Afganistán, realidad e infortunio ¿misión destinada al fracaso?

por Hernando Cortés Monroy, 9 de septiembre de 2009

“No debemos temer nada de Afganistán en un futuro, y lo más conveniente -dejando a un lado nuestro amor propio-, es retirarnos lo antes posible. Cuanto menos se nos vea en ese país, menos nos odiarán sus habitantes”
 
General de División Lord Frederick S. Roberts, Comandante militar británico en Afganistán, 1878-1880
 
Empieza a estar claro, si es que no lo ha estado desde siempre, que la misión internacional en Afganistán está destinada al fracaso, y al final la solución que pueda acabar arbitrándose y que no será muy diferente de lo que está ocurriendo en Irak, esconderá la realidad de un fracaso anunciado de la coalición occidental. Varias son las circunstancias que hacen inevitable tal fin, pero resulta especialmente relevante revisar los antecedentes históricos que nadie parece tener en cuenta -que explican las derrotas sufridas por todo aquel que ha osado adentrarse y permanecer en Afganistán-, y muy especialmente el líder iluminado que dirige el caos organizado en que se ha convertido España, y que, a estas alturas, cuando en más de una capital relevante, de los países que contribuyen seriamente al esfuerzo colectivo occidental en ese país, se piensa incluso en retirarse de alguna manera decorosa, anuncia pomposamente estar dispuesto a incrementar su participación militar, cuando, además, ni siquiera tiene con qué intervenir de una manera que pueda calificarse como importante.
 
En 1809 el diplomático británico Mountstuart Elphinstone dirigió una misión de exploración en lo que se conocía entonces como Afganistán. En un territorio en el que eran habituales las luchas internas entre las diversas tribus y facciones étnicas, el británico se encontró con un líder tribal al que trató de convencer de las ventajas de un gobierno centralizado, unificado y de acción coordinada. La respuesta del líder afgano fue clara: “Nos gusta el desorden, nos gustan los sobresaltos, nos gustan las matanzas, ....pero no nos gusta nada que nos manden, y que nadie se constituya en amo”. La respuesta fue contundente, y clara, y 200 años más tarde continúa siendo una realidad innegable y contundente.
 
De forma casi única y exclusiva, lo que hoy conocemos como Afganistán constituye un territorio, en el conjunto de Eurasia, que ha venido resistiendo a todo invasor, que ha resistido a todas las conquistas, y que, a pesar, de ser un territorio de paso para todos los imperios que han surgido en la región, desde la Edad Antigua, pasando por la Edad Media, hasta el momento de la Guerra Fría y el presente, se ha resistido a que se le fuerce a obedecer a un gobierno y a un líder predeterminado.
 
Son varios los factores que hacen que este territorio se muestre tan indómito, pero uno de ellos reside, naturalmente, en el propio terreno, que constituye casi una fortaleza inexpugnable, en su mayor parte. Toda la región oriental del país es especialmente montañosa, con picos que exceden de los 6.000 m., dividiendo la cadena de montañas del Hindu Kush, en dos a la totalidad de la nación. Lo que no es montañoso es esencialmente desértico, quedando restringida la vida de los asentamientos locales a unos pocos valles fértiles regados por los ríos. Por ello, las rutas de invasión y vías de penetración son limitadas y fácilmente defendibles en sus puntos principales, como son el valle del Panjshir y el paso de Khyber.
 
La misma naturaleza del terreno ha delimitado la separación étnica y tribal, estableciendo comunidades que, las más de las veces, se han mantenido separadas y aisladas unas de otras, cuando no han mantenido una rivalidad continua. Por ello, ningún gobierno extranjero ha logrado controlar al pueblo afgano, al igual que tampoco lo ha logrado ningún gobierno afgano propiamente dicho. La tribu Pashtun es el grupo étnico dominante, por naturaleza, y, sin duda, la sociedad tribal de mayor entidad que subsiste en el mundo. Para los afganos, las reglas o leyes tribales son más importantes que las que pueda emitir cualquier gobierno instalado en Kabul. La mejor forma de “cooperación” que los afganos conocen es la guerra interna o civil entre ellos mismos.
 
