Califato, año II

por Rafael L. Bardají, 10 de julio de 2015

(Publicado en la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, 9 Julio de 2015)

 

Al año de la declaración del Califato por Al Baghdadi y a punto de cumplirse doce meses del inicio de los bombardeos por parte de los Estados Unidos y sus aliados, entender qué está ocurriendo de verdad con el Estado Islámico (EI) sigue siendo un problema intelectualmente insoluble. Y no por culpa de los líderes jihadistas, que son bien claros en sus objetivos y mensajes, sino por la incapacidad mental occidental: en lugar de aplicarnos con seriedad analítica, nos dejamos llevar por tics, deseos y proyecciones de nuestra lógica, con el resultado de que mirar al Estado Islámico es lo más parecido a ir subido en una montaña rusa intelectual.
 
Así, por ejemplo, cuando la CIA en 2013 ya ponía algo de su atención sobre lo que entonces se llamaba Estado Islámico de Iraq y la Gran Siria (o Levante), el presidente Obama desdeñaba sus capacidades al decir que sus militantes eran “jugadores infantiles en camisetas de profesionales”. Más recientemente, la inteligencia española ha instruido a nuestro Gobierno para que no dijera “Estado Islámico”, sino “DAESH”, acrónimo árabe precisamente de lo que no se quería mencionar, como si por negar el nombre se pudiera borrar la realidad. Igualmente, la prensa no se ha cansado de saltar de susto a celebración y viceversa: caída de Mosul en junio el año pasado; defensa de Kobani en enero de este; recuperación de Tikrit en mayo; posterior pérdida de Ramadi... El ISIS gana, el ISIS pierde, el ISIS vuelve a ganar. De la liga juvenil, prácticamente inocua, se ha pasado al sentimiento de que no se puede derrotar militarmente al Estado Islámico.
 
Ciertamente, la campaña liderada por Obama va mal. El primer objetivo de degradar sustancialmente al Estado Islámico, no se ha alcanzado. El de destruirlo, mucho menos. En Irak, el EI sigue gobernando prácticamente el mismo terreno que hace un año y aunque ha perdido parte de su capacidad de comerciar con el petróleo bajó su control, sigue contando con fuentes económicas más que suficientes; en Siria, prácticamente controla la mitad del país y si no ha dominado más se ha debido a la resistencia de otros grupos jihadistas, no a las acciones del régimen ni a los bombardeos de la coalición.
 
En el campo de la propaganda, el Estado Islámico sigue ganando terreno: el número de voluntarios internacionales que ingresan en sus filas no ha dejado de crecer. De hecho, en mayor proporción que los muertos por los ataques de la coalición. Las provincias del Califato han traspasado las viejas fronteras de Irak y Siria y se extienden hoy por el Sinaí, Libia, Nigeria, Yemen, Arabia Saudí, Afganistán y Pakistán. Y no se detendrán ahí, porque el mapa del Califato aspira a recuperar todo lo que en un día fue del Islam, incluida la Península Ibérica.
 
Ahora bien, no hay que desesperar. Si la campaña aérea no va bien no es porque sea solamente militar; no va bien, sencillamente, porque es del todo insuficiente. En un año, las salidas totales son inferiores a las que se realizaron en una semana en la guerra del Golfo del 91, o en dos semanas de acciones de la OTAN sobre Kosovo. Es insuficiente porque es un hecho incontestable que las guerras no se ganan únicamente desde el aire, sino que hay que tomar el territorio al enemigo y controlarlo. Obama ha preferido que sean los iraníes quienes hagan esa labor (habida cuenta del fracaso del ejército iraquí), pero las diferencias sectarias están frenando su posible éxito. Y es también insuficiente porque no se está atajando de una vez por todas el problema de la radicalización de los jóvenes musulmanes en nuestro suelo.
 
Un cambio de estrategia es urgente. Lo primero es aceptar que el Estado Islámico es precisamente eso, un Estado e Islámico. Lo segundo es acabar con la percepción de que el EI es el caballo ganador en esta carrera. Y para eso hay que encoger su poder territorial, con más bombardeos y con tropas terrestres. Si han sido sus victorias las que le han otorgado su gran atractivo y fuerza, hay que generar las derrotas que lo debiliten, porque como decía Bin Laden, nadie apuesta por el caballo perdedor.
 
No es cuestión de tiempo como dicen los líderes americanos, es cuestión de intensidad. Y el tiempo no corre a nuestro favor.