Cartas a un joven español

por José María Aznar, 7 de noviembre de 2007

(Palabras en la presentación de su libro “Cartas a un joven español” de la Editorial Planeta, el 5 de noviembre de 2007)
 
Sr. Payne, Sr. Revés, querido Mariano Rajoy, señoras y señores.
 
Muchas gracias a todos por haber tenido la amabilidad de acompañarme esta tarde con motivo de la presentación de mi último libro: “Cartas a un joven español”. Mi agradecimiento es muy especial para el profesor Stanley Payne, que ha viajado desde muy lejos para estar aquí con nosotros. Y también lo es para José María Marco y Óscar Elía, cuya colaboración deseo agradecer públicamente.
 
‘Cartas a un joven español’ es, como ustedes saben, el tercer libro que escribo desde que dejé la política activa. Algunos se preguntarán por qué lo he escrito, y la respuesta es bastante sencilla. Porque me comprometí a ello. Y a mí siempre me ha gustado honrar mis compromisos.
 
El libro contiene una correspondencia imaginaria con un joven llamado Santiago. Se trata de un recurso literario que me ha permitido trasmitir mis ideas sobre  asuntos que considero esenciales, como la libertad, la democracia, la Nación, el terrorismo, la educación o la familia, mediante  respuestas a unas cartas de un joven estudiante de Periodismo e Historia.
 
Sentía la necesidad de escribir, a través de Santiago, a los jóvenes españoles. Este libro es para ellos, y por eso es un libro optimista. Porque confía en los jóvenes que han de dirigir nuestro futuro.
 
Mi optimismo está bien fundamentado, porque tengo una gran confianza en los jóvenes, en quienes protagonizarán el mañana de España. Estoy convencido de que nos llevarán a un futuro mejor.
 
‘Cartas a un joven español’ es un libro del que me siento especialmente satisfecho. Es un libro de pensamiento, de ideas, de principios y valores políticos. Un libro que, me temo, aborda asuntos que no tienen importancia para algunos en estos tiempos que corren, en los que se desprecia la perspectiva histórica y el valor de las ideas en favor del cortoplacismo y la falta de responsabilidad.
 
Como ustedes saben, yo solamente concibo la política fundamentada en principios y valores. La política consiste, en mi opinión, en plasmar en las decisiones de gobierno o de oposición los principios y valores en los que uno cree. Si es que uno cree en algo, claro está.
 
Sé que eso no está de moda. Ahora la moda consiste en afirmar, por ejemplo, como se ha hecho recientemente, que apoyar una determinada opción política no es cuestión de compartir o no ideas. No es una decisión basada en la lógica, la razón y la adhesión a unos principios y valores. No; ahora lo que se afirma es que pertenecer a un partido político o a otro es una cuestión de sentimiento.
 
Es decir, que las ideas no importan; que es lo mismo una cosa que otra; que las consecuencias de los actos no tienen ninguna importancia o que son irrelevantes; que los valores y los principios son cosas del pasado.
 
A éstos, como digo, las ideas no les importan. Para ellos, la razón y el debate sobre las ideas no tienen sentido en el ámbito de la política. Quizá para que las negativas consecuencias a las que conducen sus ocurrencias de quita y pon tampoco importen.
 
Para ellos, nada importa ser favorable o no a los principios de libertad y responsabilidad individual. Da lo mismo creer en el libre mercado que defender la planificación. Da igual tener valores que sustenten instituciones como la familia que no tenerlos.
 
Esta moda de carecer de valores me parece peor que incomprensible. Es letal para el ejercicio de la política en libertad.
 
Afortunadamente, la mayoría de los españoles sí tiene principios que defender y valores en los que cree. La mayoría de los españoles cree profundamente en la libertad, cree en la Nación española, rechaza los totalitarismos, está convencida de que se puede y debe acabar con el terrorismo, confía profundamente en la institución de la familia y cree que la educación debe fundamentarse en el valor del esfuerzo.
 
