Crisis en Uzbekistán. Un país en la encrucijada

por Gerardo del Caz, 26 de mayo de 2005

 
Independiente de la Unión Soviética desde 1991, con un gobierno autoritario y enclavada en una región conflictiva, la República de Uzbekistán se encuentra sumida en una profunda crisis. Los últimos acontecimientos violentos en el valle de Fergana con más de 500 muertos son un síntoma más de la inestabilidad y la compleja realidad geopolítica de la región. A la existencia de importantísimos recursos energéticos y la rivalidad ruso americana por mantener su influencia en Asia Central se suma la deriva islamista de los opositores a los despóticos  regimenes locales y sus conexiones con los restos del régimen de los talibán, del vecino Afganistán. Como otros países de la zona, ricos en recursos pero con una población sumida en la miseria, Uzbekistán se encuentra ante un difícil futuro que, sin apoyo internacional, puede significar el nacimiento de otro Estado fallido y, al mismo tiempo, un retroceso en la lucha contra el terrorismo internacional.
 
 
En apenas dos semanas la situación política de Uzbekistán ha cambiado totalmente. Con más de 500 muertos (ciertas fuentes apuntan a que la cifra es de 1300) en Andizán, ciudad del conflictivo valle de Fergana junto a la frontera con Kirguizistán, se ha demostrado la fragilidad del Gobierno de uno de los países considerados como estables en Asia Central. En una confusa situación inducida por grupos islámicos radicales que buscaban la liberación de líderes integristas encarcelados se produjeron numerosos enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad e integristas a los que se unieron numerosos opositores al régimen. De hecho la mayor parte de las víctimas eran opositores no integristas.
 
Uzbekistán ha sido gobernado desde su independencia por Islam Karimov, un ex dirigente comunista de carácter laico y autoritario que nunca ha escondido su intención de convertir a Uzbekistán en una potencia local. Apoyado en su población de 26 millones de habitantes (la mayor de la zona), su relativa homogeneidad en términos étnicos frente a otros países y con el único ejercito capaz de cruzar fronteras (como lo han probado sus incursiones en Tayikistán y Kirguizistán) constitu-yó un régimen nacionalista que ha gobernado con mano de hierro.
 
En todos estos años Karimov no ha cumplido las expectativas de traer bienestar a un país empobrecido a pesar de sus recursos energéticos ni de aprovechar una estratégica situación geográfica para el transporte de crudo y gas natural. Lejos de ello, se ha consolidado en el poder con un régimen de corte militar que, despreciando los derechos humanos, castiga duramente cualquier oposición a pesar de gestos hacia occidente como  elecciones de dudosa legalidad con partidos prohibidos y, en el caso de las últimas de diciembre de 2004, con quejas de transparencia por parte de los observadores de la Organización para la Seguridad y Cooperación de Europa (OSCE) al haber sido vetados representantes de los partidos “Berk y Birlik”, no islamistas, reformistas y con apoyo en la clase media.
 
Los sucesos de las últimas semanas y las manifestaciones no deben confundirse con posibles paralelismos con los coloridos movimientos pro democracia en Ucrania o Georgia. En Uzbekistán no hay ningún líder en la oposición moderada  como Victor Yushchenko en Ucrania o Mikheil Saakashvili en Georgia ya que el gobierno uzbeco se habría encargado de eliminarlo. Por desgracia para la democracia, la única oposición visible a Karimov se ejerce desde el campo islamista. 
 
Karimov siempre ha tenido frente a él a los islamistas. Guiado por la voluntad de socavar sus bases, decidió controlar el culto y la enseñanza del Islam mediante la declaración del “Islam oficial” y la persecución de cualquier alternativa a éste. Los islamistas vieron esta medida como una intolerable intromisión y mostraron su rechazo a esta decisión con una cadena de atentados en 1999. 
 
El 11 de septiembre significó para Karimov una perfecta excusa para desatar una ofensiva contra los islamistas del valle de Fergana, próximos a los talibán y a Ben Laden y, a la vez, eliminar cualquier oposición política. Además, buscando apoyos externos, llevo a cabo un realineamiento de su política exterior alejándose de Rusia y acercándose a los EEUU en su lucha contra el terrorismo ofreciendo a Washington una perfecta plataforma contra Afganistán.
 
