2004-2009. ¿En qué ha quedado la Revolución Naranja?

por María Ángeles Muñoz, 5 de febrero de 2010

 

El pasado 17 de enero se celebraban elecciones presidenciales en Ucrania. Estas elecciones suceden cinco años después de aquellos comicios de 2004 cuyos resultados dieron la vuelta al mundo por las protestas masivas en las calles a causa del fraude electoral. Las revueltas pacíficas de color naranja mantenidas durante semanas en la Plaza de la Independencia de Kiev dieron lugar a una tercera vuelta con resultado favorable al candidato de la oposición, Víctor Yushchenko. El héroe de la Revolución Naranja, ha sido esta vez eliminado de las elecciones presidenciales del país. En esta ocasión es necesario esperar una segunda vuelta que se celebrará el 7 de febrero para conocer al presidente electo, dado que ningún candidato de los dieciocho que se presentaban ha obtenido el 50% de los votos.
 
Cuando se habían escrutado tres cuartas partes del los votos, el presidente había alcanzado tan sólo un 5% de los mismos. Y en esta ocasión su primer ministro Yulia Tymoshenko obtenía una orquilla de entre el 36% y 25% de los votos. En cuanto al candidato con mayor ventaja, Yanukovich, fue el anterior candidato elegido en 2004 pero anulado por la Revolución Naranja que llevó al poder a Yuschenko y Tymoshenko.
 
Un breve repaso de estos tres candidatos nos sitúa ante el actual proceso electoral. Nada ilustra tan bien el punto muerto en que se halla Ucrania como efectivamente la lucha entre estas figuras políticas:[1]
 
El presidente saliente, Víctor Yushchenko, había hecho una intensa campaña con carteles anunciando la proximidad de la Liga Europea de Fútbol (UEFA), con Ucrania como anfitriona de la mano de Polonia. Con cincuenta y cinco años en la actualidad, Yuschenko alcanzó la cima política en su país como resultado de la revolución de 2004. Hijo de un profesor de pueblo y amante de la colección de antigüedades, Yuschenko consiguió en el plano político restaurar el sentido de la identidad nacional en Ucrania, pero en su etapa de gobierno se mostró como un líder débil. Yushchenko llegó a la presidencia del país sin un conocimiento exhaustivo de las preocupaciones reales de su pueblo, hecho que ha pasado factura política junto a otros factores que han incidido en el mismo sentido. Es interesante la lectura que el candidato hace en su campaña acerca de estos comicios: las ha mostrado como el símil de un referéndum en Ucrania sobre la tendencia pro-rusa o más europea. Los pésimos resultados obtenidos, apenas un 5%, indican que una gran mayoría en Ucrania desea un líder más fuerte (o como se dice en Ucrania, con mano dura).
 
Sobre Tymoshenko, mujer de negocios de 49 años, es ahora un político fuerte. Yuschenko la acusó en campaña de haber aprovechado su paso por el Gobierno como primer ministro para instalarse en el poder y aprovechar la oportunidad de mostrarse a sí misma como una líder autoritaria. Hace más o menos un año Tymoshenko se veía con posibilidades de ganar la presidencia; sin embargo la llegada de la crisis económica con el tremendo impacto en la economía del país (que se contrajo un 14%), disminuyó notablemente la confianza de la gente en su habilidad para gobernar. Durante meses Tymoshenko intentó atraer capital extranjero para que el país pudiera pagar el gas que Rusia le suministra. El FMI paralizó un crédito de dieciséis millones de dólares porque Tymoshenko ordenó un aumento de las pensiones y del sueldo mínimo, a pesar de contar con un enorme déficit presupuestario.[2]
 
Como tercero en pugna y discordia, Yakunovich es el político de cincuenta y nueve años que cierra este círculo de poder. Hijo de un trabajador del metal y procedente de la región de Dabas en el sureste de Ucrania, llegó al puesto de primer ministro en la presidencia de Leonid Kuchma. Actualmente ha hecho campaña argumentando a favor de un regreso al “derecho y al orden”, y ha llegado a proclamar que el precio de la democracia en el despertar de la Revolución Naranja fue demasiado alto. El contenido de estas críticas dice mucho de su intencionalidad de volver a estrechar la relación con Rusia dentro de su ámbito de poder.
 