Todo eso me hace ser optimista sobre el futuro de España.
 
Millones de españoles que tienen principios y valores han salido a la calle durante estos tres años para decirle al gobierno que les repugna que el gobierno de España negocie políticamente con ETA. Para decirle al gobierno que un terrorista responsable de asesinar a 25 personas no es un hombre de paz y que su impunidad era inmoral e intolerable.
 
Muchos españoles con valores y convicciones se han manifestado para exigirle al gobierno una educación decente y de calidad basada en el esfuerzo, en el mérito y en el respeto al profesor, en lugar de implantar un sistema  educativo que condenará a millones de jóvenes a una formación mediocre de por vida.
 
Muchos millones de españoles tienen valores, principios y convicciones sólidas. Y eso es esencial para el futuro de España.
 
Sin embargo, para algunos lo que está de moda es carecer de valores, y así se entiende que la gran declaración de principios políticos de alguno consista en afirmar que “la cintura es la esencia de la democracia”.
 
Sólo con esa falta de principios se entiende la legislatura que por fin acaba: Negociar lo que sea, como sea, con quien sea, da igual. Gobernar de la forma que sea, sin que los principios y valores tengan valor alguno porque no se tienen.
 
Al final va a resultar que son marxistas, pero de Groucho Marx, cuando decía: “Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”. Otros con los que seguir gobernando como sea. Con proceso de paz o sin proceso de paz. Firmando el Pacto Antiterrorista y negociando, a la vez, políticamente con los terroristas. Con mucha cintura, eso sí, porque cualquier cosa vale con tal de seguir en el poder.
 
Creo que gobernar es algo muy distinto de ejercer el poder por el poder. Se gobierna un país con un proyecto serio, con un rumbo seguro, para llevarlo a buen  puerto. El objetivo no puede consistir sólo en ser el capitán del barco para poder presumir de que el barco navega a tu antojo.
 
Gobernar tampoco debe consistir sólo en gestionar, aunque se gestione bien. Consiste en materializar un proyecto para mejorar tu país, un proyecto fundamentado en principios y  convicciones políticas.
 
Siempre he desconfiado de los políticos que gobiernan a golpe de encuesta, que carecen de principios, y que cambian de rumbo político sin más  motivo que las razones cortoplacistas o puramente electoralistas.
 
No me gustan los políticos que sólo intentan caer simpáticos. Creo que la política no va de eso. O no debería ir de eso.
 
Siempre he admirado, y admiro cada día más, a aquellos políticos que demostraron tener principios y valores  y el coraje de defenderlos, incluso en condiciones muy adversas. Grandes líderes como Winston Churchill, Ronald Reagan y Margaret Thatcher estuvieron siempre a la altura de las circunstancias, defendiendo sus posiciones políticas con solidez y convicción.
 
Lo cierto es que la Historia les ha hecho justicia, y hoy Churchill y Thatcher son considerados los dos mejores políticos británicos del siglo XX y Ronald Reagan ha quedado como uno de los mejores presidentes de la historia de los Estados Unidos.
 
Queridos amigos.
 
‘Cartas a un joven español’ comienza con una defensa del valor de la libertad. Un valor completamente esencial, sin el cual dejan de tener sentido la democracia, la lucha contra el terrorismo o el libre mercado.
 
Somos liberales quienes amamos y defendemos la libertad de la persona, con las limitaciones que le son inherentes y con la necesaria responsabilidad que  implica el ejercicio de esa libertad.  
 
Santiago me permite insistir en algo que considero muy importante: la libertad no es gratuita, y mantenerla exige defenderla. La Historia nos enseña que los enemigos de la libertad son numerosos y poderosos, y que la libertad sucumbe cuando quienes la disfrutan no están  dispuestos a defenderla. Mi joven amigo me ayuda a recordar la experiencia alemana con la República de Weimar.
 
