1. Introducción
La victoria del Partido Conservador el 6 de mayo supone un éxito para el trabajo realizado por David Cameron y su equipo durante los últimos 5 años. De la misma manera, ejemplifica el desgaste sufrido por el Labour Party, formación que bajo el liderazgo de Blair (1994-2007) se convirtió en el “partido natural de gobierno”. Sin embargo, el hecho de que los tories no lograran la mayoría absoluta y hayan tenido que pactar con los liberales augura un gobierno complicado. Escenarios como la Unión Europea retendrán protagonismo y en ocasiones, polémica.
La derrota del Labour Party hay que verla como el certificado de defunción de la Tercera Vía, a la que dicho sea de paso, Gordon Brown renunció durante buena parte de su mandato. A este fenómeno hizo referencia en 2008 Walter Oppenheimer (corresponsal de El País en Londres) cuando afirmaba que
“la política británica está viviendo un fin de ciclo. David Cameron lo certificó el viernes al proclamar la muerte del Nuevo Laborismo, el movimiento de renovación impulsado por Tony Blair y Gordon Brown, que arrastraron al centro al viejo Partido Laborista y lo convirtieron en una máquina de ganar elecciones. Hasta ahora”[1].
En efecto, durante sus casi tres años como Primer Ministro, Gordon Brown ha apostado, en lo que a política doméstica se refiere, por un discurso de corte más bien populista y cercano, en cuanto a las medidas adoptadas, a los (nefastos) años de gobierno de Harold Wilson (1974-1976) y James Callaghan (1976-1979).
2. Reino Unido post 6-M
En los recientes comicios, los británicos se decantaron más que nunca por el bipartidismo. En las Islas, los experimentos no gustan y su electorado, si quiere lanzar un mensaje a la clase política, ya tiene las elecciones europeas, como se observó el pasado mes de junio de 2009, con el éxito del United Kingdom Independence Party (UKIP) y el descalabro laborista, relegado en aquel momento al tercer lugar. Fue un aviso para Gordon Brown quien en una carrera contra el reloj, logró maquillar el resultado el pasado jueves, aunque no fue suficiente para gobernar una legislatura más. El discurso fresco y renovado de los tories, aún con sus complejidades (que la tiene), caló más profundo en una sociedad británica que, en definitiva, demandaba cambios.
Sin embargo, la victoria de los conservadores ha sido agridulce. En efecto, hace un tiempo no tan lejano las encuestas les eran mucho más favorables. El panorama empezó a cambiar con la llegada de la crisis económica. Gordon Brown a partir de ese momento monopolizó el protagonismo, especialmente a nivel de su partido, al tiempo que los tories quedaron un tanto descolocados
[2].
En la Conferencia Anual de 2008, la dupla Cameron-Osborne se vio en la difícil tesitura de apostar, bien por arremeter y culpabilizar al Labour Party de la mala situación económica por la que atravesaba el país, bien por una suerte “wait and see” que no les hiciera aparecer ante la opinión pública como anti-patriotas y oportunistas. Optaron por la segunda de las opciones.
Hasta ese momento, Cameron y su equipo habían lanzado un corpus teórico y programático con el que querían mostrar aires de cambio. “Modernización” fue la palabra clave a partir de diciembre de 2005, fecha en la que aquél fue elegido líder del partido, iniciando una fase de importantes transformaciones.
En efecto, atrás quedaron las disputas entre eurófilos vs euroescépticos (con triunfo final de estos últimos) que caracterizaron especialmente el segundo gobierno de John Major (1992-1997). En íntima relación con esta idea, el protagonismo casi absoluto que había tenido el tema de la Unión Europea durante los años de oposición a Blair, quedó relegado a un lugar secundario, lo que no significó un giro en la posición del partido, sino que simplemente Europa no monopolizaba la vida del partido. Como señalaba en
ABC Ramón Pérez Maura:
“el reto de Cameron es dejar de perder el tiempo con Europa (ya lo está haciendo) y encarrilar una revolución en la que el recorte del gasto público sea visto por el electorado como una mejora. Casi nada”[3].
Los tories, una vez que su visión de la UE era conocida, profundizaron en otras partes de su credo político, por ejemplo las relaciones internacionales, explicando qué alianzas establecerían en caso de llegar al número 10 Downing Street. William Hague (responsable de exteriores del partido) fue el encargado. Al respecto destaca su discurso titulado
The future of british foreign policy[4] donde detalla los retos que encara el siglo XXI (especialmente los llamados “estados fallidos”), los escenarios a los que más atención debe prestarse (Irak y especialmente Afganistán, donde el Partido Conservador apuesta por permanecer) y la (necesaria) reforma de las organizaciones internacionales
[5]. Todo ello con un único objetivo, con una única dirección: la modernización del partido, fenómeno al que no sólo aludió Cameron sino también dos de sus rivales en “las primarias” Liam Fox y David Davis.
