Afganistán, ¿y ahora qué?

por Óscar Elía Mañú, 9 de diciembre de 2009

 

(Publicado en La Gaceta, 5 de diciembre de 2009)
 
La misión que la comunidad internacional llevaba a cabo desde 2001 en Afganistán tenía  dos fines, uno estratégico y otro político-institucional. El primero sólo se conseguiría con la victoria aliada, la ruptura y la expulsión de Al Qaeda y la derrota de los talibanes. El segundo, sólo se podría considerar satisfecho cuando Afganistán fuese un Estado medianamente decente, respetuoso con sus ciudadanos y estable. Un esfuerzo semejante, en hombres y material, tenía un fundamento moral: expandir la democracia y defenderla del totalitarismo islámico. A la estrategia de Bush se sumaron los aliados de EE UU.
 
Esto cambió el pasado lunes. Bajo una formalidad y una retórica épica y grandiosa, y con una avalancha de abstractos planes geopolíticos, Obama lo rompió todo. Impuso a sus militares dos limitaciones que hacen que la misión sea imposible: en soldados y en el tiempo. Ni los más optimistas creen que será posible vencer en 18 meses con 30.000 soldados más que aún hay que desplegar. Frente a la determinación de Bush, la voluntad de Obama ha quedado patente para todos: soldados, aliados? y talibanes. A mediados de 2011, éstos no tendrán enfrente a los marines. Hasta entonces les toca golpear sin arriesgar. La noticia, para ellos, es espléndida.
 
Retirada, en fin, fundamentada en asuntos domésticos. Obama no quiere soldados luchando por el mundo, y para las presidenciales de 2012, estarán todos en casa: ni derrota del islamismo, ni democracia afgana cuentan ya en la Casa Blanca. Esto cambia la naturaleza de la misión.
 
¿Ahora qué? A sus aliados toca decidir ahora si participan de una estrategia que no es ni contra el terrorismo ni a favor de los afganos, sino para la mayor gloria electoral del flamante premio Nobel de la Paz. ¿Merece la pena el esfuerzo y el sacrificio de aquí a entonces, si gracias a Obama en 2011 la furia talibán cae sobre todo lo hecho hasta ahora?