Washington construyó una base militar en Khan Abad e instaló varios destacamentos militares que hoy permanecen en el país. Este hecho que se consideró como un apuntalamiento de Karimov constituyó una ofensa para los islamistas que, mediante redes en los vecinos Kazajstán, Tayikistán y Kirguizistán con los que comparten vínculos culturales y lingüísticos, se habían consolidado en complejas organizaciones como Akramia, cuyo líder estaba encarcelado en la prisión donde se inició el conflicto hace dos semanas, el Movimiento Islámico de Uzbekistán (MIU), próximo a Al Qaeda, autor de atentados en los últimos años y cuyo líder Tahir Yuldashev se esconde en Pakistán, o el Movimiento de Liberación Islámico  (Hizb ut-Tahrir al Islami ), el más extremista  que busca la supresión de las actuales estructuras políticas de la región por su corrupción para crear una entidad política, el califato, regida por el Islam y declarar la Yihad a Occidente. Este último grupo es el que declaró la guerra al Gobierno después de que Karimov arrestara a más de 2000 militantes bajo acusaciones de tortura y acusando a los países vecinos de dar cobertura a este grupo.
 
Uzbekistán representa hoy el mejor ejemplo de la era post soviética en los países de la zona: economías que estaban orientadas a Moscú que ya no son competitivas a pesar de sus enormes recursos naturales, líderes locales y clases dirigentes que, provenientes del antiguo PCUS y totalmente corruptas, gobiernan el país patrimonialmente y destacan tanto por su falta de legitimidad democrática como por su incapacidad para implementar reformas o mejorar las condiciones de vida. Apoyados por el ejército, los diferentes gobiernos se han preocupado más por restringir la libertad de prensa y la libre asociación que por promover reformas democráticas. En el aspecto económico la transición de una economía planificada a una economía de mercado ha sido un fracaso: las industrias locales están en manos de familias cercanas a los diferentes gobiernos y todos los países dependen en gran medida de sus exportaciones a Rusia que, regulando los aranceles, tiene una influencia directa en la región.
 
La impotencia de la población para cambiar la situación de pobreza y de descontento generalizado hace que los grupos islámicos aparezcan como la única alternativa con credibilidad y, sobretodo, con la legitimidad y fundamentos morales para combatir los regimenes corruptos y despóticos. En Uzbekistán, el Movimiento de Liberación Islámico se nutre cada vez más de jóvenes desesperados y es en el Valle de Fergana, en una zona de difícil acceso, entre cuatro países y con recursos energéticos, donde se pretende hacer realidad un régimen libre de corrupción basado en el Corán y con poder militar para hacer frente a EEUU o Rusia.
 
No hay duda en que estos disturbios han cogido por sorpresa al gobierno de Karimov que creía tener bajo control todo el país. La novedad no han sido esta vez unos brotes de violencia sino que a éstos se unan moderados y la oposición no islamista.
 
Uzbekistán se encuentra atrapado en una encrucijada para la que su líder ofrece pocas soluciones. Las autoridades uzbekas, incapaces de mejorar la situación económica,  responden a cualquier contestación social con más represión y violencia que, lejos de arreglar algo, genera más frustración. Sin alternativas ni medios para expresar su descontento, la población deposita sus esperanzas en los grupos islamistas que, con promesas utópicas y revolucionarias, amenazan con arrastrar a toda la región a un conflicto. En las actuales circunstancias, no es aventurado pensar que la violencia podría resurgir en cualquier momento, de cualquier forma y que, tarde o temprano, el conflicto se internacionalizará. La alternativa de un régimen islamista sería catastrófica para la zona y supondría tanto una nueva fuente de conflictos como una amenaza para la seguridad de la región y una base para la Yihad a nivel mundial.
 
El interés de EEUU, Rusia o Europa no puede limitarse a sostener a gobiernos despóticos, por muy anti-islamistas que sean, pues es una solución que tarde o temprano se revelará insuficiente ya que con regímenes como el de Karimov constituyen una fuente de aspiraciones para el islamismo radical. Es esencial un compromiso de la comunidad internacional para reconducir la situación.  EEUU, Rusia (con quien Karimov ha vuelto a alinearse en los últimos meses tras abandonar la organización GUUAM), Europa y la ONU deberían considerar su apoyo a Karimov.
 
Es necesario que se obligue a Karimov a ceder el poder y a convocar nuevas elecciones presidenciales que legalicen a los partidos moderados de oposición y que permitan unas elecciones libres.
 
El tiempo corre a favor de los islamistas que, ante la pasividad occidental y las tiranías locales, surgen como la única alternativa a la desesperada situación. La libertad y el progreso económico generalizado son probablemente los únicos que pueden detener la deriva islamista en la región y hacer de la democracia y sus valores una alternativa al Islam fundamentalista. Como bien dijo Albert Camus “La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre los errores de los demócratas”.

 
Gerardo del Caz es Analista de Política Internacional, especialista en temas de seguridad y desarrollo en Asia.