¿A qué tanta alharaca? El viaje de los Reyes a China

por Gerardo del Caz, 3 de julio de 2007

(Publicado en el Suplemento Exteriores de Libertad Digital, el 3 de julio de 2007)

La semana pasada los Reyes, junto a una alta representación del Gobierno, realizaron una visita de Estado a China, visita enmarcada en los actos relacionados con el Año de España en aquel país. El gigante asiático, con su imparable crecimiento económico, parece ser el lugar donde todos quieren estar.
 
La valoración del viaje por parte del Gobierno y de los medios de su órbita ha superado cualquier triunfalismo precedente. Se habla de acuerdos históricos y de un estrechamiento de las relaciones que hará que España esté más presente en China. Ilustres analistas políticos, economistas y editorialistas celebraron la visita con una especial admiración por el país asiático, lo cual se nos antoja familiar cuando recordamos la fascinación que algunos occidentales sentían otrora por la URSS, por su papel como poder alternativo al de los EEUU.
 
Los escrúpulos quedan de lado cuando se trata con la mayor dictadura del planeta, el primer transgresor de los derechos humanos, el Gobierno que más limita los derechos individuales y más incrementa su gasto en armamento -que, por otra parte, vende a regímenes como el de Chávez o el de Ahmadineyad-. A la hora de hacer negocios, parece que ni la Familia Real ni nuestros mandatarios hacen distinción entre democracias y dictaduras. Se fotografían con el rey de Arabia y con el primer ministro chino.
 
Pero es que, además, la delegación española, aparte de una vistosa pareja de osos panda para el zoo de Madrid, se ha traído muy poco de China; a cambio, ha procurado reconocimiento y legitimación tanto a un régimen autoritario como a su forma de Gobierno.
Lo más triste es que, para la prensa, incluso para algunos políticos, se trata de una política acertada. Aquello que con Cuba supondría, y con razón, una vergüenza y una inmoralidad, se denomina 'una oportunidad de negocio' cuando anda China de por medio.
 
La política comercial de España con China no es precisamente satisfactoria: por cada euro que les exportamos, los chinos nos venden más de 13. Nuestro déficit comercial con Pekín superó el año pasado los 14.000 millones de euros.
 
La culpa de esto no es de Zapatero, ni de Aznar, ni, realmente, de Gobierno alguno. Simplemente, es muy difícil competir con unos costes de producción como los de China, ese 'paraíso de los trabajadores' donde, por ejemplo, éstos trabajan más de 80 horas semanales en una fábrica estatal a cambio de salarios que no llegan al 5% de los que se manejan en España.
 
Con todo, la presencia española en China es testimonial, si se compara con la de países como Francia, Alemania, el Reino Unido o Italia, cuyas exportaciones de productos de alto valor añadido no pueden los chinos, de momento, sustituir por equivalentes locales y cuyas empresas invierten sustancialmente en el gigante asiático desde hace años.
 
Paradójicamente, España es uno de los países con mayor presencia institucional en China: ahí están el ICEX, una plétora de organismos dedicados a promocionar la exportación, el turismo o las inversiones, las Comunidades Autónomas (rara es la que no cuenta con representación propia)... Todo, a cargo del contribuyente, claro. Pero los resultados son mediocres. En los últimos años, ni cultural ni económicamente hablando se ha conseguido mejorar nuestra imagen allí. Por otro lado, en cualquier búsqueda de una política correcta el primer paso debería consistir en racionalizar y coordinar los esfuerzos institucionales en el ámbito del mundo de la empresa.
 
Cuando una política es equivocada e ineficaz en el largo plazo, muy poco puede ayudar que en un momento dado muchos periodistas, empresarios en busca de subvenciones y un séquito de políticos de primera y segunda fila acompañen al Monarca para hacerse fotos en el Año de España en China.
 
¿Luces? Las hay, pero no son mérito del Gobierno. La enseñanza de la lengua española crece año tras año en China, el Instituto Cervantes contará pronto con una sede en Shanghai, algunas -pocas aún- empresas españolas tienen centros de producción y venden ya en ese mercado... Pero, desde luego, la actividad institucional no sirve para mucho, el esfuerzo financiero que se impone al contribuyente no se corresponde con la exigua presencia de España y desde el Gobierno no se abordan con determinación las posibilidades de cooperación en materia de industria y turismo (China será en 2010 emisor de 100 millones de turistas).
 
En definitiva, ¿para qué ha servido este viaje? Pues para que Moratinos se haga fotos y el Gobierno escenifique una política exterior fructífera; y para que determinados presidentes de constructoras o grandes empresas españolas, apoyándose en la figura del Rey, puedan optar a algún contrato de la Administración china.
 
Se ha perdido una gran ocasión para que un país democrático y occidental como el nuestro exija a la nueva 'superpotencia' que deje de reprimir las libertades de opinión y religiosas y que no sólo emprenda reformas económicas, sino políticas. Una parejita de osos panda no es suficiente.