Ya Sir Winston Churchill, joven oficial destinado a la sazón en 1897 en la llamada Frontera Noroccidental de lo que era entonces la India británica, escribía: “…un estado continuo de feudalismo y rivalidad prevalece sobre todo el territorio. Las diferentes tribus luchan entre ellas, los pueblos de los valles luchan entre sí, y a las disputas entre comunidades hay que añadir las luchas individuales,…cada individuo lucha contra el que tiene más cerca, y todos al unísono contra el extranjero”. Churchill, sin embargo, se asombró de ver con qué celeridad los atrasados afganos se adaptaban al manejo de las armas modernas, y añadía: “… a la ferocidad del Zulú, hay que añadir la habilidad del Piel Roja, y la excelente puntería de los Boers…, a 1.000 yardas son capaces de alcanzar a un enemigo con un rifle de repetición, rematándole después con la implacable agresividad de uno de los habitantes de las islas de los Mares del Sur”.  
 
Sin embargo, decir que los afganos se resistan a ser conquistados, no significa que el país no pueda ser invadido ni ocupado. De hecho, el invasor no ha encontrado excesivo problema en entrar en el país dado que no existe una coordinación muy efectiva en defender las fronteras. La esencia de la defensa de Afganistán radica en el dominio de las colinas y montañas, siendo irrelevante la posesión de las pocas ciudades existentes, fácilmente accesibles por otra parte. Por ello, un ejército invasor puede encontrar inicialmente una especie de falsa calma, durante el cual los nativos solo muestran cierta curiosidad, seguida de un resurgimiento de la cultura ancestral de guerra sin piedad contra el extranjero. Es lo que le sucedió al Ejército británico en el siglo XIX y parcialmente de nuevo a principios del siglo XX, y lo que le sucedió al Ejército soviético en la década de los ’80 ya en el siglo XX, y ahora nuevamente, al Ejército norteamericano, y a la coalición occidental en el siglo XXI.
 
En 2002 fue relativamente fácil para el Ejército norteamericano derribar al régimen de los talibanes, y llegar a Kabul y, posteriormente, mantener un mínimo número de tropas de ocupación, ni siquiera hoy demasiado numerosas a pesar del refuerzo europeo -España incluida-, pero en 2009 la situación ha vuelto casi a ser tan peligrosa y volátil como lo era en 2002. Los talibanes se han recuperado, y reorganizado, Bin Laden sigue sin aparecer, y las bajas occidentales van en aumento, al tiempo que los mandos militares en la zona reclaman refuerzos, tanto de personal como de medios, mientras las bandas tribales siguen mostrándose reticentes a cooperar con un gobierno central. Más de lo mismo, y nada nuevo.
 
La lista de conquistadores extranjeros que han encontrado el fracaso en Afganistán es ya numerosa, y a los nombres de Ciro el Grande, Darío I, Alejandro Magno, Gengis Khan, Tamerlán, Victoria de Inglaterra, y Leonid Brezhnev, quizás pronto haya que añadir los de los actuales líderes occidentales, empezando naturalmente por George W. Bush.
 
Un aspecto importante para ayudar a comprender la obstinación de los afganos, y el fracaso de los hipotéticos conquistadores modernos, reside en el empeño en considerar para Afganistán unos ciertos límites territoriales que nada tienen que ver ni con su población real ni con sus etnias, y que fueron establecidos hacia finales del siglo XIX, algo muy característico de la colonización británica y europea, en general, en cualquiera de los dominios que han poseído.
 
