Cinismo sobre Irak en la prensa dominante

por Juan F. Carmona y Choussat, 26 de diciembre de 2007

El 5 de diciembre, el ministro de Defensa americano declaró en visita a Bagdad: “Creo que un Irak estable y seguro está al alcance”. El mismo día, el diario americano que más ha combatido el despliegue militar, el New York Times se veía obligado a reconocer en un artículo lleno de matices, pero incapaz de esconder el éxito de la contienda contra los antaño denominados “insurgentes”, “Un Irak más tranquilo”, aunque añadiera “frágil y posiblemente momentáneo”.
           
En España, nada.
 
¿No se suponía que se deseaba la paz en Irak y su evolución hacia la reconciliación nacional? Debía ser suponer mucho porque cuando se logra, ya sea parcialmente, lo que jamás sería posible bajo Sadam, ni se informa de ello http://www.mediaresearch.org/realitycheck/2007/fax20071204.asp. Ya no interesa para los demagógicos intereses nacionales, más bien de política local, y por ello ya no importan ni los iraquíes ni la proyección de la democracia liberal a los países a los que el destino, y el cinismo de los demócratas de pacotilla de todo Occidente, se lo han negado hasta ahora.
 
¿De qué hubiera debido informar la prensa supuestamente libre de Occidente si hubiera querido ser fiel a los principios que guían a las naciones civilizadas? Al menos de tres cosas: de la progresión positiva del aumento de tropas y cambio de estrategia del general Petraeus, de la existencia de la llamada Doctrina Bush y sus alternativas, y, por fin, de la indecencia que ha llevado a muchos a defender posiciones sobre Irak en función de intereses exclusivamente locales y electorales con independencia del futuro de Irak, es decir de la propensión de nuestro tiempo hacia la mentira y el cinismo.
 
Bajo el nombre de “Un nuevo rumbo”, casi instantáneamente rebautizado por todos los observadores con la palabra “surge” (incremento, aumento) utilizada ya en los medios que lo propugnaban, el presidente americano anunció el 10 de enero de 2007 en una intervención televisada que: “América cambiará su estrategia para ayudar a los iraquíes a llevar adelante su campaña para derrotar a la violencia sectaria y proporcionar seguridad a las gentes de Bagdad. Esto exigirá incrementar la presencia de las fuerzas americanas”. Bush desplegó 20.000 soldados más a la zona, la mayoría de los cuales se dirigieron a la capital iraquí.
 
Ya el 11 de marzo, Robert Kagan podía afirmar en el Washington Post que el plan estaba teniendo éxito. Más concretamente, metiéndole el dedo en el ojo al propio diario en el que escribe habitualmente, decía: “Una portada en el Post sugería que el gobierno de Bush no tenía ningún plan alternativo para el caso de que el incremento de soldados no funcionara. Me pregunto si el Post y otros periódicos tienen un plan alternativo para el caso de que lo haga”. Concluía: “Nadie le está pidiendo a los periodistas (…) que empiecen a resaltar las buenas noticias. Lo único que tienen que hacer es informar de lo que ocurre, aunque resulte contradictorio con sus prejuicios. Algunos todavía están vendiendo libros basados en la premisa de que la guerra está perdida, fin de la historia. Pero, ¿y si hay otro capítulo en esa historia?”
 
El 13 de abril Charles Krauthammer, en el mismo diario, escribía bajo el título “El incremento de tropas: primeros frutos” que “El debate interno sobre Irak se vuelve día a día cada vez más alejado de la realidad de la guerra. (…) Los resultados preliminares son visibles. El panorama está cambiando en los dos frentes del actual incremento de tropas: la provincia de Anbar y Bagdad”.
 
Kimberly Kagan, en julio, en el Weekly Standard podía afirmar en honor a la verdad: “La Operación Trueno Fantasma (Phantom Thunder) es la primera campaña ofensiva y coordinada contra la insurgencia en Irak. La campaña está golpeando posiciones insurgentes a lo largo de toda la zona central de Irak simultáneamente. Los soldados están expulsando a los insurgentes de las zonas que rodean Bagdad mientras continúan echándolos del mismo Bagdad. El incremento de la tropa ha permitido a los generales Petraeus y Odierno llevar a cabo esta operación a gran escala, sin disminuir las fuerzas en muchas otras zonas del país, ni dejar sin cubrir otras de las posiciones principales de los insurgentes. AlQaeda y otros líderes insurgentes podrán escapar de operaciones individuales pero se les hará muy difícil encontrar zonas francas donde establecerse cerca de Bagdad”. Este largo informe forma parte de una serie de reportajes muy completos sobre la evolución de la situación desde el inicio del año. Tan fabuloso trabajo de investigación que no deja de mencionar las dificultades a las que se enfrenta el Ejército americano, no ha pasado la criba de los medios del ‘establishment’ que, por ello, ignoran lo que sucede,…deliberadamente.
 