Su partido de las regiones ha atraído a la mayoría del electorado comunista y a amplios segmentos de la población rusófila. Su electorado es también semillero de protesta contra las reformas de mercado y la orientación pro-occidental del país. Según los analistas políticos ucranianos Yanukovich es un hombre que carece de carisma y que, en esta ocasión, simplemente ha esperado a que los revolucionarios naranjas (sin experiencia política previa) se destruyeran entre ellos. Parece una ironía pero el hombre que estuvo tras el fraude electoral de 2004 podría ser elegido esta vez democráticamente.
 
Partiendo de la situación actual estos comicios se han caracterizado en parte por esta lucha de poder entablada entre el ex presidente Yuschenko y su primer ministro, la señora Tymoschenko. Esta última fue su principal aliado durante las masivas protestas callejeras que otorgaron la victoria en 2004 a su coalición pro-occcidental.
 
También en esta ocasión los principales candidatos se han acusado mutuamente de tratar de manipular las elecciones, con advertencias incluidas sobre posibles disturbios después de la votación. En un esfuerzo por estimular la confianza en las elecciones los observadores extranjeros han vigilado la votación. Jens-Hagen Eschenbächer, de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), reconocía que alrededor de 600 observadores electorales de la OSCE había estado en el lugar, así como miles de otros observadores extranjeros.
 
Hasta ese punto la decepción acumulada de los últimos años ha hecho mella en la confianza de la población en sus instituciones políticas. Y hay datos al respecto que respaldan las intuiciones del electorado, como cuando inicialmente Georgia planeaba enviar a más de dos mil observadores pero la Comisión Electoral Central de Ucrania se negó a registrarla. Al mismo tiempo se levantaron voces sobre la inquietud por la financiación de las campañas de los candidatos. Este hecho motivó al titular Yuschenko a solicitar a la Unión Europea un aumento de los observadores internacionales.
 
En cuanto a los candidatos con mayores posibilidades de alcanzar la Presidencia, los analistas políticos ya anticipaban Yulia Tymoshenko y Víctor Yanukovich estaban mejor situados en las encuestas para llegar a la segunda ronda de elección. Ambos políticos han sido primer ministro y tienen experiencia en política exterior con Rusia, un importante cartera para Ucrania. Ambos candidatos han trabajado en la concentración de voto en torno a ellos, de modo que ya en la primera ronda han centrado la campaña en la competición de uno frente al otro.
 
En esta ocasión un factor de gran peso ha sido el enorme desencanto de los votantes respecto al fracaso de hacer un frente real a la corrupción y también sobre los lazos con la Unión Europea. Y a pesar que este asunto se considera positivo para el país, en la presente campaña la cuestión de una posible integración con la Unión Europea se ha vuelto invisible.[3] De hecho los debates electorales en radio y televisión han estado centrados en la economía, el empleo, las pensiones, la defensa y la lucha contra la corrupción. La retórica europea ha estado ausente en el discurso político de los candidatos.
 
La Revolución Naranja cinco años después
 
 En cuanto a los datos de participación, ésta apenas ha alcanzado un 50%. La imagen de una mesa electoral de la ciudad oriental de Donetsk en la que se animaba a los votantes con vodka y salchichas visualiza con claridad el estado de ánimo de la población respecto al voto. En este momento y con un ambiente de decepción a flor de piel cabe plantearse qué ha pasado con Revolución Naranja cinco años después. ¿Fue un elemento aislado? ¿Un acontecimiento socio-político de ida y vuelta? Del mismo modo, ¿se cierra ahora la puerta que quedó entreabierta en 2004 a una posible integración en Europa? ¿Qué ha quedado del espíritu que reinó en aquellos días en los que la población salió por miles a las calles reivindicando un cambio en pro de la libertad? Imágenes que se mostraban como reminiscencia de Praga en el 68, Gdansk en 1980 o Leipzig en 1989 nos dicen que algo irreversible sucedió en aquel momento.[4] Europa se embargó de esperanza respecto a este país vecino de cuarenta y seis millones de habitantes y de mayor extensión geográfica hacia el este. Y un detalle fundamental respecto a Rusia, que nunca había asumido la pérdida del país por considerarlo de gran importancia geoestratégica, quedó paralizada por el impacto de la protesta civil.
 