El deseo de vivir en libertad es universal. Es ridículo pensar que haya personas que deseen vivir privados de ella; que prefieran vivir sin libertad de expresión, o sin libertad de asociación, o sin la capacidad de participar en la elección de sus representantes políticos.
 
Por eso defiendo que quienes disfrutamos de la libertad en regímenes democráticos tenemos la obligación de apoyar con todas nuestras fuerzas a los disidentes, a los luchadores por la libertad en distintas partes del mundo.
 
La figura del disidente nos muestra, en dictaduras nuevas y viejas, que este deseo humano de libertad es indestructible. Por todos los medios los regímenes dictatoriales se esfuerzan por ahogarla, pero termina saliendo a flote. Las historias de los disidentes están repletas de terror y represión, pero también de esperanza.
 
Por esa razón soy profundamente optimista y creo que las dictaduras que hoy oprimen a millones de personas acabarán sucumbiendo a la democracia. El ansia de libertad acaba, más tarde o más temprano, abriéndose paso. Nadie es capaz de ahogar eternamente ese deseo de vivir con libertad en democracia.
 
Si echamos la vista atrás podremos comprobar que hace apenas algo más de dos décadas las dictaduras militares eran mayoritarias en Iberoamérica y que Europa central y oriental, junto con el resto del imperio soviético, permanecía bajo el yugo de las dictaduras comunistas. 
 
Cientos de millones de personas viven hoy en democracia y libertad en esos países.
 
Hace pocos meses participé en Praga en una iniciativa de apoyo a los disidentes que hoy sufren las consecuencias de su valiente denuncia de la falta de libertad en las muchas dictaduras que aún hoy subsisten en todo el mundo. Volveré a hacerlo dentro de pocos días en Italia y a ello pienso seguir dedicando gran parte de mi esfuerzo.
 
Los de la cintura hacen otras cosas. No solamente miran hacia otro lado cuando los disidentes solicitan nuestro respaldo en países hermanos como Cuba, sino que utilizan los impuestos de los ciudadanos españoles para ayudar a que ese régimen dictatorial se perpetúe.
 
Su cintura consiste en ayudar a la dictadura castrista como sea. Ni defienden la libertad ni actúan con responsabilidad.
 
Yo, de nuevo, soy optimista. Estoy seguro de que pronto habrá una democracia en Cuba y todos veremos esa enorme explosión de libertad reprimida por medio siglo de dictadura comunista. Nosotros lo celebraremos con el pueblo cubano. Otros no podrán, porque cuando pudieron hacer algo por contribuir a traer la democracia, miraron hacia otro lado. El pueblo cubano no les deberá absolutamente nada.
 
Queridos amigos,
 
Con Santiago hablo mucho de libertad, pero también de responsabilidad.
 
Lamentablemente, vivimos en una suerte de exaltación de la irresponsabilidad. Dejamos a los demás, y al Estado, la responsabilidad de cuidar de nuestros bienes, de nuestras familias, de nosotros mismos. Poco a poco, la persona va dejando por el camino aspectos crecientes de su vida en manos de quienes le gobiernan, haciéndose menos responsable de su vida. Lo observamos en la educación, en la sanidad, en las pensiones, en la economía y en muchos otros ámbitos de nuestra vida diaria.
 
Y cuanto menos responsable somos, menos libres somos.
 
Santiago me ayuda a explicar que la libertad es anterior a la democracia, y que una democracia respetuosa con la libertad individual debe limitar el poder del Estado. El motivo es que un gobierno democrático también puede llegar a ser muy  irrespetuoso con las libertades de las personas.
 
Por ejemplo, en nombre de la mayoría puede intentar privar de derechos legítimos a las minorías.
 
La democracia liberal se preocupa de intentar evitar esos fallos. La democracia de mayor calidad es la democracia liberal, porque es la más respetuosa con la libertad de las personas.
 
