De la corazonada a soñar por España

por Joseph Stove, 13 de octubre de 2009

En la edición digital de Newsweek del 3 de Octubre, el “día después” de Copenhague, Katiey Connolly escribió un artículo con el título de “Chicago pierde, Obama gana” en el que comenta la derrota de Chicago en su puja por conseguir la nominación para los Juegos Olímpicos de 2016.
 
La periodista, analiza el pequeño traspiés que para la imagen del Presidente americano supuso el descarte, a la primera, de Chicago. El equipo presidencial falló, sus más íntimos colaboradores creyeron que muchos votos ya los tenían en el saco, e hicieron ir al ocupado Obama unas horas a Copenhague, a emplear su persuasivo verbo para ganarse al Comité Olímpico. Ni él, ni su encantadora esposa, pudieron doblegar las “recias” conciencias de los padres olímpicos.
 
Los principales periódicos estadounidenses no dedicaron mucha atención al hecho, estaban más atentos a los verdaderos problemas del país. Connolly cree que este traspiés del Presidente, aunque tenga incomodidades en el corto plazo -de hecho los republicanos lo utilizan desde entonces para su descrédito- le evitará quebraderos de cabeza en el futuro, pues la organización de unos juegos reporta ventajas y cierto prestigio efímero, pero también graves inconvenientes, sobre todo económicos. Los Estados Unidos, inmersos aún en la crisis, tienen otros problemas graves y acuciantes. Sin ir más lejos, en Copenhague, Obama tuvo que entrevistarse, en el Air Force One, con el General al mando de las tropas USA en la guerra de Afganistán. Lo que les faltaba era una Olimpiada.
 
Una vez apagadas las pasiones del día 2, conviene reflexionar a propósito de la candidatura de Madrid. A Copenhague se desplazaron las máximas autoridades nacionales, las autonómicas y municipales madrileñas, y varios cientos de acompañantes para intentar conseguir los juegos para la capital de España. Hubo lágrimas de algún dirigente y decepción en miles de incondicionales, que habían puesto sus ilusiones en ese evento. El hecho se había promocionado convenientemente, después del un primer intento en Singapur hace cuatro años. Todo tendría un pase si en España no se necesitase tanto ahínco, recursos e imaginación para otros asuntos de enorme gravedad. 
 
Y es que, dada la situación por la que pasa nuestra patria, los dirigentes políticos deberían liderar a los españoles en pos de metas más importantes que unos Juegos Olímpicos. Desgraciadamente, parafraseando a un conocido diputado socialista de los de puño en alto, la España de sólo hace cinco años no la “conoce ni la madre que la parió”. Pedir unas olimpiadas ahora para Madrid es algo parecido a inscribir a un madrileño que acabase de sufrir una grave lesión medular en un accidente, en el maratón popular de Madrid para abril de 2010: algo sin sentido.
 
En España, las realidades virtuales creadas por los medios de comunicación son, para una amplia mayoría, la única referencia. Por eso el “Panem et circenses” es bien recibido, como lo fue antaño, sea en forma de telebasura o de otro espectacular evento. En este sentido recordemos el descalabro económico inmediatamente después de los fastos de 1992, así como su secuela de corrupciones.
 
Se entiende que en una democracia occidental la clase política ostenta la representación popular, y gestiona los intereses generales, de acuerdo con la Constitución y las leyes. Desafortunadamente, esto en España no es una obviedad.
 
El reto de España para el 2016 y para 2020 no deberían ser unas olimpiadas, sino revitalizar la nación y reconstruir un Estado al que unos y otros han dejado empequeñecido e inerte. No es admisible que una nación próspera y dinámica haya caído en el desgobierno, la ruina y en el conformismo. La falta de liderazgo, o lo que es lo mismo, la dirección de los incompetentes, la abulia de la clase política y la ineficacia de las instituciones, llevan a la desmoralización de la sociedad, y esa desmoralización no se arregla con “Panem et circenses”. Ni en el año 1992, ni en el 2016 ni en el 2020.
 
La falta de soluciones desde el “sistema” a la gravísima situación que atraviesa el país, hace necesario la articulación de un gran movimiento cívico que evite el colapso constitucional y promueva la reforma de su texto para proteger sus principios esenciales. Para ello deberíamos seguir un anhelo común, algo más parecido al “I have a dream” de Martin Luther King que a la “corazonada” olímpica de Gallardón:
 
-                     Soñar con que los españoles distingan entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira.  Que la sociedad española posea unos referentes éticos compartidos que conformen las leyes a las que les proporcionan la base para la justicia. Estos referentes constituirían el verdadero dique contra la primacía de la mentira, base del relativismo moral que promueve la injusticia.
 
-                     Soñar con que la soberanía recae, verdaderamente, en el pueblo español. Que seamos una sociedad de hombres libres, no sometidos a la tiranía de burocracias políticas o de grupos tribales cohesionados por intereses provincianos disfrazados de ensoñaciones míticas.
 
-                     Soñar con que existan ámbitos ajenos a la política como la vida, la familia, la religión, la educación, la cultura, la historia, la investigación, la justicia, el idioma, las actividades lúdicas y un largo etc. Que ese marco despolitizado conforme la vida privada y los pilares de una sociedad abierta.
 
-                     Soñar con que en España exista una sola bandera, símbolo de la nación, la que se jure cuando se esté dispuesto a entregar la vida por lo que representa.  Que seamos un país “normal”, que los elementos de unidad sean auténticos y que no existan “hechos diferenciales”, que la “pluralidad” no vaya más allá que la que existe en el resto de otras sociedades y que los “diferentes” no se agrupen por territorios.
 
-                     Soñar que dedicamos nuestras energías a educar a nuestra juventud, por igual en toda España, en el esfuerzo, en la excelencia y en el respeto a todos, en especial a los mayores y débiles. Soñar que para ello se emplee la escuela y la universidad. Que fuésemos conscientes que la educación es la inversión de futuro, que esa educación debe basarse en la verdad y en la igualdad de oportunidades para que la capacidad y el mérito pongan a cada uno en su sitio. Que los destacados en formación y capacidad sean los llamados a gestionar los asuntos públicos, los emprendedores en lo privado y los encargados de la investigación y el desarrollo que nos permita afrontar el futuro. Que la gestión de los asuntos públicos no se banalice, que cualquier persona no tenga que valer para cualquier puesto por el simple hecho de quererlo, que la política se ejerza con afán de servicio público, no como profesión. Que las universidades españolas estén entre las mejores del mundo, que su prestigio atraiga a estudiantes del ancho mundo y sus licenciados y doctores forman la clase dirigente de la nación. 
 
-                     Soñar que en España no existan ámbitos de impunidad y que todos los españoles sean iguales ante la ley. Que las instituciones del estado cumplan fielmente su función, con lealtad al mandato recibido y sentido del deber. Que los derechos y libertades públicas tengan su legitimación en la soberana decisión democrática del pueblo español y no sean alterados por pretendidos ámbitos de seudosoberanía territorial.
 
-                     Soñar con que la clase política se comporte como si estuviese a principios del Siglo XXI y no con los dogmas ideológicos del XIX. Que aunque el devenir histórico español de los dos últimos siglos no haya sido brillante, no volvamos a repetir errores. Que gran parte de la sociedad española tenga la suficiente formación para conformar una opinión pública cívica y exigente.
 
En resumen soñar que el autoritarismo y el totalitarismo no interfieren en nuestras vidas, que la frivolidad presente, del que aquellos son los principales ingredientes, no hipotecará el futuro de nuestros hijos y nietos. Ese es el verdadero sueño que debiera mover a España para 2016 o para 2020.