En su última entrega, diciembre de 2007, la reportera-historiadora indica “Las fuerzas americanas expulsaron a AlQaeda en Irak de sus santuarios en  Diyala en 2007 y redujeron muy considerablemente la violencia en la provincia. Derrotar a AlQaeda en Diyala era especialmente importante porque la provincia tenía una relevancia no sólo militar sino política para AlQaeda, puesto que la organización intentó establecer allí la capital de su estado islámico”.
 
Así es como el New York Times reconoce a estas alturas la amplitud del progreso: “Las principales preocupaciones siguen siendo como impedir que los sunníes vuelvan a unirse a la insurgencia y como evitar el resurgimiento de la violencia por parte de las milicias chiítas”. ¿Vuelvan? ¿Resurgimiento? Dicho de otra manera: todo ha mejorado tanto que ahora el problema ya no es resolver una derrota desesperada, sino consagrar la victoria.
 
Tan es así, que alcanzada esta situación de dominio americano y consecuente disminución de la violencia terrorista, algunos analistas han comenzado a poner la venda antes de la herida y decir que la victoria no importa. Así, en Le Monde, en el mes de octubre, Pierre Hassner estimaba: “Estas tendencias (el aumento de la influencia de grupos infranacionales y de Oriente frente a Occidente) han resultado increíblemente acentuadas y aceleradas por las acciones políticas y militares occidentales, sobretodo por la invasión de Irak con sus falsas justificaciones, sus atrocidades y su demostración de la impotencia de la victoria, ya diagnosticada por Hegel…”.
 
El caso, merece la pena resaltarlo, es que cuando se presagiaba una derrota, todo era desastre y catástrofe, se apelaba al síndrome de Vietnam y les estaba bien empleado a los americanos. Ahora ganan y, en cambio, resulta que la victoria es irrelevante. Coherencia, se llama.
 
Pero el frente desinformativo no sólo afecta a los datos, sino también a las opiniones. Desde el principio quiso darse a entender que los americanos eran vaqueros brutales sin principios, sin la más mínima inteligencia y sofisticación que caracterizan como todo el mundo sabe a las cancillerías europeas. No hay más que ver a Moratinos. La convicción que se quería transmitir es que, de pronto, Bush se había despertado una mañana con la idea de poner el mundo a sangre y a fuego y que hoy le tocaba a Irak. Al día siguiente, quién sabe. Era la época en que florecían encuestas considerando a los Estados Unidos más peligrosos que Irán o AlQaeda para la paz internacional. Por una vez, unas décimas porcentuales por encima del tradicionalmente sospechoso Israel.
 
Poco importaba que esto tampoco fuera así. Ni entonces ni ahora se frivoliza en aquellas latitudes con la vida de los marines, ni con lo que consideran necesario para su seguridad. Por ello, la reacción a los atroces atentados del 11 de septiembre suscitó un ensimismamiento intelectual acerca de los medios necesarios para impedir nuevos ataques. De ahí surgió lo que se denomina Doctrina Bush, que todo bienpensante occidental se ha dedicado a denigrar sin proporcionar alternativas creíbles. Las increíbles abundan.
 
Recuérdese sucintamente en qué consiste. Primero, en la existencia de principios morales que deben guiar la política internacional, en contraposición a la postura ‘realista’ que considera la estabilidad como imprescindible aun a costa de injusticias, dictadores y opresiones varios. Así lo expresaba escueta y elocuentemente el propio Bush en uno de sus discursos tras los atentados:
 
“Durante décadas, las naciones libres toleraron la opresión en Oriente Medio en nombre de la estabilidad. En la práctica, esta postura nos proporcionó escasa estabilidad y mucha opresión, así que he cambiado esa política”.
 
De manera más elaborada supone enfrentar esos principios morales a las fuerzas contrarias a la libertad:
 
“No olvidaré la herida a nuestro país ni aquellos que la infligieron. No cederé, no descansaré, no me rendiré en la lucha por la libertad y la seguridad para el pueblo americano. El rumbo de este conflicto no nos es conocido, pero su resultado es seguro. La libertad y el miedo, la justicia y la crueldad, siempre han estado en guerra y sabemos que Dios no es neutral entre ellos”.
 
Por fin, por si había dudas:
 
“Algunos que se llaman a sí mismos realistas cuestionan si la expansión de la democracia en Oriente Medio es algo que debe preocuparnos. Pero los realistas en este caso han perdido contacto con una realidad fundamental: América siempre ha estado menos segura cuando la libertad está en retirada; América siempre está más segura cuando la libertad avanza”.
 
