Ahí estás las alocuciones de Bin Laden para comprobarlo. ¿Cómo sería vista ahora la salida apresurada de las fuerzas de Occidente? Como otra victoria sobre un nuevo tigre de papel al que ponerle fin sería cada vez más sencillo.
 
Dicho en otras palabras, la inyección de adrenalina que intoxicaría a los jihadistas de todo el mundo, independientemente de la operatividad de los cuadros de Al Qaeda, provocaría con toda seguridad una nueva ola de atentados terroristas.
 
Es más, la opción “Biden” para mantener la presión sobre Al Qaeda, esto es, sacar las tropas terrestres y continuar matando a los cabecillas terroristas gracias a un uso intensivo de drones, aviones no tripulados, puede parecer atractiva sobre el papel, pero nada hay más de ficción que un puesto de mando y control en Tampa, a miles de kilómetros del suelo afgano. Si los Predator y similares son eficaces en la eliminación de los miembros de Al Qaeda es porque antes se recibe una buena información e inteligencia que sólo sale gracias a una elaborada red de informadores sobre el terreno. Sin presencia en el suelo, los misiles de los aviones no tripulados apenas acertarían en dianas de valor. Y si las ropas terrestres se van de Afganistán no sólo perderían ese contacto directo, sino que transmitirían la sensación a sus informantes de que se les abandonaba por lo que no cabría mucha esperanza de que la red de inteligencia durara mucho en funcionamiento. Tal y como pasó con los iraquíes del sur en 1991 cuando los americanos dejaran que fueran atacados impunemente por los helicópteros de Saddam Hussein.
 
Y queda un factor de contagio altamente preocupante: ¿Qué pasaría con Pakistán una vez que los radicales se hicieran con el poder en Kabul? La amenaza jihadista es como la energía, que no se crea ni se destruye, en este caso se traslada de un frente a otro. De la Afganistán de los 80 se movió a la Argelia de los 90; más tarde el frente Cedral de la jihad fue Irak tras el derrocamiento de Saddam Hussein en 2003 y cuando todo apuntaba a su derrota en Mesopotamia, su atención giró de nuevo hacia una guerra olvidada, la de Afganistán de ahora.
 
De nuevo, por tanto, la pregunta: ¿Salir de Afganistán debilita o refuerza a la jihad global? No es una cuestión baladí. Algunos países, como Norteamérica, pueden estar tentados de sentirse al abrigo de nuevos ataques, dada la eficacia de sus servicios de inteligencia y contraterroristas. Pero es una apuesta arriesgada y que, en cualquier caso, los europeos deben tomar con suma precaución. Y no digo nada ya de España, en primera línea de fricción con el islam radical.
 
Finalmente y en cuarto lugar, está la cuestión política. De un gobierno como el actual poco se puede esperar en términos de reflexión estratégica y de refuerzo del mundo occidental. De ahí la palpable contradicción y creciente malestar del socialismo español con nuestra presencia en una guerra que no se quiere ni nombrar. Pero al gobierno que sea hay que llevarle a que haga lo que debe hacer. Y desde mi punto de vista, lo que debe hacer es seguir en Afganistán por todas las razones de fondo que he mencionado más arriba. SI saliera corriendo de allí y Afganistán acabara cayendo en las manos de los talibán y jihadistas, España estaría más expuesta a sus iras. Y es dudoso que el gobierno de Zapatero hiciera ningún esfuerzo en protegernos de otra manera, habida cuenta de su política de cesiones, alianzas de civilizaciones y rechazo a la guerra contra el terror. Irse, sin compensar nuestra seguridad, aumentaría la vulnerabilidad de los españoles. Quedándonos al menos compramos unos meses de respiro en los que la lucha primordial se libra lejos de nuestro suelo.
 
