Beber agua de Zapato

por Miguel Ángel Quintanilla Navarro, 29 de junio de 2006

¿Es posible comparar un zapato y una botella de agua mineral? Claro que sí. Es posible hacer comparaciones de cualquier cosa. Pero si nos atenemos a lo que el zapato y la botella 'son', es decir, a aquello para lo que están hechos, la comparación debe concluir diciendo que son cosas muy diferentes. Los zapatos sirven para caminar; las botellas de agua mineral, para beber.

Sin embargo, uno puede iniciarse en una actividad subversiva del sentido común de las cosas y terminar por realizar comparaciones como ésta: un zapato y una botella de agua mineral se parecen en que ambos son recipientes en los que se puede transportar agua. El zapato es contemplado con una mirada nueva, que no se atiene a la idea común de las cosas y que, en último término, manifiesta una verdad. Porque es verdad que en un zapato se puede transportar agua, y hasta es verdad que podemos beber el agua que transportamos en él. Se trata, en último término, de eliminar las condiciones tácitas que impone el sentido común a una sociedad, que son las que impiden decir que un zapato y una botella sirven para lo mismo.

Este procedimiento es exactamente el que sigue el discurso del Gobierno en relación con los consensos esenciales de la democracia española. ¿Es lo mismo un partido que condena y combate la violencia política que uno que se sirve de ella? No, si nos atenemos a la preservación de los derechos políticos; sí, si nos fijamos sólo en la obtención de votos en las elecciones. ¿Son iguales las elecciones en Madrid y en Bilbao? No, si consideramos el hecho de la brutal agresión que padece la oposición constitucionalista en el País Vasco, pero sí, si la obviamos. ¿Es igual el Irak de Sadam que un Estado de la Unión Europea; la sharia que la Constitución de 1978; el 'pueblo' de las Constituciones liberales que la umma? No, si nuestro criterio es un poco exigente, pero sí, si nos elevamos hasta un nivel de abstracción en el que la civilización política no tiene que ver con la existencia de vida civil (y, obviamente, de ciudadanos) sino con cualquier conjunto de usos o costumbres distinto de otro. ¿Son iguales el viejo y el nuevo Estatuto catalán? Pues no, pero sí.

Los argumentos del Gobierno son coherentes y suelen mostrar una solidez apreciable porque parten de la impugnación del sentido común de las cosas; una vez realizada esa operación el discurso sale solo porque todo es lo mismo. De ahí la mezcla: coherencia insustancial, resultado de la supresión de los detalles y los adjetivos que permiten diferenciar las cosas. Los zapatos y las botellas son lo mismo: recipientes, elementos de una misma categoría creada a fuerza de eliminar sus características distintivas.

Carece de relevancia discutir si es o no verdad que en un zapato se puede transportar agua, pero ésa es exactamente la discusión que el Gobierno ha puesto en la calle. Y claro, la gana. El debate no debe ser ése, sino este otro: ¿nos da lo mismo beber agua de un zapato que beber agua de una botella de agua mineral? ¿Daría usted de beber a su hijo en un zapato? De otro modo: ¿nos da igual que se ejerza violencia contra la oposición o no? ¿Nos da igual que un Estado aniquile a quienes están bajo su poder o no?

En el fondo, lo que el Gobierno promueve es una degeneración de la exigencia moral de la política española y, en general, occidental; la supresión de la reflexión sobre lo que hace o no aceptable un comportamiento político, la impugnación de la historia de la creación del Estado de derecho, que es una progresiva sofisticación de la forma del poder para limitar los daños que puede causar sobre la vida libre. Es, ya se sabe, un Gobierno tolerante, y por ello suprime la ley de partidos y el pacto por las libertades, y abdica de la defensa y de la promoción del Estado de derecho. Porque todo esto exige diferenciar lo bueno de lo malo: tipificar, no tolerar algunas cosas. Lo equivalente a suprimir la Agencia Española de Seguridad Alimentaria.

El Gobierno afirma que el agua de alcantarilla transportada en un zapato es agua. Y tiene razón. Pero, ¿queremos beber en un zapato agua de alcantarilla?, ¿es bueno hacerlo? ¿Da igual 'democracia' que 'democracia liberal'; 'Estado' que 'Estado de derecho'; 'elecciones' que 'elecciones libres'? El Gobierno gana las preguntas que plantea, pero pierde las que se le plantean. Lo importante es acertar a convencer a la opinión pública de que las preguntas que se han de responder para que España sea mejor no son las que el Gobierno formula, sino las que la oposición (el PP) debe hacerle.