El segundo pilar de la Doctrina consiste en actuar mientras se está a tiempo, es decir en adelantarse a las amenazas antes de que se materialicen: prevenir. Se trata de lo que luego se ha popularizado en las portadas como guerra preventiva:
 
“Deliberaremos, pero el tiempo no está de nuestro lado. No me sentaré a esperar mientras los peligros se concretan. No esperaré a un lado, mientras el peligro se acerca más y más. Los Estados Unidos de América no permitirán que los regímenes más peligrosos del mundo nos amenacen con las armas más destructivas del mundo”.
 
El último pilar consiste en la creación de un Estado palestino que pueda convivir con Israel, es decir que renuncie a la violencia y que se alinee con las naciones libres en la lucha contra el terrorismo. Así es como lo integra el presidente en el conjunto coherente de la política estadounidense de estos años:
 
“He dicho en el pasado que las naciones están o con nosotros o contra nosotros en la guerra contra el terrorismo. Para ser contadas en el lado de la paz, las naciones deben actuar”.
 
Aunque muchos pudieron considerar a Bush un realista antes del 11 de septiembre, resultaba que los acontecimientos habían cambiado su perspectiva acerca de la política que debía aplicarse. Por ello se expandió la especie de que el presidente, así como otras personas de su entorno como Rumsfeld o Condoleezza Rice habían resultado secuestrados por una banda de chalados intransigentes, que resultaban ser mayoritariamente judíos, y habían transformado al mandatario. La leyenda de los neoconservadores comenzaba a forjarse. La verdad era que, en efecto, durante muchos años un número considerable de académicos, políticos y think-tanks habían escrito en la línea de lo que entonces Bush se decidía a recoger. En una ocasión, uno de esos neoconservadores, Richard Perle, enfrentado a un periodista discrepante con la postura, que le reprochaba precisamente que ellos habían estado defendiendo esa posición durante años, se vio obligado a contestar: ¿Y qué hay de malo en ello? O sea, qué hay de malo en la coherencia.
 
Durante estos turbulentos años, sin embargo, muchos de los americanos que se dedican a esa actividad de tratar y discutir sobre los asuntos internacionales han presentado posiciones divergentes e, incluso entre los neoconservadores de la primera hora, varios han elevado sus protestas y presentado nuevas posibilidades. Entre ellos, el más famoso es sin duda Fukuyama, quien después del fin de la historia no encontraba su lugar en la nueva situación. Recayó pues, sin haberse del todo comprometido, en una proposición más abiertamente cercana al apaciguamiento lindante con lo que tradicionalmente se consideraba la alternativa “realista”.
 
Otras posturas incluían además de lo que ha dado en llamarse los paleoconservadores - aquellos que sostienen la tradicional postura aislacionista o jeffersoniana -, los progresistas internacionalistas - favorables a lo que sea que defendiesen las instituciones internacionales -, o los “realistas” de siempre. No obstante, en el campo conservador comenzaron a surgir las discrepancias. Curiosamente para lo que hemos visto en los países católicos de Europa, los cristianos católicos, entorno a la revista de teología “First Things”, sostuvieron con decoro la doctrina de la guerra justa, hasta hoy. En cambio, algunos otros cristianos, la mayoría también católicos, alrededor de la fabulosa Claremont Review of Books, comenzaron a romper filas en los peores momentos de la intervención en Irak. Así, el más vocal de entre ellos, el inteligente Angelo Codevila, bajo el leitmotiv no especialmente desencaminado de que “sin victoria, no hay paz”, y guiado por el principio de que los medios deben ser proporcionados a los objetivos que se pretenden, consideró que los Estados Unidos no habían calibrado bien ni los unos ni los otros. En lugar de lo que se hizo, propugnaba una actitud más cercana a lo que los “realistas” que dirigieron la Primera Guerra de Irak en su día habían hecho. Se trataba de ganar la guerra, sin más implicaciones en el arreglo del país. Es más, una vez derrocado Sadam habría que haber favorecido a los chiítas oprimidos por éste y apoderarlos, de manera que se deshiciesen de los sunníes lo antes posible. Eventualmente, alguien saldría vencedor y con el que fuera habría que entenderse, si acaso.
 
Junto a Codevila, Charles Kessler defendía otra posición que recientemente ha resultado apoyada por la publicación de algunos libros. Basados en la idea de una pegatina que, por lo visto, es de uso común allende el Atlántico, con el lema “Be nice to us, or we’ll bring democracy to you” (Sea bueno con nosotros o le llevaremos la democracia), sostienen el fracaso de las buenas intenciones - como se titula una de esas publicaciones - y estiman que el exceso de complejidades en sitios remotos no sólo no les permite actuar en sus destinos, sino que es potencialmente peligroso desde el punto de vista de la seguridad de los Estados Unidos.
 