4. Lo probable, lo improbable, lo correcto y lo incorrecto
por Óscar Elía Mañú
 
Si occidente abandona Afganistán porque considera que deja una misión cumplida con un país estable, entonces no habrá problema alguno en quedarse, no más que en otros países donde España está presente. Paradójicamente, el argumento para el abandono de Afganistán es también el argumento para quedarse
 
En un texto, bastante prosaico por lo demás, destinado a centrar este debate, distinguía cuatro escenarios, ideales-puros en términos weberianos, españoles en relación con Afganistán. Lo hacía a partir de una oposición doble: la de lo probable frente a lo improbable, por un lado; la de lo correcto y lo incorrecto, por otro. Desgraciadamente, lo más probable en el futuro es también lo más incorrecto, tanto en términos occidentales como españoles; y por otro lado, lo más correcto es lo más improbable, e incluso utópico.
 
Primero, respecto a lo más probable y lo más incorrecto, es difícil albergar dudas sobre la actitud del actual gobierno, totalmente desentendido de los compromisos internacionales: Rodríguez Zapatero ya ha anunciado –lo hizo el 15 de septiembre en el Congreso- dos cosas. La primera, que España esperará a la cumbre de noviembre sin defender postura alguna, lo cual es una certeza desde que se cambió al responsable de Exteriores; y que segundo, nuestro país seguirá allí el tiempo que los otros socios de la OTAN decidan. Ambas cosas teniendo en cuenta que el instinto del presidente español -frenado por múltiples causas, de las que como dice Bardají la espantada iraquí no es la menor- es retirarse cuanto antes. Sin decir nada, España asentirá con la cabeza cualquier plan de retirada previsto por sus socios. Desde este punto de vista, el análisis, las previsiones y los planes norteamericanos dependerá el futuro de la misión que los españoles comenzaron en 2002. Rodríguez Zapatero dirá que sí.
 
Segundo, en el extremo contrario está lo más improbable y más correcto: que España llegue hasta el final en una guerra que apoyó y a la que mandó efectivos muy pronto, a los pocos meses de que comenzase. Para ser coherente –incluso con el más reciente discurso del Gobierno-, España debiera defender en la OTAN la permanencia de las tropas el tiempo que fuese necesario, comprometerse ella misma y defender el envío de los medios necesarios, porque como acertadamente comenta Rafael Bardají, no hay maldición alguna en Afganistán, y es una guerra que se puede ganar con los medios militares y el apoyo político necesarios, y la deserción, siquiera moral, de los aliados no es la mejor forma de ayudar al éxito de la guerra. 
 
Además, está la pregunta por la capacidad y la viabilidad de la misión española en el país afgano. La permanencia española tras la eventual retirada americana suena a aventura quijotesca y a locura estratégica, pero al menos como reflexión merece la pena citarla. Máxime cuando la coalición internacional está apuntando a dos cosas. La primera, al hecho de que la retirada parece que se dilatará más de lo en un principio afirmado: Petraeus aboga por tener más tiempo, y aunque la Casa Blanca celebre la retirada, la permanencia allí de grandes contingentes, como ahora en Irak, parece cada vez menos cuestionable. El abandono de los afganos a su suerte parece que se retrasará bastante, lo que da garantías a cualquiera que quiera quedarse hasta el último momento, en el caso de que éste llegue y sea irremediable. Y este cualquiera, por coherencia, debiera ser España.
 
Por otro lado está la pregunta por el país que dejen los occidentales. Desde luego coincido con mis colegas del GEES en la convicción de que integrar a los talibanes en el poder resulta una pésima solución que traerá más problemas en el futuro. Pero no es eso lo que oficialmente están defendiendo los aliados de la OTAN. ¿Son sinceros cuando afirman que es posible dejar medianamente pacificado Afganistán integrando a los talibanes en el gobierno? Si esto es así, y tan segura está la coalición de que éstos no desencadenarán el infierno en Afganistán, entonces será posible mantener misiones abiertas en determinadas regiones el tiempo que haga falta. Dicho en otros términos: si occidente abandona Afganistán porque considera que deja una misión cumplida con un país estable, entonces no habrá problema alguno en quedarse, no más que en otros países donde España está presente. Paradójicamente, el argumento para el abandono de Afganistán es también el argumento para quedarse. Nueve años de misión en Afganistán son muchos; pero exactamente la mitad de los de Bosnia. Si aquí se ha celebrado el éxito de la misión: ¿porqué allí habría de celebrarse su fracaso?
 
