Cuestiones ucranianas

por Óscar Elía Mañú, 21 de febrero de 2014

Paradójicamente, la era de la información global es también época de confusión internacional. Las grandes crisis de los últimos años -Egipto, Siria, Ucrania ahora- se caracterizan por generar información como nunca antes, y por conllevar al mismo tiempo una enorme confusión sobre la genésis y desarrollo de los acontecimientos. ¿Es este desconocimiento producto de la complejidad de todo acontecimiento de estas características, de la que hoy tenemos más conocimiento que antes?¿es por el contrario problema de una cultura cada vez más rehén de twitter, instagram o youtube?¿o la propaganda, aspecto esencial de toda guerra contemporánea, ha acabado por fagocitar la información? La globalización no siempre permite captar mejor los acontecimientos de los conflictos.
 
Así, las imagenes apocalípticas del centro de Kiev ocupan portadas y noticiarios, sin que a ciencia cierta se sepa muy bien qué significan, o incluso enmascarando su alcance y significado. Para quienes observan la crisis ucraniana desde lejos, las cuestiones sin respuesta se amontonan: existen más dudas que certezas sobre el desarrollo de los acontecimientos. Salvo que se reduzca el análisis a categorías simples, ideológicas, morales, estratégicas -incluso estéticas- éste parece a día de hoy más fecundo esclareciendo preguntas y cuestiones más que señalando certezas y soluciones.
 
Citemos someramente algunas de ellas,
 
En primer lugar, el prestigio de la revolución y el justificado temor a la revigorizada Rusia de Putin chocan con el hecho de que el Gobierno ucraniano es -pese a todo- legítimo y legal, sustentado por unas elecciones libres. Las dificultades económicas, la ruptura del acuerdo con la UE, la corrupción galopante y la injerencia rusa explican el levantamiento de noviembre de 2013, pero la primera cuestión es evidente: ¿justifican el cambio violento de las reglas institucionales?¿cómo defenderlo para Ucrania y no en otros países con parecidos males? El europeísmo, factor indudable del inicio de la revuelta, casa mal con unos métodos -el asalto de edificios públicos, la toma del distrito gubernamental- que van contra el fondo y las formas adoptadas por la Unión Europea.
 
En todo caso, desde noviembre la situación se enquistó con episodios agudos de violencia que con el paso de los meses ni han acabado con la revuelta ni han derrocado al Gobierno. El último capítulo comienza el 19 de febrero cuando Yanukóvich se lanza al asalto definitivo de las posiciones que los rebeldes ocupaban en la calle: a sangre y fuego desaloja algunas, pero Euromaidan resiste, y tras el escándalo mundial incluso recupera posiciones. Además, el fracaso gubernamental en sofocar de un golpe la rebelión dtiene como efecto atraer la atención de la diplomacia mundial y desencadenar una presión considerable sobre el Gobierno.
 
A día de hoy (21 de febrero) parece claro que Yanukóvich no puede ganar. No puede ganar en la calle si no es involucrando dcididamente al ejército, movimiento que conlleva más riesgos internos y externos que beneficios; no puede ganar políticamente, cuando su propio partido -algo nuevo hasta ahora- se resquebraja con deserciones importantes; y no puede ganar internacionalmente, desde el momento en que Putin parece haber llegado a la conclusión de que Yanukóvich no es su hombre y que ya perjudica más que beneficia los intereses rusos. Así las cosas, Yanukóvich parece cada vez más dispuesto a aceptar una salida honrosa, una suerte de transición pacífica y cambio de gobierno, pero ¿le es posible cuando los rebeldes sistemáticamente han exigido una rendición incondicional?¿cuando se pide justicia por tal cantidad de sangre derramada?¿se darán por satisfechos sus enemigos, que tantos sacrificios han hecho?
 
En segundo lugar, múltiples cuestiones sin resolver afectan a las diferencias, tanto dentro de la oposición, como de ésta con los que se enfrentan a las fuerzas de seguridad son notables. El término "oposición" parece un término sumamente equívoco. Por un lado, cuentan las propias diferencias ideológicas entre los partidos de Klitchko, Yatsenyuk o Tiahnybok: ¿qué proyecto alternativo al de Yanukóvich serían capaces de edificar? Más allá del rechazo a la corrupción y a la represión, poco parecen tener en común todos ellos. Por otro lado, las más de las veces éstos han parecido querer durante estos meses encauzar o capitalizar los éxitos de la lucha en las calles, más que dirigirlos: ¿Qué grado de autoridad tienen sobre unos partidos que parecen escapar a su control?.
 
