De la guerra fría a la guerra contra el terrorismo

por Ángel Pérez, 2 de agosto de 2007

Dos son los fenómenos que indiscutiblemente caracterizan el escenario estratégico internacional, la globalización y la guerra contra el terrorismo. Ambos han recibido atención académica y mediática notable y ambos resultan de difícil comprensión para la mayor parte de los ciudadanos. Existe además un notable desequilibrio analítico, a favor de la globalización, que hace muy difícil explicar el papel de la guerra contra el terrorismo en las relaciones internacionales. En pocas palabras, resulta imposible saber que es, cuanto va a durar y que tipo, si lo hace, de sociedad internacional podría configurar a su alrededor.
La confusión es mayor si se parte de la percepción de la globalización que se ha abierto paso a lo largo de los últimos años como un modelo o sistema que habría sustituido al anterior, la guerra fría, y repleto de novedades que lo convertirían en un fenómeno nuevo y sustancialmente impredecible.
 
La comparación entre la guerra fría y la globalización resulta, sin embargo, dificultosa. Cierto es que permite simplificar los datos que ayudan a configurar una visión del mundo tras la desaparición del bloque del Este, pero la globalización parece ser más compleja  que la guerra fría. Y eso sucede por un hecho evidente, la globalización modifica la naturaleza de las relaciones de poder político, tanto como las condiciones en las que los individuos desarrollan  todos los ámbitos de su vida. La dimensión de un fenómeno y otro parece distinta, porque lo es. No es que la guerra fría no afectase al común de los mortales, es que lo hacía de forma más moderada, fundamentalmente porque la globalización en aquellas fechas no había coincidido en el tiempo con la revolución tecnológica que hoy la caracteriza. Este hecho es crucial para entender las diferencias entre globalización y guerra contra el terrorismo, de tal forma que esta última si configura un sistema de relaciones internacionales, heredero de la guerra fría, en un escenario mayor que es hoy, como ayer, un proceso de globalización que se limita, y no es poco, a influir en su configuración y desarrollo.
 
LA GUERRA CONTRA EL TERRORISMO: EL SISTEMA
 
Tras los atentados del 11 S la administración norteamericana, de forma muy razonable, decidió asumir la actividad terrorista como un problema de seguridad que debía ser afrontado sin dilación y con todos los medios policiales y militares necesarios. Con rapidez extraordinaria el aparato de seguridad norteamericano fue capaz de desencadenar una ofensiva en Afganistán, terminada con éxito, pero sin la captura del principal ideólogo terrorista Ben Laden, reorganizar la seguridad interior y organizar una suerte de alianza internacional cuyo objetivo era, y es, combatir el terrorismo fundamentalista en todos los frentes. Con estas medidas los EEUU ponían en marcha un cambio de paradigma definitivo, la guerra contra el terrorismo; con sus líneas divisorias, a favor o en contra de las organizaciones y estados que lo practican o fomentan; y capaz de establecer, como hizo la guerra fría, las coordenadas precisas de cualquier estado en ese nuevo campo de batalla.
 
Hasta entonces el nuevo orden estratégico mundial se había intentado describir utilizando conceptos generales, la globalización; o parciales, la guerra de civilizaciones, que no eran excluyentes, pero no acababan de situar a todos los estados del planeta en un mismo tablero de juego. La primera por su magnitud, y la segunda por su limitación. La guerra contra el terrorismo tenía sin embargo la virtud de no afectar a las dos anteriores, que podemos definir como percepciones estratégicas, y permitir organizar la actividad geopolítica en un plano táctico, sencillo de aprehender. De ahí que sea posible hablar ya de una sustitución definitiva de paradigma, de un verdadero cambio de sistema: de la guerra fría a la guerra contra el terrorismo. El nuevo sistema posee, como tenía el anterior, un orden interno; una oposición doméstica, un enemigo a batir y un carácter global. Conviene analizar cada uno de ellos.
 
