Cumbre europea. A corto plazo, todos memos

por GEES, 8 de diciembre de 2011

Keynes, ideólogo preferido por los medios dominantes, dijo aquello de a largo plazo todos muertos para justificar medidas poco convencionales a corto. Su inmenso club de fans contemporáneo está dispuesto a cambiar lo no convencional por lo resueltamente imbécil.

La "refundación" del euro decidida por Alemania y Francia deben ratificarla ahora los demás socios europeos. El peligro es pretender resolver el corto plazo comprometiendo el futuro. Desde que empezó la crisis de la burbuja occidental vivimos obsesionados con la urgencia mientras dejamos pasar oportunidades para revitalizar el crecimiento, lo único esencial.
En los años 50 y 60, caracterizados por el esfuerzo conjunto de la postguerra, las naciones ricas europeas crecieron a un ritmo del 4,5%. De 1973 a 2000, 2,1%. Recientemente, menos. Si hay que elegir una palabra para los tres periodos de desarrollo de los estados del bienestar, el boyante primero debería llamarse liberalizador, el segundo keynesiano, y el último colectivista. Lejos de aprender de esta historia, nuestras elites siguen vendidas a intereses inmediatos presas de anteojeras ideológicas.
Así, vamos a tomarnos –ahora sí– en serio el viejo principio de que los pactos son para cumplirlos y atenernos a los criterios de Maastricht. Estupendo en cuanto a limitar el endeudamiento, pero preocupante por la falta de imaginación para cumplirlo. Fue la ausencia de políticas de oferta y de rebajas de impuestos la que hizo fracasar esta centralización presupuestaria.
Pero hete aquí que el tecnócrata italiano designado por Alemania, en lugar de liberalizar una economía que lleva años encorsetada, incrementa impuestos en plena crisis, siguiendo el ineficaz modelo griego. Por eso hubiera debido llorar la ministra.
Al menos parecen descartadas las panaceas sobre mutualización de deudas. Así, por mucho que se empeñe Geithner en exportar la calamidad económica llamada Obama, no se va a cometer el fraude de ley de prestar al FMI para que este nos preste a nosotros. De la misma manera pierden gas los eurobonos. Ambas ideas ponen en peligro la máxima calificación crediticia de los menos incompetentes y cambiarían la independencia del BCE por una incierta recompensa temporal. Impedirían distinguir entre los buenos alumnos y los malos, contribuyendo aún más a confundir los precios de la deuda, indicador fundamental para saber lo que debe hacerse.
En suma, proporcionar más poder a la burocracia bruselense sobre los presupuestos nacionales es bueno si es para vigilar el cumplimiento de los tratados, pero catastrófico si obliga a cumplir intenciones sobre el papel incumplibles en la realidad. No solo las propuestas italianas sino muchas actitudes de lidercillos europeos apuntan a que la mentalidad no ha cambiado, que están dispuestos a apostarlo todo al engañoso aumento de ingresos vía impuestos, en lugar de tomar necesarias medidas sustanciales. A saber: priorizar el crecimiento a largo plazo sobre la volatilidad cotidiana, privilegiando las reformas estructurales sobre los estímulos temporales y la manipulación artificial del crédito. El euro se salva solo, lo que hay que "refundar" son las endeudadas economías nacionales que lo forman.