En realidad el cambio operado en 2004 (y auspiciado principalmente por la población) no ha quedado en punto muerto. Es cierto que la Revolución generó en la población unas expectativas muy elevadas sobre los cambios en el país. La Revolución Naranja inspiró enormes esperanzas en la población acerca de las reformas económicas y políticas y llevó a los ucranianos a esperar en consecuencia cambios radicales: los deseos de cambio se concentraban en la proximidad de una integración política con Europa de una parte, y de la otra el esperado fin de la corrupción. Pero la realidad no ha respondido a las expectativas y se ha logrado un efecto contrario de desilusión generalizada con los políticos de todo el arco parlamentario. De hecho, una reciente encuesta realizada con anterioridad a la elección mostraba que una mayoría de votantes temía que las elecciones pudieran ser nuevamente manipuladas. Sin embargo, y antes de analizar los motivos fundamentales de esta decepción social, es necesario resaltar aquellos aspectos más positivos que han dado a la Revolución un eco más allá de los hechos puntuales.
 
Desde el año 2005 Ucrania ha experimentado un debate político sin duda más abierto que en años anteriores y se ha permitido la libertad de prensa. Precisamente el periódico alemán Süddeutsche Zeitung publicaba un editorial en la que destacaba que a pesar de la difícil coyuntura ucraniana no se han disipado todos los logros de la Revolución Naranja. Hechos que lo demuestran son el resultado abierto de las elecciones hasta la segunda vuelta en tres semanas por ejemplo, o la existencia de oposición en el Parlamento, además de la variedad de medios de comunicación existentes a día de hoy.[5]
 
Un elemento añadido para no perder la esperanza en la inestable democracia de este país es la voluntad de la mayoría de los políticos en impedir un control directo por parte de Moscú. El conjunto de los políticos ucranianos está de acuerdo en ello con la mayor parte de los magnates industriales. Este objetivo es de todos modos relativo a una profundización en el modelo democrático y en el refuerzo de sus instituciones.
 
Este refuerzo es necesario porque dicho sea de paso la libertad de la que hablamos se encuentra en un estadio de arranque; la libertad es un valor adquirido muy recientemente como para revisarlo según cánones occidentales. La prensa ha sido limitada por ejemplo, por los oligarcas del país en determinados momentos con el fin de tomar el control sobre los medios de comunicación y los periódicos. Estas dificultades han impedido una transición completa o una democratización madura, tal y como sucede en el resto de países del entorno. En este escenario las oligarquías económicas se han fusionado con el poder político, y la corrupción consecuente se ha levantado como el principal activo del país. La fusión de la banca y la política ha impedido un desarrollo que encamine a Ucrania en la senda de las reformas reales.
 
Uno de los candidatos que se presentaban a la elección, Mikhail Brodsky ex propietario de un periódico, definía exactamente esta situación en la campaña electoral: “Hemos puesto el régimen totalitario tras nosotros, así como el régimen post-totalitario, y ahora vivimos en una oligarquía feudal”. Un dato clave para comprender el marco en que nos sitúa es la proporción de fortunas en el parlamento ucraniano: se dice que por lo menos cuatrocientos de sus cuatrocientos cincuenta miembros son millonarios. Este hecho implica que aún no ha sido posible un relevo político real, tal y como sucede en la mayoría de los quince estados sucesores de la Unión Soviética hoy (incluida la propia Rusia).
 
A pesar de todo ello, lo negativo se mezcla una vez más con los efectos de los cambios promovidos desde la Revolución. Si algo ha quedado patente y ha permanecido en el tiempo hasta el día de hoy es la recuperación de la identidad nacional que surgió como una avalancha de reivindicación en 2004.[6] Esta realidad ha sembrado un optimismo en Ucrania respecto a sí misma; la población considera se han “reencontrado” consigo mismos, a pesar de la casta política y la deriva económica de los últimos años. El país ha recuperado una individualidad que le había sido sustraída desde largas décadas y esa autonomía le ha permitido plantearse la cercanía a Europa y una mayor independencia de Rusia.
 
Desgraciadamente los efectos de la crisis económica han impedido plantear esta opción con serenidad como algo real. La carencia de seguridad en el país y el impacto de la crisis han mermado la inversión extranjera, una inversión que se quintuplicó tras la Revolución de 2004. Por este motivo no es sorprendente que la economía no sólo no mejore sino que experimente un decrecimiento continuo. Para mostrar la magnitud del impacto de la crisis y de la escasez de medidas frente a ésta aportamos un dato relevante: en la actualidad más de treinta millones de dólares de capital extranjero han sido sacados de nuevo del país y las exportaciones de Ucrania se han reducido un 90% el último año.
 
