Ceuta y la ceguera estratégica europea

por Rafael L. Bardají, 31 de julio de 2026

En la actual crisis de Ceuta se han mezclado dos problemas que conviene distinguir si España y Europa quieren sacar las lecciones apropiadas para evitar otra situación como la vivida, con decenas de miles de personas abriéndose paso ilegalmente desde Marruecos a suelo español y, por tanto, europeo.

Lo primero que hay que tener claro es que este nuevo asalto se enmarca en una larga política de presión marroquí sobre España, en la que el uso de los flujos migratorios ha sido una constante. Fue con la Marcha Verde de 1975 que Marruecos ocupó el hasta entonces Sáhara Español; fue en 2021, en protesta por el tratamiento médico en un hospital español del líder del Frente Polisario saharaui, que con su activo descontrol fronterizo miles de jóvenes entraron por la fuerza en Ceuta y Melilla; y ha vuelto a suceder ahora con la invasión de Ceuta, una ciudad de apenas 80.000 habitantes, por más de 60.000  civiles desde el lado marroquí de la frontera, ante la mirada cómplice de sus gendarmes.

Por tanto, esta situación no puede caracterizarse como una crisis migratoria. En realidad, se trata del uso de civiles para obtener fines políticos, exteriores y estratégicos. Es un ejemplo más de lo que ahora se llama guerra híbrida y que los rusos ya han ensayado en las fronteras de Polonia y Finlandia.

El hecho de que una gran mayoría de los que irrumpieron en la ciudad española el pasado viernes 30 de julio hayan regresado a Marruecos pone de manifiesto que para las autoridades de Rabat esto sólo era un acto de agresión limitado, una señal de descontento ante el reciente acercamiento de España al gran rival de Marruecos, Argelia, y un serio aviso sobre su enorme capacidad para crear problemas al Gobierno español, quien quiera que sea su primer ministro.

España da por controlada la crisis de Ceuta tras la entrada de miles de inmigrantes y anuncia una barrera marina

Por lo tanto, el primer problema estratégico que hay que tener claro de este acto contra la soberanía nacional de España es que se trata de un asunto circunscrito a las relaciones bilaterales entre Madrid y Rabat. Cuando España complace a Marruecos, los flujos migratorios están bajo control; cuando no, las autoridades marroquíes abren la espita a su antojo. En ese sentido, Europa no debe temer un aluvión de inmigrantes como ocurrió en 2015, después de que Angela Merkel decidiera abrir las puertas de la UE.

El segundo asunto que enturbia la verdadera naturaleza de la invasión temporal que ha sufrido Ceuta sí que afecta de lleno a Europa, y es la política migratoria del actual Gobierno español, dispuesto a regularizar a cientos de miles de inmigrantes ilegales y absolutamente contrario a poner freno a nuevas llegadas mediante un control más estricto de las fronteras españolas, que son, gracias a Schengen, las fronteras de Europa.

Pero también hay que tener muy claro el porqué de esta política de puertas abiertas por parte del presidente Pedro Sánchez. Sánchez no está en el poder por ganar las elecciones (algo que nunca ha logrado por mayoría absoluta a través del voto popular), sino por amañar una coalición Frankenstein en el Parlamento que le permitió convertirse en el líder de España. Esa coalición se le ha ido revolviendo con el paso del tiempo y hoy no cuenta con la mayoría parlamentaria para poder aprobar ninguna medida legislativa. Por otro lado, los casos de corrupción en su partido y en su propio círculo familiar más estrecho le acorralan judicialmente y las encuestas muestran de manera consistente la pérdida de apoyo incluso entre sus votantes más tradicionales. De ahí que necesite sacarse algún as de la manga para resistir.

 

Un instrumento que tiene en la cabeza es la transformación del censo electoral. Y la única forma de poder llevarlo a cabo es con la incorporación de nuevos votantes que le estén agradecidos por su nacionalización y las ayudas sociales a las que acceden de manera inmediata. De ahí la regularización masiva de 2026, supuestamente destinada a medio millón de ilegales en suelo español, pero que la Policía ya cifra en más de un millón; de ahí la nueva ley de nietos, que dará pasaporte y voto a otro millón y medio de personas que nunca han pisado España, y ya se le ocurrirá lo que sea con tal de engordar su base de potenciales votantes.

Esta política migratoria sí choca frontalmente con las nuevas orientaciones de los socios de la UE, y es lo que debería preocupar a la UE. Bajo el manto del buenismo, la solidaridad con los desheredados de la Tierra y la generosidad de los ricos, lo que Sánchez oculta es su necesidad personal y su ambición de perpetuarse en el poder al precio que sea.

Si Europa es seria en la defensa de sus fronteras, debe ser consciente de que tiene un caballo de Troya en su seno. No es España como nación: es su primer ministro, Pedro Sánchez. Cierto, corresponde a los españoles bajarle del poder, pero la UE tiene mecanismos para impedir que las políticas de un Nerón o Calígula moderno dañen los esfuerzos europeos por controlar las fronteras. Y no se trata únicamente de repudiar a España en los acuerdos de Schengen, sino, sobre todo, de impedir que las pulsiones autoritarias de la izquierda del siglo XXI se instalen en el corazón mismo de la UE, tan liberal y democrática como le gusta definirse.

En cualquier caso, no se puede descuidar el aviso estratégico de la reciente invasión de Ceuta: el uso y la manipulación por parte de los Gobiernos de la población civil para alcanzar objetivos que nada tienen que ver con el bienestar o la seguridad de los ciudadanos es algo que está ahí y ha venido a quedarse. Qué fuerzas o instrumentos del Estado hay que tener o reforzar para disuadir primero y proteger después es una pregunta que hay que responder urgentemente.

Y no seamos ingenuos: hoy el descontrol fronterizo es producto de una concepción de la izquierda que ve en la inmigración, sobre todo la musulmana, el nuevo proletariado con el que acabar con nuestra forma de vida tradicional, nuestros valores y nuestro bienestar

Pero la derecha europea ha sido cómplice, por sus propios intereses de una mano de obra barata y su rendición ideológica ante la izquierda, socialdemócrata o radical. Europa necesita asegurar sus fronteras, pero también que los europeos recuperen su orgullo nacional, sus señas de identidad; y comprender que son dos cosas bien distintas ser antirracista y ser multiculturalista. Ninguna civilización sobrevive aceptando ser multicultural.

Lo que vale para Europa es igualmente válido para América. JD Vance acertaba en su ya famoso discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich el año pasado cuando advertía de la deriva autoritaria y antioccidental de la UE. Por su parte, el presidente Trump tiene razón no sólo en denunciar el riesgo de una emigración descontrolada y en resaltar la virtud de contar con políticas y medios que aseguren las fronteras nacionales, pero también y sobre todo con su reciente idea de establecer una Alianza para la Defensa de la Civilización Occidental. No es la OTAN, el Atlántico Norte, lo que está en juego. Es toda nuestra civilización judeocristiana. Nos guste o no.