Afganistán: cómo perder una guerra

por Rafael L. Bardají, 30 de junio de 2011

 

(Publicado en Expansión, 30 de junio de 2011)
 
El presidente Obama ha decidido que salvar Afganistán del caos no le merece la pena y ha ordenado que se inicie la retirada de sus tropas de aquel país.
 
Su opción deja en una situación muy delicada a sus aliados, incluida España, quienes se van a ver progresivamente expuestos y con una reducida capacidad de actuación. Por no hablar de su incapacidad para alterar la situación sobre el terreno. El aumento de los ataques sobre tropas españolas es un aperitivo de lo que le espera a nuestros soldados y al resto de los miembros de la OTAN.
 
Las guerras se pueden perder de manera estrepitosa o con daños limitados. Toda vez que el futuro de Afganistán por el que se ha luchado estos años se considera perdido, el juicio tiene que trasladarse a la seguridad de nuestros militares.
 
El Gobierno español (y Chacón como ministra de Defensa) podía haber optado por seguir el ejemplo estadounidense e iniciar una retirada progresiva de las tropas desplegadas. Pero como pesa mucho todavía su espantá de Irak en 2004, ha preferido quedarse y sufrir las consecuencias. Es decir, poner al despliegue español en una situación complicada y cada vez más peligrosa.
 
Es una postura absurda que debería corregirse de inmediato. Afganistán se ha perdido por obra y gracia de Obama, y las tropas españolas nada pueden hacer al respecto. El destino de los afganos nunca ha estado en nuestras manos y aún menos ahora. Nuestras energías militares se concentrarán en nuestra propia defensa. Por eso, porque la misión a la que han sido enviados es imposible de alcanzar, todo riesgo es desde ya un lujo innecesario.
 
De no ser por la mala salida de Irak, posiblemente ya estaría el Gobierno discutiendo qué día traerse a los soldados. Pero con o sin el pasado iraquí, es justo y necesario que ponga una fecha cercana para el repliegue. Por ejemplo, para el 1 de enero de 2012 España ya no tendría en suelo afgano a ningún militar. Aún más, esta salida debería combinarse con la retirada del Sur de Líbano, donde tampoco cumplen con su misión de desarmar a Hizbolláh. Al igual que se debe hacer con la presencia en el despliegue en Libia, una guerra del todo innecesaria.
 
No se trata de salir corriendo como se hizo equivocadamente en 2004, sino de un replanteamiento global del despliegue exterior español. Ahora que el candidato socialista parece proponer recortes de más del 20% del personal de las Fuerzas Armadas, por no hablar de lo que le pueda pasar al presupuesto de Defensa, no se puede estar en más que el estricto interés nacional.
 
Un ejército de menos del 1% del PIB no puede hacer lo que otro que cuenta con el 2% ó 3%. Y lo que tenga que hacer que sea lo que de verdad es necesario. Se acabaron los caprichos.