En tercer lugar, menos probable es que éste u otro gobierno se hagan cargo de la situación en términos realistas –en el sentido que los teóricos de las relaciones internacionales dan al término-, y huyendo de la inercia se planteen el problema en términos exclusivamente de interés nacional a corto o medio plazo. Es la posibilidad planteada por Emilio Campmany. Éste ha puesto con acierto el acento en la política nacional, que en las sociedades actuales es inseparable de la internacional, como lo demostró en España el 11M, y que los especialistas en seguridad tienden a despreciar. Desde este punto de vista, el cambio en la visión americana de Afganistán va íntimamente unido a la ideología, a los objetivos políticos y a la personalidad de Obama, y ésta es radicalmente distinta a la que, con Aznar, llevó a España a aquel país. Menos concluyentes me parecen los otros dos argumentos: el de la salida definitiva de alQaeda de Afganistán hacia Pakistán me parece más discutible, así como que no exista término medio entre una democracia liberal de corte occidental y un régimen taliban de corte islamista. Por otro lado, no veo tan claro que la opinión pública española rechace fehacientemente la presencia española allí. Tengo para mí, y esto es perfectamente discutible, que hay una imagen distorsionada, sometida a los intereses partidistas, a los escándalos mediáticos e histerias de políticos, periodistas e intelectuales, que llega al público, y que explica la desafección popular a la participación española en Irak. El pacifismo suicida español afecta a las élites, no a la sociedad española. 
 
En cuarto lugar, en medio, otra posibilidad, poco probable, no tan coherente como la permanencia sin fecha de caducidad, y que es puramente diplomática. Esta posición la ha defendido vehementemente aquí Rafael Bardají: la OTAN, cuya supervivencia está en juego en está guerra, es el foro adecuado donde defender los intereses de la seguridad nacional, de occidente y de la propia Alianza Atlántica. Y en Afganistán pasan por dos cosas: dotar de más medios militares y civiles a la misión en aquel país, por un lado; y mostrar la voluntad de victoria, encarnada en una. O lo que es lo mismo: más medios y más tiempo, que es justo lo que hasta ahora los aliados se han negado a hacer.
 
Es cierto que España, con sus antecedentes inmediatos y con la anorexia diplomática que le caracteriza, no parece el país más apropiado para convencer a sus socios: dudo que tras el Gobierno actual la cosa cambie. Pero también es cierto que desde el principio nuestro país estuvo sosteniendo, si no sobre el campo de batalla, sí diplomáticamente la “guerra contra el terrorismo”, lo cual implica una responsabilidad en su conclusión, sea la que fuese.
 
De las cuatro posiciones, la de la inercia diplomática que parece inevitable; la de la aventura quijotesca afgana; la del realismo político nacional; y la de la claridad diplomática, estoy profundamente tentado a situarme en la segunda, pensando en la necesidad de una ambición y una osadía que nuestro país no ha tenido, que está a nuestro alcance y que cada vez contemplo con más simpatía. Ahora, tratando de escapar de unas previsibles críticas, es la última, la de una postura diplomática española clara y distinta respecto a la permanencia de los aliados en Afganistán, la que probablemente mejor conjugue capacidades, intereses y hasta dignidad nacional. La guerra aún puede ganarse, sobre todo en compañía de otros.
 
