Ataque de Obamitis

por Rafael L. Bardají, 7 de septiembre de 2013

(Publicado en La Gaceta, 7 de septiembre de 2013)

 La Obamitis es el mal que sufren los líderes que no quieren aceptar la responsabilidad que tienen de liderar. Sus síntomas más comunes son el repetido deseo de evitar enfrentarse a problemas a toda costa, hasta el punto de cegarse ante ellos; la irrefrenable pasión para buscar cómplices en los que diluir  la responsabilidad de de sus actuaciones; y también la súbita pérdida de memoria si con ello se borra lo que se prometió que se iba a hacer y no se hace. El caso más agudo lo padece quien le da nombre: el actual presidente norteamericano Barack Hussein Obama, quien hace unos pocos meses dijo que el uso de armas químicas por el Assad era una línea roja que él no estaba dispuesto a tolerar y más recientemente, que le iba a castigar militarmente por usarlas. Está en hemerotecas y archivos gráficos. Y, sin embargo, esta misma semana, en la cumbre del G20, ha afirmado rotundamente que él no fijó ninguna línea roja, que fue el mundo quien lo hizo. Desgraciadamente, el mundo ni lo hizo en su día ni lo va a hacer ahora sino que fue él en persona, aunque ahora reniegue de haberlo dicho.

 
Los síntomas son los que son, pero la causa última de esta enfermedad, extremadamente contagiosa, es la falta de la pasta que da forma a un verdadero estadista, la falta, vamos, de lo que hay que tener. Vivimos en mundo cuyos líderes no son más que dirigentes descafeinados, carentes de visión y que parecen pensar únicamente en los titulares del día siguiente. La Política con P mayúscula, de la que tanto hablan, se ha convertido en un patio de vecinos. ¿Cómo explicar, si no, que todos, el primer ministro británico, el presidente francés y el presidente americano, hayan echado alegremente mano de los informes de sus respectivos servicios de inteligencia para justificar lo que pensaban? Por no hablar de la fiebre de acudir a los parlamentos para que apuntalen su decisión de atacar. Lo que se quiere hacer pasar como un ejercicio de democracia –que los representantes del pueblo decidan- no es más que puro enmascaramiento del miedo a aceptar las responsabilidades que les tocan.
 
El problema de esta enfermedad es que es mortal de necesidad. Lleva a la parálisis del sistema nervioso central del orden liberal y democrático tan lentamente construido. Nuestros líderes light, con eso de ¨lo que diga la ONU¨, se asemejan a los dirigentes de los años 20 del siglo pasado (¿recuerdan sus nombres?), quienes se negaron a defender el orden internacional que habían creado. Esa negativa dio entrada a los Hitler, Lenin y Stalin. Y la negativa de los actuales dará entrada a los sucesores de aquellos bárbaros. Los portadores de la Obamitis parecen sanos, pero no se fíen. Pueden acabar con todos nosotros.