(Publicado en La Razón, 5 de noviembre de 2009)
De un lado la piratería, de otro las creencias políticas del zapaterismo y sus propósitos de ingeniería social, que en Defensa representa y gestiona Carme Chacón, y que consisten en acabar con las Fuerzas Armadas convirtiéndolas en una ONG de seguridad. Su lema lo proporcionó el anterior ministro José Bono: «Prefiero que me maten a matar». No es una afirmación personal, tiene carácter programático.
No se nos ha hecho cuáquero sino que es pura pose fraudulenta. Aplicado al mundo militar su efecto es terriblemente deletéreo.
En la práctica, cuando nuestros soldados salen, su principal objetivo es evitar las bajas a toda costa, sin utilizar fuerza letal en su propia defensa, para lo que van con unas reglas de enfrentamiento que los obligan a parapetarse y moverse lo menos posible. Si se encuentra una norma internacional en la que apoyar tan pasiva actitud, se matan dos pájaros de un tiro, porque otro de los dogmas de la secta es que se debe corroer todo lo posible la idea de soberanía española. De ahí que una catalanista pacifista inexperta sea la figura ideal al frente de la Defensa.
En la cuestión de los piratas el debate se ha centrado precisamente en las obligaciones que se derivan de la soberanía: dar protección adecuada a nuestros buques, lo que sólo es posible si embarcan fuerza. El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se refugia tras una cortina de humo de pretextos legales de fácil arreglo si existiera voluntad.
Desde el punto de vista de los medios, la operación sería perfectamente factible. Pensar que compañías de seguridad lo tienen más fácil es una tremenda mistificación. Pero lo gravísimo es que ni se plantee buscar al enemigo y destruirlo. Con tales inhibiciones la piratería se irá extendiendo por otros mares.