El orden o estructura de la guerra fría era sencillo. Dos bloques, uno liderado por los EEUU y otro por la Unión Soviética, se enfrentaron durante años, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, hasta 1989, en varios frentes. Uno convencional, a lo largo de la frontera que dividía Europa; un frente ideológico de carácter global; el tercero nuclear, que aseguró la disuasión mutua y concedió un alto carácter estático al enfrentamiento y el último regional, que se tradujo en la cooptación de guerras menores en el tercer mundo en las que contendientes locales se alineaban, se nutrían y representaban intereses de uno u otro bando. La  guerra contra el terrorismo también posee una estructura en formación: dos bloques, el de las naciones dispuestas a combatirlo (amenazadas, además, por la actividad terrorista de forma directa) y el de los estados que se niegan a ello. El primero liderado por EEUU, el segundo carente de un liderazgo único por ahora, pero en el que encontramos potencias en declive como Rusia, estados en alza como China y estados agresivos como Irán. Que la amenaza no proceda directamente de los estados, pero si de sus protegidos o tolerados, no modifica la estructura en formación descrita. Los dos bloques se enfrentan en varios frentes, también en proceso de consolidación. Uno convencional, entre Occidente y sus aliados democráticos como Japón, Taiwán o Corea del Sur, y las potencias agresivas o inestables (reforzamiento militar de Japón, defensa de Taiwán, presión sobre Irán, escudo antimisiles en Polonia); otro ideológico, de nuevo global, que enfrenta a la tradición liberal y democrática occidental con el islamismo radical (islamoleninismo o islamofascismo) y su aliado natural, la izquierda antisistema euro-norteamericana; el tercero nuclear, frente que intenta ser levantado por países como Irán y Corea del Norte con objeto de estabilizar el enfrentamiento con Occidente; y el último regional, con guerras y conflictos en curso (Irak, Afganistán, Somalia) en las que se ensaya el enfrentamiento directo con unidades terroristas y el alineamiento de los contendientes con uno u otro bloque. En ambos casos la estructura descrita ha funcionado en el seno del fenómeno globalizador, si bien el desarrollo tecnológico y los cambios económicos refuerzan la capacidad de los contendientes hoy, y la limitaban entonces.
 
La oposición doméstica resulta perfectamente reconocible. De hecho se trata de la misma que mantuvo posiciones ambiguas o claramente antioccidentales durante la guerra fría. La izquierda en su conjunto responde, con niveles de intensidad variables a este patrón; y dentro de ella resultan especialmente aparentes los movimientos antisistema, pacifistas, ambientalistas y ecologistas que alimentan y se alimentan de un amplio espacio mediático e intelectual que intenta reorganizar una alternativa antiliberal, antiamericana y extremadamente comprensiva con las posiciones que amparan, comparten o pretenden entender la violencia terrorista. La oposición interna tiene por tanto un origen histórico bien definido, un contenido ideológico en fase de consolidación y una tendencia natural a reafirmarse utilizando o incorporando ideas o valores revolucionarios.
 
El enemigo a batir y su naturaleza a menudo poco convencional han justificado con frecuencia las dudas sobre la existencia o no de un nuevo sistema internacional organizado. Sin embargo el enemigo existe, y su naturaleza es en realidad menos informal de lo que aparenta. Por naturaleza, los seguidores de una ideología aspiran a implantarla en el mundo de la realidad. La utilización del terrorismo como fórmula para implantarla por la fuerza no modifica los patrones convencionales que han permitido entender el éxito inicial del fascismo, nazismo y comunismo, con las cuales guarda notables similitudes. La expansión crítica de esta ideología que, como se ha afirmado, pretende controlar aparatos estatales cuanto antes ha coincidido en el tiempo con regímenes políticos que responden a los nuevos valores, al menos en algunos campos concretos. Los estados del Golfo han alimentado la ortodoxia religiosa; Irán posee la violencia propia de un régimen revolucionario. Estos factores convierten a los estados citados en elementos que cooperan o refuerzan, a veces inconscientemente, la ideología radical que se ha hecho un hueco en todas las sociedades, por pequeñas y estables que sean, donde existe suficiente masa crítica. La conjunción de ideología, poder electoral potencial (piénsese en el caso de Marruecos, donde el islamismo es una espada de Damocles que amenaza cada secuencia electoral), terror y violencia; junto con los intereses estratégicos de los regímenes más inclinados a favorecer o tolerar los comportamientos islamistas resulta ser un ambiguo pero eficiente enemigo. Un enemigo que recibe además el apoyo de todo régimen de corte populista, socialista o revolucionario existente en otros puntos del planeta. Esta colaboración no es nueva. Los contactos de Cuba y Venezuela con Irán constituyen una muestra más que razonable, y la posibilidad de que confluyan no solo intereses sino técnicas de acción terrorista una rigurosa posibilidad. Se trata por tanto de una ideología de éxito, que utiliza como elemento vehicular los valores y conceptos religiosos propios del Islam y que disfruta, por tanto, de una aproximación sencilla y rápida a sus posibles suscriptores, acostumbrados al lenguaje, interpretaciones morales y mitología propias de la religión de Mahoma.
 