Estos son los que Norman Podhoretz, la referencia a la hora de conocer la Doctrina Bush, ha calificado de “Superhalcones”, por la facilidad con la que recurren al uso de la violencia como ultima ratio, a la que no ha de seguir nada más, pues nada más puede resolverse, y aunque se pueda, quizá no se deba.
 
Recientemente, el ámbito realista, sorprendentemente taciturno en lo que se refiere a publicaciones completas y de rigor en estos años, ha sacado a la luz a Phil Gordon, de la Brookings Institution. Este investigador propugna “Luchar la guerra correcta”. Subido en el avance de este año, estima que lo esencial es recuperar la imagen americana en el exterior, subrayando que sólo eso desenraizará el odio de los corazones que se dedican al terrorismo. Aun dando por válido que los corazones sean los que se entretienen en el terrorismo, la posición no es más que una puesta al día de los argumentos realistas a los que se añade una dosis posmoderna de apaciguamiento. Por otra parte, es especialmente curioso advertir que el objetivo no es la derrota del terrorismo, sino que sería suficiente “la reducción del riesgo del terrorismo a un nivel que no afecte significativamente la vida del ciudadano medio”. Todo ello muy en la línea de las archicomentadas declaraciones del Senador perdedor Kerry que proponía no tratar al terror como una amenaza sino como una “nuisance” o molestia. En fin, depende para quién; para el muerto, algo más.
 
Y de todo esto, ¿se ha oído algo? No, no vaya a ser que a alguien se le ocurra, una vez que está enterado, pensar por sí mismo y tener la insólita idea de que vive en una democracia liberal y puede forjarse su propia impresión acerca de los asuntos que le conciernen.
 
Lo que lleva al último objeto de estas líneas, a saber, el de advertir que la inmensa mayoría - por no decir la totalidad - de lo que han escrito o transmitido los medios dominantes sobre Irak o, más en general, la guerra contra el terrorismo, está guiado de la manera más indecente a lograr una adhesión a determinadas posturas políticas o sociales, con absoluta independencia de lo que suceda en Irak o en el conjunto de los asuntos internacionales. Recordar los meses precedentes a los atentados del 11M, desde el Prestige hasta los ataques a las sedes del PP, es ya un lugar común al respecto, pero lo esencial es caer en la cuenta de lo absolutamente irrelevante que era - y es - la guerra de Irak en sí misma. Da igual, por completo. Lo que cuenta es hacer uso de ella como proyectil para asuntos internos, y cuanto mayor sea el desconocimiento, mejor. Que muchos medios no necesariamente incluidos entre aquellos a los que la agenda política les impone una actuación determinada, hayan participado voluntariamente o por contagio en esta actitud, no sólo no es consuelo, sino que demuestra hasta qué punto la conciencia de los hombres contemporáneos se forja en las frivolidades más aterradoras y las mentiras más grotescas de la prensa dominante. Hasta tal punto que se retroalimenta de sus propias mendacidades.
 
Según uno de esos medios de la clase dirigente, esta es hoy la situación de Irak:
 
“’Del lado chiíta han heredado una historia de sufrimiento, así que ahora no están seguros’ dijo Rikabi, asesor del primer ministro. ‘¿Deben acaso fortalecer el gobierno central, que les dañó tanto en el pasado? ¿O deben intentar tener un potente gobierno regional? Los sunníes sienten que deberían dominarlo todo en el Estado. No es fácil para ellos ser simplemente unos socios y no el socio más poderoso’
 
“‘No es fácil deshacerse de la historia’ dijo ‘Quizá después de 10 años, quizá después de una generación’”. The New York Times, 5 de diciembre.
 
Es decir, que Irak tiene problemas políticos vinculados al reparto del poder estatal en función de intereses regionales. Como España. Los iraquíes saben que al terrorismo se le derrota o se sucumbe a él. A pesar de todos los pesares lo están intentando vencer. Mientras nos dedicamos a dar lecciones de decencia, internacionalismo, justicia universal y otras, ¿intentamos lo mismo nosotros?

 
 
Juan F. Carmona Choussat es Licenciado y Doctor en Derecho cum laude por la UCM, Diplomado en Derecho comunitario por el CEU-San Pablo, Administrador civil del Estado, y correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Su libro más reciente es 'Constituciones: interpretación histórica y sentimiento constitucional', Thomson-Civitas, 2005.