Rehén del gas ruso
 
De nuevo la dificultad económica hace orientarse a Ucrania hacia su vecino ruso, de quien depende en el suministro de gas. En la complicada relación entre ambos países el suministro energético es la llave de la dependencia. Esto sucede no sólo por la superioridad rusa en este marco -debido a la titularidad en el reparto de los recursos- sino también por el margen mínimo de negociación de Ucrania. Hace un par de años llegaban hasta Ucrania consejos desde el exterior que indicaban acertado encauzar precisamente las negociaciones con la compañía rusa Gazprom. En este caso las sugerencias de los expertos de la revista económica Finantial Times alertaban del peligro que suponía para Ucrania considerarse de forma permanente una víctima del mobbing ruso. En lugar de mantener esta actitud se recomendaba reforzar una posición más fuerte de negociación. [7]
 
Para adoptar la nueva política Ucrania debía asumir en primer lugar el pago sin retrasos de sus deudas por gas. Este pago más o menos puntual permitiría que las deudas restantes no se convirtieran en un arma en manos de Gazprom. Tras acometer este primer objetivo Ucrania se tenía que enfrentar a concluir la reforma del mercado interno que se había quedado en suspenso; de este modo el gas llegaría con transparencia a los consumidores y no se perderían las cuantiosas cantidades económicas previstas por los intereses de demora. Un elemento más de distorsión en este proceso eran los intermediarios del negocio, que aumentaban significativamente los costes de los contratos. Un paso obligado debía ser la exclusión por parte de Kiev de este eslabón de la cadena con el fin de trabajar directamente con la empresa de gas. Ninguno de estos puntos de inversión del escenario ha resultado fácil en los dos últimos años dado el caos imperante de la política interna de Ucraniana, la desenfrenada corrupción en el comercio de gas y la tremenda presión que la crisis económica mundial está ejerciendo sobre Kiev.
 
La falta de una independencia económica real impide en consecuencia una trayectoria política propia, cualquiera que fuera el resultado que de ella se derivase. En este entramado de influencia, corrupción y dependencia es imposible concebir una elección auténticamente libre. Y si bien Yanukovich anunciaba a bombo y platillo en su campaña electoral que el coste de la democracia había sido demasiado alto, no podrá impedir en el futuro el deseo de la libertad una vez que el pueblo ha iniciado este camino. Independientemente del resultado de las elecciones presidenciales, Ucrania tiene que volver a consolidar su política interior.[8] Este propósito es fundamental si se quiere jugar un papel digno entre los países del entorno y si se quiere sentar de forma definitiva una postura propia frente a las presiones de Rusia. Gane Yanukóvich o la líder de la revolución Timoshenko, lo que importa más allá del elemento personal es que el nuevo líder sea elegido sin la posible distorsión de un fraude electoral. Este es el mínimo exigible en estos comicios, mínimo que de cumplirse aportaría una garantía y una carta de fiabilidad para la nueva presidencia. Y, una vez elegido el presidente con la deseada mayoría, sería deseable el trabajo en la dirección de dar consistencia a la unidad interna del país frente a los numerosos grupos cuyos intereses lo fracturan negativamente. En su país vecino, Polonia, aseguran -con la experiencia de su trayectoria de transición a las espaldas- que “sin una clase dirigente estable, Ucrania no logrará salir de su apatía”.[9]


 

 
 
Notas


[1] ANDREI VOLKOV: “Controversies precede ucranian election”, en The Epoch Time, Enero de 2010
[2] CHRISTIAN NEEF y MATTHIAS SHEPP: “The Sad End of the Orange Revolution”, en Der Spiegel, 14 de enero de 2010
[3] ANDREW RETTMAN: “Ucranian election campaigns ignore EU relations”, en euobserver.com el 11 de enero de 2010
[4] CHRISTIAN NEEF and MATTHIAS SHEPP: “The Sad End of the Orange Revolution”, en Der Spiegel, 14 de enero de 2010
[5] Süddeutsche Zeitung. 18 de enero de 2010
[6] CHRISTIAN NEEF and MATTHIAS SHEPP: “The Sad End of the Orange Revolution”, en Der Spiegel, 14 de enero de 2010
[7] “Gas war flares up”, en Finantial Times, 17 de diciembre de 2008
[8] Dziennik Gazeta Prawna. Diario polaco, 15 de enero de 2010
[9] Idem