Cuando el protagonismo que deben tener las personas, y su libertad, se arrinconan para que ocupen su lugar los colectivos aparece la amenaza totalitaria.  Esa amenaza puede tomar muchas formas, e incluso crecer amparada por las democracias. En España, tal como le cuento a mi amigo Santiago, conocemos muy bien el aroma totalitario que rezuman los nacionalismos radicales.
 
El nacionalismo arrincona la libertad de la persona para ensalzar una supuesta libertad de la colectividad.
 
Se arrincona la libertad de la persona cuando se priva a los ciudadanos de derechos tan fundamentales como recibir educación en su lengua materna, siendo ésta oficial en toda la Nación. El nacionalismo se convierte así en enemigo de la libertad.
 
Mi conversación con Santiago me ayuda también a reflexionar sobre el concepto de Nación. En la Nación como conjunto de ciudadanos libres e iguales ante la ley.
 
El concepto de Nación es jurídicamente atractivo e incompatible con el privilegio. En la Nación no hay ciudadanos de primera y de segunda. No hay castas. Todos los ciudadanos son titulares de los mismos derechos y la ley no distingue entre diferentes clases de ciudadanos. Por eso, libertad, igualdad ante la ley y nación son conceptos íntimamente ligados.
 
Imagino a Santiago como uno de tantos jóvenes que no había nacido cuando aprobamos la Constitución Española. Y quiero contarle que España es una de las Naciones más antiguas del mundo y la más antigua de Europa. Le cuento que España tiene  muchos siglos de historia compartida como unidad política.
 
Me dirijo a él como representante de tantos jóvenes para decirle que la Constitución Española, consensuada por todos, define la Nación española como la patria común e indivisible de todos los españoles y consagra que la soberanía reside en el pueblo español.
 
Creo que la inmensa mayoría de los jóvenes, como Santiago, están deseando levantar esta bandera. Defender que España somos todos. Que juntos decidimos. Defender que, en una Nación, decide toda la Nación. Esto no es discutido ni discutible para ningún gobernante sensato en cualquier país del mundo. Una parte, ninguna parte, puede decidir por el todo y cuando eso puede llegar a suceder sucede hay motivos para estar seriamente preocupados.
 
Queridos amigos.
 
No sería fiel a mí mismo si, al hablar de libertad, no dedicara un capítulo a la peor amenaza contra la libertad que sufren las democracias: la amenaza del terrorismo.
 
España se enfrenta hoy a dos amenazas terroristas simultáneas. Una es la de la banda terrorista ETA, que busca destrozar la convivencia pacífica y en libertad en el País Vasco, y que amenaza nuestra seguridad y libertad en toda España.
 
A ese terror que conocemos desde hace tantos años se une ahora el terrorismo islámico, que pretende acabar con los regímenes democráticos occidentales y sustituirlos por Estados islámicos, en los que impere una única ley, la religiosa musulmana.
 
Queridos amigos, al terrorismo hay que combatirlo y derrotarlo. Lo digo en el libro porque lo he defendido siempre. Creo que las políticas de apaciguamiento no sólo son ineficaces. Sobre todo son contraproducentes. La negociación política con los terroristas no sólo es ineficaz. No sólo es inmoral e ilegal. Además, es contraproducente, porque alimenta el rearme moral de los terroristas, y ésa es la peor de las concesiones.
 
Todos los terrorismos persiguen un objetivo político; un objetivo ilegal, inmoral y totalitario. El objetivo de ETA lo conocemos todos. El objetivo del terrorismo islámico es destruir las democracias occidentales.
 
Por eso España ha sido y es un objetivo de los terroristas islámicos, y debemos felicitarnos cada vez que las Fuerzas de Seguridad del Estado desarticulan una de esas células terroristas en nuestro país.
 
Intento razonar con Santiago por qué es un error considerar que el terrorista es simplemente un criminal y un delincuente. Es mucho peor que eso, porque su objetivo es romper la normalidad democrática, sustituirla por la excepcionalidad y finalmente instaurar un régimen tiránico.
 