En tercer lugar -y relacionado con ésto- no han sido las figuras parlamentarias las que han puesto contra las cuerdas al gobierno, sino las masas y las milicias que actúan en la calle. Cuando la violencia rinde sus frutos, los más tibios raramente los recogen: ¿qué papel reclamarán quienes organizan y arman a las milicias violentas que atacan a la policía y ocupan edificios oficiales?¿por qué ceder el éxito a los que son considerados débiles e incluso traidores por parte de quienes se enfrentan a palos con los berkut?
 
El éxito de Euromaidan es indudable: el Estado ucraniano es ya incapaz de acabar con él. Pero eso no siempre significa victoria, ni siquiera en cuanto a la identidad de los que la protagonizan: ¿saldrá de los adoquines y las barricadas un régimen más pacífico, más próspero, más justo?¿protagonizado por quién o quienes?
 
En tercer lugar, más cuestiones tienen que ver con el comportamiento europeo. Por parte europea conviene traer aquí la renovada distinción entre Unión Europea -entramado institucional comunitario- y Europa, república de naciones con intereses y valores semejantes según fórmula de Montesquieu. La primera ha vuelto a fallar, y ya es el cuarto fracaso reciente: en la crisis libia, en la siria y en las operaciones en el Sahel ha mostrado la UE unas dificultades crecientes que van a más. El acuerdo con Ucrania, a todas luces inaceptable para Rusia, no vino acompañado ni de medidas para respaldar al nuevo socio ni de opciones diferentes que contrarestasen las presiones del Kremlin:¿era previsible que Yanukóvich se echase atrás como al final sucedió? Todo indica que sí, pese a lo cual la UE se ha mostrado impotente ante la irresistible atracción de Putin.
 
En fin, sólo en la burocracia europea se mantiene la ilusión de una política exterior, de seguridad y defensa comunes. La crisis ucraniana ha vuelto a mostrar que los Estados continúan satisfaciendo sólo unilateralmente sus intereses y necesidades.
 
Si la Europa comunitaria ha vuelto a sufrir un duro golpe, la Europa de las naciones ocupa ese hueco otra vez. No es casual la terna de países que lo hacen: Alemania ha cobrado un protagonismo histórico, y ya no disimula su interés en el Este de Europa ni su apoyo a una de las partes; Polonia, país escaldado de la cercanía rusa, busca mantener al Kremlin tan lejos de sus fronteras como pueda, así alejar el fantasma de una crisis humanitaria; y Francia sigue buscando intensificar su liderazgo europeo, él mismo ejercido en los últimos años.
 
El acuerdo de última hora podría meter a Europa de nuevo en la cuestión ucraniana. Pero los tres países europeos no hablan en nombre de la UE, sino en el suyo propio, y el resto se socios a duras penas se sumarán a sus posiciones si finalmente funcionan, Pero sea cual sea el resultado de la crisis, la perdedora es la Unión Europea: ¿tiene algún futuro, tras este nuevo fracaso, la PESC?¿atesora algún tipo de confianza cuando sus miembros actúan abiertamente al margen de ella?
 
En cuarto lugar, asistimos a la primera crisis europea de la "doctrina Obama". Desde su llegada a la Casa Blanca, escenificar una nueva relación con Rusia se convirtió en prioridad norteamericana: la retirada del escudo antimisiles fue el primer episodio. Desde entonces, dejar Europa a los europeos ha sido la política de la Casa Blanca. ¿Es posible? La sola presencia de Rusia en la crisis ucraniana convierte la crisis en el Este de Europa en un asunto global; difícilmente podría escapar Estados Unidos de un problema que afecta al equilibrio de fuerzas global.
 