5. Si salimos ahora, tarde o temprano tendremos que volver
por Carlota García
 
“Muchos de los que apuestan por una retirada dicen que el precio por estar allí está siendo muy elevado. Piensan principalmente en términos de bajas y coste económico. A raíz de esto, demos una última razón para mantener nuestra presencia en Afganistán: si salimos ahora, con toda seguridad tarde o temprano tendremos que volver ¿cuál será entonces el coste?
 
A veces hay que tomar decisiones que van en contra de la opinión pública. Sobre todo en materia política exterior y en especial en un país donde los temas internacionales nunca han causado furor, como es España. Que la gente no entienda qué hacemos Afganistán, no sepa que se nos ha perdido en ese inhóspito país y prefiera repartir flores a coger un arma en determinadas circunstancias no debería ser determinante en temas como éste.
 
Desde luego que hay que tratar de explicar las cosas, con claridad y sin engañar. También hay que informar pero no sólo de las muertes civiles y de los errores, sino de los progresos (kilómetros de carreteras construidos, escuelas nuevas, caída de la mortalidad infantil…) aunque sean pocos; a las opiniones públicas también les gustan. Y exagerémosles, que no significa mentir sino llevar a cabo una buena campaña de comunicación e información. Pero no dejemos que cualquier gobierno se apoye en la opinión pública para tomar una decisión de tal calibre sólo porque le reporta algún voto de más. La política exterior de cualquier país es mucho más que eso.
 
Kissinger, allá por 1984, ya advertía del pacifismo, neutralidad y poco compromiso de los países –más bien de las opiniones públicas- europeos miembros de la Alianza Atlántica y las repercusiones que ello conllevaría. Ya entonces hablaba de un plan para reflotar la OTAN y ni siquiera había caído el muro de Berlín, su razón de ser. Y con todo, 12 años después los aliados hicieron historia en Bosnia, su primera campaña aérea en más de cuarenta años, actuación "fuera del área", determinante para la transformación de la OTAN tras la Guerra Fría. Allí tampoco nadie quería eternizar su presencia. Porqué no volver a hacer historia en Afganistán a pesar de lo que diga la gente. Ésta es mi primera razón para no largarse sin más.
 
Démosles todavía tiempo. Al propio Zapatero se le escapó en el turno de réplicas en su intervención en el Pleno del Congreso: “para un país con unas tasas altísimas de analfabetismo, con un desarrollo y una pobreza de las más elevadas del mundo seguramente ocho años es muy poco tiempo”. Y no hay desarrollo sin seguridad, y la seguridad la proporcionan, o tratan de proporcionarla, hoy en día las tropas aliadas.
 
Más razones, muchas recogidas por mis colegas: por obligación con los compromisos adquiridos; para preservar la OTAN y su credibilidad; para mantener los intereses y el compromiso de Estados Unidos en Europa y en su seguridad; por la seguridad de la región; por la seguridad en nuestro país; para acabar con el santuario donde los terroristas se entrenen y organizan ataques contra Occidente; para prevenir que surjan nuevas generaciones de terroristas; por razones humanitarias; por las mujeres y los niños afganos; para la lucha contra el narcotráfico; para la promoción de la democracia; por dignidad; por orgullo; por Petraeus, que si fue capaz de darle la vuelta a Irak cuando casi nadie daba un duro, porqué no ahora; porque no sólo es una guerra de Estados Unidos; porque a pesar de los tremendos problemas se puede ganar; porque una retirada no es la estrategia adecuada para este país…
 
Hay cientos de razones para no salir de Afganistán y mantener nuestro compromiso. ¿Son suficientes para la opinión pública? Parece que no ¿Y para los políticos occidentales, y para los de nuestro país? Todavía están decidiendo.
 
Muchos de los que apuestan por una retirada dicen que el precio por estar allí está siendo muy elevado. Piensan principalmente en términos de bajas y coste económico. A raíz de esto, demos una última razón para mantener nuestra presencia en Afganistán: si salimos ahora, con toda seguridad tarde o temprano tendremos que volver ¿cuál sería entonces el coste?