Por último, se trata de un sistema global. Es decir, capaz de organizar en torno a sus parámetros esenciales a todos los estados que componen hoy la Comunidad Internacional. La acción terrorista se produce en cualquier lugar del globo contra intereses o instalaciones de naturaleza o valor similar; la actividad contraterrorista tiene también al planeta como zona de juego; la ideología islamista aspira a obtener una proyección global, con objetivos precisos en África y Europa que estima al alcance de su mano. Y los estados se definen respecto a la tensión descrita como aliados o contrarios, siendo cada vez más difícil mantener una distancia con las circunstancias descritas. Las guerras locales comienzan a estar mediatizadas por el conflicto ideológico, hecho facilitado por la amplia extensión de la religión musulmana en el planeta. Una tendencia que difícilmente cambiará a corto plazo y obligará a los partidos de izquierda occidentales a buscar un nuevo equilibrio entre la composición antisistema creciente de su electorado, el antiamericanismo de sus cuadros y la necesidad de hacer frente a una amenaza ineludible que afecta a la seguridad de cualquier sociedad libre.
 
GLOBALIZACIÓN: ESCENARIO
 
Si la guerra contra el terrorismo conforma un sistema, la globalización debe por necesidad configurar un escenario. Establecer esta diferencia resulta más trascendente de lo que a priori pueda parecer, porque reconocer su naturaleza supone en la práctica adoptar una actitud determinada, preventiva o elusiva, ante los riesgos que presenta la guerra contra el terrorismo. Dos son en esencia las posturas beligerantes, la primera identifica la globalización con un sistema sustitutivo del anterior, esto es, la globalización habría desplazado a la guerra fría. La segunda considera a la globalización como un fenómeno de amplia extensión, capaz de configurar un escenario planetario único en el que caben sistemas de rango menor, bien por extensión, bien por duración. Para la primera el fenómeno es novedoso, para la segunda constituye un escenario ya existente consolidado con los avances tecnológicos de todo tipo que le sirven.
 
¿Por qué es más razonable la segunda que la primera? La pregunta tiene una respuesta sencilla, porque permite explicar mejor algunos de los problemas estructurales que hoy afectan a la Sociedad Internacional, entre ellos el fenómeno del terrorismo islámico y su origen ideológico.
 
La globalización podría, siguiendo la primera postura, entenderse como un sistema; como la posguerra, por ejemplo, constituyó otro de naturaleza bien distinta. Como sistema, por tanto, sería la referencia con relación a la cual es inevitable interpretar los acontecimientos que sacuden hoy el orden político internacional. Sin embargo la globalización tiene otra naturaleza paralela que la diferencia definitivamente de la guerra fría, como sistema, y lo acerca a otros fenómenos omnicomprensivos del pasado, como el Renacimiento o la Ilustración; que no conformaron sistemas, pero si fueron globalizadores. Esta doble naturaleza explica las contradicciones que padecen algunas sociedades, y de hecho determinadas culturas, para encontrar un punto de equilibrio en el eje descrito. El Islam no es ni puede ser ajeno a la globalización como escenario sistémico, pero no encaja en aquella si es entendida como patrón cultural. Las tensiones provocadas en ambos ámbitos se entrecruzan de tal forma que pudieran parecer un mismo problema, cuando de hecho son dos, algo que explica el fracaso del mundo islámico en este nuevo escenario y las reacciones estridentes contra el orden internacional de estados, organizaciones, grupos e individuos de filiación islámica. Para consolidar esta oposición es necesaria una ideología. Para ejercerla, una organización. Y para ejecutarla, una forma de acción, política, o violenta: islamofascismo, islamocomunismo, islamismo radical, yihad global. Términos varios para definir un mismo hecho político, ideológico, revolucionario, violento e, inevitablemente, criminal.
 
Si diferenciamos desde el principio el escenario, estable, y el sistema, cambiante, es más fácil percibir el origen de las tensiones ideológicas de todo tipo de las que se nutre el radicalismo islámico. Esta diferenciación permite asimilar con normalidad la utilización de técnicas y tecnologías modernas, es decir, propias de la globalización; con el rechazo visceral a la cultura que las transmite. Al mismo tiempo permite establecer la guerra contra el terrorismo en su justa dimensión, abandonando la idea tan extendida de que la modernidad, proyectada con fuerza global, acabará por diluir el presente enfrentamiento entre Islam y Occidente. El islamismo no está ni puede estar en contra de la globalización, está en guerra con otro actor internacional, y configura en su interacción con aquel un nuevo sistema estratégico que cuenta con sus fases de desarrollo y sus incipientes doctrinas.
 
