(Publicado en el Diario Palentino, el 7 de noviembre de 2004)
La contundente victoria de Bush, que si me permiten una concesión a la vanidad predije contra pronóstico en estas mismas páginas hace un par de semanas, ha generado cierto temor entre algunos españoles por la posibilidad de que el reelegido presidente estadounidense pueda tomar algún tipo de represalia contra nuestro país por las provocaciones y desaires ejercidos en estos meses pasados por el Gobierno de Zapatero.
Este temor es infundado. No creo que la nueva Administración norteamericana vaya a adoptar ningún tipo de represalia contra España. Nuestro país simplemente ha pasado de ser un aliado importante a convertirse en un adversario irrelevante. Bush tratará a Zapatero con exquisita indiferencia. Ni siquiera creo que la Casa Blanca se tome la molestia de atacar políticamente a La Moncloa. España simplemente habrá desaparecido, una vez más, de la estrategia norteamericana. Esta inexistencia, que sin duda puede tranquilizar al Gobierno, tiene sin embargo un enorme coste de oportunidad para nuestro país.
La razón para esta política de indiferencia es doble. Por un lado, los Estados Unidos no harán nada que pueda dañar de forma grave y persistente la relación entre los dos países. Que los errores de Rodríguez Zapatero nos condenen temporalmente a la más absoluta irrelevancia no significa que los norteamericanos no aspiren a reconstruir una relación estratégica privilegiada con España en el futuro.
La segunda razón, es que Zapatero no supone hoy ningún problema grave para Bush, aunque difícilmente puede sostenerse lo inverso. Sin embargo, es muy probable que en los próximos meses el Gobierno y su aparato mediático comiencen a intoxicar con la posibilidad de represalias por parte de Bush. Esta mentira podría resultar muy rentable en términos políticos. Por un lado, mantendría la coherencia ideológica de un Gobierno y una coalición parlamentaria muy heterogénea que tiene en el antiamericanismo visceral una de sus pocas señas de identidad.
En segundo término, la conspiración yankee serviría para justificar algunos de los fracasos que cosechará sin duda este Gobierno, como brujos aprendices de la muy rancia escuela de su amigo Fidel Castro de apelar al enemigo exterior. La realidad, por el contrario, es que no es previsible ninguna injerencia de Estados Unidos en nuestra política interna. Es más, tras la salida del actual embajador, lo más probable es que el puesto quede vacante por un largo periodo, como símbolo de esta nueva etapa de indiferencia que ahora se abre.
La nueva Administración Bush dará por perdido el periodo Zapatero, pero es consciente de que una acción diplomática hostil sólo redundaría en alargar esta etapa. Tampoco emplearán grandes esfuerzos en reconducir la situación con el actual Gobierno. Simplemente esperarán a que la natural alternancia democrática permita en el futuro reabrir una nueva etapa de cooperación reforzada entre ambos países.
Lo único que podría quebrar esta política de indiferencia de Washington es una actitud hostil de Zapatero en su acción exterior. El mejor ejemplo es Iraq. Si el Gobierno socialista decide retirar las tropas españolas de este país, es una decisión soberana que podrá gustar más o menos en la Casa Blanca, pero que respetan. Ahora bien, si Zapatero se lanza a una cruzada internacional, como insinuó en Túnez, para socavar el compromiso de otros países con Estados Unidos en Iraq, eso puede provocar una reacción mucho más contundente por su parte. Otro ejemplo claro sería Iberoamérica. Por ejemplo, si Zapatero cayera en la tentación de intentar formar una entente junto a Fidel Castro y Hugo Chávez para soliviantar al conjunto del hemisferio sur contra su gran vecino del norte, entonces es seguro que EEUU responderá a esa provocación.
Los españoles no deberíamos por tanto temer las represalias de Bush sino los errores de Zapatero. Sólo las torpezas de nuestro Presidente, como poner de forma insensata todos los huevos en la cesta del hoy derrotado Kerry; su voluntad de seguir rentabilizando políticamente el antiamericanismo latente en nuestra sociedad y una nefasta política exterior que pretende situarnos como adversarios estratégicos de Estados Unidos tanto en Europa como en el mundo árabe y en Iberoamérica, puede provocar que los españoles terminemos pagando los platos rotos por nuestro Gobierno sobre el Atlántico.