Constantinopla: un hecho para recordar

por Clifford D. May, 6 de junio de 2008

(Publicado en Real Clear Politics, 28 de mayo de 2008)

Hay un aniversario que quizá nos haga bien recordar. El 29 de mayo de 1453 - hace apenas 555 añitos - las tropas lideradas por Mehmed II penetraron las murallas de la antigua capital cristiana de Constantinopla.
 
Mehmed el Conquistador - como sería conocido a partir de ese día - entró triunfante a la ciudad montado en un blanco corcel. Pronto, las iglesias se convertirían en mezquitas. Constantinopla se convirtió en Estambul.
 
“Para Occidente fue un momento negro” escribe el historiador Efraim Karsh en su magistral libro Islamic Imperialism (Imperialismo islámico). “Para el islam fue causa de celebración. Por casi un milenio, Constantinopla había sido la principal barrera - física e ideológica - de ese impulso sostenido del islam de conquistar el mundo así como el objeto de deseo de numerosos regentes musulmanes”.
 
Mehmed se proyectó no sólo como el gran constructor del Imperio Otomano sino también como el Califa - el supremo soberano espiritual y temporal de todos los musulmanes del mundo, elegido para “actuar como la Espada de Alá ‘abriendo camino para el islam desde el Este hasta Occidente’”. Él siguió adelante conquistando Grecia, Serbia, los Balcanes al sur del Danubio y la península de Crimea. Su nieto y su tataranieto ampliaron el califato para incluir el Levante, Egipto, el Hejaz árabe incluyendo las ciudades santas de La Meca y Medina, Irak, África del Norte y la mayor parte de Hungría.
 
El deseo de conquistar el mundo - o sólo a los vecinos - no es una invención islámica. Gengis Khan no es un nombre: Es un título. Significa “Soberano del Mundo”. El hombre que la historia conoce como Gengis Khan creía que su misión divina era llevar a los mongoles a la dominación global.
 
Y él amaba su trabajo. “La alegría más grande de un hombre es la victoria: Conquistar a los enemigos, perseguirles; privarles de sus posesiones, hacer que sus seres queridos lloren, montar sus caballos y abrazar a sus esposas e hijas”.
 
Al entrar a la ciudad de Bujara en 1220, proclamó: “Si ustedes no hubieran cometido grandes pecados, Dios no les habría enviado a ustedes un castigo como yo”.

Genghis Khan era un pagano, un chamanista, al igual que su descendiente, Hulagu, que en 1258 conquistó Bagdad - que estaba entre las ciudades más sofisticadas del mundo en ese entonces - y ejecutó al califa reinante. Hace algunos años, Osama bin Laden, en una de sus cintas de audio, comparó a Colin Powell y a Dick Cheney con Hulagu, diciendo que habían infligido más daño sobre Bagdad en la guerra del Golfo de 1991 que el rey mongol. Bin Laden puede encontrar cierto consuelo en el hecho de que el hijo de Hulagu y muchos otros miembros de la élite mongol finalmente adoptaron el islam. (Si lo mismo sucederá con los herederos de Powell y Cheney será algo que sólo el tiempo dirá).  
 
Por siglos, el mundo ha girado alrededor de lo que Nietzsche llamó “la voluntad del poder”. África y el continente americano fueron conquistados por cristianos europeos. Napoleón fue coronado emperador por el Papa. Tojo luchó para extender el imperio japonés. Mussolini, Hitler y Stalin conquistaron en nombre de ideologías totalitarias.
 
Sin embargo, en los últimos años, Occidente no sólo ha rechazado la perspectiva de Gengis Khan acerca de las alegrías de la conquista, sino la idea misma de construir imperios, al menos usando medios marciales. De hecho, este rechazo es tan profundo que muchos americanos y europeos ya no se pueden imaginar que haya otros abrigando tales ambiciones.
 
Basándose en ello, asumen que la violencia y el terrorismo - desde los ataques del 11 de septiembre de 2001, pasando por los misiles que llueven contra Israel hasta los ataques suicidas en los mercados de Irak - seguramente deben de ser una respuesta a la opresión, a la ocupación o a algún otro “agravio legítimo”. La historia sugiere algo distinto. También lo dicen los líderes de diversos movimientos militantes islamistas modernos.
 
“Estamos en pleno proceso de una guerra histórica entre el mundo de la arrogancia y el mundo islámico” ha declarado el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad “y esta guerra se ha estado librando durantes siglos”.
 
“No estamos luchando para que ustedes nos ofrezcan algo”, decía Hussein Massawi, un ex líder de Hizbolá. “Estamos luchando para eliminarlos a ustedes”.
 
“Roma se convertirá en un puesto avanzado para las conquistas islámicas que se extenderán por toda Europa y después iremos a por el continente americano, e incluso Europa Oriental” ha prometido Yunis al-Astal, clérigo musulmán y parlamentario de Hamás. Y siguió diciendo que “muy pronto, si Alá quiere, conquistaremos Roma, al igual que lo hicimos con Constantinopla, tal como lo profetizó nuestro profeta Mahoma”.
 
Mehmed el Conquistador lo entendería, aunque sus defensores dirían que él nunca fue tan radical como los guerreros islámicos de la era contemporánea.


 

 
 
Clifford D. May, antiguo corresponsal extranjero del New York Times, es el presidente de la Fundación por la Defensa de las Democracias. También preside el Subcomité del Committee on the Present Danger.
 
 
 
 
©2008 Scripps Howard News Service
©2008 Traducido por Miryam Lindberg