PROCESO: RECONOCIMIENTO,  ESTABILIZACIÓN Y RESOLUCIÓN
 
Todos los sistemas que han configurado las relaciones internacionales han tenido un desarrollo susceptible de ser organizado en fases sucesivas. Estas son predecibles, no así el final del sistema, provocado por un cambio sustancial y a menudo imprevisto de las circunstancias que lo hacían posible, solo hay que pensar en la era napoleónica, la política europea de Bismarck o la guerra fría. La generación de un nuevo sistema suele ir precedida de síntomas que no siempre se interpretan de la forma adecuada. Por ejemplo Churchill fue consciente muy pronto del peligro que representaba la Unión Soviética, no así Roosvelt, que alimentó siempre la idea de un acuerdo amistoso con el Estado soviético. A esta fase introductoria le sigue una segunda, el reconocimiento. Esta presupone la aceptación del reto, es decir, de la realidad. Suele iniciarse con un acontecimiento extraordinario, piénsese en el ataque japonés a Pearl Harbour; o menos impactante, pero igualmente trascendente, por ejemplo el telegrama Kennan o la decisión norteamericana de prestar ayuda a Grecia y Turquía en sus contiendas anticomunistas tras la Segunda Guerra Mundial en sustitución del apoyo británico. La tercera fase supone la entrada del nuevo sistema en un período de estabilización. A saber, los contendientes, sus técnicas, aliados y enemigos quedan fijados de tal suerte que ya no es posible hacer abstracción de aquellos. Un cambio de gobierno o la sustitución de un liderazgo no modifican sustancialmente los parámetros sistémicos, como mucho pueden alterar políticas parciales. Así durante la guerra fría gobiernos conservadores y socialdemócratas en Europa Occidental debieron hacer frente a las circunstancias con escasa capacidad de autonomía; al igual que presidentes demócratas y republicanos se enfrentaron a la Unión Soviética con escasas opciones de modificar las características del conflicto de posguerra. Por fin el sistema debe en una cuarta fase entrar en un período de resolución. Cuando y como se inicia este no es fácil de predecir. A veces la victoria militar aplastante acarrea un cambio definitivo de circunstancias, en otras en cambio es la acumulación de factores políticos, militares y económicos la que facilita el fin de un largo período de tensiones. Sin duda el fin de la guerra fría, producto de la combinación del firme liderazgo de Reagan y el desmoronamiento económico soviético, constituye un buen ejemplo.
 
La guerra contra el terrorismo responde por ahora a este patrón. Cuenta con una larga fase introductoria, dentro de la cual existen hitos que hoy parecen evidentes, pero que en su momento fueron minusvalorados o malinterpretados: la revolución iraní, orquestada en su exilio occidental por Jomeini y sus acólitos; el asesinato de Nasser; y más recientemente las experiencias de Argelia y Sudán. Era difícil interpretar de forma organizada la sucesión de acontecimientos, entre otras razones porque hasta la caída del Muro de Berlín el sistema que permitía interpretar las relaciones internacionales era la guerra fría, en cuya estructura no cabían otros actores independientes, u otras fuerzas, ideológicas o no, capaces de suponer un riego para Occidente. El fin del bloque soviético comenzó a aclarar el nuevo panorama estratégico, sencillamente porque los componentes que hoy caracterizan a la guerra contra el terrorismo adquirieron vida propia: el islamismo como ideología política; el terrorismo como forma prioritaria de acción y la crisis general del estado en el mundo musulmán. En un escenario global actores no estatales recogieron parte del legado de esta crisis para organizar un nuevo frente de guerra que pretendía galvanizar ideológicamente al Islam, ocupar el poder allí donde fuera posible y aprovechar al máximo las posibilidades letales que la tecnología y los medios de comunicación ofrecen en la actualidad, entre ellos organizaciones como Al Queda. Y tras las primeras escaramuzas (colaboración con el régimen Talibán, atentados contra las embajadas de EEUU en Kenia y Tanzania…) dieron inició a la fase de reconocimiento.
 