Menos aún cuando hace una década Estados Unidos apoyaba la "revolución naranja" que tenía en frente, ya entonces, a Yanukóvich. Entonces Bush apoyó una Ucrania occidental y democrática; contraste evidente con el silencio que Obama mantiene hoy ¿cómo hablar de continuidad de la política exterior norteamericana ante tales diferencias? Entonces, la "primavera" naranja acabó pacíficamente; hoy, las protestas acercan Ucrania al abismo de la guerra civil. No lo ha hecho, y tímidamente primero, y más agresivamente después, la diplomacia norteamericana ha denunciado la agresividad del gobierno de Yanukóvich. Pero lo hace a regañadientes: sigue dejando a los europeos un problema que, manifiestamente, éstos se muestran incapaces de gestionar. Se visualiza así no sólo el alejamiento y la impotencia de los europeos sin el respaldo norteamericano, sino el desinterés norteamericano por afrontar el creciente reto ruso. Desde este punto de vista la cuestión es ¿lamentará Estados Unidos su desinterés en equilibrar la presencia rusa en el Este de Europa?¿que chorro de credibilidad pierden los Estados Unidos abandonando las posiciones que defendión en Ucrania en 2004?
 
La última incógnita tiene que ver con el resultado de las negociaciones mantenidas durante la noche del jueves al viernes 21: bajo auspicio de alemanes y polacos, Yanukóvich acepta elecciones anticipadas, vuelta a la Constitución de 2004 y gobierno de unidad nacional, aspectos que unas horas después aceptan, escépticos y desconfiados, los partidos opositores.
 
¿Es el fin de la crisis? Cada aspecto del acuerdo suscita a su vez nuevas cuestiones: Yanukóvich retiene el poder, al menos hasta fin de año. Es el requisito mínimo que él podría estar dispuesto a admitir y que las tres figuras de la oposición parecen aceptar. Más allá de ellos, ¿y las exigencias de dimisión inmediata de quienes se le enfrentan en la calle, de quienes le han forzado a negociar a costa de mucha sangre? La permanencia en el poder de Yanukóvich, para al menos parte de la oposición, es inaceptable. Es cuestión de ver si ahora la división se traslada al seno de ésta última, y de que manera se resuelve.
 
Por su parte, un gobierno de unidad nacional -solución óptima hace dos meses- parece llegar tarde, con decenas de muertos sobre el asfalto. ¿quienes compartirían el gabinete de Yanukóvich?¿de qué partidos? Otra vez encontramos el obstáculo anterior: quienes atacaban los edificios públicos no pedían otra cosa que no fuese la rendición incondicional del Gobierno: ¿qué capacidad de maniobra queda a los más violentos una vez aceptado el acuerdo por la oposición “oficial”? Una suerte de cohabitación entre Yanukóvich, su partido, y la oposición parece condernar al país a diez meses de desestabilización institucional.
 
Sólo el tercer punto -el regreso al orden constitucional de 2004 que quita poder al Presidente en beneficio del Parlamento y el Gobierno- parece responder tanto a la situación endeble de Yanukóvich como a las exigencias de la oposición en bloque y a las peticiones europeas. Las reformas presidencialistas de Yanukóvich carecen de sentido cuando su Presidencia parece ir llegando poco a poco a su fin.
 
Pero en el fondo, las pretensiones de Yanukóvich -mantener el poder siquiera temporal y limitadamente- y las de los rebeldes -derrocarlo- son incompatibles. Los titubeos de éstos, y las disensiones muestran que es aquí donde surgen y surgirán los problemas. A favor del acuerdo ha jugado la ascensión de la violencia a niveles cercanos a la guerra civil, la imposibilidad después de tres meses de cualquiera de los dos bandos de acabar con el otro, y la atención internacional tras las últimas fechas. Pero sólo el último factor puede garantizar que las partes cedan lo suficiente. Esto significa que volvemos al punto de partida: ¿qué mecanismos tienen los países europeos para presionar a las partes a aceptar el acuerdo? ¿para concretar las obligaciones de Yanukóvich?¿para presionar al fin de las ocupaciones y ataques a edificios oficiales de los rebeldes?¿para, en fin, garantizar la reforma y no la revolución?
 
Los países europeos, garantes de los contactos, no parecen serlo del acuerdo: estas últimas cuestiones parecen ser negativas, y no cuesta observar cierto escepticismo tras las declaraciones polaca y alemana. Yanukovich parece tener poco futuro, pero la alternativa que le combate en la calle no representa una alternativa ni eficaz ni estable. La última cuestión apunta así a la excarcelación de Tymoshenko, y el papel que pueda jugar en los próximos meses.