En su vocación totalitaria coinciden el terrorismo islámico y el terrorismo etarra.
 
Ambos terrorismos persiguen fines definidos, y siguen para ello una estrategia. Del mismo modo que alguien planifica los atentados de ETA, y decide cuándo, dónde y sobre quién actuar, buscando hacer el mayor daño posible, eso mismo ocurre en los atentados del terrorismo islámico. Alguien también planifica y decide cuándo, dónde y cómo hacer el mayor daño posible para alcanzar su objetivo de “derrocar regímenes democráticos”.
 
Al terrorismo se le puede vencer. Se lo digo a Santiago como llevo diciéndolo toda mi vida. Hay que derrotarlo en todos los campos: desde la seguridad deteniendo a los asesinos y a sus cómplices, y garantizando en la medida de lo posible la seguridad y la libertad de los ciudadanos. Pero al terrorismo también hay que derrotarlo social y políticamente, combatiendo las ideas en nombre de las que asesina.
 
Digo combatiéndolas, no intentando apaciguarlas con negociaciones y alianzas, porque la libertad sólo puede negociar una cosa con el terror: su entrega; y porque no es posible ninguna alianza de la libertad con sus enemigos.
 
Queridos amigos.
 
Hace casi cuatro años me retiré de la política activa. Pero no me retiraré nunca de la defensa de las ideas políticas en las que creo.  Santiago me pregunta por las finalidades de la política. Respondo que, para mí, el objetivo de la acción política debe ser ampliar los espacios de libertad de los ciudadanos, expandir sus campos de actuación, abrirles nuevas oportunidades.
 
Y para ello debe fortalecer las instituciones de la sociedad libre. La política en la que creo es la que contribuye a hacer posible una sociedad cada día más abierta, más libre.
 
Con ayuda de Santiago, expongo las razones que me movieron a la política. Es, ante todo, una cuestión vocacional. Y creo que es saludable que quien se dedique a la actividad política cumpla un puñado de reglas de comportamiento.
 
Una, que tenga una carrera profesional detrás para que no se aferre a la política como sea. Para que no sea uno de esos políticos del “como sea”. Es bueno que un político pueda decir: me voy, y no tengo problema porque profesionalmente tengo donde ir. 
 
Recuerdo que en el año 2000, en una visita oficial a China, en una escuela de negocios de la ciudad de Shanghai un joven  estudiante chino -éste sí, real-,  me dijo que él quería dedicarse a la política. Yo le dije que antes de dedicarme a la política me preocupé de buscarme un sustento profesional, y que sólo después  pensé en dedicarme  a la política.
 
Defiendo, también, como una buena regla que el político se marque un período razonable de permanencia en la vida política, y que transcurrido éste pueda buscar otros horizontes. La vida ni comienza ni termina en la política. Algunos no me perdonan que yo anunciara en su día que no permanecería más de dos legislaturas al frente del gobierno de España. Pero, sobre todo, me perdonan todavía menos que después lo cumpliera.
 
Otra cualidad de un buen político es la responsabilidad. Ésta es una cualidad imprescindible. Cuando tantas personas han depositado la confianza en uno lo último que se puede ser es irresponsable.
 
Esto significa respetar las instituciones, empezando por los tribunales. Le digo a Santiago que el político debe ser muy respetuoso con los poderes que lo controlan.  En particular, con el poder judicial, cuyo papel es fundamental para evitar abusos de poder y garantizar el cumplimiento de la ley. Se trata de conceptos elementales, pero que están siendo arrumbados en estos tiempos de la política del “como sea”. 
 
Por responsabilidad, un político auténticamente democrático sabe que cuando gobierna debe hacerlo pensando en todos. Porque se gobierna para todos. Y eso implica respetar a los adversarios políticos, que nunca deben ser considerados enemigos políticos. Por mucho que uno discrepe de ellos.
 
