¿Cambio real en China?

por George F. Will, 11 de mayo de 2007

(Publicado en The Washington Post, 26 de abril de 2007)

La teoría, que es más que proyección de los deseos sobre la realidad, es que el capitalismo conlleva inevitablemente una dispersión de la información y una toma de decisiones aún más dispersa. Pero suponga que esto no es así.
 
El término 'cambio de régimen' se asocia a la doctrina de guerra preventiva tal como se aplicó a Irak. Pero otra especie de cambio de régimen ha venido siendo la cruz de la política norteamericana hacia China a través de la mayor parte de los 35 años desde la apertura del Presidente Nixon hacia esa nación en 1972.
 
Desde la masacre de la Plaza de Tiananmen en 1989, el objetivo final de la política norteamericana ha sido -- y con frecuencia ha sido proclamado ser -- la subversión directa del régimen represor de China. La cura para el comunismo se presume que es el comercio con el mundo capitalista: el comercio puede canalizar las energías potencialmente agresivas de China por cauces pacíficos y constructivos.
 
Esta fe en el poder del comercio para doblegar los instintos animales de la humanidad tiene un pedigrí del siglo XIX. Piense en William Gladstone y los demás, que pensaban que las guerras pasarían a ser demasiado caras para contemplarse como posibilidad porque interrumpirían el comercio. En el siglo XXI, el determinismo económico [léase marxismo, un dogma del siglo XIX] se está centrando en el último régimen importante fundado por marxistas - China.
 
El siglo XIX convirtió la historia en nombre propio - Historia, una entidad viva con su propia inevitabilidad en desarrollo. Hoy, muchos ven a China a través del cristal (de color rosa quizá) del historicismo: los líderes chinos que se oponen a la democracia se encuentran 'en el bando equivocado de la historia' e 'igual que eventualmente cayó el Muro de Berlín, pienso simplemente que es inevitable' (Bill Clinton). 'La defensa del comercio no es solamente monetaria, sino moral. La libertad económica genera hábitos de libertad. Y los hábitos de libertad generan expectativas de democracia... Comercie libremente con China, y el tiempo estará de nuestra parte' (George W. Bush). “En China, existe un impulso imparable' hacia la democracia (Tony Blair).
 
La teoría, que es más que proyección de los deseos sobre la realidad, es que el capitalismo conlleva inevitablemente una dispersión de la información y una toma de decisiones aún más dispersa, y exige una ética de confianza y un régimen legal de cumplimiento de promesas (contrato). Aquellos que suscriben esta teoría pueden reconfortarse en los recientes refuerzos a las protecciones de la propiedad privada por parte de China, lo que concede un ámbito de soberanía a los particulares cuyo apetito por la soberanía, una vez cortejado, podría convertirse en la exigencia de un sistema político de soberanía popular.
 
Pero suponga que esto no es así. Suponga que James Mann está en lo cierto al desechar todo esto como el escenario ideal que nunca sucede.
 
En su nuevo libro, 'La fantasía china: cómo excusan nuestros líderes la represión china', Mann entra en la escuela Moynihan: el difunto Pat Moynihan hablaba fránticamente de visitantes occidentales que volvían de China más impresionados por la falta de vuelos que por la ausencia de libertad. Mann considera la implicación del escenario ideal -- que los banqueros de fondos de inversión americanos que hacen negocios en China son necesariamente luchadores de la libertad - un poco demasiado conveniente.
 
También desconfía del peor escenario posible, que es que el régimen de China no sucumbe a un aterrizaje suave y pacífico del leninismo a la democracia, sino que perecerá en el espasmo de la disfunción económica y el descontento político. Su escenario alternativo es que dentro de décadas, la modernización habrá hecho a China inmensamente más rica, y por tanto más importante geopolíticamente, pero no menos significativamente autoritaria.
 
Las grandes empresas y otros defensores del escenario idílico utilizan lo que Mann llama 'el léxico del desprecio' para refutar a los escépticos como él: los escépticos están siendo 'provocadores' cuando se implican en 'una crítica obsesiva a China' que refleja 'una mentalidad de la Guerra Fría'. Pero aunque la teoría es que 'la implicación' con China cambiará a China, Mann se pregunta: ¿Quién está cambiando a quién?
 
El mejor escenario reza: la tiranía precisa de autarquía intelectual y el confinamiento de la consciencia del público, lo que es imposible ahora que las naciones son porosas a teléfonos móviles e internet. Pero Mann afirma que compañías tales como Microsoft, Google o Yahoo están cooperando con la censura y la monitorización de seguridad por parte del gobierno.
 
Mann advierte contra 'el triunfalismo del McDonald', la creencia de que porque los chinos coman como nosotros cada vez más, se parecen cada vez más a nosotros. Eso está relacionado con 'la falacia Starbucks' - la esperanza de que conforme los chinos se acostumbren a muchas opciones para el café, exigirán más opciones políticas.
 
Su tesis más preocupante es que 'los nuevos ricos compradores de apartamentos, bebedores de Starbucks y conductores de coches' de las grandes ciudades que ven los visitantes americanos no forman la vanguardia de la democracia, sino la oposición a ella. Puede que haya 300 millones de habitantes así, pero existen 1000 millones de chinos muy pobres rurales en su mayoría. ¿Pensará la minoría que prospera económicamente bajo un régimen leninista que el gobierno de la mayoría revierte en su interés?
 
Mann es acertadamente despreciativo hacia los muchos argumentos vulgares y económicamente motivados que ofrecen las élites americanas para el escenario más conveniente. En su polémico ánimo, sin embargo, probablemente subestime el poder autónomo y transformador de la cultura comercial de hoy. Aún así, lea su libro como guía para monitorizar la cobertura mediática de las Olimpiadas de Beijing 2008, los Juegos más pomposos desde aquellos de 1936, en Berlín.


 

 
 
Ó 2007, Washington Post Writers Group