por Óscar Elía Mañú, 25 de Enero de 2012
Del libro "El arte de la estrategia", Carl Clausewitz. La esfera de los libros, 2011, 150 páginas
Que Clausewitz es un autor que suscita polémica es algo bien sabido. A ello no es ajena la complejidad conceptual y estructural de su principal obra, y el hecho de que “Vom Kriege” fue escrita a lo largo de más de quince años de peripecias del autor, en guerra y en paz, y que sólo fue publicada tras su muerte por su viuda Marie, en 1832. La primera parte de la monumental obra fue escrita a partir de 1816 en Coblenza; el resto, a partir de 1823 en Berlín. Algunas ideas habían sido plasmadas, de manera más o menos clara, en artículos, informes y obras cortas antes y después de su redacción.
La edición de La Esfera de los libros corresponde al libro III de “De la guerra”, titulado originalmente por Clausewitz “Von der Strategie überhaupt”, y que las primeras ediciones en francés e inglés lo traducían como “De la stratégie en généreal” y “Of stratagy in general”. El título adoptado para esta edición “El arte de la estrategia”, se aleja del sentido original empleado por Clausewitz, que indicaba la intención del autor de abarcar los factores estratégicos en su totalidad; pero a cambio muestra con fidelidad el sentido que la “estrategia”, como la teoría de la guerra en general, tenía para el autor, que era el de actividad práctica.
Y es que la relación entre la teoría y la práctica, los principios y la acción, que nos remite a la rudimentaria aunque sólida concepción filosófica del autor, es uno de los temas que atraviesan la obra del prusiano en toda su extensión. Que Clausewitz elaborara y recopilara un conjunto de principios militares claros -la superioridad de la guerra defensiva sobre la ofensiva, el papel de los grandes éxitos en los pequeños, el papel del centro de gravedad, la superioridad del ataque directo, el papel de la destrucción del enemigo en la victoria militar- no quita para que despreciase profundamente la “guerra algebraica”, la reducción de la teoría a principios puramente racionales pero alejados de la realidad de la guerra: “quien sólo conoce la guerra por los libros y los campos de ejercicios no dispone en el fondo de todo ese contrapeso de la acción” (p.32).
La teoría proporciona una guía para la acción, pero no puede aspirar a determinar el comportamiento sobre el campo de batalla o el análisis de lo ocurrido: a su vez, el rechazo al relativismo en la conducción militar -”el énfasis en la ciencia y el arte de la guerra corresponde a la vieja ilusión de los filósofos”, había escrito von Berenhorst- es también sólido en Clausewitz. La reflexión estratégica no puede prescindir ni de una teoría que sirva de guía para la acción, ni de un reconocimiento del carácter azaroso y cambiante de la actividad militar. Entre ambas cosas, la experiencia empírica y la reflexión racional, se produce la decisión humana, en este caso militar.
De ahí que la estrategia sea efectivamente un arte, desarrollado en unas condiciones siempre variables y cambiantes, y a partir de unas reflexiones que sirven como guía y que se modifican tan pronto entran en contacto con la realidad histórica, con la guerra concreta: el alcance y la importancia de la concentración de fuerzas en el espacio, la reunión de fuerzas en el tiempo, la utilización de la reserva estratégica son cotextualizados tan pronto como la guerra conceptual se vuelve real. Este rechazo clausewitziano a pensar que un factor estratégico -tecnológico, económico, ideológico- determina el resultado de la guerra, es tan válido hoy en día como entonces. Y tan válido tanto para el actor como para el observador.