La fase de reconocimiento comenzó con los atentados del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas en Nueva York. La magnitud, originalidad y carácter letal de la técnica empleada anticipaba el inicio de una nueva época. La fase de reconocimiento aun no puede darse por terminada. Pero sus hitos fundamentales ya se han producido. La potencia occidental más relevante, los EEUU, recogieron el guante con notable rapidez y eficacia, desencadenando una batería de acciones, diplomáticas y militares, que inmediatamente forzaron al resto de los estados a adoptar una posición respecto al nuevo enfrentamiento. En esta fase se ha reconocido al enemigo, se ha aceptado el reto de combatirlo y se ha producido, como es habitual, el contraste dentro de Occidente entre izquierda y derecha, convirtiéndose la primera, como en la guerra fría en un magma hostil extraordinariamente beneficioso para el enemigo. Pero la prueba de que esta fase comienza a ser superada se encuentra en la dificultad que los partidos de izquierda occidentales encuentran cuando alcanzan el poder para formular políticas alternativas, así como el hecho de que terceros estados, africanos, latinoamericanos y asiáticos, comienzan a sentirse concernidos por el conflicto. La guerra contra el terrorismo es ya un hecho dado, y ningún gobierno puede realmente abandonar una política de control y represión de la actividad criminal que la caracteriza. Este factor hace inevitable la colaboración entre aliados de facto, y por tanto la constitución, con o sin entusiasmo, de un frente común de resistencia. La fase de consolidación, por tanto, da ya sus primeros pasos, siendo imposible establecer su duración, que parece será larga. Aceptar este hecho resulta necesario para abordar con diligencia la gestión de una guerra asimétrica, global y muy adaptada a las notables deficiencias que las sociedades libres presentan a la hora de arbitrar medidas legales, policiales y militares para combatir el terrorismo. El final del sistema ni siquiera se vislumbra. Una victoria aplastante parece poco probable, entre otras razones porque la falta de unanimidad para establecer como alcanzarla y en que debe consistir la hace por ahora poco viable. La muerte por inanición del islamismo no es imposible, pero improbable a corto plazo. Y la aparición de otros factores que deterioren el nuevo sistema y configuren uno nuevo es por el momento indetectable de forma rigurosa.
 
CONCLUSIÓN: LAS DOCTRINAS (EMPUJE, REPLIEGUE, RELATIVISMO)
 
Como todo sistema, aunque este sea incipiente, cuenta ya con sus doctrinas. Tres se han abierto camino hasta ahora. La primera es la doctrina empuje, desarrollada por la Administración norteamericana con su presidente, George Bush, a la cabeza. Se trata de aceptar el reto con varias premisas: fe en la victoria, convicción del carácter estructural e inevitable de la guerra y configuración de una alternativa ideológica al islamismo. La segunda es la doctrina repliegue, a la que se han acogido numerosos estados, como Francia o Alemania antes de sus respectivos cambios de liderazgo político. Se trata de adoptar una postura defensiva con varias premisas: una respuesta fuerte es contraproducente; existe un problema de fondo político, no criminal; y la alternativa ideológica al islamismo es el Islam. La tercera es la doctrina relativista, que presupone la rendición ante los hechos dados. Es una doctrina de adaptación, asumida por estados débiles, aislados o ideológicamente anclados en el anterior sistema, la guerra fría. Casos de España, por razones ideológicas, o Rusia por cadencia histórica. También cuenta con sus premisas, a saber, desconfianza en la victoria, carácter innecesario de la guerra y relativismo ideológico: la alternativa al islamismo es el islamismo. Es posible hablar de una cuarta, la doctrina de la intrascendencia histórica. Viene a resumirse así: el islamismo es un fenómeno pasajero, producto de la inadaptación a la modernidad. Basta con ganar tiempo y no hacer nada, la cadencia de los acontecimientos históricos, resolverá sola el problema. Sin embargo esta, que es una opinión extendida en amplias capas de la sociedad y constituye una fórmula atractiva para tantos académicos, no ha encontrado hasta ahora una forma política estable, luego no es por el momento una doctrina adoptada por los estados en la guerra contra el terrorismo. Lo más interesante, y la prueba de que el mundo ha entrado en otro sistema organizado, es que las tres doctrinas citadas no suponen por sí mismas modificación alguna de este último. Algunos estados han utilizado en su actividad política las tres, como es el caso de España. Asumió con el expresidente Aznar la doctrina empuje, que abandonó tras el triunfo del actual presidente de gobierno por el repliegue, que luego dio paso a la doctrina relativista, cuyo eje central ha sido la imaginación de una deficiente alianza de civilizaciones, poco práctica en general, y escasamente moral en particular. Francia, por el contrario, que abrazó el relativismo intensamente ha recorrido en parte un camino inverso, al incorporar la doctrina del repliegue al mismo tiempo que disminuía el grado de antiamericanismo. Los cambios de estrategia política no modifican el hecho cierto de que el islamismo, como ideología, y los yihadistas, como ejecutores, constituyen una seria amenaza ante la que por necesidad se está en guardia. Ya no es posible obviar el peligro, la guerra contra el terrorismo es un hecho dado, y la actitud ante ella una variable cambiante, pero ineficaz a la hora de modificar la naturaleza del nuevo sistema.