Son irresponsables y tremendamente antidemocráticos los acuerdos de algunas fuerzas políticas para intentar expulsar de la vida política a un partido político democrático por el mero hecho de defender ideas políticas distintas.
 
Esto lo hemos visto en España en los tres últimos años y medio, y revela las escasas o inexistentes convicciones democráticas de quienes así se han comportado; de quienes han ejercido la política desde esa expresión tan seriamente antidemocrática del “cordón sanitario”.
 
Otra cualidad imprescindible de un político es la lealtad. Un político es leal cuando cumple sus acuerdos, cuando sabe que si llega a un acuerdo  con otra persona, o con otro partido político, el acuerdo debe cumplirse. Hemos visto muchos ejemplos de lo que es ser leal y lo que es ser desleal. Cuando yo fui jefe de la oposición firmé acuerdos con el Gobierno socialista de entonces. Los cumplimos a rajatabla desde la oposición y, después, cuando gobernamos.
 
Cuando tuve el honor de presidir el Gobierno de España, firmamos acuerdos muy importantes con la entonces oposición: el Pacto por la Justicia, el Pacto Antiterrorista, el Pacto de Financiación Autonómica, consensuado unánimemente con todas las CC.AA.
 
Ellos los han roto todos. Su deslealtad con la palabra dada y el acuerdo firmado se ha traducido en la ruptura de todos esos acuerdos.
 
Con todo, la mayor deslealtad se produjo con el pacto más importante: el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo. No tengo palabras para calificar a quien mientras firmaba el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, empezaba a la vez sus negociaciones secretas con los terroristas.
 
Y no se puede ser un buen político sin honradez. Es una cualidad fundamental. La austeridad es, además, una virtud directamente relacionada con la honradez.
 
Queridos amigos.
 
Mariano Rajoy tiene todas esas cualidades de un buen político y muchas virtudes más. Es un hombre preparado, leal, capaz, honrado y austero con los principios y valores que España necesita para mirar hacia el futuro con confianza.
 
Señoras y señores.
 
No les voy a contar todo el libro, porque quiero que lo compren y lo lean. Sí les diré que, como Santiago es joven, hablamos de educación. Creo que el deterioro palpable de nuestro sistema educativo responde a un modelo educativo completamente caduco, de inspiración sesentayochentista, que está comenzando a ser abandonado en todos los países sensatos, empezando por Francia.
 
Y es que cuando el esfuerzo, el valor del aprendizaje, el mérito y el respeto a la autoridad del profesor se tiran al cubo de la basura no cabe esperar otra cosa que fracaso escolar, escasos conocimientos, y problemas de convivencia y violencia en las aulas.
 
Es duro, pero el gran error del modelo educativo de la izquierda de los últimos años ha provocado gravísimos perjuicios  a millones de jóvenes, sobre todo a los procedentes de familias más humildes. 
 
Porque conviene recordar que las familias con más recursos siempre pueden evitar los problemas de un sistema que condena a una educación mediocre.
 
Me gustaría que Santiago, y todos los jóvenes como Santiago, fueran buenos liberales. Por eso dedico dos cartas a reflexionar sobre la libertad económica y a defender las ventajas del libre mercado, la libre competencia, los impuestos bajos y la contención del gasto público.
 
Estoy convencido, porque los datos así lo avalan, además, de que cuanto mayor es la libertad económica de un país, mayor es su prosperidad; y cuanto más rápidamente avanza un país en materia de libertad económica, más rápido es su avance en prosperidad y bienestar.
 
Queridos amigos, éste es mi tercer libro con el grupo Planeta pero no será el último. Me comprometí a escribir alguno más. Y como cumplo lo que firmo, seguiré escribiendo.
 
Ha sido un placer compartir con ustedes estos minutos, y sólo me queda agradecerles su paciencia, su interés y su amabilidad. Reitero mi agradecimiento al grupo Planeta y, en particular, a Stanley Payne, por su magnífica presentación.