En 1893 el geógrafo británico Mortimer Durand recibió la misión de fijar los límites territoriales entre Afganistán y la India británica, una tarea que combinó con la caza y la observación de las aves de la región. La única directriz especial que recibió fue la garantizar que tanto los pasos de Khyber y Khojak, como las ciudades de Peshawar y Quetta, quedaban en el lado de lo que era el dominio inglés de la India. Ello significó una frontera artificial que cruzaba el corazón de lo que era el territorio Pashtun, quizás aportando cierta sencillez al trabajo de los geógrafos futuros, pero, ciertamente, no ayudando nada a que los tácticos y estrategas militares pudieran entender, en su día, que no había una frontera verdadera que dividiera la población.
 
Afganistán, con anterioridad al establecimiento de la línea fronteriza actual -que se ha dado en llamar Línea Durand-, incluía lo que es hoy toda la región norte del moderno Pakistán. De hecho, en 1947, el primer gobierno independiente pakistaní calificó la región fronteriza como “territorios tribales” y denominó a todo el territorio Pashtun como Provincia Fronteriza Noroccidental, al igual que los antiguos colonizadores británicos.
 
El hecho de fijar por las potencias coloniales los limites fronterizos sin respetar las etnias ni las poblaciones establecidas históricamente, ha resultado casi con carácter general, en continuas luchas internas o fronterizas (India-Pakistán, Irak-Kuwait, Vietnam-Laos-Camboya, Argelia-Marruecos, etc...), pero, quizás, en ningún lugar ha resultado tan desastroso como en Afganistán. El país afgano es, de hecho, mucho mayor de lo que figura en los mapas actuales, y casi 25 millones de afganos viven en lo que hoy conocemos como Pakistán. Ello explica, sin mayores aclaraciones, la relativa invulnerabilidad de los talibanes y el refugio y asilo que encuentran en Pakistán.
 
Afganistán representa un caso único en la historia, en el que su multitud de etnias y su sociedad tribal, comparten un cierto nacionalismo exacerbado cuando se enfrentan a un invasor extranjero, apoyándose en un terreno que les es siempre propicio.  Su población ha aprendido, a través de los siglos, a resistir a todo invasor que se haya aventurado a permanecer en su territorio y a establecer algún tipo de gobierno organizado. En 1809 Mountstuart Elphinstone escribió: “ Existen razones que nos inducen a pensar que las diferentes tribus y etnias en los que se divide la nación, están dominadas por un sentimiento de repulsión entre ellas,  y desunión tan grande, que, sin embargo, superan para enfrentarse a un agresor exterior, pese a lo cual, esa fuerza de cohesión temporal actúa a su vez, de nuevo, sobre cada una de las facciones coaligadas, una vez que se diluye la amenaza, destrozando cualquier tipo posible de coordinación y colaboración posterior entre ellas”.
 
Las ultimas encuestas realizadas a mediados de agosto entre la población norteamericana ponen de manifiesto que la mayoría de los ciudadanos ven ya la guerra en Afganistán como innecesaria, y solo un 25% de la población encuestada apoya que se envíen más tropas. Aunque se tiene confianza en la capacidad militar, es muy escaso el número de los que creen que las elecciones traerán un gobierno honesto y eficaz para el pueblo afgano.
 
El Presidente Obama corre el riesgo de ver disminuido el apoyo de sus seguidores, ya que la mayoría de liberales y demócratas, unidos por primera vez, se oponen con solidez a la guerra, y solicitan una reducción de los efectivos desplegados. Hoy por hoy, siete de cada diez representantes demócratas afirman que la guerra no justifica los costes que conlleva, y solo uno de cada cinco apoya al Presidente en enviar más tropas.
 
Todo ello contrasta con la actitud, en España, de un Presidente que al manifestarse ahora dispuesto a enviar más tropas españolas a Afganistán, es obvio que no lee nada sobre la opinión pública norteamericana, ni conoce tampoco lo más mínimo de la historia del país afgano. Los españoles tienen derecho a contar con un Gobierno bien informado y que base sus decisiones en algo más que el capricho del momento.8