En este sentido, la (tercera) derrota frente a Blair en junio de 2005, hizo que la autorreflexión se convirtiera en materia obligada y obligatoria para el partido. Así lo expresaba una de las principales figuras tories del post-tacherismo, Michael Ancram:
“la verdad es que desde Margaret Thatcher los conservadores nos hemos mostrado como un partido carente de carácter, coherencia y contexto. A pesar de que a menudo hemos planteado políticas bien trabajadas, no ha habido una visión real, ni un sentido de la misión y sólo ha habido una limitada comprensión de cómo nuestro país ha cambiado. Por ello necesitamos urgentemente establecer un consenso de lo que es ser conservador hoy en día (…). Hay algunos imperativos: fortalecimiento de la libertad individual; limitar el poder del Estado; calidad en el apoyo a aquellos que lo necesitan; poner el compromiso con el medio ambiente en el centro del conservadurismo; la defensa de nuestra soberanía. Hay palabras claves: libertad y justicia, compasión y convicción”[6].
3. David Cameron: viraje al centro combinado con elementos inalterables de la ideología tory
El resultado de esta evolución lo ilustraba el propio David Cameron cuando afirmaba que los conservadores eran los campeones de las “políticas progresistas” frente a un Labour Party que había sido incapaz de aunar eficiencia económica con justicia social. Asimismo, (Cameron) reiteraba que sería tan revolucionario en el terreno de lo social como Margaret Thatcher lo fue en el económico. Se trataba, en consecuencia, de una aspiración ambiciosa.
Uno de los grandes conceptos utilizados por Cameron ha sido el de broken society (sociedad rota), acusando de ello al Labour Party. De esta idea se derivan una serie de consecuencias no menos perniciosas, tales como: aumento del crimen, endeudamiento económico, deficiente funcionamiento de las Fuerzas Armadas y de los servicios públicos.
Estos males hallan su contraposición en dos grandes conceptos formulados por el Conservative Party (
social responsability y
rolling forward society), con los que aúna pasado inmediato del partido con proyecto de futuro. En sus propias palabras:
“yo soy un conservador debido a los valores en los que he creído a lo largo de mi vida: familia, responsabilidad y oportunidad. Yo soy un conservador porque creo en aquellos valores que lideran inexorablemente una agenda política cuya misión central es dar a la gente más control sobre sus propias vidas…porque quiero que la gente confíe sobre todo en su familia no en el estado; porque tú no puedes tener responsabilidad a menos que tengas el control y porque la verdadera oportunidad significa tener la verdadera libertad para realizar todo lo que puedas en la vida”[7].
La tarea, en consecuencia, no consistía en llevar a cabo una ruptura radical con el pasado sino más bien en una adaptación a los nuevos tiempos. Un buen ejemplo es su concepto de Compassionate Conservative con el que busca sintetizar dos épocas: la asociada a los impuestos bajos, al fuerte liderazgo en Europa o la defensa de la ley y el orden; y una segunda (el siglo XXI) centrada en un gobierno que suscite la confianza de sus ciudadanos, que genere mejores servicios públicos y que evite la fractura social.
Una buena exposición de estas ideas la hallamos en el discurso de homenaje anual a Keith Joseph (principal teórico del Tacherismo). En ese momento (2005), Cameron habló de
“practical conservatism” para definir los roles y tareas del Estado y sobre todo, para defender las dos corrientes que han coexistido en el discurrir histórico de su formación: por un lado, aquélla que contiene los valores británicos (creencia en la libertad personal, tolerancia con la diversidad, desconfianza hacia el gobierno sobrecargado u oposición tanto a los planes utópicos como a las teorías doctrinarias) y por otro lado, aquélla que le ha hecho aparecer como un partido práctico, esto es, que tiene en cuenta las aspiraciones de la gente y que valora la continuidad y la estabilidad
[8].
Con todo ello, apreciamos un hecho en esta evolución: lo mismo que Tony Blair en su día no dudó en aceptar como propio el credo económico y político del Tacherismo
[9], Cameron apostó por acercarse a postulados y materias (por ejemplo, las medioambientales) más típicas de caracterizar el modus operandi de su rival.
Este hecho, el editorial de la revista
Fast Forward del think tank Coservative Way Forward (vinculado al partido conservador y de estirpe tacherista), lo explicaba del siguiente modo:
“el partido conservador siempre ha retado a las ortodoxias y ha fortalecido a la gente, evolucionando durante el tiempo y respondiendo a la sociedad en la cual opera. Nuestra magnífica fortaleza, históricamente hablando, ha sido nuestra habilidad para cambiar”[10].
En este proceder tampoco se observan novedades pues debemos recordar que fue Winston Churchill (y los sucesivos gobiernos conservadores de la Segunda Posguerra Mundial) quienes asumieron como propio el Estado de Bienestar y quienes lo perfeccionaron, aún con el riesgo, como más tarde se demostró, de incrementar el gasto público hasta límites insostenibles.
Por tanto, algo parecido puede esperarse hoy en día como ya adelantó Tom Burns: David Cameron no va a hacer cambios substanciales en las grandes reformas efectuadas por Blair
[11] y apostará por conceptos de raigambre puramente tory, como la importancia de la responsabilidad, el apoyo a la familia o la reducción del tamaño del Estado
[12].
