Andiján un año después: las lecciones que deberíamos sacar de la masacre

por Stephen Schwartz, 13 de junio de 2006

La semana pasada se cumplía el primer aniversario de los horribles sucesos de Andiján, en Uzbekistán, un pequeño pueblo del Valle de Ferghana próximo a la frontera con Kyrgyzstán, en Asia Central. Allí, hace un año, una protesta de los locales contra las políticas antidemocráticas del dictador uzbeko Islam Karimov -- un clásico post comunista que continúa siendo totalitario en sus métodos -- fue copada con la represión sangrienta. Las fuerzas armadas del estado uzbeko asesinaron a cientos de personas, dando caza y masacrando a aquellos que huían de la masacre.
 
A continuación, las autoridades uzbekas argumentaron que las víctimas eran fundamentalistas musulmanes, seguidores del culto wahabí de Arabia Saudí, o miembros de un movimiento islamista radical marginal llamado Hizb-ut-Tahrir. Como observador cercano del escenario uzbeko, estaba convencido entonces, y continúo estando convencido hoy, de que tales explicaciones eran un simple argumento trasnochado utilizado por la dictadura para justificar sus atrocidades.
 
Cuando Occidente reprochó a Karimov este terrible acto, respondió expulsando a las fuerzas militares norteamericanas de las bases que se habían establecido, y siempre se había dicho, sin condiciones adjuntas.
 
Cumpliéndose el aniversario a lo largo del fin de semana, Karimov era recibido en un balneario del Mar Negro por el líder mundial con el que realmente tiene más en común: Vladimir Putin. Esto fue una señal a Occidente de que la estrategia de justificar la tiranía de Karimov difamando a aquellos a los que mata como terroristas islamistas ha fracasado; Karimov ha optado por alinearse con Moscú.
 
Hay muchas lecciones a extraer de la crisis uzbeka. Una alianza con los uzbekos tuvo sentido después del 11 de septiembre del 2001, cuando Estados Unidos necesitaba una base en Asia Central que utilizar para las acciones militares contra Afganistán y el Movimiento Islámico de Uzbekistán, aliado de Al-Qaeda. En ocasiones la guerra crea extraños compañeros de cama.
 
Pero esencialmente los Talibanes fueron derrotados en Afganistán (capacidad para continuar el terror a bajo nivel aparte) y el Movimiento Islámico fue barrido.
 
Uzbekistán posee una gran historia en el pensamiento islámico general, habiendo producido un gran número de importantes teólogos, incluyendo al imán Bujari y el imán Maturidi, conocido este último por sus opiniones acerca de la religión natural y la importancia del raciocinio en la fe. Como estado musulmán moderado, con minorías cristianas y judías significativas, potencial para el turismo de 'la ruta de la seda' y otros activos, Uzbekistán tiene un enorme potencial democrático y pluralista. En calidad de dictadura brutal que exagera las amenazas y mata a los disidentes sin tener escrúpulos, no será nada más que la Bielorrusia de Asia Central -- un paria internacional.
El gobierno norteamericano ha dejado claro que la lucha global por la democracia no puede ser emprendida sobre la base de los dobles raseros. No podemos pedir transparencia en Bielorrusia e Irán, y permitir la negación de los derechos humanos en Uzbekistán.
 
También es importante poner en perspectiva a Hizb-ut-Tahrir. El Movimiento Islámico de Uzbekistán es un grupo repelente de opiniones antisemitas, anti-occidentales, y por lo demás islamofascistas. Pero el Movimiento no es una amenaza seria, ya sea dentro o fuera de Uzbekistán, y no se ha involucrado en el terrorismo suicida o en actos violentos parecidos. No está afiliado a Al-Qaeda, y ni siquiera es comparable con la Hermandad Musulmana o Hamas. En su lugar, el Movimiento Islámico recuerda a las oscuras organizaciones burocráticas izquierdistas que florecían bajo el ala de los comunistas estalinistas en España y en otros países europeos antes de que el Comunismo colapsase. El tipo de grupo que repartía folletos llenos de retórica revolucionaria, pero que nunca lograba una audiencia significativa. Karimov necesita el fantasma del Movimiento Islámico de Uzbekistán como excusa para conservar el poder; el grupo carece de significado en el contexto post soviético.
 
Los sucesos de Andiján hace un año no tienen nada que ver con el islam, radical o cualquier otro, nada en absoluto al menos con el Movimiento Islámico. Los comerciantes locales habían comenzado a enriquecerse con el comercio con Kyrgyzstán y China, y fueron animados a reclamar sus derechos tras la caída del régimen kyrgyz en 'la Revolución de los Tulipanes' de apenas unas semanas antes. Estaban furiosos por la imposición de impuestos nuevos y restricciones de corte estalinista al comercio privado. Pagaron con su propia sangre su espíritu emprendedor.
 
En Uzbekistán, los Estados Unidos y sus aliados deberían alinearse con el oprimido, no con los opresores. El primer aniversario de Andiján debería ser la ocasión para advertir a Karimov que Occidente asistirá al pueblo uzbeko a la hora de animar instituciones sociales civiles basadas en la libertad religiosa, económica y política.


Stephen Schwartz es Director Ejecutivo del Centro del Pluralismo Islámico de Washington y periodista autor (entre otros libros acerca del islam y sus subdivisiones y diferencias) del bestseller “Las dos caras del islam: fundamentalismo saudí y su papel en el terrorismo (Doubleday). Tras ser editor de opinión y columnista del San Francisco Chronicle durante 2 años y secretario del sindicato de periodistas de San Francisco, sus artículos han aparecido en The New York Times, The Wall Street Journal, el New York Post, el Los Angeles Times, el Toronto Globe and Mail y muchos otros. Como periodista destacó especialmente en la cobertura de la guerra de Kosovo, y desde entonces se ha convertido en uno de los principales especialistas en la región de los Balcanes y su relación con el islam.