Claro que en relación con la estrategia, no sólo la teoría entra en conflicto con las circunstancias de la guerra real, sino con aspectos interiores a su propia naturaleza conceptual, que Clausewitz había trazado en la primera parte del Libro I. Y dentro de ellos destaca la preeminencia de la política, y la jerarquía que se establece entre ésta, la estrategia y la táctica. La audacia, la perseverancia, la sorpresa o la astucia -elementos fundamentales del arte de la guerra presentes en este libro III- se modifican en virtud de su aplicación. En el combate o en la utilización de los combates en la conducción de la guerra; en esto consiste precisamente la estrategia. Y desde luego en relación con la política, cuyo influjo se extiende desde lo más alto hacia toda la actividad militar, desde el gabinete de un primer ministro hasta el último cadete. A lo largo de la breve obra/capítulo, el eco de la tan comentada y muchas veces mal entendida frase “la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios” resuena: los principios estratégicos se supeditan, siempre, a lo dictado por la política. Conforme ascendemos en la jerarquía, mayor papel juega la reflexión teórica y la conciencia de en qué consiste la guerra.
Pero si por algo es célebre el libro III en la obra de Clausewitz, es por su reivindicación de las fuerzas o las potencias morales (“Die moralischen Hauptpotenzen”): “mientras los elementos físicos aparecen casi tan sólo como el mango de madera, los morales son el metal noble, el arma limpia y pulida propiamente dicha”. No es que hasta entonces los distintos autores no los hubiesen tenido en cuenta: pero en Clausewitz alcanzan categoría fundamental, a la par -e incluso por encima- de los aspectos físicos y materiales en la guerra.
Clausewitz los divide en tres: la virtud militar del ejército, el talento del general y el espíritu del pueblo. Respecto al primero, Clausewitz no se cansa de señalar que la guerra es una actividad propia, distinta y separada de las demás actividades humanas, y por lo tanto con unas características particulares: nada más aberrante que tratar al militar como a otro ciudadano o tratar con desdén el “espíritu de cuerpo” que debe diferenciarles. Parte de la virtud del ejército procede de la práctica y la guerra; también del pueblo del que proviene. Clausewitz no descuida el hecho de que en la guerra moderna -la que él tan bien conoce tras una vida de lucha contra los ejércitos de la revolución francesa- todo ejército tiene detrás un pueblo. En términos militares, éste posee cualidades naturales, como el carácter; otra forjadas por la historia. De entre estas últimas, una que tiene resonancias actuales: una larga paz limita la capacidad de pueblo y ejercito para la guerra
Pero tanto ejército como pueblo remiten a la tercera figura en cuestión: el general. En una época dominada por la figura de Napoleón, la figura del militar, del genio militar, ocupa un lugar central en la reflexión estratégica del siglo XIX. Para Clausewitz, la excepcionalidad de determinados militares, lejos de ser un misterio, es materia de reflexión. El genio militar no es ni el más impulsivo a la hora de mandar las tropas al combate ni el más reflexivo a la hora de hacerlo, sino aquel que mejor reúne ambos aspectos en una coyuntura determinada, de acuerdo a las circunstancias y a su propia ubicación en la cadena de mando: de nuevo la idea de la estrategia como “arte”. Más allá del genio, la virtud del comandante consiste en resolver esa dialéctica de conceptos enfrentados, necesidades prácticas y circunstancias cambiantes de la mejor manera posible. “El arte de la estrategia” aquí prologado, recuerda simplemente esa realidad, no sólo militar, sino también humana.
Relación entre teoría y práctica; jerarquía y carácter prioritario de la política; fuerzas morales; y figura del genio militar constituyen cuatro aspectos fundamentales de la teoría clausewitziana. Una de sus características es su aparición a lo largo de todo el corpus del autor, alcanzando en cada libro y capítulo una intensidad diferente. En éste, el libro III de “De la Guerra”, lo hacen en relación con los componentes fundamentales de la estrategia, y con una idea que se repite: el error, para el actor y para el observador o analista, de reducir la guerra a una o varios aspectos de ella, olvidando su carácter complejo e histórico. ¿cómo olvidarlo cuando se abre paso la tentación de concluir que los vehículos no tripulados decidirán el resultado de una guerra, la de imaginar guerras futuristas determinadas por los ciberataques o la guerra de las galaxias, o la de reducir una guerra a simple lucha por el petróleo?
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