Finalmente, es conveniente reflejar que esta evolución no ha estado exenta de críticas tanto intra-tories (que, puntualmente, amenazaron con quebrar la estabilidad del partido) como por parte del Labour Party. En efecto, un miembro destacado de la izquierda laborista como es John Cruddas, así lo afirmaba y sobre todo, alertaba a su formación de los riesgos de caer en la autocomplacencia, exigiendo una reforma radical del Labour Party si quería optar a un cuarto mandato
[13].
4. Los retos de David Cameron
Durante los años en la oposición a Blair y Brown, el joven líder de los tories se ha comportado como un auténtico Primer Ministro, especialmente en lo que al panorama internacional se refiere. Él fue una de las voces más contundentes contra la agresión rusa a Georgia exigiendo responsabilidades a Moscú y buscando que la UE tuviera un mayor peso en la resolución del conflicto. Igualmente, cumplió su promesa de retirar a su formación del Partido Popular Europeo, creando un nuevo grupo en la eurocámara (The European Conservatives and Reformists Group).
Medida controvertida esta última y que puede ser un obstáculo potencial en la relación con los liberales, partido euro-entusiasta donde los haya, que apostó en su día por la Constitución Europea así como por la presencia británica en el euro. Este hecho, sin duda, tendrá protagonismo en las relaciones entre David Cameron y Nick Clegg, más si cabe teniendo en cuenta que William Hague se postula como Ministro de Exteriores (recordemos que, el otrora considerado delfín de Margaret Thatcher, en las elecciones de 2001 lanzó el slogan Keep the Pound). A la hora de buscar un punto de acercamiento “en la cuestión europea”, la función que desempeñe Kenneth Clarke, representante del ala eurófila tory, será fundamental.
Tampoco perdamos de vista otro escenario fundamental: la reforma constitucional. Mucho han evolucionado los tories con respecto a 1997, cuando fueron contrarios al restablecimiento del Parlamento en Escocia y a la creación de la Asamblea en País de Gales. Una vez ambas instituciones tomaron forma, han jugado un rol constructivo en ellas, lo cual ha tenido su máxima expresión en la apuesta por la Comisión Callman para la reforma constitucional. Sin embargo, los liberales apostaron (y apuestan) decididamente por la “Devolution” dentro una concepción federal del Reino Unido. Ello les permitió formar del gobierno de coalición con el Scottish Labour Party en las dos primeras legislaturas (1999-2003 y 2003-2007).
Actualmente, los conservadores apuestan por aumentar el nivel competencial del Parlamento de Edimburgo y aunque han desarrollado una dimensión galesa y otra escocesa, todavía están lejos de ocupar posiciones de gobierno en ambas naciones.
5. A modo de conclusión
El Partido Conservador dispone de una legislatura para demostrar a los británicos que es una formación capacitada para guiar los destinos del país y hacer frente con éxito a los retos, de todo tipo, inmediatos. El hecho de llegar al poder en el contexto de una crisis económica hará que las medidas que deban adoptar en el corto plazo sean “impopulares”. A su favor tienen la baza de que siempre han sido buenos gestores y sobre todo, fieles a unas ideas, tesis ésta que tuvo su máxima expresión durante el primer gobierno de Margaret Thatcher (1979-1983).
Habrá escenarios como la UE, la relación con Estados Unidos o la reforma constitucional (empezando por la reforma electoral) en los que el acuerdo con los liberales no será fácil.
El electorado británico dio su confianza a David Cameron y éste deberá responder con hechos, y no conceptos, ante cuestiones como el terrorismo global, Irak o Afganistán. El relativismo o el apaciguamiento no son/serán las soluciones. Si miran al pasado inmediato pueden encontrar un buen referente en cómo Margaret Thatcher libró la batalla contra el comunismo y cómo derrotó a esta ideología liberticida.
Para los Liberales, supone la vuelta a la primera plana de la política aunque aún se hallan muy lejos de lo que fue este partido en el siglo XIX con Gladstone y en las primeras décadas del siglo XX con David Lloyd-George. Actualmente, el término liberal, aplicado a esta formación, tiene connotaciones muy diferentes a aquellas gloriosas épocas y en ocasiones está dotado de un tinte de corte populista, más pendiente del logro de un buen titular en la prensa que de plantear políticas concretas (y coherentes).
En cuanto al Labour Party, la carrera por la sucesión ya se ha iniciado. Las opciones son varias y oscilan desde el ala izquierda con John Cruddas o incluso Ed Balls hasta una nueva apuesta por el Gaitskellismo-Blairismo pero adaptado a las exigencias del siglo XXI y que tendría en David Miliband a su gran representante. Como todos los procesos sucesorios, luchas palaciegas y búsqueda de alianzas (algunas de ellas contra-natura) es probable que caractericen a esta formación. Su Conferencia Anual de otoño servirá para que alguno de estos interrogantes se despeje.